El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 26
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26: Capítulo 26: Adrien pierde la fe 26: Capítulo 26: Adrien pierde la fe La verdad no cayó sobre Veyrfall como un rayo.
Cayó como ceniza.
Lenta.
Silenciosa.
Imposible de apartar de la piel.
Después de que el padre Elric pronunció ante todos que el pueblo había sacrificado inocentes para mantener fértiles sus tierras, nadie gritó de inmediato.
Nadie se defendió.
Nadie corrió hacia el altar ni hacia el pozo ni hacia Morgana con una antorcha en la mano.
Durante unos segundos, la plaza entera quedó suspendida en una quietud tan absoluta que incluso los soldados del rey parecieron olvidar sus órdenes.
Los aldeanos miraban a Elric.
Luego a los papeles que sostenía.
Luego a los juguetes rescatados de la capilla vieja.
Luego a Tomás Wren.
El niño estaba vivo, pero no parecía salvado.
Isolde lo sostenía envuelto en una manta, mientras un soldado mantenía apartada a su madre.
Tomás respiraba con dificultad.
Tenía la piel pálida, los labios morados y los ojos demasiado abiertos para un niño que acababa de salir de la oscuridad.
En el cuello llevaba una marca tenue, no el ojo negro de Morgana, sino una línea circular, como si durante horas algo lo hubiera medido para decidir dónde comenzar a devorarlo.
Edda Wren, de rodillas en el barro, alargaba las manos hacia él.
—Tomás… mi niño… mírame… Tomás la miraba.
Pero no extendía los brazos.
Ese pequeño gesto —o la ausencia de él— hizo más daño que una confesión.
La madre sollozó y se llevó las manos al rostro.
Mara Thorn, que había perdido a Elia años atrás, no la consoló.
Tampoco la insultó.
Solo la observó con una tristeza dura, como si estuviera mirando a una mujer ahogada en el mismo pozo donde ella llevaba años respirando.
Bastian Rusk estaba de rodillas junto al pozo de la plaza.
No rezaba.
Tal vez había descubierto por fin que ciertas oraciones, dichas demasiado tarde, solo servían para ensuciar la boca.
El capitán Damas, cubierto de polvo de los túneles, mantenía la espada desenvainada pero baja.
Había visto la capilla vieja.
Había visto las tablillas.
Había oído a Madre Orelia vomitar nombres mientras las sombras de Morgana le arrancaban confesiones de la garganta.
Su autoridad militar seguía allí, en la postura y en el arma, pero algo en sus ojos había cambiado.
Ya no miraba a Veyrfall como a un pueblo que debía ser protegido de una bruja.
Lo miraba como a una escena de crimen demasiado grande para caber en un informe.
Adrien permanecía en el centro de la plaza.
No se movía.
Sentía la sangre seca en las manos, el dolor en las piernas donde las raíces del círculo habían intentado sujetarlo, la cicatriz negra del brazo latiendo bajo la venda, la marca del pecho ardiendo como un segundo corazón.
Frente a él, el padre Elric sostenía las tablillas rescatadas de la capilla.
Sus dedos temblaban.
—Estos son nombres —dijo el sacerdote, con voz quebrada—.
No símbolos.
No ofrendas.
No raíces.
Nombres.
Nadie respondió.
Elric levantó una tablilla.
—Alren Wren.
Cuatro años.
Edda soltó un gemido.
—Alaine Bale.
Cinco años.
Una mujer anciana se desmayó junto a la puerta de su casa.
—Mina Vale.
Ocho años.
Iven Rusk.
Siete años.
Oren y Cal.
Tres años.
Bastian se dobló hacia adelante, apoyando la frente en el barro.
Elric siguió.
Uno por uno.
Cada nombre era una piedra arrojada contra una ventana cerrada desde generaciones atrás.
Adrien escuchaba.
Al principio con rabia.
Después con horror.
Luego con algo peor.
