El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 25
- Inicio
- El caballero y la bruja del valle muerto.
- Capítulo 25 - Capítulo 25: Capítulo 25: El crimen original
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 25: Capítulo 25: El crimen original
La entrada bajo la casa de Madre Orelia olía a harina podrida.
No a tierra.
No a humedad.
A harina vieja, amarga, mezclada con leche agria y humo de velas apagadas.
Adrien descendió primero, con la espada en una mano y la lámpara en la otra. La escalera era estrecha, irregular, excavada bajo el suelo de madera de una vivienda que por fuera parecía igual a todas las demás: techo bajo, ventanas pequeñas, paredes torcidas por el tiempo. Pero bajo esa pobreza humilde se abría un pasaje imposible, tan antiguo como la iglesia, quizá más.
Detrás de él bajaron Isolde, el padre Elric, capitán Damas y cuatro soldados. Morgana fue la última en cruzar el umbral.
No por miedo.
Porque todos la miraban.
Ella lo sabía y, como siempre, convertía el juicio ajeno en una especie de corona.
—Qué casa tan modesta para tanta podredumbre —murmuró.
Damas la miró por encima del hombro.
—Una palabra fuera de lugar y os pondré grilletes.
Morgana sonrió.
—Capitán, usted ha dicho tantas palabras fuera de lugar desde que llegó que ya debería caminar encadenado a su propia lengua.
Uno de los soldados soltó un resoplido nervioso y lo ocultó como tos.
Damas giró hacia él con furia.
Adrien habló antes de que la tensión creciera.
—Silencio. Todos.
La escalera descendía hacia una galería baja, reforzada con vigas negras. Algunas eran recientes. Otras estaban tan viejas que parecían huesos de árbol. En las paredes había marcas talladas: cruces, ojos sin pupila, espirales, nombres raspados, símbolos de cosecha, dibujos infantiles. Cada pocos metros encontraban restos de velas hundidas en la piedra.
Isolde caminaba con una calma admirable.
Pero Adrien notó su mano cerca de la daga.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Ella no apartó la mirada del túnel.
—No es la primera vez que bajo a un lugar oscuro.
—Este no es como otros.
—Lo sé.
Morgana rió suavemente detrás de ellos.
—Qué conversación tan matrimonial. “¿Estás bien?” “Lo sé.” Casi hace olvidar que caminamos por las venas de un pueblo caníbal de símbolos.
Isolde no se volvió.
—Si quiere provocar, deberá esforzarse más. Estoy aprendiendo sus ritmos.
La sonrisa de Morgana se afiló.
—Qué rápido progresa, Lady Isolde.
—La necesidad enseña.
—Y el miedo.
—También.
Adrien sintió el roce de esa tensión como una hoja cerca del cuello.
—Basta.
Morgana suspiró con fingida obediencia.
—El caballero pide silencio. Qué raro que todos sigamos fingiendo que manda aquí.
El túnel tembló.
No mucho.
Pero suficiente para apagar una de las lámparas de los soldados.
Elric hizo la señal de la luz.
—No hablemos más de mando.
Morgana lo miró.
—Por fin dices algo útil, padre.
Avanzaron.
La galería se dividía en varios pasajes, pero el central era el único marcado con harina seca sobre el suelo. Una línea blanca, delgada, trazada a mano, como si alguien hubiera querido guiarse en la oscuridad.
—Orelia —dijo Elric—. Siempre usaba harina en sus ritos.
—¿La conocía bien? —preguntó Isolde.
El sacerdote tragó saliva.
—Fue partera del pueblo antes de Evelyne. Mucho antes. Asistió mi llegada a Veyrfall. Yo era joven. Ella ya parecía vieja.
Morgana habló desde atrás:
—Orelia nació vieja. Algunas almas vienen arrugadas de tanto servir a cosas que no mueren.
Damas apretó la espada.
—¿Es bruja también?
Morgana lo miró con desdén.
—No insulte la profesión.
—¿Entonces qué es?
—Una puerta con piel.
El capitán no respondió.
Quizá porque, por primera vez, entendió que la burla podía contener información.
El túnel comenzó a ensancharse. La temperatura bajó. El aire ya no olía solo a harina, sino también a trigo húmedo, sangre seca y piedra abierta. Desde algún lugar lejano llegaba un canto.
