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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 27

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27: Capítulo 27: La bruja no perdona 27: Capítulo 27: La bruja no perdona La mañana después de la confesión, Veyrfall no amaneció.

Solo cambió de oscuridad.

El cielo pasó del negro al gris, las ventanas dejaron de reflejar las velas del interior y el barro de la plaza adquirió un brillo frío bajo la niebla.

Pero nadie habría llamado a eso luz.

No después de la capilla vieja.

No después de los nombres.

No después de ver a Tomás Wren vomitar tierra negra mientras la madre que lo había condenado sollozaba tras una puerta vigilada por soldados.

Adrien no durmió.

Permaneció sentado en la iglesia durante casi toda la noche, frente al altar donde ahora reposaban tres grupos de pruebas: la caja de los nombres hallada junto al pozo, las tablillas rescatadas de la capilla vieja y los papeles de Madre Orelia, manchados de harina, leche seca y sangre.

La cruz de San Aeron colgaba sobre todo aquello como si también estuviera siendo juzgada.

El padre Elric se había quedado en un banco lateral, sin hablar, con el rostro hundido entre las manos.

Isolde pasó la noche entrando y saliendo de la sacristía, revisando a Tomás, dando órdenes a los soldados, interrogando a Edda Wren y redactando notas para un informe que aún no enviaría.

El capitán Damas vigilaba desde fuera, furioso por cada decisión que no pasaba por su espada.

Morgana no volvió a entrar a la iglesia.

Adrien la vio una vez desde una ventana estrecha, sentada en el borde del pozo, con los cuervos repartidos a su alrededor como fragmentos de una capa rota.

No miraba hacia la iglesia.

Miraba hacia los campos podridos.

Los campos.

Aquel era el problema inmediato.

La maldición del trigo había revelado el crimen de Edda Wren y la participación de Madre Orelia, pero no había desaparecido.

Medio valle olía a cosecha muerta.

Las espigas ennegrecidas seguían inclinadas hacia el pueblo.

Las moscas formaban nubes sobre las parcelas.

Los animales no querían acercarse.

Si la podredumbre se extendía al resto de los campos, Veyrfall no necesitaría monstruos bajo tierra para morir.

Moriría de hambre.

Y Morgana lo sabía.

Adrien esperó hasta que Tomás pudo beber agua sin vomitarla.

Luego salió a buscarla.

La encontró en el campo sur.

De pie entre el trigo podrido.

Las espigas muertas se apartaban de sus pies como si reconocieran a su autora.

El olor era casi insoportable, pero ella parecía respirar sin molestia, con el rostro alzado hacia el cielo gris.

El vestido oscuro rozaba el barro sin mancharse.

El brazo herido por la plata seguía vendado, aunque la tela estaba más limpia que la noche anterior.

Los cuervos caminaban entre las plantas derrumbadas, picoteando granos negros que ningún animal vivo debería comer.

Adrien se detuvo a unos pasos.

—Debes retirarla.

Morgana no se volvió.

—Buenos días también para ti, caballero.

—La maldición.

—Sé a cuál te refieres.

Tengo varias, pero esa huele más fuerte.

—Retírala.

Morgana giró al fin.

Sus ojos verdes estaban claros, descansados incluso, como si la noche de confesiones, gritos y derrumbes bajo tierra no hubiera tocado su cuerpo.

Pero Adrien ya empezaba a reconocer las mentiras más sutiles de su rostro.

La quietud excesiva.

La sonrisa demasiado medida.

La calma como armadura.

—No —dijo ella.

Adrien sintió que la respuesta llegaba antes de poder prepararse.

—Morgana.

—Qué rápido has pasado de “por favor, ayúdame a salvar al niño” a dar órdenes de cosecha.

—El pueblo morirá de hambre.

—El pueblo ha comido bastante bien durante generaciones.

—Sabes que no todos son culpables.

—También sé que todos tienen hambre cuando el campo muere.

Qué maravilla: por fin una experiencia comunitaria.

Adrien apretó la mandíbula.

—No conviertas esto en una burla.

—No es una burla.

Es pedagogía.

—Es castigo colectivo.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Adrien la miró con furia.

—Lo admites así de fácil.

—¿Preferirías que dijera “intervención moral sobre recursos agrícolas comprometidos por herencia ritual”?

Puedo sonar como tu rey si te consuela.

—No me consuela.

—Bien.

