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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 24

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  3. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 La maldición del trigo
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24: Capítulo 24: La maldición del trigo 24: Capítulo 24: La maldición del trigo El trigo empezó a pudrirse al mediodía.

No fue una plaga lenta.

No comenzó con una mancha en una hoja ni con el marchitar discreto de los tallos más débiles.

No dio al pueblo la misericordia de la duda ni el consuelo de culpar al clima, al suelo o a los insectos.

Ocurrió de golpe, como si una mano invisible hubiese pasado sobre los campos y les hubiera arrancado la vida desde la raíz.

Primero llegó el olor.

Dulzón.

Húmedo.

Corrupto.

Un olor que no pertenecía a la cosecha, sino a una tumba abierta después de la lluvia.

Luego se oyó el crujido.

Los aldeanos salieron de sus casas con miedo, mirando hacia los campos que rodeaban Veyrfall.

Los tallos de trigo negro, que hasta esa mañana se levantaban torcidos pero vivos, comenzaron a doblarse uno tras otro.

No caían por viento.

Caían como cuerpos enfermos.

Las espigas se abrieron, y de ellas no salió grano, sino una sustancia oscura y viscosa que goteó sobre la tierra en hilos espesos.

Las moscas llegaron antes que los gritos.

Mara fue la primera en correr hacia el límite del campo.

—No —susurró.

Luego más fuerte: —No… Bastian Rusk apareció en la plaza con el rostro desencajado, seguido por otros hombres y mujeres.

Algunos llevaban herramientas.

Otros crucifijos.

Otros nada, porque el miedo a veces vacía las manos antes de llenar la boca.

Adrien estaba frente a la iglesia, discutiendo con el capitán Damas sobre la vigilancia de la cripta, cuando el olor llegó hasta ellos.

Damas frunció el ceño.

—¿Qué demonios es eso?

El padre Elric, que sostenía la llave antigua entre ambas manos, levantó la cabeza con una lentitud terrible.

—El trigo.

Adrien no esperó más.

Cruzó la plaza hacia los campos del sur, seguido por Isolde, Elric, Damas y varios soldados.

Los aldeanos se apartaban a su paso, pero no como antes.

Ya no solo temían al caballero marcado.

Ahora lo miraban como si esperaran que él mismo explicara por qué la tierra se estaba muriendo.

Al llegar al borde del sembradío, Adrien se detuvo.

El campo entero estaba pudriéndose.

La línea de corrupción avanzaba desde el bosque hacia el pueblo en una ola lenta y visible.

Donde pasaba, las plantas se ennegrecían, las espigas se abrían como heridas y el suelo burbujeaba en pequeños charcos de lodo oscuro.

El sonido era blando, húmedo, repulsivo.

Como carne cocinándose bajo tierra.

Un niño empezó a llorar.

Su madre le cubrió los ojos.

—Por la luz… —murmuró Isolde.

Adrien sintió la marca del pecho arder con una intensidad conocida.

Morgana.

No necesitó verla para saberlo.

El trigo no moría por accidente.

Moría con intención.

Damas desenfundó la espada.

—¿Es la bruja?

Elric no respondió.

Adrien sí.

—Sí.

El capitán giró hacia él.

—Entonces por fin coincidimos en algo.

Damas hizo una seña a sus soldados.

—Preparad partida.

Iremos al bosque.

Adrien se interpuso antes de que avanzaran.

—No.

—¿Otra vez?

—Si entran armados y sin entender qué está haciendo, perderemos hombres y quizá aceleremos esto.

Damas señaló los campos.

—¡Está destruyendo la comida del pueblo!

—Lo sé.

—¿Y vuestra respuesta es pedir paciencia?

Adrien miró el trigo podrido.

No quería paciencia.

Quería respuestas.

Quería agarrar a Morgana por los hombros y exigirle que dejara de convertir cada verdad en una herida nueva.

Quería odiarla con la limpieza que ella misma le negaba.

Quería salvar a Tomás, detener al valle, contener al rey, proteger a Isolde y, de algún modo imposible, impedir que Morgana siguiera eligiendo la crueldad como si fuera la única forma honesta de existir.

Pero querer demasiadas cosas no volvía ninguna más fácil.

—Mi respuesta —dijo Adrien— es averiguar qué quiere confesar el pueblo antes de que el campo entero muera.

Elric cerró los ojos.

Bastian, que estaba detrás, soltó un sonido ahogado.