Muy bajo.
Una voz de anciana.
Duerme bajo tierra, niño de trigo…
Adrien levantó la mano.
Todos se detuvieron.
La canción continuó, arrastrándose por el túnel como humo.
Duerme sin nombre, duerme sin grito…
Elric palideció.
—La canción del pozo.
Morgana cerró los ojos.
—No. Es más vieja. Esa es la versión que el pueblo enseñó para no oír la otra.
Adrien la miró.
—¿Qué otra?
La bruja abrió los ojos.
—La original no era una canción para dormir. Era una receta.
Isolde sintió un escalofrío.
—Una receta.
—Sí.
Morgana siguió caminando.
—Una voz para calmar. Una palabra para separar. Una mano para empujar. Una promesa para justificar. El trigo crece mejor cuando todos cantan al mismo tiempo.
Nadie respondió.
El túnel terminó en una sala subterránea.
No era todavía la capilla vieja.
Era una antecámara.
El techo bajo estaba sostenido por pilares de piedra. En el centro había una mesa circular de madera antigua. Sobre ella reposaban papeles, cuencos de harina, un cuchillo pequeño, mechones de cabello, dientes de leche, frascos de leche agria y pedazos de pan negro, duros como piedra. Contra una pared colgaban trapos bordados con nombres. Algunos tan viejos que apenas se distinguían.
En el suelo, alrededor de la mesa, había juguetes.
Docenas.
No enterrados.
Ordenados.
Caballos, muñecas, peonzas, sonajeros, soldados de madera, pequeños animales tallados.
Adrien sintió que el estómago se le cerraba.
—Más nombres —susurró Isolde.
Elric se apoyó contra un pilar.
—Por la luz…
Morgana caminó hasta la mesa y tomó uno de los papeles. Lo leyó con calma.
—Orelia ha sido muy aplicada.
Adrien se acercó.
—¿Qué dice?
Morgana le entregó el papel.
La letra era temblorosa, pero clara.
Cuando la tierra no abra, dar nombre.
Cuando el nombre no baste, dar sangre.
Cuando la sangre sea poca, dar voz.
Cuando la voz se resista, cantar.
Cuando el niño llore, no escuchar como madre. Escuchar como pueblo.
Isolde cerró los ojos.
—Dios mío.
Morgana miró a Elric.
—Tu dios no escribió esto. Aunque muchos de los suyos lo guardaron bastante bien.
Damas tomó otro papel de la mesa.
—Aquí hay fechas.
Adrien giró hacia él.
—¿Fechas de qué?
El capitán leyó con dificultad.
—Año de la cosecha roja. Primer pan: familia Rusk, Bale, Holt, Wren, Vale… entrega aceptada. Producción duplicada en campos del sur.
Bastian no estaba allí, pero su sombra pareció entrar de todos modos.
Elric se acercó con paso tembloroso.
—Eso no estaba en los registros de la iglesia.
Morgana rió.
—Qué sorpresa. El pecado tuvo libros contables fuera de la sacristía.
Adrien tomó otro trapo bordado.
El nombre estaba casi borrado.
Iven Rusk.
Lo dejó con cuidado.
—Estos son los niños entregados.
—No solo los trece que encontramos —dijo Isolde.
Adrien siguió mirando la mesa.
Había demasiados juguetes.
Demasiados.
—¿Cuántos? —preguntó.
Nadie respondió.
Morgana tomó una tablilla del montón y la sostuvo entre los dedos.
—Muchos más de los que el pueblo recuerda. Menos de los que el valle quisiera.
Damas, que hasta entonces había intentado mantener dureza militar, perdió color.
—Esto será enviado al rey.
Adrien lo miró de inmediato.
—No.
—¿Perdón?
—Primero sacamos a Tomás. Luego aseguramos pruebas.
—Estas son pruebas de crímenes atroces.
—Sí. Y si las saca ahora, el pueblo entrará en pánico, Orelia se nos escapará más abajo y Tomás morirá.
Damas apretó la mandíbula.
—Sir Adrien, ya no está en posición de dictar prioridades.
Isolde intervino:
—En esto sí lo está.
El capitán la miró con impaciencia.
—Lady Isolde…
—Si hay un niño con vida y una sospechosa principal dentro de estos túneles, nuestra prioridad operativa es rescate y captura. Las pruebas no caminarán lejos.
