El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 El beso bajo la lluvia
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28: Capítulo 28: El beso bajo la lluvia 28: Capítulo 28: El beso bajo la lluvia La lluvia comenzó antes del anochecer.
No cayó como bendición.
Cayó como si el cielo también quisiera lavar algo que la tierra se negaba a soltar.
Primero fueron gotas finas sobre los campos podridos, apenas suficientes para oscurecer el barro y aplastar el olor dulzón del trigo muerto.
Luego el agua aumentó, golpeando los tejados de Veyrfall, corriendo por las paredes torcidas, bajando por las ventanas cerradas como lágrimas ajenas.
En cuestión de minutos, la plaza se convirtió en un espejo quebrado donde se reflejaban la iglesia, el pozo y los soldados del rey.
Nadie celebró la lluvia.
En otro pueblo habría sido alivio.
Allí sonaba a advertencia.
Adrien permanecía bajo el arco de la iglesia, con la carta del rey aún ardiéndole en la memoria.
Morgana de Veyr debía ser capturada viva.
Viva.
No por compasión.
No por justicia.
Viva como se conserva una espada extraña, un veneno raro, una bestia útil.
El capitán Damas había recibido la orden con la satisfacción rígida de quien por fin siente que la autoridad del mundo vuelve a acomodarse bajo sus pies.
Había enviado hombres a reforzar los caminos, otros a revisar sus cadenas de plata y reliquias consagradas.
No atacaría de inmediato.
Isolde se lo había impedido, usando la urgencia del estado de Tomás, la inestabilidad del pozo y la necesidad de un informe completo como argumentos.
Pero la demora era corta.
Frágil.
Una vela bajo lluvia.
La captura vendría.
Morgana lo sabía.
El pueblo lo sabía.
Adrien también.
Y esa certeza hacía que cada minuto pareciera robado.
Isolde estaba dentro de la iglesia, con Tomás.
Había pasado horas limpiándole la fiebre, ordenando a los soldados hervir agua, mantener lejos a Edda Wren y vigilar a Madre Orelia.
No le había pedido a Adrien explicaciones después de la orden del rey.
No todavía.
Pero cada vez que sus miradas se cruzaban, Adrien sentía que ella veía con demasiada claridad el lugar exacto donde su deber empezaba a agrietarse.
Morgana no estaba en la plaza.
Se había marchado cuando la orden fue leída, sonriendo con esa calma venenosa que usaba cuando algo dolía lo suficiente como para no mostrarlo.
Los cuervos la siguieron hacia el camino del bosque, pero no todos.
Algunos quedaron en los tejados, empapados bajo la lluvia, mirando a Adrien como testigos pequeños y negros.
El padre Elric se acercó al arco.
—Sir Adrien.
Adrien no se volvió.
—Ahora no, padre.
—Debéis entrar.
—No.
—Damas está reuniendo hombres.
Si os ve salir hacia el bosque… —Que mire.
Elric guardó silencio unos segundos.
La lluvia golpeaba la piedra entre ambos.
—¿Vais a advertirle?
Adrien cerró los ojos.
La respuesta correcta era no.
La respuesta prudente era no.
La respuesta leal, al menos a la corona, era no.
—Sí —dijo.
El sacerdote exhaló con tristeza.
—Eso os puede condenar.
Adrien abrió los ojos.
—Ya estamos bastante condenados.
—No hablo del alma del pueblo.
—Yo tampoco.
Elric bajó la mirada.
—Morgana no huirá porque se lo pidáis.
—Lo sé.
—No retirará su venganza.
—Lo sé.
—No os amará de una forma que no destruya algo.
Adrien giró lentamente hacia él.
El sacerdote no retrocedió.
—Decirlo no lo vuelve menos cierto —añadió.
Adrien sintió que la marca del pecho latía bajo la camisa.
No sabía si Morgana escuchaba desde lejos o si la mención de su nombre bastaba ya para encender la herida.
—No voy por amor.
Elric lo miró con una compasión cansada.
—Ojalá esa frase bastara.
Adrien bajó los escalones hacia la lluvia.
No llevó caballo.
