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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 4

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  3. Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 La primera víctima
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4: Capítulo 4: La primera víctima 4: Capítulo 4: La primera víctima La noche en Veyrfall no cayó.

Descendió.

No fue un cambio natural del cielo, ni el lento apagarse de la tarde sobre los tejados húmedos.

Fue como si una mano enorme hubiese cubierto el valle con un paño negro, sofocando la luz, el calor y el poco ánimo que aún resistía entre las casas.

Las sombras no se alargaron: ocuparon.

Se metieron bajo las puertas, treparon por las paredes, llenaron los espacios vacíos entre una ventana y otra.

Adrien lo notó apenas salió de la iglesia.

Las campanas habían dejado de sonar, pero su eco seguía vibrando en alguna parte del pecho, como si cada golpe hubiese quedado atrapado entre sus costillas.

El padre Elric permanecía dentro, arrodillado ante el altar apagado, murmurando oraciones que sonaban menos a fe que a defensa.

Adrien no insistió en sacarle respuestas.

Aquel hombre no hablaría más esa noche.

Al menos no con libertad.

El caballero descendió los escalones de piedra y miró hacia la plaza.

Las casas seguían cerradas, pero el pueblo no estaba quieto.

Detrás de los postigos, la vida se movía en silencio.

Una vela se apagaba aquí.

Una cortina temblaba allá.

Un rostro desaparecía en cuanto Adrien giraba la cabeza.

Veyrfall parecía un animal herido fingiendo estar muerto.

El mechón de cabello rojo seguía en su mano, envuelto en un pañuelo.

No sabía todavía a quién pertenecía.

Pero alguien quería que lo supiera.

Bastian Rusk lo esperaba al pie del camino, junto a un farol de aceite cuya llama temblaba violentamente aunque no había viento.

El anciano parecía haber envejecido varios años en el breve tiempo que Adrien había estado dentro de la iglesia.

Su rostro estaba rígido, los ojos más hundidos, la mano vendada apretada contra el pecho.

—No debió quedarse hasta la campana —dijo.

Adrien bajó los escalones.

—Me dijeron que no saliera después de la última.

—Esta no era la última.

—¿Cuántas hay?

Bastian miró hacia la torre de la iglesia como si esperara que la respuesta descendiera desde allí.

—Las necesarias.

Adrien guardó el mechón en su bolsa.

—Necesito alojamiento.

—La posada está preparada.

—También necesito hablar con la familia de Tomás Wren.

El anciano se tensó.

—No esta noche.

—Cada vez que pregunto algo, alguien me responde lo mismo.

—Porque cada noche seguimos vivos gracias a repetir las mismas advertencias.

Adrien se acercó a él.

—Y aun así siguen desapareciendo niños.

Bastian bajó la mirada.

La frase había sido cruel, pero cierta.

Adrien no se arrepintió.

La compasión era necesaria, sí, pero en un pueblo donde todos parecían esconder algo, la compasión también podía convertirse en una venda sobre los ojos.

—Mañana —dijo Bastian con voz baja—.

Mañana hablaremos de Tomás.

—No me iré a dormir sin una respuesta.

El anciano soltó una risa amarga.

—Dormir, dice.

La puerta de una casa se abrió con brusquedad antes de que Adrien pudiera responder.

Una mujer mayor salió al umbral, cubierta con un chal gris.

No gritó.

No llamó.

Solo levantó una mano huesuda hacia Bastian.

El anciano palideció.

Adrien siguió la dirección de su mirada.

—¿Qué ocurre?

Bastian no contestó.

La mujer del chal hizo una señal rápida sobre su pecho, una mezcla torpe entre plegaria y superstición.

Luego señaló hacia una callejuela que se hundía entre dos casas.

Bastian cerró los ojos.

—No.

—¿Qué ocurre?

—repitió Adrien, esta vez con mayor firmeza.

El anciano tragó saliva.

—Han encontrado a alguien.

Adrien sintió cómo la noche pareció apretarse alrededor de ellos.

—¿A Tomás?