Morgana sonrió.
—Qué bien miente cuando dice la verdad.
Isolde no la miró.
—No estoy mintiendo.
—No. Solo eliges el orden de las verdades. Es una forma refinada de aprender el idioma de Veyrfall.
Adrien se agachó junto a los juguetes.
Había uno apartado de los demás: un pequeño pájaro de madera, con las alas abiertas. En el lomo tenía tallado un nombre que no conocía.
Alren Wren.
El niño desaparecido después de que Evelyne impidiera la entrega de Morgana.
El niño cuya desaparición sirvió de excusa para quemar la casa.
Adrien levantó el pájaro.
—Alren.
Elric se acercó.
Al ver el nombre, su rostro se descompuso.
—No…
Adrien lo miró.
—Dijeron que Evelyne lo tomó.
El sacerdote no respondió.
Morgana apareció junto a Adrien y miró el pájaro sin tocarlo.
Su rostro cambió.
No mucho.
Pero cambió.
Adrien reconoció el silencio.
No era burla.
No era sorpresa.
Era confirmación de una herida que ella ya conocía, pero que quizá nunca había visto en madera.
—Alren Wren fue entregado aquí —dijo Adrien.
Elric se cubrió la boca.
—Entonces…
—Entonces Evelyne no lo tomó —dijo Isolde.
Morgana habló con voz baja:
—Claro que no.
Adrien miró a Elric.
—Quemaron su casa por un crimen del pueblo.
El sacerdote retrocedió hasta apoyarse en la mesa.
—Creímos…
Adrien se levantó.
—No. Quisieron creer.
Elric no pudo responder.
Damas miraba la sala con creciente horror.
—¿Quién dirigía estos ritos?
Morgana levantó lentamente la vista hacia el túnel que seguía más allá de la antecámara.
—La que sigue cantando.
La voz de Orelia llegó más clara.
Harina de hueso, leche de madre,
nombre pequeño, tierra que abre…
Uno de los soldados vomitó en una esquina.
Nadie lo reprendió.
Adrien tomó el pájaro de Alren y lo guardó en su bolsa junto a las otras pruebas.
—Seguimos.
El pasaje después de la antecámara descendía más.
Las paredes estaban cubiertas de escritura. No toda era antigua. Algunas líneas eran recientes, hechas con carbón, harina o sangre seca. Isolde leyó una en voz baja:
—“No hay crimen si el pueblo sobrevive.”
Morgana respondió:
—La oración favorita de los cobardes.
Adrien no dijo nada.
El túnel desembocó en una galería más amplia, y allí encontraron la primera fosa.
No era profunda.
No contenía cuerpos enteros.
Contenía objetos, ropa pequeña, trenzas cortadas y tablillas con nombres. Algunas estaban ordenadas por familias. Rusk. Bale. Wren. Holt. Thorn. Vale. Merrow.
Adrien se detuvo ante el último.
—Merrow.
Elric levantó la mirada.
—¿La familia de Lysa?
Morgana se inclinó y tomó una cinta blanca manchada.
—Su bisabuela entregó a una hermana menor. Lysa nunca lo supo. Eso no le impidió nacer sobre la misma tierra.
Adrien cerró los ojos.
—Y la castigaste por eso.
—No. La castigué por venir a mí con un deseo lo bastante ingenuo para ser convertido en cuchillo.
—Siempre encuentras forma de justificarlo.
Morgana lo miró.
—No lo justifico. Lo describo.
Isolde habló, seria:
—A veces la descripción también es una defensa.
La mirada de Morgana se desplazó hacia ella.
—Y a veces la compasión es una forma elegante de pedir a las víctimas que no incomoden demasiado.
Isolde no retrocedió.
—No le pido que sea cómoda. Le pido que no se convierta en lo mismo que odia.
Morgana sonrió sin alegría.
—Demasiado tarde.
La frase cayó sin drama.
Por eso fue peor.
Siguieron.
El canto de Orelia se hizo más claro.
El túnel comenzó a vibrar bajo sus pies. La marca en el pecho de Adrien ardía con fuerza. La cicatriz negra de su brazo palpitaba al ritmo de la canción. No sabía si Morgana lo sentía también, pero su rostro se había vuelto más rígido. Caminaba con la mandíbula tensa, como si cada paso la acercara a una boca que conocía demasiado bien.