Ningún animal quería acercarse al camino del bosque aquella noche.
Caminó solo, con la capa empapándose sobre los hombros, la espada al costado, el brazo marcado cubierto por una venda nueva y la orden del rey clavada como un hierro detrás de los ojos.
La lluvia convertía Veyrfall en una pintura deshecha.
Las casas parecían más pequeñas.
El pozo, más oscuro.
Los soldados del rey lo vieron pasar, pero ninguno se atrevió a detenerlo.
Tal vez porque aún era Sir Adrien Valen.
Tal vez porque Isolde, desde la puerta de la iglesia, los observaba en silencio.
Adrien la vio.
Ella también lo vio.
No dijo nada.
Eso fue peor que una súplica.
En sus ojos había una pregunta que él no podía contestar sin traicionarse.
¿Volverás siendo mío?
Adrien apartó la mirada.
Y siguió caminando hacia el bosque.
El sendero de piedras blancas brillaba bajo la lluvia como huesos lavados.
Las gotas caían entre las ramas negras, golpeando hojas muertas, hundiéndose en charcos donde el cielo gris parecía abrirse en pozos pequeños.
No hubo voces al principio.
Ni la de Isolde.
Ni la de su madre.
Ni la de los niños.
El bosque parecía contener el aliento.
Eso lo inquietó más que cualquier susurro.
Cuando llegó al claro, la casa de Morgana estaba a oscuras.
Por primera vez desde que la conocía, no había luz roja en las ventanas.
No había humo en la chimenea.
No había cuervos sobre el techo.
La casa parecía abandonada, pero no vacía.
Las piedras negras reflejaban la lluvia con un brillo frío, y la puerta estaba entreabierta.
Adrien se detuvo en el umbral.
—Morgana.
No hubo respuesta.
Entró.
La casa olía a hierbas húmedas, ceniza y vino derramado.
Las velas estaban apagadas.
La mesa donde habían cenado seguía allí, pero sin platos.
Sobre la madera había una mancha oscura, quizá vino, quizá sangre, y al lado una flor blanca aplastada.
—Morgana.
El fuego de la chimenea estaba muerto.
Pero no frío.
Adrien avanzó hacia la habitación del fondo.
Allí encontró el estante de frascos abierto, varias botellas rotas en el suelo, libros desordenados y una cadena de plata arrojada sobre una silla.
No era de los soldados.
Era antigua.
Oxidada en partes.
Demasiado pequeña para un adulto.
La tomó.
Sintió frío en los dedos.
Una visión le golpeó la mente.
Morgana niña, con las muñecas atadas.
Un hombre de hábito gris apretando alambre de plata alrededor de sus dedos.
Una voz diciendo: —Si no toca, no puede corromper.
Luego el grito.
Adrien soltó la cadena como si quemara.
—No deberías tocar cosas que aún recuerdan mi piel.
La voz vino desde la puerta trasera.
Adrien giró.
Morgana estaba allí, bajo la lluvia, al otro lado del umbral que daba hacia el jardín muerto.
No llevaba capa.
El agua le había empapado el cabello y el vestido oscuro, pegando la tela a su cuerpo con una fragilidad engañosa.
Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una claridad peligrosa.
No parecía sorprendida de verlo.
—El rey ordenó tu captura —dijo Adrien.
Morgana entró despacio.
El agua goteó desde su cabello hasta el suelo de madera.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Los reyes gritan incluso cuando escriben.
—Debes irte.
Ella sonrió apenas.
—Qué palabra tan pequeña para un hombre que vino bajo la lluvia a traicionar un poco más.
Adrien no respondió.
Morgana caminó hasta la mesa y tomó una copa vacía.
La observó como si pensara servirse vino de una jarra inexistente.
—¿Te envió tu prometida?
—No.
—Qué lástima.
Habría sido un gesto elegante.
—Isolde intenta ganar tiempo.
Morgana dejó la copa.
—Por ti o por mí.
—Por Tomás.
—Ah.
Siempre el niño.
Tan útil para que todos parezcan menos egoístas.
Adrien avanzó hacia ella.
—Damas tiene cadenas de plata, reliquias y autoridad para usar fuerza letal contra cualquiera que interfiera.