—No.

Bastian abrió los ojos.

Había en ellos una clase de terror que no nacía de la sorpresa, sino de la costumbre.

—A Lysa.

El nombre se extendió por las ventanas invisibles.

Una sombra se movió detrás de una cortina.

Alguien susurró una oración.

En algún lugar, una mujer comenzó a llorar con la boca cerrada para no hacer ruido.

Adrien no esperó más.

—Llévame.

—Mi señor… —Ahora.

Bastian obedeció.

Caminaron por una calle estrecha cubierta de barro espeso.

El farol del anciano apenas lograba arrancar destellos amarillos a la humedad de las paredes.

Las casas parecían inclinarse sobre ellos, demasiado juntas, demasiado viejas, como si quisieran oír mejor.

En algunos umbrales había líneas de sal interrumpidas por huellas.

En otros, clavos de hierro clavados en forma de cruz.

Adrien distinguió más muñecos de trapo colgados de ventanas, todos con los ojos cosidos.

—¿Quién es Lysa?

—preguntó.

Bastian no lo miró.

—Lysa Merrow.

Hija del molinero.

—¿Edad?

—Diecisiete.

Adrien se detuvo un instante.

—¿Desapareció?

—Hace tres noches.

El caballero apretó la mandíbula.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

Bastian lo miró entonces, y por primera vez su miedo pareció transformarse en reproche.

—Porque llegasteis hoy.

—El padre Elric escribió a la corona.

Debió informar de todos los casos.

—El padre Elric informa lo que se atreve a escribir.

—¿Y lo demás?

—Lo enterramos, lo escondemos o lo rezamos.

Siguieron caminando.

La callejuela terminaba en un patio pequeño detrás de la panadería.

Había varias personas reunidas allí, todas con rostros demacrados por el insomnio.

Hombres con herramientas en las manos, mujeres envueltas en mantas, un joven que no dejaba de morderse los nudillos hasta hacerse sangre.

Nadie hablaba.

Nadie se acercaba al centro del patio.

Una carreta vieja estaba detenida junto a un montón de leña.

Sobre ella había un cuerpo.

Adrien avanzó despacio.

Al principio pensó que era una anciana.

Una mujer muy vieja, consumida por años de enfermedad, envuelta en un vestido demasiado grande para sus huesos.

Tenía la piel colgando en pliegues finos sobre el rostro, las manos torcidas sobre el pecho, el cabello blanco extendido como hilo seco sobre la madera.

Sus labios estaban hundidos.

Sus párpados, arrugados.

Cada línea de su cuerpo hablaba de décadas de sufrimiento.

Entonces la anciana abrió los ojos.

Adrien se quedó inmóvil.

Los ojos no eran viejos.

Eran jóvenes.

Azules, enormes, aterrados.

La mujer intentó respirar y el sonido que salió de su garganta fue un raspido débil, como papel rompiéndose.

Uno de los presentes soltó un gemido.

—Lysa… —susurró alguien.

Adrien se acercó de golpe.

—Está viva.

—Por desgracia —murmuró una mujer.

Adrien la miró con dureza.

La mujer bajó la cabeza.

El caballero dejó su capa sobre la carreta y se inclinó junto al cuerpo.

La joven —si aún podía llamársela así— temblaba apenas.

Tenía la piel fría, demasiado seca, como si la vida hubiese sido exprimida lentamente de sus huesos sin llegar a abandonarla.

En su cuello había marcas oscuras, no de dedos, sino de algo parecido a raíces.

Líneas negras subían desde la clavícula y se perdían bajo el vestido.

Adrien apartó con cuidado el cuello de la tela.

Allí estaba.

Una marca circular.

Tres líneas entrelazadas alrededor de un ojo sin pupila.

El mismo símbolo de las piedras.

El mismo signo dibujado con sangre junto a las ovejas mutiladas.

Bastian hizo la señal de protección.

—Ella la tocó.

Adrien no apartó la vista de la marca.

—¿Quién la encontró?

