El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 Celos venenosos
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23: Capítulo 23: Celos venenosos 23: Capítulo 23: Celos venenosos La plaza de Veyrfall quedó dividida por tres fuerzas que no sabían retroceder.
A un lado, los soldados del rey, con las lanzas levantadas, la disciplina tensada por el miedo y las órdenes del capitán Damas clavadas en la garganta.
Al otro, los aldeanos, dispersos entre puertas y ventanas, mirando con ojos hundidos a la bruja, al caballero y al pozo como si cada uno fuera una forma distinta de condena.
En el centro, Adrien mantenía la espada desenvainada entre Morgana y los hombres de la corona.
Y junto al pozo, Lady Isolde sujetaba a la madre de Tomás Wren, impidiendo que la mujer respondiera al llamado que subía desde la oscuridad.
—Mamá… abre… La voz del niño era débil, quebrada, demasiado humana.
Eso la hacía peligrosa.
La mujer Wren forcejeaba con desesperación.
Era una mujer delgada, de cabello castaño y rostro consumido por noches de vigilia.
Hasta entonces había permanecido en los márgenes, llorando poco, hablando menos, mirando el caballo de madera de Tomás con una expresión que Adrien no había sabido descifrar del todo.
Ahora se retorcía entre los brazos de Isolde como si la voz del pozo le hubiese arrancado la piel de madre y dejado expuesto algo más antiguo.
—¡Tomás!
—gritó—.
¡Mi niño!
¡Estoy aquí!
Morgana volvió el rostro hacia ella.
—No respondas.
La orden no fue alta.
No necesitó serlo.
La madre de Tomás la miró con odio puro.
—¡Bruja!
—Sí —dijo Morgana—.
Y aun así soy la única aquí que sabe cuándo una voz viene con anzuelo.
Capitán Damas levantó la espada.
—¡Apartaos de ella, Sir Adrien!
Adrien no se movió.
—Nadie actuará hasta que sepamos qué está usando la voz del niño.
—Eso lo decidirá la autoridad real.
—La autoridad real acaba de intentar capturar a Morgana sobre el pozo y casi provoca algo que no entiende.
Damas apretó la mandíbula.
—La autoridad real no recibe órdenes de un hombre marcado.
La palabra cayó sobre la plaza.
Marcado.
Los aldeanos murmuraron.
Algunos miraron el pecho de Adrien como si esperaran ver la marca atravesar la tela.
Isolde también lo miró, solo un instante, pero ese instante fue suficiente.
Morgana lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Adrien sintió su presencia a su espalda, no por magia, sino por cercanía.
La bruja estaba demasiado cerca.
No lo tocaba, pero el vínculo entre ellos ardía con un calor bajo, como si su cuerpo supiera que ella observaba cada movimiento de Isolde con una atención distinta.
No tristeza.
No dolor.
Algo más afilado.
—Capitán Damas —dijo Isolde, todavía sujetando a la mujer Wren—.
Retire a sus hombres del borde del pozo.
Damas la miró.
—Lady Isolde, con respeto, vuestra función aquí es acompañar la comunicación del rey, no dirigir una operación militar.
Los ojos de Isolde se endurecieron.
—Mi función aquí es asegurar que la misión de Su Majestad no fracase por orgullo armado.
Algunos soldados intercambiaron miradas.
Damas no bajó la espada, pero hizo un gesto seco.
Dos hombres retrocedieron del pozo.
No todos.
Lo suficiente para obedecer sin parecer obediente.
Morgana sonrió apenas.
—Qué encantadora —murmuró.
Adrien no miró atrás.
—No empieces.
—¿A qué te refieres?
—Lo sabes.
—No, caballero.
Solo admiro la forma en que tu prometida convierte órdenes en cortesía y cortesía en amenaza.
Casi podría gustarme.
El tono era dulce.
Demasiado dulce.
Adrien sintió que esa dulzura tenía veneno.
Desde el pozo, la voz de Tomás volvió: —Madre… tengo frío… La mujer Wren se quebró.
—¡Suéltame!
¡Es mi hijo!