—Incluido tú.
—Sí.
Morgana lo miró.
La lluvia golpeaba el techo.
—¿Y aun así viniste?
—Sí.
—¿Por qué?
Adrien sintió que la pregunta abría demasiadas puertas.
—Porque si te capturan, el rey no buscará justicia.
Te usará.
—Ya lo sabía.
—Porque Damas puede provocar una masacre.
—También.
—Porque si peleas en Veyrfall, el pozo puede despertar.
—Probable.
—Porque aún necesitamos detener al valle.
—Qué lista tan noble.
Adrien apretó la mandíbula.
—No hagas esto.
—¿Qué cosa?
—Convertir cada motivo en una mentira.
Morgana lo miró con calma.
—No los convierto.
Solo retiro los adornos.
—Entonces dime tú la verdad.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Cuál?
—Por qué sigues aquí.
El silencio se instaló entre ambos.
Morgana apartó la mirada hacia la ventana.
Afuera, la lluvia caía sobre las flores blancas del jardín.
Algunas se cerraban bajo el peso del agua.
Otras seguían abiertas, tercas, pequeñas y pálidas.
—Porque esta tierra me debe demasiado —dijo al fin.
—No es toda la verdad.
—No.
—Entonces habla.
Ella rió suavemente.
—Te estás volviendo exigente con mis confesiones.
—Y tú sigues negándote a darlas completas.
Morgana lo miró.
—Porque una confesión completa entrega más de lo que una persona sensata debería poner en manos de alguien que aún cree poder detenerme.
Adrien dio otro paso.
—Voy a detenerte si sigues.
—Lo sé.
—No quiero.
—También lo sé.
La sencillez de la respuesta lo dejó sin aire por un instante.
Morgana se acercó a la puerta abierta.
La lluvia le golpeó el rostro de lado.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, Adrien?
Él no respondió.
—Que la corona cree que me está cazando ahora que envió soldados.
Veyrfall creyó que me cazaba cuando trajo antorchas.
La iglesia creyó que me cazaba cuando me ató con plata.
Todos llegan tarde a la misma fantasía.
—¿Cuál?
Morgana sonrió, pero no había alegría.
—Que sigo siendo una niña bajo una trampilla, esperando que alguien abra.
Adrien sintió que la frase le atravesaba el pecho.
—No eres solo eso.
—No.
Soy mucho peor.
—Lo dices como si fuera una victoria.
—A veces lo es.
—No.
Morgana giró hacia él.
—No me digas “no” como si supieras cuánto cuesta no ser devorada por lo que te hicieron.
—No lo sé.
—Entonces no lo corrijas.
—Pero sé lo que cuesta seguir alimentándolo.
Ella se quedó quieta.
Adrien respiró con dificultad.
La lluvia parecía sonar más fuerte.
—Te pedí que detuvieras la venganza.
Te negaste.
Te pedí que retiraras la maldición del trigo.
Te negaste.
Si el rey te captura, no será justicia.
Si tú destruyes el pueblo, tampoco.
Estoy parado entre dos horrores, Morgana, y ambos tienen razones.
La bruja lo observó.
—Qué lugar tan incómodo para un hombre que amaba las líneas rectas.
—No te burles.
—No puedo evitarlo siempre.
—Inténtalo.
La orden salió baja.
Cansada.
No fuerte.
Tal vez por eso ella obedeció.
Morgana bajó la mirada hacia sus propias manos.
La lluvia había limpiado de ellas cualquier mancha visible, pero Adrien ya sabía que algunas manchas no se veían.
—No voy a huir —dijo.
—Morgana.
—No.
—Damas vendrá.
—Que venga.
—Traerá hombres.
—Que los traiga.
—Podrían capturarte.
Morgana levantó la vista.
—¿Eso te asusta?
Adrien no respondió.
La respuesta estaba en su silencio.
Ella caminó hacia él lentamente.
—Qué extraño —susurró—.
Sir Adrien Valen, caballero de la Orden del Alba, preocupado por lo que puedan hacerle a la bruja.
—No quiero verte convertida en arma del rey.