Damas se volvió hacia él.

—¿Confesar qué?

Nadie respondió.

El capitán miró alrededor, irritado.

—¿Qué significa esto?

La respuesta llegó desde el campo.

No en voz alta.

En forma.

Los tallos podridos comenzaron a moverse.

No como plantas agitadas por viento, sino como dedos obedeciendo una orden.

Se doblaron, se retorcieron, se levantaron parcialmente y empezaron a trazar líneas sobre la tierra negra.

Los aldeanos retrocedieron con gritos.

Los soldados levantaron escudos.

Adrien permaneció inmóvil.

Las líneas se formaron lentamente.

Una palabra.

Luego otra.

La escritura era grande, irregular, hecha de trigo muerto y barro oscuro.

CONFESAD EL PRIMER PAN.

El silencio que siguió fue absoluto.

Incluso las moscas parecieron detenerse.

Adrien leyó la frase dos veces.

—¿El primer pan?

—preguntó Isolde.

Nadie contestó.

Pero varios aldeanos bajaron la mirada.

Eso bastó.

Adrien giró hacia Bastian.

El anciano estaba pálido, con la mano vendada contra el pecho.

—¿Qué es el primer pan?

Bastian negó con la cabeza.

—No.

El trigo siguió pudriéndose.

La línea de corrupción avanzó otro tramo hacia las casas.

Un hombre de mediana edad cayó de rodillas.

—¡Basta!

¡Basta, por favor!

El campo respondió con un crujido húmedo.

Sobre la tierra apareció otra frase.

EL PAN HECHO CON NIÑO.

Isolde llevó una mano a la boca.

El capitán Damas miró a Adrien.

—¿Qué significa eso?

Adrien no apartó la vista de Bastian.

—Eso intento averiguar.

El padre Elric susurró: —No era solo una leyenda.

Adrien giró hacia él lentamente.

—Padre.

Elric parecía a punto de enfermar.

—Durante las hambrunas antiguas, cuando el valle aceptaba una entrega… el primer trigo que crecía después era cosechado aparte.

Mara, cerca de ellos, cerró los ojos con horror.

—No… Elric continuó con dificultad: —Se molía por separado.

Se hacía un pan pequeño.

Se compartía entre las familias que habían participado en el rito, como señal de que el pacto había sido aceptado.

Damas retrocedió un paso.

—¿Comían pan hecho después de sacrificar niños?

Bastian murmuró: —No era carne.

Adrien lo miró con una frialdad mortal.

—Repita eso.

El anciano se encogió.

—No quise… —Sí quiso.

Quiso decir que eso lo hacía menos monstruoso.

Bastian cerró los ojos.

—Era otra época.

Mara soltó una risa rota.

—Mi padre me decía lo mismo cuando hablaba de las guerras viejas.

“Era otra época”.

Como si el hambre de un niño sonara diferente en el pasado.

El campo crujió.

Las letras se hundieron en el barro.

Luego los tallos formaron una tercera frase: ¿QUIÉN GUARDÓ LA RECETA?

Un murmullo de terror recorrió a los aldeanos.

Adrien miró hacia la plaza.

La madre de Tomás Wren estaba allí, sostenida por dos soldados.

Su rostro había perdido todo color.

Morgana había hecho pudrir los campos no solo para castigar.

Para señalar.

Adrien caminó hacia la mujer.

Los aldeanos se apartaron de él.

Isolde lo siguió a pocos pasos.

Damas también, aunque con la espada aún en mano.

La madre de Tomás levantó la mirada.

—No sé nada.

Lo dijo antes de que Adrien preguntara.

Eso la condenó más que cualquier silencio.

—Su nombre —dijo Adrien.

Ella tragó saliva.

—Edda Wren.

—¿Dónde está su esposo?

—Muerto.

Hace tres años.

Fiebre.

—¿La familia Wren guardaba una llave de la capilla vieja?

Edda no respondió.

Adrien se acercó un paso.

—¿Guardaba canciones?

—Todos cantaban.

—No le pregunté eso.

La mujer miró hacia el campo podrido.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mi hijo está abajo.

—Lo sé.

—Entonces sáquelo.

—Lo haré.

Pero para hacerlo necesito saber qué puerta abrió usted.

Edda negó con violencia.

—No abrí nada.

Desde el campo llegó un crujido.

Los tallos escribieron de nuevo, más cerca de la plaza: MENTIRA.

Edda soltó un grito.