Comprensión.
No comprensión como perdón.
No comprensión como excusa.
Comprensión como una lámpara levantada dentro de una habitación que uno prefería imaginar vacía.
Veyrfall no era un pueblo inocente embrujado por una mujer malvada.
Tampoco era un pueblo enteramente monstruoso donde cada niño y cada madre merecían castigo.
Era algo más difícil.
Un lugar donde los vivos habían heredado casas levantadas sobre silencios, campos alimentados por pactos, apellidos protegidos por mentiras y una religión usada como techo sobre una boca antigua.
Había culpables directos, culpables muertos, cómplices vivos, ignorantes sinceros, cobardes convenientes, víctimas nacidas tarde y niños que no habían hecho nada salvo venir al mundo en una tierra ya manchada.
Adrien había sido educado para proteger inocentes y destruir el mal.
Pero allí, en aquella plaza, las palabras de su orden parecían demasiado pequeñas.
¿Dónde terminaba el inocente?
¿Dónde empezaba el culpable?
¿Era culpable Mara por haber amado a un padre que cantó junto al pozo?
¿Era culpable Lysa por nacer Merrow sin saber que una bisabuela había entregado una hermana?
¿Era culpable Tomás por llevar sangre Wren?
No.
Adrien lo sabía.
Debía saberlo.
Pero entonces, ¿qué hacer con las consecuencias que sí habían llegado hasta ellos?
¿Cómo detener una deuda que el valle cobraba sin respetar edades, ignorancia ni arrepentimientos?
Morgana estaba a unos pasos de él.
No hablaba.
Eso era raro.
La bruja observaba al pueblo con una expresión serena, casi satisfecha.
El viento movía su cabello negro.
La venda del brazo seguía manchada por la quemadura de plata.
En su rostro no había piedad.
Tampoco alegría completa.
Había algo más oscuro y más viejo: la calma de alguien que ha esperado muchos años para ver a sus acusadores obligados a pronunciar su propio crimen.
Adrien la miró.
Ella lo sintió antes de verlo.
Giró el rostro hacia él.
—¿Esperabas alivio?
—preguntó en voz baja.
Adrien no respondió.
—La verdad rara vez alivia.
Solo cambia el lugar donde duele.
Él sostuvo su mirada.
—Disfrutaste lo que le hiciste a Orelia.
—Sí.
La respuesta llegó sin titubeo.
Adrien cerró los ojos un instante.
—Torturaste a una anciana frente a un niño.
—Torturé a una anciana que convirtió niños en pan.
—Frente a Tomás.
Morgana ladeó la cabeza.
—Tomás ya había escuchado peores canciones bajo tierra.
—Eso no lo justifica.
—No.
Adrien abrió los ojos.
Aquello era lo más insoportable de ella.
No la falta de respuesta, sino la respuesta desnuda.
Morgana no necesitaba construir excusas porque su conciencia no buscaba el mismo refugio que la de los demás.
—Entonces ¿por qué?
—Porque quería.
La plaza seguía escuchando a Elric, pero para Adrien el mundo se redujo a aquellas dos palabras.
Porque quería.
No porque fuera necesario.
No porque salvara a Tomás.
No porque el valle exigiera algo.
Porque quería.
Y sin embargo, si Morgana no hubiera arrancado aquellos nombres de la boca de Orelia, tal vez la confesión habría quedado incompleta.
Si no hubiera podrido el trigo, Edda Wren quizá jamás habría hablado.
Si no hubiera empujado al pueblo con crueldad, la verdad seguiría enterrada.
La justicia había llegado de la mano de la venganza.
Y eso le revolvió el alma.
—Me dijiste que el pueblo no merecía ser salvado —dijo Adrien.
Morgana miró a los aldeanos.
—Lo sigo diciendo.
—Hay niños aquí.
—Sí.
—Víctimas.
—Sí.
—Gente que no sabía.
Morgana lo miró.