Isolde la sostuvo con firmeza, aunque su rostro mostró dolor.
—Señora Wren, escúcheme.
Si baja ahora o toca el pozo, puede matarlo.
—¡Usted no sabe nada!
¡No es madre!
La frase golpeó a Isolde.
Su expresión no cambió mucho, pero Adrien la conocía lo suficiente para verlo: una punzada en los ojos, una respiración contenida.
Morgana también lo vio.
Su sonrisa se volvió más fina.
—Qué cruel puede ser una madre cuando se siente observada —dijo.
Isolde levantó la mirada hacia ella.
—No es momento.
—¿No?
En Veyrfall siempre es momento para la crueldad.
Es lo único puntual.
Adrien giró un poco hacia Morgana.
—Basta.
La bruja lo miró.
—¿Otra vez protegiéndola?
El silencio que siguió fue casi imperceptible, pero Adrien lo sintió como una cuerda tensándose.
—Protejo la situación —dijo.
Morgana ladeó la cabeza.
—Qué nombre tan amplio.
Isolde soltó a la madre de Tomás solo cuando dos soldados, bajo su orden, la tomaron con más cuidado y la alejaron del pozo.
La mujer seguía llorando, llamando a su hijo, pero ya no podía avanzar.
Isolde caminó hacia Adrien.
Cada paso suyo hacía que la tensión cambiara.
Los soldados se alineaban a su espalda.
Los aldeanos observaban.
El capitán Damas no ocultaba su disgusto.
Morgana permaneció detrás de Adrien, como una sombra que no necesitaba permiso.
Isolde se detuvo frente a él.
—Tenemos que hablar de la capilla vieja —dijo.
—Sí.
—Y de ella.
No miró a Morgana hasta decir la última palabra.
Entonces ambas mujeres se observaron.
Adrien sintió, con una claridad incómoda, que aquella mirada no necesitaba presentación.
Isolde veía en Morgana el peligro que la había traído al valle: no solo magia, no solo crimen, sino una influencia viva sobre Adrien.
Morgana veía en Isolde algo distinto: una raíz anterior, una promesa hecha antes de la marca, una vida que reclamaba al caballero sin necesidad de hechizos.
Morgana sonrió.
—Lady Isolde, si va a hablar de mí delante de mí, al menos hágalo con más precisión.
“Ella” suena demasiado pequeño para todo lo que temen.
Isolde sostuvo su mirada.
—No temo tu tamaño.
—No.
Temes tu lugar.
Adrien dio un paso.
—Morgana.
Ella no apartó los ojos de Isolde.
—¿Qué?
¿No se puede decir?
Qué extraño.
En este pueblo todos tienen lugares heredados.
Los niños bajo tierra.
Los sacerdotes sobre mentiras.
Los reyes lejos del fuego.
Las prometidas junto al deber.
La marca en el pecho de Adrien ardió.
No como advertencia.
Como placer ajeno.
Morgana estaba disfrutando.
Isolde no cayó en la provocación.
—Y las brujas —dijo—, al borde de los pozos, usando verdades como cuchillos para parecer menos culpables de la sangre que llevan en las manos.
Los ojos de Morgana brillaron.
Por primera vez, su sonrisa dejó de ser completamente cómoda.
Adrien sintió el cambio como un descenso brusco de temperatura.
—Cuidado —dijo Morgana suavemente.
Isolde no retrocedió.
—¿Eso fue una amenaza?
—No.
Una cortesía.
—Entonces guárdala.
El silencio cayó.
Los soldados miraban tensos.
Elric se había quedado junto a la iglesia, blanco, comprendiendo quizá que la plaza acababa de encontrar otra forma de peligro.
Mara observaba con desesperación.
La madre de Tomás seguía sollozando entre dos soldados.
Adrien se interpuso un poco entre ambas.
—No vamos a convertir esto en una disputa personal.
Morgana lo miró.
—¿Personal?
Qué arrogante.
¿Crees que todo lo que se mueve a tu alrededor lo hace por ti?
Adrien sostuvo su mirada.
—En este momento, sí.