—¿Puedes seguir? —preguntó Adrien en voz baja.
Morgana lo miró.
—Qué tierno. ¿También se lo preguntas a tu prometida cuando baja a túneles llenos de juguetes muertos?
—A ella ya se lo pregunté.
La respuesta salió antes de que pudiera medirla.
Los ojos de Morgana brillaron.
Isolde, unos pasos adelante, escuchó.
No dijo nada.
Morgana sonrió.
—Qué considerado eres con todas tus condenas.
Adrien se acercó más.
—No conviertas cada frase en veneno.
—No puedo. Es mi lengua materna.
—No. Es la que elegiste.
La sonrisa de Morgana desapareció.
—Cuidado.
—Tú misma lo dijiste.
—No uses mis palabras para hacerte sentir valiente.
—No las necesito para eso.
Durante un segundo, pareció que Morgana iba a responder con magia o con una crueldad precisa. Pero el canto de Orelia subió desde el fondo del túnel, y su atención se desplazó de golpe.
Primer pan, primera sangre,
lo que cae, sostiene el hambre…
Morgana se quedó inmóvil.
Adrien la observó.
—¿Qué ocurre?
La bruja tardó en responder.
—Esa estrofa no debería conocerla.
Elric, que venía detrás, palideció.
—¿Por qué?
—Porque no estaba en los papeles del pueblo. Esa parte se cantaba antes de Veyrfall.
Damas levantó la espada.
—¿Antes?
Morgana miró hacia la oscuridad.
—Antes de que sus antepasados llegaran y creyeran haber inventado el pecado.
El túnel se abrió de pronto en una gran cámara.
La capilla vieja.
No había bancos.
No había altar como en San Aeron.
Había un pozo interior.
Más ancho que el de la plaza, construido con piedra negra y rodeado por círculos tallados en el suelo. Sobre el pozo colgaban raíces gruesas que descendían desde el techo como venas. Algunas se movían lentamente. Alrededor había nichos pequeños, cada uno con un juguete, una vela apagada y una tablilla. En las paredes, el ojo sin pupila se repetía decenas de veces, tallado, pintado, raspado y vuelto a pintar.
En el centro de la cámara, frente al pozo, estaba Madre Orelia.
Era una anciana diminuta, cubierta con un chal marrón. Su espalda estaba encorvada, pero su voz salía fuerte, demasiado fuerte, como si cantara con varias gargantas. Sus ojos ciegos estaban abiertos, blancos, fijos en la oscuridad del pozo.
Y a sus pies, acostado sobre una manta de trigo negro, estaba Tomás Wren.
Vivo.
Inmóvil.
Pálido.
Con el caballo de madera ausente de sus manos.
Mara no estaba allí para verlo, y tal vez eso lo salvó de ser arrancado del ritual de forma imprudente.
Adrien dio un paso.
Morgana lo sujetó del brazo.
—No pises el círculo.
Él bajó la vista.
La línea tallada alrededor de Orelia y el niño estaba llena de harina, sangre seca y leche coagulada.
—¿Qué está haciendo?
Morgana respondió con voz fría:
—Terminando el pan.
Orelia dejó de cantar.
Lentamente, giró el rostro hacia ellos.
Aunque era ciega, sonrió exactamente en dirección a Adrien.
—Llegó el caballero.
Su voz no era solo suya.
Había otra debajo.
Más profunda.
Húmeda.
Paciente.
—Llegó tarde —añadió.
Adrien levantó la espada.
—Aléjate del niño.
Orelia rió.
—Todos dicen eso cuando el niño todavía tiene cara.
Isolde inhaló con horror.
Damas hizo una señal a sus soldados, pero ninguno avanzó. Incluso ellos, hombres entrenados, sentían que cruzar aquel círculo sería como meter la mano en la boca de un animal dormido.
Elric se adelantó un paso.
—Orelia.
La anciana giró hacia él.
—Padre Elric. El pastor que construyó una iglesia sobre un estómago y se sorprendió de oírlo digerir.
El sacerdote tembló.
—Esto termina ahora.
—No. Esto empezó antes de tus santos.
Morgana avanzó hasta quedar junto a Adrien.
Orelia sonrió más.
—Niña de la ceniza.
La cámara entera pareció estremecerse.