—¿Y eso limpia la tierra bajo sus camas?
—No.
—Entonces empiezas a aprender.
Adrien apretó los puños.
—No confundas mi duda con tu victoria.
Morgana sonrió apenas.
—Tu duda es más valiosa que cualquier victoria.
Antes de que él respondiera, Isolde se acercó.
Llevaba a Tomás en brazos, ayudada por un soldado.
Su capa estaba manchada de barro y polvo de la capilla.
Había sangre en una mejilla, no suya.
Aun así, se mantenía firme.
—Necesita calor, agua limpia y alguien que no sea de su familia —dijo.
Adrien miró al niño.
Tomás tenía los ojos medio cerrados.
—¿Por qué no de su familia?
Isolde bajó la voz.
—Cuando Edda lo tocó, empezó a temblar y susurró la canción.
Adrien sintió frío.
Morgana habló: —La puerta aún la reconoce.
Isolde no la miró.
—Eso pensé.
Adrien observó a Isolde con una mezcla de gratitud y culpa.
Ella se había movido con rapidez, sin esperar permiso de Damas ni de él.
Había protegido a Tomás, detenido a Edda, enfrentado a Morgana y leído la situación con una precisión que a Adrien le recordó demasiado la vida anterior que la bruja estaba ensuciando sin tocarla.
—Llévenlo a la iglesia —dijo Adrien—.
Pero no a la cripta.
A la sacristía.
Isolde asintió.
—Mara puede ayudar.
Elia fue marcada por el valle, pero Mara no abrió ninguna puerta.
Morgana rió suavemente.
—Qué criterios tan delicados para un hospital improvisado.
Isolde la miró por fin.
—Si tiene una mejor idea que no implique veneno, dígala.
Morgana sonrió.
—Agua hervida con sal blanca, no negra.
Nada de leche.
Nada de pan.
Que no duerma hasta que vomite tierra.
Isolde sostuvo su mirada.
—Gracias.
La palabra dejó a Morgana quieta.
No por gratitud.
Por irritación.
—No era bondad.
—No dije que lo fuera.
Isolde se marchó con Tomás.
Adrien observó cómo entraba a la iglesia.
Sintió el impulso de seguirla, pero no lo hizo.
Porque Elric seguía leyendo.
Porque Damas seguía mirando.
Porque Morgana seguía allí.
Porque el pueblo se estaba quebrando y alguien debía permanecer en el centro.
El sacerdote levantó la última tablilla rescatada.
Sus manos temblaban tanto que casi la dejó caer.
—Morgana de Veyr —leyó.
La plaza quedó muda.
Incluso el pozo pareció escuchar.
Morgana no se movió.
Adrien sintió que la marca en su pecho ardía lentamente.
Elric tragó saliva.
—Seis años.
Elegida durante la hambruna del año de las espigas huecas.
Entrega impedida por Evelyne de Veyr.
Bastian gimió.
Varios aldeanos bajaron la cabeza.
Elric continuó con voz rota: —Intento de recuperación del pacto fallido mediante captura de la menor.
Posterior intervención de la madre.
Incendio de la casa de Veyr.
Muerte de Evelyne de Veyr.
Morgana cerró los ojos.
Solo un instante.
Pero Adrien lo vio.
Cuando los abrió, sus ojos estaban secos.
—Sigue, padre —dijo ella.
Elric no podía mirarla.
—No hay más en esta tablilla.
—Qué conveniente.
—Morgana… —No digas mi nombre como si te perteneciera pronunciarlo con pena.
El sacerdote se estremeció.
Damas habló con dureza: —Esto prueba que hubo crímenes previos.
No absuelve los crímenes posteriores de Morgana de Veyr.
Morgana giró hacia él.
—Capitán, empieza a entender la aritmética básica del horror.
Estoy casi orgullosa.
Damas no cayó en la provocación.
—Serás juzgada.