La respuesta pareció divertirla y enfurecerla al mismo tiempo.
Isolde habló en voz baja: —Adrien, ven conmigo a la iglesia.
Necesito ver los sellos.
Necesito entender antes de convencer a Damas de esperar.
—De acuerdo.
Morgana rió.
—Qué obediente.
Adrien no le respondió.
Eso fue un error.
El silencio le dio a Morgana más espacio que una discusión.
Isolde comenzó a caminar hacia la iglesia.
Adrien la siguió.
Al pasar junto a Morgana, sintió la mano de la bruja rozarle apenas la muñeca marcada por la cicatriz negra.
No fue un agarre.
Solo un contacto.
Suficiente.
El mundo se inclinó.
Adrien vio, durante menos de un latido, a Isolde de pie en una habitación blanca, vestida de novia, con flores marchitas en las manos.
Luego la visión cambió: Isolde envejecida, sola, esperando junto a una ventana.
Después, Isolde bajo tierra, cantando con voz de niña.
Adrien se detuvo de golpe.
—¿Qué hiciste?
Isolde giró.
—¿Adrien?
Morgana retiró la mano con una expresión inocente que no engañaba a nadie.
—Nada.
Adrien la tomó del brazo.
Los soldados levantaron armas.
Morgana miró la mano de Adrien sobre ella y sonrió.
—Cuidado.
Tus hombres podrían pensar que me estás sujetando por razones íntimas.
—No vuelvas a tocarla con mis visiones.
Isolde se quedó inmóvil.
—¿Qué viste?
Adrien no respondió de inmediato.
Morgana sí.
—Posibilidades.
Algunas mujeres inspiran muchas cuando están tan cerca de un hombre dividido.
Isolde miró a Adrien.
—¿Usó la marca?
Él soltó a Morgana.
—Sí.
La bruja suspiró.
—Qué fácil me culpan cuando el miedo ya estaba dentro.
Adrien se acercó a ella, bajando la voz, aunque todos los miraban.
—Si lastimas a Isolde, esto cambia.
Morgana alzó las cejas.
—¿Esto?
—Lo que sea que crees tener conmigo.
La frase fue peligrosa.
Demasiado.
Morgana la recibió como si él le hubiera ofrecido una copa de vino con veneno y ella hubiera encontrado el veneno interesante.
—Ah —susurró—.
Entonces hay algo.
Adrien apretó la mandíbula.
—No juegues.
—Acabas de ponerle borde a una cosa sin nombre.
No me culpes por mirar la forma.
Isolde se acercó.
—Adrien.
Él no apartó los ojos de Morgana.
—No permitiré que la uses.
Morgana dejó de sonreír.
El cambio fue pequeño, pero brutal.
—Permitir —repitió—.
Qué palabra tan real en una boca de caballero.
Adrien sintió que había cometido otro error.
—No quise decir… —Sí quisiste.
Siempre quieren permitir, prohibir, salvar, contener, absolver.
Todos traen jaulas distintas y se sorprenden cuando muerdo los barrotes.
La sombra bajo los pies de Morgana se extendió apenas.
Las flores secas que colgaban en una ventana cercana se ennegrecieron.
Elric dio un paso adelante.
—Morgana, no.
Ella no lo miró.
—Cállate, padre.
La orden fue suave.
Elric calló.
No por obediencia.
Por terror.
Isolde dio un paso hacia Morgana.
—Tu pelea es conmigo, no con él.
Morgana la observó con una atención repentina.
—¿Eso crees?
—Sí.
—Entonces eres más valiente que sabia.
—Y tú más herida que poderosa, si necesitas atacar a una mujer porque Adrien todavía recuerda su nombre con ternura.
La plaza entera pareció quedarse sin aire.
Adrien sintió que la sangre se le helaba.
Morgana no se movió.
Durante un instante, no hubo cuervos, ni campanas, ni pozo.
Solo el rostro de la bruja, perfecto y quieto, como un lago cubierto por hielo demasiado delgado.
Luego sonrió.
No fue una sonrisa grande.
Fue peor.
—Qué bonito —dijo—.
Ternura.