—¿Solo eso?
—Es suficiente.
—No para mí.
Adrien sostuvo su mirada.
La casa estaba oscura.
La lluvia entraba por la puerta abierta y formaba un charco alrededor de las botas de Morgana.
El aire olía a madera húmeda, flores blancas y ceniza vieja.
—No sé qué quieres que diga —admitió él.
La expresión de Morgana cambió apenas.
—Eso es casi honesto.
—Es todo lo que tengo.
—No.
Tienes más.
Solo que todavía le temes a las palabras.
Adrien sintió que el pecho se le cerraba.
—Las palabras no cambian lo que eres.
—No.
—Ni lo que hiciste.
—No.
—Ni lo que debo hacer si sigues.
—No.
La repetición fue un cuchillo.
Morgana se detuvo muy cerca de él.
—Pero pueden arruinarte mejor que el silencio.
Adrien cerró los ojos un instante.
Vio a Isolde bajo el arco de la iglesia.
Su mirada al verlo partir.
Su calma rota.
Su fe en él, aunque herida.
Vio a Tomás temblando bajo la manta.
Vio a Lysa envejecida antes de tiempo.
Vio a Taren en el barro.
Vio los campos podridos.
Vio a Orelia vomitando nombres bajo las sombras de Morgana.
Y luego vio a Morgana niña, debajo del cuerpo quemado de su madre.
No una excusa.
Una raíz.
Abrió los ojos.
—Me atraes —dijo.
La frase salió como una confesión y una derrota.
Morgana no sonrió.
Eso lo sorprendió.
Sus ojos buscaron los suyos con una intensidad desnuda, sin la burla habitual.
Durante un segundo pareció no saber qué hacer con una verdad dicha sin adorno.
—Lo sé —respondió.
Adrien soltó una risa amarga.
—Por supuesto.
—No lo digo para humillarte.
—¿No?
—Hoy no.
Él tragó saliva.
—También me repugna lo que haces.
—Lo sé.
—No puedo confiar en ti.
—Bien.
—No puedo salvarte.
—No quiero.
—No puedo amarte sin traicionar algo.
Morgana se quedó inmóvil.
Esa frase sí la tocó.
No lo mostró como una mujer herida.
Lo mostró como una criatura que acaba de escuchar una puerta abrirse donde solo esperaba pared.
—Entonces no lo hagas —dijo.
Adrien la miró.
—¿No haga qué?
—Amarme.
La palabra quedó entre ambos.
Amarme.
Morgana la dijo como si fuera un desafío, no una súplica.
Como si se atreviera a pronunciarla precisamente porque la volvía peligrosa.
Adrien sintió una culpa inmensa.
Por Isolde.
Por su juramento.
Por las víctimas de Morgana.
Por el pueblo.
Por sí mismo.
—No debería estar aquí —susurró.
—No.
—Debería entregarte.
—Sí.
—Debería odiarte.
Morgana levantó una mano y la apoyó sobre el centro de su pecho, justo sobre la marca.
Adrien no la apartó.
El contacto no dolió.
Eso fue peor.
—Me odias —dijo ella—.
Solo que no únicamente.
Adrien cerró los ojos.
El calor de su mano atravesó la tela.
La marca respondió, no como herida, sino como una puerta que reconoce a quien la abrió.
—No hagas esto —dijo él.
—Tú viniste.
—Para advertirte.
—Para despedirte de una parte de ti que aún podía fingir.
Adrien abrió los ojos.
La miró.
Morgana estaba demasiado cerca.
La lluvia seguía cayendo por su cabello, por sus mejillas, por sus labios.
No había dulzura inocente en ella.
No había promesa de calma.
Había oscuridad, deseo, orgullo, dolor y una sinceridad cruel que no pedía permiso.
—Si te beso —dijo Adrien, con voz rota—, mañana seguirás siendo culpable.
Morgana levantó apenas el rostro.
—Sí.
—Yo también.
—Sí.
—No cambiará nada.
—Mentira.
Adrien respiró hondo.
—No arreglará nada.
—Eso sí es verdad.
La mano de Morgana siguió sobre su pecho.