Morgana se quedó quieta.
Adrien notó que su mano se cerró en un puño.
—Vieja partera —dijo Morgana—. Sigues oliendo a leche robada.
Orelia rió con una dulzura horrible.
—Yo te recibí al nacer.
Morgana no respondió.
—No lloraste —continuó la anciana—. Todos lo recuerdan. Pero yo sí escuché algo.
Adrien miró a Morgana.
Su rostro estaba inmóvil.
Demasiado.
Orelia inclinó la cabeza.
—El valle suspiró.
El pozo interior respondió con un sonido bajo.
Morgana levantó la mano.
—Cállate.
Orelia sonrió.
—Así hablaba tu madre cuando tenía miedo.
La temperatura cayó.
Las sombras bajo los pies de Morgana se extendieron hacia el círculo.
Adrien habló rápido:
—Orelia, usted le dio la receta a Edda Wren.
—Le devolví lo que su familia guardó.
—Usó a Tomás.
—El linaje Wren abrió muchas veces. Era justo que uno de ellos llamara otra vez.
—Es un niño.
—Todos lo eran.
La frase fue dicha sin culpa.
Sin crueldad teatral.
Con la serenidad de quien habla de estaciones, cosechas o mareas.
Adrien sintió que estaba frente a algo distinto a Morgana.
Morgana disfrutaba la herida.
Orelia la administraba como tradición.
—¿Por qué? —preguntó Isolde—. ¿Por qué seguir haciéndolo después de tantos años?
Orelia giró hacia ella.
—Porque ustedes siempre llegan cuando el hambre ya hizo su pregunta. Reinas, prometidas, santos, reyes, capitanes. Todos traen leyes al granero lleno. Pero cuando la tierra se cierra, cuando los pechos de las madres no dan leche, cuando los niños lloran hasta quedarse sin voz, el pueblo recuerda a qué dios se le habla en voz baja.
Isolde sostuvo su mirada vacía.
—Y ese dios pide inocentes.
Orelia sonrió.
—Los inocentes pesan más.
Damas escupió una maldición.
Adrien sintió que la espada le pesaba.
—Eso fue el crimen original.
Orelia inclinó la cabeza.
—Crimen es palabra de quienes sobrevivieron para juzgar.
—No —dijo Adrien—. Crimen es entregar al que no puede elegir.
El pozo rugió.
Tomás se movió apenas sobre la manta.
Adrien dio un paso involuntario.
Morgana lo detuvo otra vez.
—Espera.
—No puedo.
—Sí puedes. El círculo espera que no.
Orelia empezó a reír.
—Ella sabe. La niña de la ceniza aprendió a escuchar la boca.
Adrien miró a Morgana.
—¿Cómo sacamos a Tomás?
Morgana no apartó la mirada de Orelia.
—Alguien debe romper la receta.
—¿Cómo?
—Nombrando el primer crimen sin vestirlo de necesidad.
Elric inhaló con dificultad.
—Confesar.
Orelia dejó de sonreír.
—No.
La voz bajo la suya se volvió más profunda.
—No.
La cámara tembló.
Morgana sonrió lentamente.
—Ahí estás.
Adrien miró el pozo.
—¿Está hablando a través de ella?
—Siempre habló a través de alguien —dijo Morgana—. Orelia solo abrió más la garganta.
Isolde dio un paso hacia Elric.
—Padre, usted conoce los nombres.
Elric parecía destruido.
—No todos.
—Los suficientes.
Orelia gritó:
—¡No hay culpa donde hubo hambre!
Morgana respondió:
—Hubo hambre. Y luego hubo elección.
Elric levantó la voz, temblando:
—El primer niño registrado fue llamado milagro porque la cosecha volvió.
Orelia se volvió hacia él, furiosa.
—Silencio.
Elric continuó, con lágrimas en los ojos:
—Después hubo una segunda hambruna. El pueblo recordó la caída. No fue accidente entonces. Eligieron a una niña enferma de la familia Bale. Dijeron que moriría de todos modos.
La cámara crujió.
Los nichos temblaron.
—La llevaron al pozo interior de esta capilla —siguió Elric—. Cantaron para no oírla. La arrojaron viva.
El pozo lanzó un golpe de aire helado.
Tomás gimió.
Adrien apretó los dientes.