Los soldados que la sujetaban se apartaron, asustados.

La mujer cayó de rodillas.

—¡No!

¡No fui yo!

El campo respondió: DEJASTE EL PAN EN EL UMBRAL.

Adrien sintió que una pieza caía en su lugar.

—¿Qué pan?

Edda empezó a llorar.

—No sabía.

Mara avanzó hacia ella.

—¿Qué le hiciste a Tomás?

—¡Nada!

—¡Mi hija murió con flores blancas en el pelo!

¡Mi Elia apareció en mi cama como si alguien la hubiera devuelto para que yo pudiera mirarla morir!

¡No digas nada si lo que hiciste fue abrir una puerta y rezar para no ver quién entraba!

Edda se cubrió los oídos.

—¡No sabía que lo tomaría a él!

Adrien se quedó inmóvil.

La frase cayó sobre todos como una campana de hierro.

Isolde cerró los ojos.

Damas maldijo en voz baja.

Elric se santiguó.

Adrien se agachó frente a Edda.

—¿A quién pensó que tomaría?

La mujer temblaba tanto que apenas podía respirar.

—A nadie.

Yo… yo pensé que solo era una ofrenda simbólica.

Morgana rió en la mente de Adrien.

No con alegría.

Con desprecio.

—El pan.

Adrien ignoró la voz y sostuvo la mirada de Edda.

—Cuéntelo todo.

Edda negó, llorando.

—El trigo se estaba pudriendo desde antes.

No así.

No como ahora.

Pero en mi campo, detrás de la casa, las espigas salían huecas.

Mi esposo decía que nuestra tierra estaba maldita por la sangre antigua de los Wren.

Después de su muerte, encontré cosas en el sótano.

Papeles.

Cantos.

Una llave rota.

Recetas.

—La receta del primer pan.

Edda se abrazó a sí misma.

—Decía que no hacía falta sangre si se usaba harina de la primera cosecha de una tierra marcada y leche de madre.

Decía que el valle recordaría.

Mara la miró con horror.

—¿Le diste leche?

Edda cerró los ojos.

—No era para Tomás.

—¿Para quién?

La mujer no respondió.

El campo crujió.

Otra frase apareció entre los tallos podridos: PARA LA TIERRA.

Adrien sintió asco.

—Quería curar sus campos.

Edda abrió los ojos, desesperada.

—¡Quería salvar nuestra casa!

¡No teníamos cosecha!

¡Tomás estaba enfermo!

¡No podía comprar medicina!

¡El rey sube impuestos y la tierra no da nada!

Encontré la receta y pensé… pensé que si antes funcionó… —¿Pensó que podía alimentar al valle sin pagar el precio?

Edda rompió a llorar.

—Sí.

Elric susurró: —Dios nos perdone.

Morgana habló dentro de Adrien: —Tu dios ha estado ocupado mirando hacia otro lado.

Adrien apretó los dientes.

—¿Qué hizo exactamente?

—preguntó a Edda.

La mujer tardó en responder.

—Hice el pan.

Pequeño.

Con harina vieja, leche, sal negra y… y una gota de sangre de Tomás.

Mara dio un paso hacia ella.

Adrien levantó una mano para detenerla.

—¿Por qué sangre de Tomás?

—Porque era Wren.

Porque la receta decía que el valle escucha mejor a los niños del linaje.

—¿Dónde dejó el pan?

Edda miró hacia la iglesia.

—En el almacén de grano.

Bajo la trampilla.

Elric perdió el color.

—La entrada lateral.

—No la abrí —insistió Edda—.

Solo dejé el pan sobre la madera.

Canté.

Como decía el papel.

Después me fui.

Tomás dormía en casa.

Lo juro.

Yo cerré su ventana.

Cerré la puerta.

Me acosté junto a él.

—¿Y al despertar?

Edda se llevó una mano a la boca.

—Ya no estaba.

Mara se abalanzó sobre ella.

—¡Maldita!

Isolde y Adrien la detuvieron al mismo tiempo.

Mara luchó con una fuerza desesperada.

—¡Mi hija murió y tú volviste a alimentar eso!

—¡No quería!

—gritó Edda—.

¡No quería entregar a nadie!

Mara lloraba de rabia.

—Eso dicen todos aquí.

Nadie quiere.

Nadie sabe.

Nadie empuja.

Pero los niños caen igual.

Las palabras atravesaron la plaza.

El campo podrido se agitó, como si la verdad lo hubiera complacido.