Adrien dio un paso hacia ella.

—Ya se confesó el crimen original.

Elric lo dijo ante todos.

Las pruebas están en la iglesia.

Tomás está vivo.

Orelia está bajo custodia.

Edda confesó.

Lo conseguiste.

Morgana ladeó la cabeza.

—¿Lo conseguí?

—La verdad salió a la luz.

—La verdad asomó la cabeza.

Eso no significa que el pueblo haya dejado de querer enterrarla.

—No puedes exigir que una aldea entera se transforme en una noche.

Morgana sonrió.

—Qué generoso eres con sus ritmos.

—Estoy siendo realista.

—No.

Estás siendo misericordioso con quienes no te encerraron bajo tierra.

Adrien sintió el golpe, pero no retrocedió.

—No estoy negando lo que hicieron.

—Hoy no.

—No lo negaré mañana.

—Mañana traerán nuevas frases.

“Nuestros padres.” “Eran otros tiempos.” “No sabíamos.” “Fue Orelia.” “Fue el hambre.” “Fue el valle.” “Fue Morgana.” Su voz se volvió más baja.

—Siempre encuentran una forma de hacer que el cuchillo no haya estado en su mano.

Adrien miró los tallos podridos.

—Y tú encuentras una forma de hacer que tu mano parezca necesaria.

La sonrisa de Morgana desapareció.

El aire se enfrió.

Los cuervos dejaron de picotear.

—Cuidado —dijo ella.

—No.

Adrien avanzó otro paso.

—Ya no.

Te escuché.

Vi la capilla.

Vi la tablilla con tu nombre.

Vi a Tomás.

Vi a Orelia.

Sé que Evelyne fue traicionada.

Sé que este pueblo se alimentó de inocentes.

Sé que intentaron convertirte en una ofrenda y después te culparon por el horror que ellos mismos habían despertado.

Morgana lo observó sin parpadear.

—¿Y?

—Y aun así no tienes derecho a matar a sus hijos de hambre.

La quietud posterior fue absoluta.

Durante un instante, el campo pareció dejar de pudrirse solo para escuchar.

Morgana caminó lentamente hacia él.

El trigo muerto se apartó a su paso.

—Sus hijos —repitió.

—Sí.

—Los hijos de quienes cantaron.

—También los hijos de quienes no sabían.

—Los hijos de quienes comieron pan.

—Niños.

—Niños que crecerán y dirán que no sabían.

—Porque quizá sea verdad.

—La ignorancia heredada es una manta tibia.

No revive a nadie.

—Pero evita que mates a quien no eligió.

Morgana se detuvo frente a él.

—No estoy matándolos.

—Los estás condenando.

—Los estoy dejando sentir el borde de lo que dieron por hecho.

—No uses palabras elegantes.

—Aprendí de sacerdotes.

Adrien respiró hondo.

La marca en su pecho ardía con fuerza.

No porque Morgana lo atacara, sino porque la tensión entre ambos alimentaba el vínculo como aire a una brasa.

—Detén esto —dijo más bajo—.

Te lo pido.

Morgana lo miró.

Ahí ocurrió algo extraño.

No sonrió.

No se burló.

Sus ojos se movieron por el rostro de Adrien, como si buscara el truco escondido en su petición.

Acostumbrada a órdenes, amenazas, súplicas egoístas y condenas, no parecía saber qué hacer con una petición desnuda.

—No —repitió.

Pero esta vez la palabra tuvo menos filo.

Adrien la notó.

—Morgana.

—No.

—¿Por qué?

Su expresión se endureció.

—Porque si detengo la podredumbre ahora, llorarán un día, rezarán dos, culparán a Orelia tres, y al cuarto empezarán a decir que la cosecha se perdió por culpa de la bruja.

Al séptimo olvidarán los nombres.

Al mes alguien pondrá flores en la tumba equivocada.

Al año, los niños del pozo volverán a ser rumor.

—Entonces haré que no olviden.

Morgana rió.

—Tú te irás.

Adrien calló.

—No hoy.

No mañana.

Pero te irás.

Con tu prometida, con tus informes, con tu rey olfateando poder y tu orden tratando de decidir si todavía sirves.

Veyrfall se quedará conmigo.

Con sus camas, sus graneros, sus historias de cocina, sus abuelas diciendo “no hables de eso”.

Yo conozco a los pueblos.

Sobreviven olvidando.

