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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 Isolde sospecha
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29: Capítulo 29: Isolde sospecha 29: Capítulo 29: Isolde sospecha Isolde supo que Adrien ocultaba algo antes de verlo regresar.

No por magia.

No por mensajes interceptados.

No por confesión de ningún soldado.

Lo supo por la forma en que los cuervos volvieron al pueblo.

Llegaron desde el bosque poco antes de la medianoche, empapados por la lluvia, negros contra un cielo más negro.

No venían dispersos como aves buscando refugio.

Volaban en círculos bajos, tensos, siguiendo el camino de las piedras blancas hasta los tejados de Veyrfall.

Algunos se posaron sobre la iglesia.

Otros sobre el pozo.

Tres aterrizaron en el arco de la entrada principal y sacudieron las alas, dejando caer gotas sobre la piedra.

Isolde los observó desde la puerta de la sacristía.

Tomás Wren dormía detrás de ella, aunque aquel sueño parecía más agotamiento que descanso.

Mara permanecía sentada junto a la cama improvisada, sosteniendo un paño húmedo.

El niño había vomitado tierra una vez más, pero menos que antes.

Su fiebre bajaba lentamente.

Aun así, cada cierto tiempo abría los ojos y preguntaba si su madre seguía afuera.

Isolde mentía con cuidado.

—Estás a salvo.

No respondía la pregunta.

Había aprendido demasiado rápido que en Veyrfall una verdad incompleta podía ser misericordia o veneno, dependiendo de quién la usara.

El padre Elric ordenaba las tablillas sobre el altar con manos temblorosas.

El capitán Damas había salido hacía una hora con varios hombres, tras recibir noticia de que una partida adelantada había seguido rastros hacia la casa de Morgana.

No lo dijo abiertamente, pero Isolde lo entendió.

Damas quería capturar a la bruja antes de que Adrien volviera a interponerse.

Y Adrien… Adrien había desaparecido bajo la lluvia.

Hacia el bosque.

Hacia ella.

Isolde no necesitaba verlo para saberlo.

Al principio se dijo que era estrategia.

Que Adrien había ido a advertir, negociar o evitar un choque que pusiera en riesgo al pueblo.

Eso también era verdad.

Precisamente por eso dolía más.

Las buenas razones podían esconder las peores sin dejar de ser buenas.

Cuando los cuervos regresaron, Isolde sintió que algo se cerraba en su pecho.

No miedo.

No del todo.

Sospecha.

El primero en entrar a la iglesia fue un soldado joven, sin casco, empapado hasta los huesos.

Se llamaba Renan.

Apenas tendría veinte años.

Se detuvo junto a la nave, respirando con dificultad.

—Lady Isolde.

Ella se acercó de inmediato.

—¿Dónde está el capitán?

—En camino.

Hubo… una demora.

El padre Elric levantó la cabeza.

—¿Qué ocurrió?

Renan miró al sacerdote, luego a Isolde.

Dudó.

Ella lo notó.

—Habla.

—Encontramos la casa de la bruja vacía.

Isolde sintió una calma helada.

—¿Vacía?

—Sí, mi señora.

—¿Adrien estaba allí?

El soldado tragó saliva.

—Sir Adrien estaba fuera.

Elric cerró los ojos.

Isolde no se movió.

—¿Fuera de la casa?

—Sí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y Morgana de Veyr?

Renan bajó la mirada.

—No la vimos.

La frase tenía barro en los bordes.

Isolde dio un paso hacia él.

—No pregunté si la vieron.

Pregunté dónde estaba.

—No lo sabemos.

—¿Sir Adrien les permitió revisar la casa?

El soldado tardó demasiado.

—No de inmediato.

El silencio de la iglesia se volvió pesado.

Mara, desde la sacristía, miró hacia la puerta.

Elric dejó una tablilla sobre el altar con demasiado cuidado.

Incluso Tomás pareció inquietarse en sueños.

Isolde sostuvo la mirada del joven.

—¿Qué significa “no de inmediato”?

Renan parecía desear estar de vuelta bajo la lluvia.

—La partida recibió orden de registrar la casa.

Sir Adrien se interpuso.

Dijo que estaba vacía y que debíamos esperar.

—¿Desenvainó?

La pregunta salió suave.

El soldado palideció.

—Sí.

Elric murmuró una oración.

Isolde sintió el golpe.

No lo dejó aparecer en su rostro.

—¿Contra soldados del rey?

—No nos atacó.

—No pregunté eso.