Adrien dio un paso hacia Isolde.
—Basta los dos.
Pero Morgana ya había levantado la mano.
No hacia Isolde.
Hacia el pozo.
El humo blanco que subía desde la oscuridad se detuvo.
Luego descendió.
Como si algo inhalara.
La madre de Tomás dejó de llorar.
Los soldados retrocedieron.
Desde el fondo del pozo llegó una voz.
No la de Tomás.
La de Isolde.
Perfecta.
—Adrien… Isolde palideció.
Adrien giró hacia el pozo.
—No.
La voz de Isolde siguió, débil, rota, como si viniera desde el fondo de una tumba.
—¿Me dejarás aquí también?
Isolde real permanecía frente a la iglesia, viva, rígida, con los ojos clavados en Morgana.
Adrien sintió un impulso violento de correr hacia el pozo, no porque creyera que Isolde estuviera allí, sino porque el sonido de su voz sufriendo activó algo más profundo que la razón.
Morgana lo miraba.
Observando.
Midiendo.
Isolde entendió.
—Está usando mi voz para probarlo.
Morgana inclinó la cabeza.
—No.
Solo le muestro que incluso el deber puede sonar delicioso cuando pide auxilio.
Adrien se volvió hacia la bruja.
—Deténlo.
—¿Por qué?
—Porque te lo ordeno.
Morgana rió.
El pozo respondió con la voz de Isolde, llorando suavemente.
Adrien sintió náuseas.
—Morgana.
—No te preocupes, caballero.
No la he tocado.
Todavía.
Isolde alzó la barbilla.
—No puedes tocar lo que no entiendes.
La mirada de Morgana volvió a ella.
—Entiendo bastante.
Entiendo que viniste a salvarlo de mí.
Entiendo que crees conocer la forma de su alma porque lo viste antes de que el barro le llegara a las rodillas.
Entiendo que miras esa marca en su pecho como si fuera una mancha sobre algo que te pertenecía limpio.
Isolde apretó los labios.
Morgana dio un paso hacia ella.
Adrien se interpuso.
—No.
La bruja lo miró.
—Ahí está otra vez.
—Sí.
Aquí estoy.
—Entre nosotras.
—Entre tú y una estupidez que puede matar a todos.
—No finjas que te preocupa la estrategia ahora.
El humo del pozo empezó a formar figuras.
Una mujer de velo blanco.
Una espada negra.
Una cuna vacía.
Isolde respiró hondo, pero no retrocedió.
—Adrien —dijo ella—, no respondas a nada que salga del pozo.
Su voz real chocó con la voz falsa que subía desde abajo.
—Adrien… me prometiste volver… El efecto fue horrible.
Dos Isoldes.
Una viva, firme, dolida.
Otra invisible, suplicante, construida con humo y manipulación.
Morgana cerró los ojos un instante, como si saboreara la tensión.
Adrien comprendió entonces que sus celos no tenían la forma humana que él habría esperado.
No había llanto.
No había herida expuesta.
No había reclamo directo.
Morgana no se mostraba dolida.
Se volvía peligrosa.
No porque Isolde le importara como rival amorosa común, sino porque representaba algo que Morgana detestaba: una parte de Adrien que existía antes del valle, antes de ella, antes de la marca.
Una prueba de que él podía pertenecer a un mundo donde la oscuridad no fuera el centro.
Y Morgana quería manchar esa prueba.
—Escúchame —dijo Adrien, con voz baja—.
Si sigues, Damas atacará.
El pozo responderá.
La madre de Tomás correrá hacia abajo.
Y el niño morirá.
Morgana abrió los ojos.
La mención de Tomás la detuvo apenas.
No por bondad.
Por cálculo.
Por memoria.
Por esa extraña grieta que Adrien aún no sabía nombrar.
—Siempre el niño —dijo ella.
—Sí.
Siempre el niño.
La voz falsa de Isolde se apagó lentamente.
El humo perdió forma.
El pozo volvió a respirar en silencio.
Isolde cerró los ojos un segundo, recuperando control.
Damas gritó: —¡Prendedla ahora!