—No todos.

—Los suficientes.

—Entonces ¿qué quieres?

¿Que mueran?

Morgana miró hacia los campos.

Por un momento, Adrien creyó que no respondería.

Cuando lo hizo, su voz fue fría.

—Quiero que tengan hambre del mismo modo en que antes tuvieron pan.

Adrien sintió que algo se rompía dentro de él.

No por sorpresa.

Por confirmación.

—Eso es venganza.

—Sí.

—No justicia.

Morgana volvió a mirarlo.

—La justicia llegó tarde.

La venganza, al menos, sabe encontrar la puerta.

—La venganza también se pierde.

—Todo se pierde.

—Tú no tienes por qué perderte más.

Morgana lo observó con una calma terrible.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La frase.

La pequeña vela que sigues protegiendo con ambas manos.

“No tienes por qué.” Como si mi oscuridad fuera un camino equivocado y no una casa que construí piedra por piedra.

Adrien bajó la voz.

—Una casa puede abandonarse.

—No cuando está hecha con los huesos de tu madre.

El golpe fue directo.

Adrien no respondió.

Morgana se acercó un poco más.

—No quiero perdonar, Adrien.

Su nombre salió sin burla.

Eso lo hizo peor.

—No quiero sanar para que otros duerman tranquilos.

No quiero ser la prueba de que el dolor ennoblece.

No quiero mirar a Veyrfall y decir: “Aprendieron, basta.” No quiero convertirme en una historia que las madres cuenten a sus hijas para enseñar que incluso una bruja puede ser buena si un hombre justo la mira con suficiente tristeza.

Adrien sintió la verdad de esas palabras.

También su veneno.

—Nadie te pide ser buena.

—Tú sí.

—Te pido que no mates.

—Para ti, a veces es lo mismo.

—No.

—Sí.

Porque si dejo de matar, esperarás que deje de herir.

Si dejo de herir, esperarás que deje de odiar.

Si dejo de odiar, esperarás que pueda amar sin ensuciar.

Y entonces, sin decirlo, habrás hecho lo que todos intentan hacer con aquello que temen: convertirme en algo soportable.

Adrien sostuvo su mirada.

—No quiero que seas soportable.

—Mentira.

—Quiero que no destruyas inocentes.

—Los inocentes siempre son el último muro detrás del cual se esconden los culpables.

—Y tú estás dispuesta a derribar el muro encima de ellos.

Morgana sonrió con tristeza fingida o verdadera, Adrien no supo distinguirlo.

—Aprendes rápido.

El viento movió el trigo podrido.

Desde el pueblo llegó un grito lejano.

Luego otro.

Adrien giró.

Una columna de humo negro se alzaba cerca de los graneros.

—¿Qué hiciste?

Morgana miró hacia el pueblo.

—Nada.

—Morgana.

—Esta vez no soy yo.

Adrien echó a correr.

Ella lo siguió.

Al llegar a la plaza, encontraron caos.

No sobrenatural.

Humano.

Varios aldeanos habían rodeado el granero donde Madre Orelia permanecía bajo custodia.

Dos soldados intentaban contenerlos.

El capitán Damas gritaba órdenes.

Isolde estaba entre la multitud y la puerta, espada en mano, impidiendo que un hombre con una antorcha se acercara.

Corven Bale estaba allí, con la mandíbula aún hinchada, sosteniendo una tea encendida.

—¡Entréguenla!

—gritaba—.

¡La vieja confesará todo cuando arda!

—¡Atrás!

—ordenó Isolde—.

¡Está bajo custodia!

—¡Custodia!

—escupió Corven—.

¡Igual que todos los culpables!

¡Siempre custodia, siempre juicio, siempre palabras!

¡Mi hermano fue arrojado al pozo!

Mara apareció detrás de él.

—¡Y mi hija murió por lo que ustedes siguieron alimentando!

¡Suelta esa antorcha!

Corven la miró con ojos desquiciados.

—¡Tú deberías querer verla quemada!

—Quiero verla viva para que diga todos los nombres.

—¡Los nombres no dan pan!

La frase golpeó la plaza.

Ahí estaba.

El miedo verdadero.

No solo culpa.

Hambre.

El trigo muerto ya estaba haciendo su trabajo.

Adrien llegó al centro de la multitud.

—¡Bajen las armas!

Algunos retrocedieron.

Otros no.

Morgana apareció detrás de él.