Renan bajó la cabeza.

—Desenvainó.

Isolde miró hacia la puerta abierta de la iglesia.

Afuera, los cuervos seguían sobre los tejados, inmóviles bajo la lluvia como jueces pequeños.

—¿Y luego?

—El capitán llegó.

Discutieron.

Finalmente se registró la casa, pero ya no había nadie.

Se hallaron frascos rotos, una cadena de plata antigua y señales de salida por la parte trasera.

—¿Huellas?

Renan dudó.

—La lluvia las borró.

—Conveniente.

No quiso decirlo en voz alta.

Pero lo pensó.

Y odiaba que Morgana de Veyr le estuviera enseñando a pensar como Veyrfall.

—¿Sir Adrien viene con el capitán?

—Sí, mi señora.

—Gracias.

Ve a cambiarte.

Y no hables de esto con nadie más.

Renan inclinó la cabeza y se retiró.

Elric se acercó lentamente.

—Lady Isolde… —No.

La palabra salió más dura de lo que pretendía.

El sacerdote se detuvo.

Isolde respiró.

—No me diga que puede haber una explicación.

Elric bajó la mirada.

—Puede haberla.

—Lo sé.

Ese es el problema.

El sacerdote no respondió.

Isolde caminó hasta el altar.

Miró las tablillas rescatadas de la capilla vieja.

Nombres de niños.

Fechas.

Familias.

Entregas.

Recetas.

Toda una historia de horror sostenida por personas que probablemente también habían dicho, alguna vez, que había explicaciones.

Tocó con cuidado la tablilla de Alren Wren.

El niño cuyo sacrificio fue usado para culpar a Evelyne.

—¿Cuántas tragedias de este lugar empezaron con alguien ocultando algo “por una buena razón”?

—preguntó.

Elric cerró los ojos.

—Demasiadas.

—Entonces no me pida paciencia con otra omisión.

—No lo haré.

La lluvia aumentó.

La puerta de la iglesia se abrió de golpe una hora después.

Entró primero el capitán Damas.

Tenía la capa empapada, barro hasta las rodillas y una furia tan visible que parecía otra arma colgada del cinturón.

Detrás de él venían cuatro soldados.

Luego Adrien.

Isolde lo vio entrar y supo, antes de cualquier palabra, que algo había ocurrido.

No era solo la lluvia en su cabello ni la tensión de su mandíbula.

No era la espada húmeda al costado ni el cansancio de sus ojos.

Era la forma en que evitó mirarla durante el primer segundo.

Solo uno.

Pero Isolde lo conocía.

A veces un segundo era una confesión.

Damas caminó directo hacia ella.

—Lady Isolde, debo informar formalmente que Sir Adrien Valen obstaculizó una orden de captura emitida por el rey.

Adrien cerró la puerta detrás de sí.

—Impedi una acción precipitada.

Damas giró hacia él.

—Impuso su espada entre soldados reales y la casa de una bruja buscada por Su Majestad.

—Una casa vacía.

—Vacía porque la retrasó.

Adrien dio un paso.

—Porque usted envió una partida adelantada sin evaluar el riesgo.

—El riesgo era dejar escapar a Morgana.

—El riesgo era que sus hombres murieran o provocaran una respuesta del bosque.

—Curiosamente, la respuesta nunca llegó.

Solo llegó usted.

Isolde levantó una mano.

Ambos callaron.

No porque quisieran.

Porque entendieron que la tensión estaba a punto de romper algo que no convenía romper dentro de la iglesia, frente a los nombres de los niños muertos.

—Capitán —dijo ella—, deje su informe por escrito.

—Mi señora… —Por escrito.

Ahora.

Con hechos.

No conclusiones.

Damas apretó la mandíbula.

—Los hechos son claros.

—Entonces no tendrá dificultad en escribirlos.

El capitán inclinó apenas la cabeza, rígido de rabia, y se retiró hacia una mesa lateral con uno de sus hombres.

Isolde miró a Adrien.

—Ven conmigo.

No esperó respuesta.

Caminó hacia una pequeña habitación detrás de la nave, usada para guardar mantos, velas y cálices.

Adrien la siguió.

Elric no intentó detenerlos.

La habitación era estrecha.

Una sola vela ardía sobre una repisa.

El sonido de la lluvia llegaba amortiguado por los muros de piedra.

Olía a cera, tela húmeda y metal viejo.

Isolde cerró la puerta.

Luego se volvió hacia Adrien.