Orelia empezó a cantar más fuerte para cubrir la confesión.
Morgana levantó una mano, y las sombras del techo descendieron sobre la anciana como dedos negros.
—No —dijo Morgana—. Ahora escuchas.
Elric cayó de rodillas, pero siguió:
—El trigo creció. Hicieron el primer pan con la cosecha. Lo compartieron las familias que participaron. Dijeron que no era asesinato, sino pacto. Dijeron que el valle había aceptado. Dijeron que el niño se volvió raíz.
Isolde tenía lágrimas en los ojos.
No las ocultó.
Damas miraba el pozo con horror militar, como si por primera vez entendiera que no todo enemigo podía ser atravesado.
Adrien sintió que el círculo alrededor de Tomás empezaba a agrietarse.
Morgana lo vio también.
—Más —dijo.
Elric respiró con dificultad.
—Después ya no esperaron accidentes. Cada hambruna pedía un nombre. Cada nombre era escogido entre los débiles, los huérfanos, los hijos de familias endeudadas. Luego, cuando la culpa creció demasiado, empezaron a elegir niños de las propias familias del pacto para que el dolor pareciera justicia compartida.
Orelia gritó.
Su voz se multiplicó.
—¡Mentiras del sacerdote! ¡El pueblo vivió! ¡El pueblo comió! ¡El pueblo tuvo hijos gracias a la raíz!
Morgana dio un paso hacia el círculo.
La línea de harina comenzó a humear.
—Y cuando nací marcada —dijo ella—, pensaron que el valle había enviado un sacrificio perfecto.
Orelia sonrió, incluso bajo las sombras.
—Lo eras.
El aire se partió.
Adrien sintió la furia de Morgana antes de verla moverse. La bruja levantó la mano, y por un instante todas las raíces del techo se tensaron hacia Orelia como lanzas.
Adrien la tomó del brazo.
—No.
Los ojos de Morgana ardían.
—Ella estaba allí.
—Lo sé.
—Me recibió. Me midió. Les dijo que mi marca era señal.
—Lo sé.
—Les enseñó dónde escribir mi nombre.
Adrien sintió un golpe de rabia.
—Y responderá por eso. Pero no la mates antes de sacar a Tomás.
Morgana respiraba con fuerza.
El vínculo entre ellos ardía tanto que Adrien sintió su propio pecho consumirse. Vio un destello: Orelia más joven, sosteniendo a una Morgana recién nacida, observando la marca negra en su pecho. Vio a Evelyne arrebatándole a su hija de los brazos. Vio a Orelia sonriendo y diciendo: La tierra la reconocerá.
La visión desapareció.
Morgana lo miró.
—Suéltame.
—No hasta que puedas elegir no matarla.
—No me hables de elección aquí.
—Precisamente aquí.
Durante un instante, creyó que ella lo atacaría.
Pero no lo hizo.
Bajó la mano.
Orelia rió.
—El caballero te pone correa, niña de ceniza.
Morgana sonrió.
—No, vieja. Me recuerda que aún no he terminado contigo.
Adrien soltó su brazo.
Isolde observó la escena en silencio.
Su mirada dolía.
No por celos solamente.
Por comprensión.
Había visto a Adrien detener a Morgana no con fuerza, sino con una palabra que ella escuchó. Eso era más peligroso que cualquier contacto.
Elric continuó la confesión.
Su voz ya no temblaba tanto.
—Luego culparon a Morgana de los males que ellos mismos habían alimentado. Cuando los campos fallaron, dijeron que era ella. Cuando los niños escuchaban voces, dijeron que era ella. Cuando el pozo de la plaza respondió, dijeron que era ella. Pero la capilla ya estaba despierta antes de que Morgana naciera.
El círculo se quebró.
Una línea blanca se abrió en la harina.
Tomás respiró con fuerza.
Adrien se preparó para correr.
Morgana levantó la mano.
—Todavía no.
Orelia giró hacia el niño y sacó un cuchillo pequeño de su manga.
Todo ocurrió a la vez.
Damas gritó.
Isolde lanzó su daga.
Adrien cruzó el borde del círculo.
Morgana pronunció una palabra.
La daga de Isolde golpeó la mano de Orelia, desviando el cuchillo. Adrien entró en el círculo y sintió que algo le mordía las piernas desde el suelo. El dolor fue brutal, como si miles de raíces intentaran atravesarle los huesos. Aun así llegó hasta Tomás y lo levantó en brazos.