Sus soldados avanzaron.
Adrien giró con la espada.
—¡Nadie se mueve!
—Se acabó, Valen —dijo Damas—.
Esa cosa acaba de usar la voz de Lady Isolde frente a todos.
—Y si la atacan sobre el pozo, hará algo peor.
Morgana sonrió detrás de él.
—Me halaga tu fe en mi creatividad.
Adrien habló sin mirarla: —No me hagas arrepentirme de defender el orden.
—Qué frase tan pálida para algo tan rojo.
Isolde dio un paso al frente, mirando a Damas.
—Capitán, detenga a sus hombres.
—Lady Isolde… —Es una orden.
—No tenéis mando militar.
—Pero llevo el sello del rey y puedo informar que usted, por orgullo, provocó la pérdida de un niño vivo y de una fuente estratégica de información.
Damas se detuvo.
La palabra estratégica hizo lo que la compasión no habría logrado.
Morgana miró a Isolde con nuevo interés.
—Ah.
Tiene colmillos.
Isolde no la miró.
—Y usted, Morgana de Veyr, se alejará del pozo.
La bruja sonrió.
—¿Me está dando órdenes?
—Le estoy dando una oportunidad de demostrar que su interés en Tomás no es solo una mentira útil.
Morgana quedó quieta.
Adrien miró a Isolde con sorpresa.
Había encontrado el ángulo exacto.
Morgana no obedecería por miedo, ni por moral, ni por compasión declarada.
Pero no toleraba que alguien insinuara que su control sobre la situación era una máscara demasiado obvia.
La bruja bajó del borde del pozo y dio tres pasos hacia atrás.
Lento.
Elegante.
Peligroso.
—Ahí tienes —dijo—.
Tu prometida acaba de salvar la plaza con una frase mejor que tu espada.
Adrien no respondió.
Isolde tampoco.
Pero algo en el aire cambió.
Morgana lo percibió.
Sus ojos pasaron de Adrien a Isolde y luego al espacio invisible entre ambos.
Allí donde no había magia de bruja, sino historia compartida.
Confianza herida, sí.
Pero confianza.
Una forma de vínculo que no necesitaba marca negra para existir.
Su expresión se volvió serena.
Demasiado serena.
—Qué conmovedor —susurró—.
Dos personas todavía capaces de entenderse en medio de una ruina.
Adrien sintió peligro.
—Morgana.
Ella retrocedió otro paso.
—No te preocupes.
No voy a matarla.
Isolde sostuvo su mirada.
—No podrías tan fácilmente.
La sonrisa de Morgana volvió.
—No, Lady Isolde.
Eso sería vulgar.
Matar a alguien rara vez es la forma más completa de quitarlo del camino.
La amenaza quedó suspendida.
Adrien avanzó.
—Escúchame bien.
Si le haces daño… —¿Qué?
—preguntó Morgana—.
¿Me odiarás por fin como debes?
¿Me perseguirás con tu espada sagrada?
¿Me mirarás sin esa insoportable compasión que intentas esconder detrás de la rabia?
Adrien no pudo responder.
Porque parte de él sabía que Morgana quería eso.
Quería empujarlo hasta una emoción absoluta.
Amor, odio, deseo, condena.
Cualquier cosa antes que la incertidumbre.
Isolde habló con frialdad: —No necesita odiarte para detenerte.
Morgana la miró.
—No.
Pero necesitará algo más que deber para sobrevivirme.
—Entonces quizá no sea él quien deba hacerlo.
Adrien giró hacia Isolde.
—Isolde.
Ella no apartó la vista de Morgana.
La bruja sonrió con auténtico deleite.
—Oh.
Eso sí fue interesante.
El pozo golpeó.
Una vez.
Todos callaron.
Desde abajo, la voz de Tomás habló, muy débil: —No peleen… La madre de Tomás sollozó.
La plaza entera pareció recordar, al fin, que había un niño bajo sus pies mientras los adultos disputaban poder, culpa, deseo y control.
Adrien envainó lentamente la espada.
—Basta.
Todos.
Miró a Damas.