—Dime la verdad.

Él sostuvo su mirada.

—Fui a advertirle.

—Eso ya lo sé.

—Entonces… —Dime la verdad completa.

Adrien calló.

Ahí estaba otra vez.

Ese silencio.

No vacío.

Construido.

Isolde sintió cómo algo dentro de ella se endurecía para no romperse.

—¿La encontraste?

Adrien respiró despacio.

—Sí.

La vela tembló.

—¿Hablaste con ella?

—Sí.

—¿Le dijiste que el rey ordenó su captura?

—Sí.

—¿La ayudaste a escapar?

Adrien cerró los ojos un instante.

—La retrasé lo suficiente para que no fuera capturada por una partida improvisada.

Isolde soltó una risa baja, sin alegría.

—Escúchate.

Él abrió los ojos.

—Isolde… —No.

Escúchate.

“La retrasé lo suficiente.” “Acción precipitada.” “Riesgo del bosque.” “Casa vacía.” Cada frase tuya tiene armadura.

Adrien apartó la mirada.

—No podía permitir que Damas la capturara.

—¿No podías o no querías?

—Ambas.

La honestidad fue un golpe inesperado.

Isolde se quedó quieta.

Adrien la miró de nuevo.

—Si Damas la captura, el rey la usará.

Ya hablamos de esto.

—Sí.

—Si la acorralan, puede destruir medio pueblo.

—Sí.

—Si ella cae en manos de la corona antes de que entendamos el valle, perdemos la única persona que sabe lo suficiente para impedir que algo peor despierte.

—Sí.

Isolde dio un paso hacia él.

—Todo eso es cierto.

Y aun así no es todo.

Adrien no respondió.

—¿Qué más pasó en la casa?

El rostro de él cambió.

No mucho.

Pero cambió.

Isolde sintió que el mundo se volvía más pequeño.

—Adrien.

—Nada que afecte la misión.

La frase fue tan mala que incluso él pareció odiarla al decirla.

Isolde retrocedió un paso.

—No vuelvas a hablarme como si fuera Damas.

—No era mi intención.

—Entonces no lo hagas.

Él se pasó una mano por el rostro, agotado.

—Fui a advertirle.

Discutimos.

Le pedí que se fuera.

Me dijo que no huiría.

Hablamos del rey, del pueblo, de la venganza.

—¿Y?

Adrien cerró la boca.

Isolde lo miró largo rato.

Al principio pensó que quería que él hablara para confirmar lo que temía.

Luego comprendió que, de alguna forma, ya lo sabía.

La lluvia.

La forma en que él evitó su mirada.

La tensión en sus labios.

Los cuervos.

Morgana.

El silencio.

—La besaste —dijo.

No fue pregunta.

Adrien quedó inmóvil.

Eso bastó.

Isolde sintió que el dolor llegó tarde, como si su cuerpo hubiera necesitado unos segundos para entender lo que su mente ya había dicho.

Respiró.

Una vez.

Dos.

No lloró.

No allí.

No frente a él.

Adrien dio un paso.

—Isolde… Ella levantó la mano.

—No.

La palabra cortó el movimiento.

Él se detuvo.

—No me toques.

Adrien bajó la mano lentamente.

El silencio entre ambos se llenó de todo lo que no habían sido capaces de decir desde que ella llegó: el compromiso político, la ternura real que había nacido a pesar de él, las cartas, las promesas, la cruz que ella le entregó antes de partir, la esperanza de que Adrien regresara siendo el mismo hombre.

Isolde sintió un dolor extraño.

No solo por el beso.

Por haberlo entendido antes de que él lo confesara.

—¿Fue hechizo?

—preguntó.

Adrien cerró los ojos.

—No lo sé.

La respuesta fue peor que un no.

—¿No lo sabes?

—La marca… ella puede provocar visiones, emociones, recuerdos.

El vínculo confunde cosas.

Isolde lo miró con tristeza y rabia.

—¿Y esa es tu defensa?

—No.

—Entonces no la uses como una.

Adrien abrió los ojos.

—No quiero excusarme.

—Pero quieres no ser culpable del todo.

Él no respondió.

Isolde asintió despacio.

—Eso también lo aprendiste rápido de Veyrfall.

La frase lo golpeó.

Ella lo vio.

No sintió satisfacción.

Solo tristeza.

—¿La amas?

—preguntó.

Adrien se quedó callado.

Isolde sintió que otra parte de ella se rompía.

—No lo sabes —dijo.