Un hombre alto, con harina seca en la barba y los ojos hinchados de llanto, dio un paso al frente.

—Yo.

—¿Nombre?

—Garron Merrow.

Soy su padre.

Adrien miró al hombre.

Sus manos eran grandes, fuertes, de trabajador.

Pero en ese momento colgaban a sus costados como herramientas rotas.

—¿Dónde estaba?

Garron señaló hacia el este, más allá de las casas.

—Junto al arroyo viejo.

Desnuda hasta la cintura.

Cubierta de barro.

Pensé… pensé que era una mendiga muerta.

Luego abrió los ojos.

Su voz se quebró.

Una mujer junto a él —probablemente la madre— no lloraba.

Tenía los ojos secos, fijos en su hija, con una expresión tan vacía que parecía haber dejado de sentir para no partirse en dos.

Adrien volvió a examinar a Lysa.

La joven movió los labios.

—Agua —dijo Adrien.

Nadie se movió.

—¡Agua!

Una muchacha salió corriendo y regresó con un cuenco.

Adrien levantó con cuidado la cabeza de Lysa y acercó el borde a sus labios.

Ella bebió apenas una gota antes de empezar a toser.

La tos sacudió su cuerpo frágil con una violencia espantosa.

Parecía que cada hueso iba a quebrarse.

—Despacio —murmuró Adrien—.

Estás a salvo.

Los ojos de Lysa se movieron hacia él.

Y entonces intentó reír.

No pudo.

El sonido se convirtió en un quejido.

—No… —susurró.

Adrien se inclinó más.

—¿Qué dijiste?

La joven lo miró con una lucidez terrible.

—Nadie… está… a salvo.

El patio entero pareció retroceder sin moverse.

Adrien sostuvo su mirada.

—Lysa, soy Sir Adrien Valen.

Vengo de parte de la corona.

Necesito saber quién te hizo esto.

La muchacha empezó a temblar más fuerte.

Su madre dio un paso adelante.

—No la obligue.

—Necesito saberlo.

—¡Mírela!

—gritó la mujer, y su voz rompió finalmente el silencio del patio—.

¡Mire lo que queda de ella!

Garron la sujetó por los hombros.

—Elna… —¡Tenía diecisiete años esta semana!

—La madre señaló a la figura envejecida sobre la carreta—.

¡Diecisiete!

Iba a casarse en invierno.

Tenía un vestido guardado en un baúl.

Un vestido verde.

Decía que quería flores blancas en el cabello.

Lysa cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su rostro arrugado.

Adrien sintió que algo dentro de él se endurecía.

No contra la madre.

No contra el pueblo.

Contra quien hubiese hecho aquello.

—Lo siento —dijo.

La palabra fue insuficiente.

Todas lo eran.

Elna Merrow lo miró con rabia desesperada.

—No sienta.

Haga algo.

Bastian bajó la cabeza.

—Fue ella.

El murmullo se extendió de inmediato entre los vecinos.

—La bruja.

—Morgana.

—Ella la tomó.

—Ella se alimentó de sus años.

—Lo advertimos.

—Lo advertimos y nadie hizo nada.

Adrien se puso de pie.

—Silencio.

La autoridad de su voz cortó el murmullo, aunque no el miedo.

—Necesito hechos, no rumores.

¿Alguien vio a Morgana de Veyr llevarse a Lysa?

Nadie respondió.

Adrien miró de rostro en rostro.

—¿Alguien la vio cerca del arroyo?

¿Alguien la escuchó?

¿Alguien tiene una prueba?

Un hombre de mejillas hundidas escupió al suelo.

—¿Qué más prueba necesita?

Mire la marca.

—Una marca puede ser puesta por cualquiera.

El hombre soltó una risa incrédula.

—Habla como alguien que aún no la ha visto.

—No la he visto hacer esto.

—La verá —dijo una anciana desde el fondo—.

Y cuando la vea, quizá ya no quiera justicia.

Quizá quiera obedecer.

Adrien sintió que esas palabras tenían demasiada intención para ser solo una advertencia.