El olor empeoró.

Damas, que había permanecido callado, habló con voz dura: —Esta mujer queda bajo custodia real.

Adrien no lo contradijo.

—Sí.

Edda levantó la cabeza con horror.

—No.

Mi hijo… —Su hijo será buscado —dijo Isolde—.

Pero usted no volverá a acercarse al pozo, al almacén ni a la iglesia sin vigilancia.

—¡Soy su madre!

Morgana apareció entonces.

No desde el bosque.

No desde una nube de cuervos.

Desde el campo.

Caminaba entre los tallos podridos sin que el lodo manchara el borde de su vestido.

Las espigas muertas se inclinaban a su paso como si la reconocieran.

Llevaba el brazo vendado, el rostro sereno y los ojos verdes fijos en Edda Wren.

Los soldados reaccionaron de inmediato.

Damas levantó la espada.

Adrien extendió un brazo.

—No.

—¿También ahora?

—escupió el capitán.

—Si la atacan en medio de su propia maldición, todos moriremos entre trigo podrido.

Damas no bajó del todo la espada, pero no avanzó.

Isolde miró a Morgana.

Morgana no le devolvió la mirada.

Tenía ojos solo para Edda.

—Leche de madre —dijo la bruja—.

Harina vieja.

Sal negra.

Sangre de niño Wren.

Qué aplicada.

Edda retrocedió de rodillas.

—No sabía que vendrías.

Morgana sonrió.

—Yo tampoco.

Qué sorpresa desagradable para ambas.

Adrien la miró.

—Tú hiciste esto.

Morgana levantó una mano y un tallo podrido se enredó alrededor de sus dedos.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque podía seguir dejando pistas sutiles para que todos fingieran no entenderlas, o podía pudrir lo único que este pueblo lamenta más rápido que a sus hijos: su cosecha.

Los aldeanos murmuraron con horror.

Morgana levantó la voz, mirando alrededor.

—Ah, no me miren así.

A los niños los enterraron con canciones.

Pero al trigo… al trigo sí le dan nombres, fechas, cuidados y plegarias.

Bastian bajó la cabeza.

Elric se cubrió el rostro.

Adrien avanzó hacia ella.

—¿Esto era necesario?

Morgana lo miró.

—Sí.

—Estás condenando al pueblo al hambre.

—No.

Les estoy recordando de dónde viene su pan.

—Hay inocentes.

Morgana ladeó la cabeza.

—Siempre los hay.

Qué conveniente resulta mencionarlos después de que los culpables esconden las manos entre ellos.

Isolde intervino: —Si destruyes los campos, Tomás no volverá a un hogar.

Volverá a una hambruna.

Morgana giró hacia ella.

Ahí volvió algo de la tensión del día anterior.

—Lady Isolde, tan pronta a administrar consecuencias ajenas con voz limpia.

—No estoy administrando.

Estoy diciendo que un niño vivo también necesita mañana.

Morgana sonrió.

—Qué frase tan maternal para alguien que no lo es.

Adrien sintió el peligro al instante.

Isolde no se movió, pero su rostro se tensó apenas.

—No confunda mi falta de hijos con falta de compasión.

—No.

Confundo tu compasión con la clase de lujo que pueden permitirse quienes nunca han tenido que elegir qué parte de sí mismas sacrificar para que otra sobreviva.

Isolde dio un paso hacia ella.

—Y yo confundo tu crueldad con la costumbre de alguien que se acostumbró demasiado a ser temida.

La tierra bajo los pies de Isolde se oscureció.

Adrien se interpuso.

—Morgana.

La bruja miró el suelo.

Luego a Adrien.

—Otra vez.

—Sí.

—La proteges incluso de una conversación.

—La protejo de tu veneno.

—Mi veneno suele decir verdades más rápido que tus disculpas.

—No hoy.

Morgana sonrió, pero sus ojos no estaban divertidos.

—No me des órdenes frente a ella.

La frase salió baja.

Peligrosa.

Adrien entendió que allí no hablaba solo la bruja ni la víctima ni la verdugo.

Hablaba algo más primitivo: el deseo de no parecer desplazada en el único terreno donde había logrado entrar bajo su piel.

—Entonces no me obligues —dijo él.

Los ojos de Morgana se afilaron.

Por un momento, el trigo podrido crujió alrededor de ellos como si miles de huesos pequeños se quebraran a la vez.