—Muchos lo han intentado.
—Yo no soy un aldeano con antorcha.
—No.
Eres un hombre con uniforme que cree que eso cambia la naturaleza de la mano.
Adrien intervino: —Basta.
Damas lo miró.
—No podéis seguir protegiéndola.
—No la estoy protegiendo.
La frase sonó débil.
Morgana sonrió.
Damas también lo notó.
—Entonces permitid que mis hombres la arresten.
La plaza se tensó.
Los soldados levantaron armas.
Los aldeanos retrocedieron.
Morgana permaneció quieta.
Adrien no desenvainó.
Pero se colocó un poco entre ella y Damas.
No del todo.
Lo suficiente.
Isolde, desde la puerta de la iglesia, lo vio.
Adrien sintió su mirada en la espalda.
Mara también lo vio.
Elric.
Bastian.
Todos.
Damas soltó una risa sin humor.
—¿Lo veis?
Adrien habló con voz baja: —Si intenta arrestarla ahora, en medio de una plaza llena de gente, con el pozo activo, los campos malditos y el niño apenas vivo, provocará una masacre.
—Siempre hay una razón para esperar.
—Sí.
A veces se llama sentido común.
—O corrupción.
Adrien dio un paso hacia él.
—Capitán, si quiere acusarme, hágalo cuando Tomás no esté respirando gracias a la información que ella dio y a la intervención de todos los que bajamos a esa capilla.
—Ella también casi mata a Orelia.
Morgana habló desde atrás: —No casi.
Me detuvieron.
Adrien cerró los ojos un segundo.
—No ayudas.
—No intentaba.
Damas señaló a Morgana.
—¿Veis?
Ni siquiera niega su intención.
Adrien se volvió hacia ella.
—No ahora.
Morgana lo miró con calma.
—¿Quieres que finja arrepentimiento para que sea más fácil defender la demora?
—Quiero que entiendas que cada palabra tuya pone a otros en peligro.
—Qué curioso.
Durante años, cada silencio de ellos hizo lo mismo.
Adrien no tuvo respuesta.
Damas envainó la espada con brusquedad.
—Por ahora, permanecerá vigilada.
Morgana rió.
—Qué generoso.
—Y vos —dijo Damas, mirando a Adrien— entregaréis un informe completo a Lady Isolde y a mí antes del anochecer.
—No al capitán —intervino Isolde desde la iglesia.
Damas giró.
—¿Perdón?
Isolde bajó los escalones.
—A mí.
El informe completo se entregará a mí.
Yo decidiré qué parte se transmite de inmediato al rey sin comprometer el rescate, la contención del valle o la estabilidad del pueblo.
—No tenéis mando… —Tengo el sello de Su Majestad y, más importante, todavía tengo juicio suficiente para no pedir cadenas en medio de un incendio moral.
Morgana sonrió con deleite.
—Me gusta cuando habla así.
Isolde no la miró.
Damas apretó los dientes, pero no insistió.
La autoridad en la plaza había cambiado de forma.
No se había resuelto.
Solo se había vuelto más compleja.
Como todo en Veyrfall.
Elric terminó de reunir las tablillas y los papeles.
Varios soldados las llevaron a la iglesia bajo orden de Isolde.
Edda Wren fue encerrada en una habitación de la posada, vigilada.
Madre Orelia, inconsciente pero viva, fue llevada al viejo granero, lejos de la iglesia y del pozo, con dos soldados en la puerta y sal blanca en el umbral.
Los aldeanos quedaron en la plaza.
Sin saber si irse.
Sin saber si quedarse.
Sin saber qué hacer cuando una mentira que sostenía generaciones se rompía y dejaba a todos parados sobre barro.
Adrien caminó hacia el pozo.
El humo blanco ya no salía.
Pero el borde de piedra estaba húmedo.
Lo tocó con dos dedos.
Frío.
Bastian se acercó por detrás, con pasos torpes.