—No.

—Pero la deseas.

La respuesta tardó.

—Sí.

Isolde miró hacia la vela.

La llama era pequeña.

Temblaba, pero no se apagaba.

—Gracias por no mentir tarde.

Adrien dio un paso mínimo.

—No quería herirte.

Isolde lo miró de nuevo.

—Esa frase pertenece al mismo cementerio que “no sabía” y “era necesario”.

Él bajó la mirada.

Ella respiró hondo.

—¿Sientes algo por mí?

Adrien levantó la vista de inmediato.

—Sí.

—No respondas rápido porque te da miedo la pregunta.

—Sí, Isolde.

Siento algo por ti.

—¿Qué?

Él pareció sufrir con la respuesta.

—Respeto.

Ternura.

Gratitud.

Una vida que pudo ser… —No.

La palabra salió suave.

No furiosa.

Solo cansada.

—No me des un epitafio de nuestra relación mientras aún estamos vivos.

Adrien cerró la boca.

Isolde sintió, por primera vez, que el frío de Veyrfall se le metía bajo la piel.

—Yo no vine solo por el rey —dijo ella.

Adrien la miró.

—Lo sé.

—No.

No creo que lo supieras del todo.

Se acercó a la repisa y tocó una vela apagada.

—Cuando recibí la orden de venir, pensé que encontraría un pueblo maldito, una bruja peligrosa y a ti intentando sostener la línea.

Pensé que quizá estarías cansado, herido, confundido por el horror.

Pensé que debía ayudarte a recordar quién eras.

Su voz tembló apenas.

—No pensé que tendría que preguntarme si querías recordarlo.

Adrien cerró los ojos.

—Quiero.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces ¿por qué sigues yendo hacia ella?

Él no respondió.

Isolde asintió.

—Porque ella no te pide que seas el hombre que juraste ser.

—No es tan simple.

—No.

Es peor.

Ella te permite sentir que tu caída es comprensión.

Que tu deseo es compasión.

Que tu duda es profundidad.

Que cruzar líneas te vuelve más honesto que quienes todavía intentan sostenerlas.

Adrien abrió los ojos.

—No sabes lo que ella es para mí.

—Tampoco tú.

La respuesta lo dejó sin palabras.

Isolde se acercó.

—Pero sé lo que ella hace.

No solo con magia.

Con palabras.

Con heridas.

Con verdades dichas como cuchillos.

Ella no necesita mentirte siempre.

Le basta con hacer que cada verdad te acerque más a ella y te aleje de cualquier lugar donde puedas ser juzgado sin que parezca hipocresía.

Adrien apretó los puños.

—El pueblo merece ser juzgado.

—Sí.

—La iglesia también.

—Sí.

—El rey también.

—Sí.

—Entonces… —Entonces no uses sus culpas para dejar de mirar la tuya.

El silencio fue brutal.

Adrien bajó la mirada.

Isolde lo observó, y por un instante el enojo cedió ante una pena profunda.

Él parecía más cansado que culpable, más perdido que traidor.

Pero esa era otra trampa de Veyrfall: todos los culpables podían parecer rotos si uno miraba el tiempo suficiente.

Ella no podía permitirse olvidar que también estaba herida.

—¿Ella sabe?

—preguntó.

—¿Qué?

—Lo que sientes.

La confusión.

El deseo.

La culpa.

Adrien soltó una risa sin humor.

—Morgana sabe todo lo que puede usar.

Isolde cerró los ojos.

—Y aun así fuiste.

—Sí.

—Y aun así la besaste.

Adrien no respondió.

La vela tembló otra vez.

Desde la nave llegó el murmullo del capitán Damas dictando un informe.

Más lejos, en la sacristía, Tomás tosió.

Mara lo calmó con una canción baja que no era la del pozo.

Isolde abrió los ojos.

—Voy a pedirte algo.

Adrien levantó la mirada.

—Lo que sea.

—No digas eso si no estás dispuesto.

Él tragó saliva.

—Dime.

—Entrégame toda la información que ocultaste.

Toda.

La marca.

Las visiones.

Las veces que ella habló dentro de ti.

Lo que viste cuando te curó.

Lo que pasó esta noche.

Todo lo que pueda afectar la misión.

Adrien palideció.

—Isolde… —No como prometida.

Como representante del rey, aunque ahora mismo confíe menos en el rey que en mi propio cansancio.

Y como la única persona aquí que todavía puede impedir que Damas te arreste y que Morgana convierta tu culpa en una correa.