El efecto fue inmediato.

El miedo se convirtió en furia.

—¡Ella!

—gritó alguien—.

¡Ella pudrió los campos!

—¡Ella quiere matarnos de hambre!

—¡Bruja!

Damas levantó la espada hacia Morgana.

—No se acerque.

Morgana miró el granero, la antorcha de Corven, la multitud.

Y sonrió.

Adrien sintió un frío inmediato.

—No.

—Míralos —susurró ella—.

La verdad pública duró menos que el hambre.

Corven apuntó la antorcha hacia ella.

—¡Esto es culpa tuya!

Morgana caminó hacia él.

Los aldeanos retrocedieron.

Adrien intentó detenerla, pero ella levantó una mano y las sombras bajo sus pies se movieron como serpientes.

No atacaron.

Solo advirtieron.

—Culpa mía —repitió Morgana—.

Qué alivio debe sentirse volver a una frase conocida.

Corven temblaba de rabia.

—¡Mi hermano murió!

—Sí.

—¡Por el pozo!

—Sí.

—¡Por gente como Orelia!

—Sí.

—¡Y ahora tú nos quitas la comida!

—También.

Corven gritó y lanzó la antorcha hacia ella.

Adrien se movió para interceptarla, pero Morgana fue más rápida.

La antorcha se detuvo en el aire.

Suspendida.

Girando lentamente.

El fuego se volvió negro.

Los aldeanos gritaron.

Morgana tomó la antorcha con dos dedos.

La llama oscura no la quemó.

—¿Quieres fuego, Corven Bale?

El hombre retrocedió.

—No… —Tu padre también quiso fuego.

No contra Orelia.

No contra el pozo.

Contra una casa donde cantaba una madre.

Corven negó con la cabeza.

—Yo no fui él.

—No.

Morgana se acercó.

—Pero aprendiste su gesto con facilidad.

—¡No iba a quemar niños!

—Hoy no.

Qué progreso.

Adrien llegó junto a ella.

—Detente.

Morgana no apartó los ojos de Corven.

—¿Por qué?

¿Para que me lo pidas otra vez con esa voz quebrada de hombre justo que acaba de descubrir que el mundo no le obedece?

—Porque si lo castigas ahora, les darás otra razón para olvidar Orelia y culparte solo a ti.

Morgana se volvió hacia él.

—Tal vez quiero que lo hagan.

Adrien quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tal vez quiero que me miren.

Que me odien.

Que digan mi nombre con la boca llena de miedo hasta que se les pudran los dientes.

Al menos así no vuelven a dormir.

—Eso no es memoria.

Es obsesión.

—A veces es lo único que dura.

Adrien bajó la voz.

—No tienes que cargar tú sola con el horror para que exista.

Algo cruzó el rostro de Morgana.

Muy rápido.

Demasiado rápido para nombrarlo.

Luego desapareció.

—No me hables como si estuvieras intentando quitarme un peso.

Yo lo elegí.

—Entonces elige soltarlo.

La mirada de Morgana se volvió helada.

—No.

Corven aprovechó el instante.

Sacó un cuchillo escondido y se lanzó hacia la espalda de Morgana.

Adrien gritó: —¡Corven!

Morgana no giró.

La sombra bajo ella se levantó.

El cuchillo se detuvo a un dedo de su espalda.

La mano de Corven se abrió de golpe, los dedos torcidos hacia atrás con un crujido seco.

El hombre cayó de rodillas, gritando.

Morgana se volvió hacia él.

—Dos veces con fuego.

Una con hierro.

Los Bale son poco originales.

Adrien tomó su brazo.

—¡No!

Ella lo miró.

—Me atacó.

—Ya está desarmado.

—Todavía respira.

—Sí.

Y seguirá haciéndolo.

Morgana observó su mano en el brazo de ella.

La multitud estaba en silencio.

Isolde miraba desde el granero, espada baja, rostro tenso.

Damas también observaba.

Todos veían a Adrien sujetar a la bruja.

Todos esperaban saber si podía detenerla.

Morgana sonrió.

—Qué escenario tan bonito para tu fe nueva.

—No es fe.

—¿No?

—Es decisión.

—Ah.

Mucho peor.

Adrien no la soltó.

—Déjalo.

—¿Y si no?

—Entonces te detendré.

El silencio cayó con más fuerza que cualquier grito.

Morgana miró sus ojos.