—No quiero arreglarte —dijo ella.
—Yo tampoco a ti.
Morgana sonrió muy levemente.
Por primera vez, aquella sonrisa no pareció un arma completa.
Solo una grieta.
—Entonces tal vez podamos ser honestos por un segundo.
Adrien no supo quién se movió primero.
Tal vez él.
Tal vez ella.
Tal vez la marca tiró de ambos.
Tal vez la lluvia empujó.
Sus bocas se encontraron sin suavidad perfecta, sin la gracia limpia de los romances que Adrien había conocido en canciones de corte.
Fue un beso torpe al principio, contenido por culpa, atravesado por rabia, por miedo, por demasiadas palabras no dichas.
Morgana estaba fría por la lluvia, pero su boca no.
Su mano se cerró sobre la tela de la camisa de Adrien, justo encima de la marca, como si quisiera sujetarlo allí, en el borde exacto de su propia caída.
Adrien la tomó por la cintura.
No pensó.
O pensó demasiado tarde.
El beso se volvió más profundo.
La lluvia entraba por la puerta, mojándoles los pies, el suelo, el mundo.
Afuera, los cuervos graznaron.
Dentro, las sombras parecieron inclinarse hacia ellos.
Adrien sintió el vínculo abrirse, no con violencia, sino con un dolor íntimo: imágenes rotas, fuego, sangre, el rostro de Isolde, el de Evelyne, el pozo, Tomás respirando, Lysa envejecida, Morgana bajo tierra, Morgana adulta, su propia espada atravesándole el pecho en una visión que regresó con una claridad insoportable.
Se separó de golpe.
Respiraba con dificultad.
Morgana también.
Eso lo destruyó un poco.
Verla respirar así.
Ver que no todo había sido cálculo.
Ver que, por un instante, ella tampoco tenía una frase preparada.
La lluvia golpeaba la puerta abierta.
Adrien retrocedió un paso.
—No.
Morgana no lo siguió.
Solo lo miró.
—Demasiado tarde.
—No.
—Sí.
—Esto no puede volver a pasar.
La sonrisa de Morgana regresó lentamente, pero había algo herido debajo, algo que ella cubría con veneno antes de que pudiera recibir nombre.
—Qué frase tan inútil después del primer pecado.
Adrien cerró los ojos.
—Isolde… —Sí —dijo Morgana.
La forma en que pronunció el nombre no fue burla.
Fue peor.
Fue reconocimiento.
—Ella no merece esto —dijo Adrien.
—No.
—Las víctimas tampoco.
—No.
—Y aun así… —Y aun así —repitió Morgana.
El silencio posterior fue más íntimo que el beso.
Adrien se pasó una mano por el rostro.
Tenía los dedos temblorosos.
—No puedo permitir que te capturen.
Morgana lo observó con cuidado.
—¿Porque el rey me usaría?
—Sí.
—¿Porque Damas provocaría una matanza?
—Sí.
—¿Porque aún necesitas mis respuestas?
—Sí.
—¿Y porque me besaste bajo la lluvia y ahora sería más difícil fingir que mi destino no te importa?
Adrien la miró.
No pudo mentir.
Morgana asintió apenas.
—Bien.
—No hay nada bueno en esto.
—No dije que lo hubiera.
—No voy a estar de tu lado si sigues matando.
La bruja sonrió.
—Otra vez los bandos.
—Esta vez escúchame.
Adrien se acercó, pero no la tocó.
—Si sigues con la maldición del trigo, si dañas a Isolde, si usas a Tomás o a cualquier niño, te detendré.
—Lo sé.
—Aunque te haya besado.
—Especialmente porque me besaste.
La frase lo golpeó.
Morgana levantó la mano y se tocó los labios, como si confirmara que el beso había ocurrido en el mundo físico y no solo en la marca.
—No confundas esto con promesa —dijo ella.
—No lo hago.
—Sí lo haces un poco.
Eres humano.
Tienden a hacer promesas con la piel aunque la boca diga lo contrario.
—¿Y tú?
Morgana sostuvo su mirada.
—Yo hago maldiciones con todo.
Adrien sintió una tristeza profunda.