—Ponga guardias en las salidas del pueblo si quiere.
Pero nadie baja a la cripta sin mi autorización, la de Elric y la presencia de Lady Isolde como testigo.
Damas apretó los dientes.
—No aceptaré órdenes de un sospechoso.
Isolde habló: —Pero aceptará una instrucción mía hasta que yo redacte un informe para el rey.
Y créame, capitán, puedo escribir con bastante precisión cuando alguien estorba una operación delicada.
Damas la miró con rabia contenida.
Finalmente hizo una señal.
Los soldados bajaron las armas.
Adrien miró a Morgana.
—Tú te mantendrás lejos de Isolde.
La bruja inclinó la cabeza.
—No prometo nada.
—Morgana.
—No prometo nada —repitió, más suave—.
Pero por ahora tengo mejores cosas que romper.
Isolde observó a Adrien.
Había algo en sus ojos que él no podía soportar del todo.
No era solo celos.
Ni reproche.
Era una evaluación dolorosa.
Como si estuviera midiendo cuánta parte de él seguía siendo alcanzable y cuánta había cruzado ya hacia un bosque donde ella no podía entrar sin perderse.
Morgana vio esa mirada.
Y su sonrisa desapareció otra vez.
Adrien lo notó.
Ella no parecía herida.
No en la superficie.
Pero la sombra bajo sus pies volvió a moverse.
Una flor blanca nació entre las piedras de la plaza.
Luego otra.
Luego una tercera.
Mara retrocedió con un gemido.
Las flores no atacaron.
Solo crecieron.
Pequeñas, hermosas, imposibles.
Alrededor de las botas de Isolde.
Adrien sintió que la sangre se le helaba.
—Morgana.
La bruja miró las flores con fingida sorpresa.
—Qué tierra tan fértil.
Isolde bajó la vista.
No se movió.
—¿Son venenosas?
Morgana sonrió.
—Todavía no.
Adrien se acercó y pisó una de las flores.
El tallo crujió bajo su bota.
Morgana lo miró.
El gesto le cambió el rostro.
Fue breve, pero intenso.
No por la flor.
Por lo que significaba.
Adrien había destruido un mensaje dirigido a Isolde.
—No —dijo él—.
Con ella no.
Morgana lo observó como si acabara de mostrarle una parte nueva de sí mismo.
—Qué claro sonaste.
—Bien.
—Sí —susurró ella—.
Muy bien.
La bruja dio media vuelta.
Los cuervos descendieron desde los tejados y se posaron alrededor del pozo, sin tocarlo.
Damas ordenó a dos soldados seguirla.
Morgana levantó una mano sin mirar.
Los soldados se detuvieron de golpe, no por hechizo visible, sino porque todas las sombras de la plaza apuntaron hacia ellos como lanzas.
Adrien hizo un gesto para que no avanzaran.
Morgana caminó hacia la calle del norte.
Antes de desaparecer entre la niebla, miró una última vez a Isolde.
—Cuide sus sueños, Lady Isolde.
Isolde respondió sin titubear: —Cuide sus heridas, Morgana.
La bruja sonrió.
Luego se fue.
Solo cuando desapareció, Adrien sintió que podía respirar.
Pero la plaza no se alivió.
Las flores blancas seguían creciendo alrededor de Isolde, lentamente, abriéndose como ojos pequeños.
El padre Elric murmuró: —No debemos dejarlas ahí.
Adrien las arrancó una por una con la espada.
Debajo de cada raíz había una gota de sangre negra.
Isolde lo miró trabajar en silencio.
Cuando terminó, le dijo en voz baja: —No está dolida.
Adrien no levantó la vista.
—Lo sé.
—Eso es lo que la hace más peligrosa.
Él guardó la espada.
—También lo sé.
Isolde se acercó un paso.
—No, Adrien.
No creo que lo sepas del todo.
La voz del pozo susurró entonces, casi inaudible: —Mamá… Todos volvieron a mirar la oscuridad.
Y por encima de sus cabezas, las campanas de Veyrfall comenzaron a sonar otra vez.
No como advertencia.
Como cuenta regresiva.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com