—No puedo escribir todo.

—Sí puedes.

—Algunas cosas no son relevantes.

Isolde lo miró.

—El beso es relevante.

Él cerró los ojos.

—No para salvar a Tomás.

—Sí para entender hasta dónde puede influirte.

Adrien no dijo nada.

—Las visiones también son relevantes —añadió ella—.

La marca.

El vínculo.

Su capacidad de hablar contigo.

Tu capacidad de responderle.

Todo.

Adrien levantó la mirada.

Ella notó algo.

—¿Qué?

Él tardó.

—En la capilla, cuando Morgana torturaba a Orelia, la detuve usando el vínculo.

Isolde quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Empujé mi voz hacia ella.

Dentro.

Como ella hace conmigo.

Isolde sintió que la gravedad del asunto cambiaba.

—¿Ella sabe que puedes hacerlo?

—Sí.

—¿Damas lo sabe?

—No.

—¿Elric?

—Sospecha.

Isolde respiró con dificultad.

—Adrien, eso no es un detalle menor.

—Lo sé.

—No.

No creo que lo sepas.

Si el rey descubre que existe un vínculo de doble dirección entre tú y Morgana, no solo querrá capturarla a ella.

Querrá estudiarte a ti.

Adrien quedó en silencio.

La idea no lo sorprendió.

Eso preocupó aún más a Isolde.

—Por eso lo ocultaste —dijo.

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Él no respondió.

Isolde entendió.

—Porque era íntimo.

La palabra cayó en la habitación como algo indecente.

Adrien no la negó.

Isolde miró hacia la puerta, como si necesitara recordar que fuera de aquella habitación existía una misión, un pueblo, un niño, una bruja y un capitán sediento de autoridad.

Cuando volvió a hablar, su voz estaba más controlada.

—Vas a escribirlo.

—No para Damas.

—Para mí.

—¿Y luego?

—Luego decidiré qué hacer con ello.

—¿Puedo confiar en ti?

La pregunta salió antes de que él pudiera suavizarla.

Isolde se quedó inmóvil.

El dolor cruzó su rostro.

Adrien lo vio y pareció arrepentirse de inmediato.

—Isolde, no quise… —Sí quisiste.

Él cerró la boca.

Ella sostuvo su mirada.

—Y tienes derecho a preguntarlo.

Eso también duele.

Respiró hondo.

—Puedes confiar en que no entregaré información al rey si creo que causará una catástrofe.

Puedes confiar en que no permitiré que Damas use tu vínculo como excusa para ejecutarte o para provocar a Morgana.

Puedes confiar en que haré todo lo posible por salvar a Tomás y evitar que este valle se convierta en campo de guerra.

Adrien escuchó en silencio.

Isolde dio un paso más cerca.

—Pero no puedes confiar en que protegeré tu autoengaño.

Ni tu deseo.

Ni a Morgana si cruza otra línea.

Él asintió lentamente.

—Eso es justo.

—No.

Es lo que queda.

La frase los dejó a ambos en silencio.

Finalmente, Adrien dijo: —Escribiré el informe completo.

Isolde asintió.

—Ahora.

—Ahora.

Ella abrió la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Una cosa más.

Adrien la miró.

—No volverás a verla a solas.

La petición sonó como orden.

Como súplica.

Como límite.

Adrien guardó silencio.

Isolde sintió que ese silencio era la última respuesta que necesitaba para saber cuán profundo estaba ya el problema.

—Adrien.

Él habló con voz baja: —No puedo prometer eso.

Isolde cerró los ojos.

Cuando los abrió, ya no había lágrimas.

Solo una determinación triste.

—Entonces yo tampoco puedo prometer que seguiré protegiéndote de las consecuencias.

Salió.

Adrien se quedó solo en la habitación de las velas.

Pero no del todo.

La marca en su pecho ardió con una suavidad lenta.

Morgana habló desde alguna parte del bosque, como si hubiera estado esperando el momento exacto en que la puerta se cerrara.

—Dolió.

Adrien apretó los dientes.

—Fuera.

—Ella es lista.

—No hables de ella.

—Y te ama.

Adrien cerró los ojos.

—Cállate.

—Eso también dolió.

La voz de Morgana no sonaba burlona.

Eso la hacía más peligrosa.

—No vuelvas a entrar en mi cabeza.

—No entré.

Estabas gritando por dentro.

Adrien apoyó una mano contra la pared.

—Te dejé ir.

—Sí.