—Sir Adrien.
El caballero no se volvió.
—¿Qué quiere?
El anciano tardó en hablar.
—Yo… no sabía todo.
Adrien soltó una risa seca.
—Nadie sabe todo.
Parece ser la plegaria oficial de Veyrfall.
Bastian aceptó el golpe.
—Pero sabía suficiente.
Adrien miró el fondo del pozo.
—Sí.
—Creí que Morgana era el castigo.
—Lo es.
Bastian levantó la vista.
Adrien continuó: —Pero no el crimen original.
El anciano empezó a llorar.
—¿Qué hacemos ahora?
Adrien no respondió.
Esa era la pregunta que la Orden del Alba siempre respondía con claridad.
Proteger al inocente.
Castigar al culpable.
Purificar la amenaza.
Restaurar la paz.
Pero en Veyrfall, proteger al inocente podía significar proteger a descendientes de asesinos.
Castigar al culpable podía significar condenar ancianos, muertos, familias enteras, instituciones.
Purificar la amenaza podía requerir enfrentar al valle, a Morgana, al rey y a la iglesia.
Y restaurar la paz… Adrien miró los campos podridos.
¿Qué paz?
La paz anterior era una tapa sobre una fosa.
—No lo sé —dijo al fin.
Bastian pareció hundirse más.
—Entonces estamos perdidos.
Adrien cerró los ojos.
Antes, habría respondido que nadie estaba perdido mientras hubiera fe, justicia y voluntad.
No pudo decirlo.
La frase no le pertenecía ya.
O quizá nunca había sido probada en un lugar como aquel.
Entró a la iglesia al caer la tarde.
Tomás dormía en la sacristía, aunque Isolde había ordenado despertarlo cada pocos minutos.
Mara estaba allí, limpiándole la frente con un paño húmedo.
El niño había vomitado tierra dos veces.
Tierra negra, mezclada con granos de trigo sin digerir.
Nadie sabía cómo interpretarlo.
Morgana dijo desde la puerta que era buena señal.
Mara casi le arrojó el cuenco.
Isolde se lo impidió.
Adrien observó la escena desde el umbral.
Morgana no entró.
Se quedó afuera, como si la iglesia todavía le resultara una boca distinta a la del valle.
O quizá como si no quisiera cruzar más límites por ese día.
Isolde salió después de revisar a Tomás.
Encontró a Adrien junto al altar, mirando la caja de los nombres y las nuevas tablillas de la capilla vieja.
—Necesitas descansar —dijo.
—No puedo.
—Eso no lo vuelve menos necesario.
Adrien miró los nombres.
—¿Cómo se juzga un pueblo?
Isolde no respondió de inmediato.
Se colocó a su lado.
—No se juzga como a un hombre.
—Entonces ¿cómo?
—Separando responsabilidades.
Hechos.
Víctimas.
Cómplices.
Muertos.
Vivos.
Herencias.
Consecuencias.
Adrien soltó una risa amarga.
—Suena fácil cuando lo dices.
—No lo es.
—Yo habría quemado el bosque si hubiera venido con Damas al principio.
Isolde lo miró.
—No.
—Sí.
—No.
Habrías investigado primero.
Adrien cerró los ojos.
—Habría investigado hasta tener una razón suficiente para confirmar lo que ya creía.
Isolde guardó silencio.
Esa vez no lo contradijo.
Adrien continuó: —Quería que Morgana fuera el monstruo.
No porque me agradara el pueblo, sino porque necesitaba que el mal tuviera un rostro.
Uno solo.
Hermoso, cruel, peligroso.
Algo que mi espada pudiera encontrar.
—Y ahora hay demasiados rostros.
—Sí.
Miró la tablilla de Morgana.
—Incluido el suyo.
Isolde siguió su mirada.
—Sí.
La honestidad de ella fue un alivio doloroso.
—Pero no solo el suyo —añadió.