—¿Con esa espada?

—Si hace falta.

—¿Delante de todos?

—Sí.

—¿Después de pedirme que no destruyera inocentes?

Corven no es inocente.

—Hoy no merece morir.

—¿Y mañana?

—Tampoco por tu mano.

La sombra alrededor de Morgana se agitó.

Por un instante, Adrien sintió que todo podía romperse: la plaza, el vínculo, el frágil equilibrio entre corona, pueblo y bruja.

Si ella atacaba, él tendría que responder.

Si él respondía, Damas aprovecharía.

Si Damas actuaba, el pozo podría despertar.

Todo pendía de la voluntad de una mujer que no quería perdonar.

Morgana levantó la mano libre.

Adrien tensó el cuerpo.

Pero ella no mató a Corven.

La sombra se deslizó hacia el cuchillo caído, lo levantó del barro y lo partió en dos.

Después soltó la antorcha.

El fuego negro se apagó antes de tocar el suelo.

Corven quedó arrodillado, llorando por la mano rota.

Morgana se acercó a él y se inclinó.

—Vivirás —dijo—.

No por misericordia.

Por utilidad.

Necesito que cada vez que intentes cerrar esa mano recuerdes que estabas dispuesto a quemar a una anciana porque el pan empezó a faltar.

Corven sollozó.

—Monstruo… Morgana sonrió.

—Sí.

Pero hoy tú practicaste.

Adrien soltó lentamente su brazo.

El alivio no llegó.

Porque Morgana se volvió hacia él y su mirada era peor que la violencia.

—¿Contento?

—No.

—Bien.

Yo tampoco.

El capitán Damas ordenó llevarse a Corven.

Isolde calmó a la multitud con una firmeza que Adrien admiró incluso en medio de su agotamiento.

Orelia siguió bajo custodia, viva.

Los aldeanos se dispersaron poco a poco, hambrientos antes de tener hambre, aterrados ante el campo muerto y ante sí mismos.

Morgana se alejó hacia el pozo.

Adrien la siguió.

—Retira la maldición.

Ella se detuvo sin volverse.

—No.

—Después de lo que acabas de ver, ¿aún crees que más presión los hará mejores?

Morgana rió sin alegría.

—No quiero hacerlos mejores.

—Entonces ¿qué?

—Quiero ver qué queda cuando se acaba la excusa.

Adrien sintió el cansancio hundirse en sus huesos.

—Quedarán muertos.

—Algunos.

—Niños.

Morgana cerró los ojos.

Esa palabra seguía siendo la única que a veces la detenía.

Adrien lo notó.

—Niños, Morgana.

Ella abrió los ojos.

—No uses eso como llave.

—Tú usas todas las heridas como puertas.

—Porque funcionan.

—Entonces deja que esta funcione contigo.

Morgana se volvió.

Su rostro estaba más cerca de lo que él esperaba.

—No.

La palabra fue suave.

Definitiva.

—No voy a perdonar a Veyrfall porque sus hijos tengan hambre.

No voy a levantar la maldición porque una prometida noble sepa organizar mantas y agua.

No voy a limpiar los campos para que los mismos apellidos sigan comiendo sobre tierra de niños y llamen tragedia a perder trigo, pero tradición a perder nombres.

—Entonces no lo hagas por ellos.

—¿Por quién?

Adrien sostuvo su mirada.

—Por ti.

Morgana quedó quieta.

La plaza pareció alejarse.

—Cuidado —susurró ella.

—No puedes vivir solo como consecuencia de lo que te hicieron.

—Claro que puedo.

Lo hago de maravilla.

—No.

Sobrevives.

—A veces es más que suficiente.

—No para siempre.

Morgana sonrió.

Pero aquella sonrisa tembló apenas en los bordes.

—¿Y tú qué sabes de para siempre, caballero?

Has vivido en juramentos prestados.

En deberes diseñados por otros.

En una pureza que se te cayó al primer valle realmente sucio.

No me hables de eternidad porque descubriste el barro hace cuatro días.

Adrien aceptó el golpe.

—Tienes razón.

Eso la desconcertó.

—No sé vivir con lo que tú viviste.

No sé cuánto duele.

No sé qué parte de ti murió en esa casa.

No sé qué te dijo el valle cuando Elric te encontró entre el humo.

No lo sé.

Su voz bajó.