—No vuelvas a hacerme arrepentirme.

Morgana rió suavemente.

—Adrien, tú te arrepientes incluso cuando respiras.

La marca se enfrió.

Su voz desapareció.

Él salió de la habitación con el rostro pálido y encontró a Isolde junto al altar, preparando pergaminos, tinta y una vela nueva.

Damas la observaba desde lejos, desconfiado.

Elric parecía comprender que algo se había roto, aunque no sabía qué.

Isolde dejó la pluma sobre la mesa.

—Escribe.

Adrien se sentó.

Durante un largo momento miró el pergamino vacío.

El primer informe había sido una armadura.

Este debía ser piel.

Y la piel sangraba.

Escribió sobre la marca.

Sobre la voz de Morgana.

Sobre las visiones.

Sobre la cura.

Sobre el vínculo usado en la capilla.

Sobre la omisión deliberada.

Sobre la orden del rey.

Sobre su temor a que la corona quisiera usar el poder de Morgana.

No escribió el beso al principio.

La pluma se detuvo antes de llegar a esa parte.

Isolde, de pie al otro lado de la mesa, lo vio.

No dijo nada.

Adrien sintió su silencio.

Y escribió.

No con detalle.

No con poesía.

Solo la verdad suficiente para destruir la mentira.

En la noche de la orden de captura, busqué a Morgana de Veyr para advertirle del peligro inmediato.

Durante ese encuentro hubo contacto físico voluntario de naturaleza íntima.

Reconozco que esto compromete mi imparcialidad emocional y debe ser considerado en toda evaluación posterior de mis decisiones.

La tinta pareció demasiado negra.

Adrien dejó la pluma.

Isolde leyó.

Su rostro no cambió.

Eso fue lo que más le dolió.

—Continúa —dijo.

Y él continuó.

Horas después, cuando la lluvia comenzó a disminuir, el informe completo estaba escrito.

No enviado.

Escrito.

Isolde lo dobló, pero no lo selló.

—Lo guardaré conmigo.

Damas se acercó.

—Lady Isolde, como capitán al mando, exijo revisar ese documento.

Ella lo miró.

—No.

—Esto es información militar.

—Esto es información que, mal usada, puede matar a todos en este pueblo antes del amanecer.

—Está encubriendo a Sir Adrien.

—Estoy evitando que la estupidez se vista de obediencia.

Damas dio un paso adelante.

—Tenga cuidado.

Isolde no se movió.

—Capitán, he tenido un día largo, he sacado a un niño de una capilla que comía nombres, he detenido a una madre culpable, he discutido con una bruja y acabo de leer un informe capaz de arruinar al hombre con quien estaba comprometida.

No me amenace con burocracia armada.

La nave quedó en silencio.

Adrien la miró.

Isolde no lo miró a él.

Damas, rígido de furia, retrocedió.

—Esto será informado.

—Todo lo será —dijo ella—.

Cuando yo decida que hacerlo no condenará la misión.

El capitán se retiró.

Elric murmuró: —Lady Isolde… Ella levantó una mano.

—No ahora, padre.

El sacerdote obedeció.

Isolde tomó el informe y caminó hacia la sacristía para revisar a Tomás.

Adrien la siguió con la mirada.

Quiso decir algo.

Perdón.

Gracias.

No sé quién soy.

Nada parecía suficiente.

En la puerta, Isolde se detuvo sin volverse.

—No me sigas.

Adrien se quedó quieto.

Ella entró y cerró.

La iglesia quedó envuelta en un silencio húmedo.

Afuera, los cuervos seguían en los tejados.

Adrien salió a la plaza.

La lluvia había dejado charcos oscuros alrededor del pozo.

El trigo podrido se veía a lo lejos como una mancha negra extendida sobre la tierra.

Los soldados vigilaban las calles.

Los aldeanos dormían poco o fingían hacerlo.

Sobre el borde del pozo había una flor blanca.

Una sola.

Recién nacida.

Adrien la vio y sintió que la marca ardía.

Se acercó.

La flor no estaba dirigida a Isolde esta vez.

Junto a ella, sobre la piedra mojada, alguien había escrito con una línea de barro: AHORA ELLA SABE.

Adrien cerró los ojos.

No necesitaba oír la risa de Morgana.

La sintió en el silencio.

Al abrir los ojos, arrancó la flor y la aplastó entre los dedos.

Pero el olor a miel quedó en su mano.

Y no hubo lluvia suficiente para quitárselo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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