Luego Edda Wren gritó: —¡Devuélveme a mi hijo!

El grito rompió la tensión.

Morgana giró hacia ella con una lentitud terrible.

—¿Devolver?

Edda tembló.

—Por favor.

—Lo dejaste en una puerta antigua con pan de sangre y luego te sorprende que alguien respondiera.

—No sabía.

—Sí sabías.

Morgana se acercó.

Edda intentó retroceder, pero dos soldados la sujetaron.

—Sabías lo suficiente para hacerlo de noche —continuó Morgana—.

Sabías lo suficiente para cantar bajo la trampilla.

Sabías lo suficiente para usar sangre de tu hijo y no la tuya.

Edda sollozó.

—Era solo una gota.

La expresión de Morgana cambió.

No mucho.

Pero Adrien lo vio.

La frase la enfureció.

—Solo una gota —repitió.

El trigo alrededor de Edda se levantó del suelo como raíces negras.

Los soldados retrocedieron, soltándola.

Edda quedó sola.

—Solo una antorcha —dijo Morgana—.

Solo una cuerda.

Solo una tablilla.

Solo una puerta cerrada.

Solo un niño.

Siempre es poco cuando la mano que entrega sigue caliente.

Las raíces de trigo podrido treparon por las piernas de Edda.

Adrien desenvainó.

—Morgana, no.

La bruja no lo miró.

—Confiesa el resto.

Edda negó, llorando.

—No hay más.

Las raíces apretaron.

Edda gritó.

Adrien avanzó, pero el suelo se abrió frente a él con una línea negra.

No profunda.

Suficiente.

—Morgana.

—Confiesa —dijo ella.

Edda lloraba, intentando arrancarse las raíces.

—¡No hay más!

El trigo la envolvió hasta la cintura.

Mara, que momentos antes había querido matarla, palideció.

—Detente… Morgana no la escuchó.

O fingió no hacerlo.

—¿Quién te dio la receta?

—preguntó.

Edda abrió los ojos de golpe.

Adrien entendió.

Ahí estaba el resto.

—¿Quién?

—exigió él.

Edda miró hacia los aldeanos.

Muchos retrocedieron.

El trigo apretó más.

—¡Madre Orelia!

—gritó Edda al fin—.

¡Fue Madre Orelia!

Un murmullo de horror recorrió el pueblo.

La anciana ciega.

La misma que había hablado de semillas en Lysa.

La misma que sabía demasiado de lo que volvía del bosque.

Adrien miró alrededor.

—¿Dónde está?

Nadie respondió.

Morgana sonrió con frialdad.

—Ahí está.

Las raíces dejaron de subir, pero no soltaron a Edda.

—Madre Orelia —dijo Isolde—.

¿Quién es?

Elric respondió con voz baja: —La más vieja del pueblo.

Partera.

Curandera antes de Evelyne.

Guardiana de tradiciones antiguas.

Adrien sintió que el caso volvía a abrirse bajo sus pies.

—¿Tradiciones del valle?

Elric asintió.

—Sí.

Bastian murmuró: —Ella conocía canciones que nadie más recordaba.

Morgana miró al sacerdote.

—Ella recordaba porque nunca dejó de servir.

Elric palideció.

—¿A la capilla?

—Al hambre —dijo Morgana—.

Llámalo como quieras.

Edda lloraba entre las raíces.

—Me dijo que no pasaría nada malo.

Me dijo que el valle solo necesitaba recordar el sabor.

Me dijo que Tomás estaba protegido por ser sangre Wren.

Morgana soltó una risa baja.

—Protegido.

Qué palabra tan hermosa para envolver carne.

Adrien miró a Damas.

—Envíe hombres a buscar a Madre Orelia.

Viva.

Damas dudó.

Isolde lo miró.

—Ahora, capitán.

El hombre hizo una señal a cuatro soldados.

—Buscad a la anciana.

No la perdáis de vista.

Los soldados corrieron hacia las casas del norte.

Morgana levantó la mano.

Las raíces soltaron a Edda, que cayó al barro, sollozando.

El trigo podrido dejó de avanzar.

No sanó.

Pero dejó de morir.

Un murmullo de alivio recorrió el pueblo.

Demasiado pronto.

Morgana los miró con desprecio.

—No se alegren.

Solo detuve la mano.

La herida queda.

Adrien envainó lentamente.

—¿Por qué ahora?

—Porque confesó lo que necesitaba.

—¿Y si no lo hacía?