—¿Eso fue una maldición?
Morgana se acercó un paso.
—No.
Su voz fue baja.
Sincera.
Oscura.
—Eso fue hambre.
Adrien no respondió.
No había respuesta segura.
Afuera, un trueno iluminó el claro.
Por un instante, la casa pareció una ruina futura.
Morgana, una sombra viva.
Adrien, un hombre detenido en el umbral de algo que no podía cruzar sin perderse.
Entonces escucharon cascos a lo lejos.
Ambos se volvieron.
Soldados.
La orden de captura ya se movía.
Morgana suspiró.
—Qué puntuales.
Adrien tomó su espada.
—Hay una salida trasera.
—Conozco mi casa.
—Entonces úsala.
Ella lo miró con una calma extraña.
—¿Vienes conmigo?
La pregunta fue suave.
No burlona.
Eso la volvió peligrosa.
Adrien pensó en Isolde.
En Tomás.
En la iglesia.
En su juramento.
En el beso.
—No.
Morgana asintió.
No pareció sorprendida.
—Bien.
—No es bien.
—Para mí sí.
Si venías, habría tenido que decidir si romperte ahora o más tarde.
—Morgana.
Ella sonrió.
—No pongas esa cara.
Acabas de besar a una mujer que te advirtió desde el principio que no era tu salvación.
Los cascos se acercaban.
Voces de soldados en el bosque.
Metal.
Perros.
Adrien se acercó a la puerta principal.
—Los retrasaré.
—Eso suena a protección.
—Llámalo estrategia.
—Lo llamaré ternura cobarde.
Él la miró.
Morgana ya caminaba hacia la puerta trasera.
Antes de salir, se detuvo bajo la lluvia.
—Adrien.
Él volvió el rostro.
—¿Sí?
Ella lo miró con una expresión que no era suave, no era buena, no era inocente.
Pero era verdadera.
—No me pidas mañana que me arrepienta de esto.
Adrien sintió el peso de esas palabras.
No hablaba solo del beso.
Hablaba de todo.
De la venganza.
De la maldición.
De la guerra que venía.
De lo que era.
—No lo haré —dijo.
Morgana sonrió apenas.
—Mentira.
Luego desapareció bajo la lluvia.
Adrien salió por la puerta principal segundos después.
Los soldados del rey emergieron entre los árboles, con antorchas protegidas por capuchas de hierro y cadenas de plata enrolladas en los brazos.
El capitán Damas no estaba con ellos.
Era una partida adelantada.
Seis hombres.
Demasiado confiados.
—Sir Adrien —dijo uno—.
Por orden real, apártese.
Adrien se plantó bajo la lluvia, delante de la casa de Morgana.
La marca en su pecho ardía.
Sus labios aún conservaban el sabor de ella.
Culpa.
Deseo.
Ceniza.
—La casa está vacía —dijo.
El soldado miró hacia la puerta abierta.
—Entonces no tendrá problema en dejarnos revisar.
Adrien desenvainó lentamente.
No levantó la espada contra ellos.
Pero la sostuvo lo suficiente para que entendieran.
—Tendrán que esperar.
Los soldados se tensaron.
—Sir Adrien… —Dije que esperen.
En el bosque, a su espalda, un cuervo graznó.
Adrien no miró.
No necesitaba hacerlo para saber que Morgana se alejaba.
Ni para saber que, al dejarla ir, estaba cruzando una línea que mañana todos llamarían traición.
Tal vez lo era.
La lluvia golpeó su rostro, fría, insistente.
Intentó pensar en la justicia.
En el deber.
En Isolde.
En las víctimas.
Pero por debajo de todo, como una mancha que el agua no podía borrar, estaba el recuerdo de aquel beso oscuro, sincero y culpable.
No había salvado nada.
No había perdonado nada.
No había cambiado la naturaleza de Morgana ni la obligación de detenerla si seguía su camino de venganza.
Pero había hecho imposible una mentira.
Adrien ya no podía fingir que la bruja era solo su misión.
Y en algún lugar del bosque, Morgana de Veyr tampoco podía fingir que el caballero era solo un juego.
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