Adrien abrió los ojos.
—Eso es lo que me está rompiendo.
Isolde bajó la voz.
—La fe que no puede mirar la culpa de los protegidos no es fe.
Es comodidad.
Adrien la miró.
—¿Y si mi fe era eso?
Isolde sostuvo su mirada con tristeza.
—Entonces hoy empezó a morir algo que necesitaba morir.
La frase lo atravesó.
No como condena.
Como duelo.
Adrien miró la cruz sobre el altar.
Durante años, aquel símbolo le había parecido un punto fijo.
La luz contra la oscuridad.
El orden contra el horror.
Ahora lo veía colgando sobre juguetes de niños sacrificados por un pueblo que también había rezado bajo esa misma cruz.
No dejó de creer en la luz.
Pero dejó de creer que quienes la nombraban estuvieran necesariamente de su lado.
Tal vez eso era perder la fe.
O tal vez era perder una versión infantil de ella.
No lo sabía.
Al salir de la iglesia, encontró a Morgana en los escalones.
Sentada.
Como si esperara.
La plaza estaba casi vacía.
Los soldados vigilaban el pozo.
Los aldeanos se habían encerrado.
Los campos podridos olían desde lejos.
El cielo era una masa oscura sin estrellas.
Adrien se detuvo a su lado.
—El pueblo está manchado de sangre —dijo.
Morgana miró hacia la plaza.
—Sí.
—También tú.
—Sí.
—También la iglesia.
—Sí.
—Quizá también el rey.
Morgana sonrió apenas.
—Mira cuántas sombras aparecen cuando la antorcha deja de apuntar a una sola mujer.
Adrien se sentó en el escalón, a cierta distancia de ella.
Estaba demasiado cansado para fingir fortaleza.
—Pensé que entenderlo me daría claridad.
—No.
La claridad es un cuchillo.
Sirve para cortar.
No para curar.
—¿Y tú qué quieres cortar ahora?
Morgana lo miró.
—Todo lo que siga mintiendo.
—Incluso si hay inocentes cerca.
—Siempre hay inocentes cerca.
Adrien bajó la cabeza.
—Esa es la diferencia entre nosotros.
Morgana lo observó.
—No.
Esa es la diferencia que intentas conservar.
Él no respondió.
La marca en su pecho ardía con suavidad, pero esta vez Morgana no habló dentro de su mente.
Estaba allí, al lado, y por alguna razón eso parecía menos invasivo y más peligroso.
—Hoy perdí algo —dijo Adrien.
Morgana apoyó los codos sobre las rodillas.
—Tu fe.
—Tal vez.
—Bien.
Él la miró con dureza.
Ella no se disculpó.
—La fe que trajiste era demasiado limpia para servir aquí —dijo—.
Se habría quebrado tarde o temprano.
Mejor que haya sido antes de que matara a alguien por error.
Adrien miró la plaza.
—¿Y qué queda después?
Morgana tardó en responder.
—Eso depende de lo que seas cuando dejes de necesitar sentirte puro.
La frase quedó entre ambos.
No como consuelo.
Morgana no sabía consolar sin herir.
Pero Adrien, por primera vez, no la rechazó de inmediato.
Miró el pozo.
Miró la iglesia.
Miró los campos.
Miró sus propias manos.
Y comprendió que el pueblo también estaba manchado de sangre, que la bruja no era el origen de todo mal, que la corona podía ser más peligrosa que la superstición, que la iglesia podía guardar tumbas bajo el altar y que su espada, por sí sola, no sabía distinguir entre justicia y venganza.
Aquella noche, Sir Adrien Valen no dejó de querer salvar inocentes.
Pero dejó de creer que bastaba con llamarlos inocentes para saber quiénes eran.
Y en algún lugar profundo de Veyrfall, bajo la capilla vieja, algo antiguo sonrió porque una fe quebrada siempre dejaba espacio para que otra cosa echara raíces.
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