Morgana sonrió.

—Habrías tenido que decidir cuánto dolor permites para obtener una verdad que salva a un niño.

Adrien sintió una repulsión inmediata.

—No soy como tú.

—No.

Todavía te duele calcularlo.

Isolde habló, con voz firme: —Y a usted ya no.

Morgana la miró.

—A mí me duele de otras formas.

—Pero no lo suficiente para detenerse.

La bruja no respondió.

Adrien miró los campos.

La mitad de la cosecha estaba destruida.

Tallos negros.

Espigas abiertas.

Lodo oscuro.

Moscas.

El olor a podredumbre se quedaría días, quizá semanas.

Las familias llorarían pan antes que confesiones, como había dicho Morgana.

Pero la verdad había salido.

Edda Wren había alimentado la entrada.

Madre Orelia le dio la receta.

El valle no se había abierto solo.

Alguien seguía sirviéndolo.

—Vendrás con nosotros cuando interroguemos a Orelia —dijo Adrien a Morgana.

Ella arqueó una ceja.

—¿Orden o invitación?

—Necesito saber cuándo miente.

—Todos mienten.

—Pero a ti te divierten más ciertas mentiras.

Morgana sonrió.

—Aprendes.

Damas se acercó.

—No permitiré que la bruja participe en un interrogatorio bajo autoridad real.

Morgana lo miró con aburrimiento.

—Capitán, si su autoridad fuera una silla, crujiría bajo el peso de su propia importancia.

Damas levantó la espada.

Adrien se interpuso sin pensarlo.

Otra vez.

Isolde lo vio.

Morgana también.

El capitán apretó los dientes.

—Sir Adrien… —Baje la espada.

—Está interfiriendo con la captura de una amenaza.

—Estoy evitando que usted muera antes de aportar algo útil.

Morgana suspiró.

—Defensa práctica.

Menos romántica, pero aceptable.

Adrien no le respondió.

Damas bajó la espada lentamente.

—Esto será informado.

—Todo será informado —dijo Isolde—.

Con precisión.

La palabra hizo que Adrien la mirara.

Ella sostuvo su mirada.

No había perdón en sus ojos.

Pero sí decisión.

Por ahora, estaba de su lado.

No de Morgana.

No del rey.

Del rescate.

Eso bastaba.

Una campana sonó desde la iglesia.

Luego otra.

No solas esta vez.

Un soldado corría desde el norte, sin casco, respirando con dificultad.

—¡Capitán!

¡Sir Adrien!

Todos giraron.

El hombre se detuvo al borde de la plaza.

—La anciana no está en su casa.

Adrien sintió que el pecho se le tensaba.

—¿Dónde está?

El soldado tragó saliva.

—Encontramos una entrada bajo el piso.

Baja hacia túneles.

Elric palideció.

Bastian murmuró una oración.

Morgana sonrió lentamente.

—Ah, vieja rata.

Adrien miró hacia la iglesia.

Luego hacia el almacén.

Luego hacia el pozo.

—¿Túneles conectados a la capilla vieja?

El soldado asintió.

—Creemos que sí.

Desde el pozo, la voz de Tomás susurró: —Ella canta… Edda Wren soltó un grito.

Morgana cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, su rostro había cambiado.

Ya no había burla.

Solo una concentración fría y peligrosa.

—Orelia está abajo.

Adrien tomó la llave antigua.

—Entonces vamos.

Damas reunió a sus hombres.

Isolde se acercó a Adrien.

—Yo voy contigo.

—No.

—No era una pregunta.

Él la miró.

Quiso discutir.

No tuvo tiempo.

Morgana pasó junto a ambos, rozando apenas el hombro de Adrien.

—Qué hermoso —dijo—.

El caballero, la prometida, la bruja y los soldados del rey.

Si el valle tiene sentido del humor, nos devorará en orden de hipocresía.

Adrien la miró.

—Tú irías primera.

Morgana sonrió.

—Quizá por eso camino delante.

Y así, mientras los campos podridos de Veyrfall humeaban bajo el cielo gris, la verdad del primer pan quedó al descubierto ante todos.

El pueblo no solo había enterrado niños.

Había comido el fruto de su muerte.

Y bajo las casas, bajo la iglesia, bajo el trigo y las oraciones, una anciana que recordaba las recetas antiguas caminaba hacia la capilla vieja, cantándole al hambre con una voz demasiado vieja para pertenecer solo a una mujer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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