—Pero sí sé que cada vez que eliges hacer daño porque puedes, no estás castigando solo a Veyrfall.

Estás obedeciendo a lo que te habló entre las cenizas.

El rostro de Morgana se vació.

Adrien sintió peligro.

No de burla.

No de sombra.

De algo más profundo.

—No vuelvas a mencionar eso —dijo ella.

—¿Por qué?

¿Porque es verdad?

Morgana levantó una mano.

El pozo detrás de ella respondió con un golpe desde el fondo.

Los soldados giraron.

Isolde miró hacia ellos desde el granero.

Adrien no se movió.

—Si me atacas por decirlo, sabrás que tengo razón.

Los ojos de Morgana ardían.

—No me conoces.

—Estoy empezando a hacerlo.

—No.

Estás empezando a inventar una versión de mí que puedas llorar.

—No quiero llorarte.

—Mentira.

El viento levantó polvo y ceniza alrededor de ambos.

—Quieres que haya una puerta.

Una pequeña.

Una grieta por donde puedas meter tus dedos y decir: “Aquí.

Aquí aún se puede salvar algo.” Pero no toda grieta es salida, Adrien.

Algunas solo dejan entrar más oscuridad.

—Entonces dime que no queda nada.

Morgana lo miró en silencio.

—Dilo —insistió él—.

Dime que no queda nada en ti que no pertenezca al odio.

La respuesta no llegó.

Y ese silencio fue más peligroso que cualquier confesión.

Morgana bajó lentamente la mano.

—No voy a retirar la maldición.

Adrien sintió que la derrota llegaba antes que la rabia.

—Entonces me obligarás a detenerte.

—Tal vez.

—No quiero.

—Lo sé.

—Eso no me impedirá hacerlo.

Morgana lo miró con algo parecido a una ternura torcida.

—Por eso me gustas.

Adrien cerró los ojos un instante.

—No digas eso.

—¿Por qué?

¿Porque ella puede oír?

Adrien abrió los ojos.

Isolde seguía mirándolos desde lejos.

Morgana también lo sabía.

Por supuesto.

—No metas a Isolde en esto.

—Ella entró sola.

Con soldados, sello real y ese amor educado que huele a cartas guardadas en cofres.

—No es tu enemiga.

—No.

Es tu espejo.

—¿Qué significa eso?

Morgana se acercó.

—Ella te mira y recuerda quién eras.

Yo te miro y veo quién puedes ser cuando dejes de mentirte.

Entiendo que eso la asuste.

—Y a ti te complace.

—A mí me interesa.

—No soy un experimento.

—No.

Eres una caída en proceso.

Adrien sintió que la frase le tocaba una parte que no quería reconocer.

—No caeré por ti.

Morgana sonrió.

—Quizá no.

Quizá caigas intentando no hacerlo.

El sonido de cascos interrumpió la conversación.

Un soldado entró al galope por el camino del este, cubierto de barro.

Llevaba el estandarte negro del rey doblado bajo el brazo y una carta sellada con cera roja.

Damas salió a recibirlo.

Isolde también.

Adrien y Morgana miraron desde la plaza.

El mensajero desmontó casi cayendo.

—Orden urgente de Su Majestad.

Damas tomó la carta y rompió el sello.

Leyó rápidamente.

Su rostro cambió.

Luego miró a Morgana.

Con una mezcla de triunfo y temor.

Adrien sintió que el pecho se le helaba.

—¿Qué dice?

—preguntó Isolde.

Damas levantó la vista.

—El rey ordena que Morgana de Veyr sea capturada viva y trasladada bajo custodia real en cuanto se confirme la naturaleza de su poder.

La plaza entera quedó en silencio.

Morgana sonrió lentamente.

—Ah.

El hambre de corona llegó puntual.

Damas continuó: —Autoriza uso de reliquias de plata, cadenas consagradas y fuerza letal contra cualquiera que impida la captura.

Sus ojos fueron hacia Adrien.

—Cualquiera.

Isolde palideció.

Adrien no se movió.

Morgana se inclinó hacia él y susurró: —Ahora, caballero, tendrás otra oportunidad de explicarte que no elegiste un bando.

Luego dio un paso atrás.

Los cuervos levantaron vuelo desde los tejados.

El trigo podrido crujió en los campos.

Y Adrien comprendió que la venganza de Morgana ya no era el único fuego que podía devorar Veyrfall.

La corona acababa de traer el suyo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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