El niño estaba frío.
Demasiado ligero.
Pero respiraba.
La cámara rugió.
Orelia abrió la boca y de ella salió una voz que ya no era humana:
—DEVUELVE LA RAÍZ.
Adrien intentó salir del círculo.
No pudo.
El suelo lo sujetó.
Morgana entró.
Todos gritaron a la vez.
Elric:
—¡No!
Isolde:
—¡Morgana!
Damas:
—¡Atrás!
Pero ella cruzó la línea rota como si entrara en una hoguera conocida. La harina negra se levantó a su alrededor, y las raíces del techo se lanzaron hacia su cuerpo. Morgana apretó los dientes, pero no gritó.
Sus ojos estaban fijos en Tomás.
No en Adrien.
No en Orelia.
En el niño.
—No le perteneces —dijo.
No sonó como consuelo.
Sonó como sentencia.
El pozo respondió con voces de cientos de niños.
Morgana extendió la mano hacia Adrien.
—Dámelo.
—No.
—No seas idiota. Yo puedo cortar la raíz.
—¿A qué precio?
La miró.
Por primera vez, ella no tuvo respuesta rápida.
Eso fue respuesta suficiente.
Adrien apretó a Tomás contra su pecho.
—No.
Morgana lo fulminó con la mirada.
—Tu nobleza nos va a matar a todos.
Isolde apareció en el borde del círculo.
—Adrien, pásamelo a mí.
Morgana giró hacia ella.
—Si lo toca una Wren o alguien invocado por el vínculo materno, la boca la seguirá.
—No soy Wren.
—No. Pero huele a promesa. A futuro. A hogar. El pozo también come eso.
Isolde no retrocedió.
—Entonces dígame qué hacer.
Morgana la miró.
La rivalidad quedó suspendida por un instante bajo algo más urgente.
—Corta la línea al norte. No con hierro. Con sal.
Elric reaccionó. Arrojó el cuenco de sal hacia Isolde. Ella lo atrapó, se arrodilló y rompió la línea de harina negra en el punto señalado.
El suelo soltó una de las piernas de Adrien.
Damas y dos soldados sujetaron una cuerda y la lanzaron. Adrien la tomó con una mano, Tomás en la otra.
Orelia chilló.
—¡NO!
Morgana se volvió hacia la anciana.
—Ahora sí.
Su voz fue baja.
Terrible.
Las sombras bajo sus pies se abrieron como alas.
Adrien, aún atrapado a medias, gritó:
—¡Morgana, no!
Ella no lo miró.
—Sacaste al niño. Mi turno.
Orelia retrocedió hacia el pozo, pero las sombras de Morgana la alcanzaron. No la atravesaron. La envolvieron.
La anciana empezó a gritar.
No de dolor físico al principio.
De memoria.
Su voz cambió. Se volvió joven, luego infantil, luego vieja otra vez. Las sombras arrancaban nombres de su boca.
—Alaine Bale… Iven Rusk… Sera Holt… Alren Wren… Mina Vale… Oren… Cal…
Cada nombre salía con sangre.
El pozo rugió.
Morgana sonreía.
Adrien vio el placer en su rostro.
No justicia.
Placer.
—¡Basta! —gritó.
Ella siguió.
Orelia cayó de rodillas, con la boca abierta, vomitando nombres, fechas, recetas, entregas. La cámara entera temblaba. Los nichos se abrían. Los juguetes caían al suelo.
Isolde logró cortar otra línea con sal. Damas y los soldados tiraron de la cuerda. Adrien salió del círculo con Tomás en brazos y cayó fuera, respirando con dificultad.
Tomás abrió los ojos apenas.
—Mamá… —susurró.
Isolde se arrodilló junto a él.
—Está vivo.
Adrien levantó la vista hacia Morgana.
La bruja seguía torturando a Orelia.
Los nombres no paraban.
Elric gritó:
—¡Morgana, detente! ¡Vas a abrir el pozo!
El pozo interior se estaba llenando de luz blanca.
No luz sagrada.
Luz hambrienta.
Adrien dejó a Tomás en brazos de Isolde y se levantó tambaleándose.
—Morgana.
Ella no escuchaba.
O no quería.
—¡Morgana!
La marca en su pecho ardió. Adrien sintió el vínculo tensarse y, sin pensar, lo usó al revés.
No sabía cómo.
Solo abrió la puerta que ella había puesto en él y empujó su voz hacia ella.
Basta.
Morgana se estremeció.
La palabra la golpeó.
No en el oído.
Dentro.
Sus sombras vacilaron.
Orelia cayó al suelo, jadeando, viva pero destrozada.
Morgana giró hacia Adrien.
Sus ojos estaban llenos de furia.
Y algo más.
Sorpresa.
—No vuelvas a hacer eso —susurró.
Adrien respiraba con dificultad.
—Entonces escúchame la primera vez.
El pozo rugió de nuevo.
La cámara comenzó a derrumbarse.
—¡Fuera! —gritó Damas.
Los soldados cargaron a Orelia. Isolde tomó a Tomás con ayuda de un hombre. Elric recogió el mayor número posible de tablillas y papeles, llorando mientras lo hacía. Morgana permaneció un segundo más junto al pozo, mirando hacia abajo.
Adrien se acercó.
—Tenemos que irnos.
Ella no se movió.
Desde el fondo del pozo interior subió una voz.
No de niño.
No de anciana.
No de Evelyne.
Una voz antigua, lenta, satisfecha.
—Crimen nombrado… deuda despierta…
Morgana palideció.
Adrien la tomó del brazo.
—Ahora.
Esta vez ella no hizo burla.
Corrieron.
La cámara comenzó a quebrarse detrás de ellos. Raíces golpearon las paredes. Los nichos se abrieron como bocas. Juguetes rodaron por el suelo, empujados por un viento que olía a pan recién hecho y sangre antigua.
Subieron por los túneles mientras la capilla vieja rugía bajo Veyrfall.
Cuando emergieron por la casa de Madre Orelia, la tarde estaba oscurecida por nubes negras.
En la plaza, los aldeanos esperaban.
La madre de Tomás vio a su hijo en brazos de Isolde y soltó un grito que no fue del todo alivio. Corrió hacia él, pero dos soldados la detuvieron.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Tomás abrió los ojos apenas.
Miró a su madre.
Y lloró.
No extendió los brazos.
La plaza entendió antes que ella.
Edda Wren se derrumbó.
Mara lloró en silencio.
Bastian cayó de rodillas.
El padre Elric, cubierto de polvo y sangre, levantó las tablillas tomadas de la capilla vieja.
—Era cierto —dijo con voz rota—. Todo era cierto.
Los aldeanos comenzaron a murmurar.
Adrien salió detrás de Isolde, herido, sucio, con el pecho ardiendo.
Morgana apareció a su lado.
La plaza retrocedió.
Pero esta vez, algunos la miraron distinto.
No con perdón.
No con cariño.
Con una verdad nueva y terrible.
No había inventado el horror de Veyrfall.
Había nacido de él.
Elric levantó la voz ante todos.
—El pueblo sacrificó inocentes para mantener fértiles sus tierras.
Un sollozo colectivo recorrió la plaza.
—Lo hizo antes de Morgana. Lo hizo antes de Evelyne. Lo hizo bajo esta iglesia, bajo nuestros campos, bajo nuestros hogares.
Adrien miró los rostros.
Algunos lloraban.
Otros negaban.
Otros parecían liberados de una mentira solo para quedar atrapados bajo una culpa más grande.
Morgana se inclinó hacia Adrien y susurró:
—Ahí está tu verdad pública.
Él no la miró.
—No es mía.
—No. Es peor. Es de todos.
En los campos, el trigo podrido dejó escapar una última nube de moscas.
Luego, lentamente, las espigas negras se inclinaron hacia la plaza.
Como si escucharan la confesión.
Como si por primera vez en generaciones el pueblo hubiera dicho el crimen original sin llamarlo necesidad.
Tomás seguía vivo.
Orelia también.
El crimen estaba revelado.
Y aun así, Adrien no sintió victoria.
Porque al mirar a Morgana, vio en su rostro una sombra de satisfacción que no pertenecía a la justicia, sino a la venganza cumplida.
Y al mirar al pueblo, vio que la verdad no purificaba.
Solo dejaba de permitir que la podredumbre se escondiera bajo el pan.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com