—¿Por qué se llevaría a Lysa?

El silencio volvió.

No el silencio de ignorancia.

El silencio de una respuesta que todos conocían y nadie quería entregar.

Adrien miró a Bastian.

—¿Por qué?

El anciano apretó su mano vendada.

—Lysa fue al bosque.

Garron levantó la cabeza de golpe.

—No.

Bastian lo miró con tristeza.

—Garron… —Mi hija no fue al bosque.

—La vieron.

—¡Mienten!

El padre de Lysa avanzó hacia Bastian, pero dos hombres lo sujetaron antes de que pudiera golpearlo.

Garron forcejeó, la harina de su ropa cayendo en pequeñas nubes blancas sobre el barro.

—¡Mi hija no era estúpida!

¡Sabía las reglas!

Adrien intervino.

—¿Qué reglas?

Nadie contestó.

Adrien sintió que su paciencia empezaba a quebrarse.

—¿Qué reglas?

Bastian habló con voz muerta: —No entrar al bosque después del ocaso.

No llevarse nada que crezca bajo los árboles negros.

No responder si una voz conocida llama desde la espesura.

No mirar a los cuervos demasiado tiempo.

No decir su nombre frente al pozo.

No aceptar regalos dejados en la ventana.

No dormir si sueñas con agua.

Adrien lo observó con incredulidad contenida.

—Eso no son reglas.

Eso es una prisión.

—Bienvenido a Veyrfall —dijo el anciano.

Lysa abrió los ojos otra vez.

Sus dedos se movieron sobre la capa de Adrien.

—Ella… cantaba… Todos se quedaron quietos.

Adrien se inclinó de inmediato.

—¿Morgana?

El cuerpo de Lysa se tensó al oír el nombre.

Las venas negras de su cuello parecieron oscurecerse.

—No la obligue —susurró Elna.

Adrien bajó la voz.

—Lysa, necesito saber qué viste.

Los labios envejecidos de la muchacha temblaron.

—Había… flores… Bastian palideció.

—No sigas.

Adrien lo ignoró.

—¿Dónde?

—En el arroyo… flores blancas… no crecen aquí… olían a miel… Elna cubrió su boca con ambas manos.

—Ella quería flores blancas para su boda —murmuró.

Lysa continuó, cada palabra arrancada con dolor: —Las seguí… escuché a mi madre llamarme… pero mi madre estaba en casa… yo lo sabía… lo sabía… Su respiración se agitó.

Adrien tomó su mano con cuidado.

Era ligera, quebradiza, casi sin calor.

—Estás aquí.

Sigue conmigo.

Los ojos de Lysa se clavaron en los suyos.

—La casa… entre los árboles… luz roja… cuervos en el techo… El patio entero pareció encogerse.

—¿Viste a Morgana?

—preguntó Adrien.

Lysa empezó a llorar de nuevo.

—No al principio.

—¿Y después?

La joven asintió apenas.

—Hermosa… La palabra salió con una mezcla de terror y fascinación.

—Hermosa como… como algo que no debería vivir en este mundo.

Adrien sintió que los murmullos regresaban, esta vez más bajos, más supersticiosos.

—¿Qué te hizo?

Lysa intentó responder, pero su garganta produjo solo aire.

Adrien acercó más el cuenco de agua.

Ella bebió una gota y cerró los ojos.

—Me preguntó… qué daría… —¿Qué darías por qué?

Lysa volvió lentamente el rostro hacia su madre.

Elna dejó escapar un sonido ahogado.

—Por ser amada —susurró la muchacha.

Nadie habló.

Incluso el viento pareció detenerse.

Lysa tragó saliva con dificultad.

—Dijo que todos en Veyrfall piden algo… cuando creen que nadie mira.

Dijo que yo también tenía hambre.

Que no era diferente.

Garron comenzó a llorar en silencio.

Adrien sintió una incomodidad profunda.

Aquello no sonaba como un simple ataque.

Sonaba como una tentación.

Una trampa hecha con un deseo íntimo, vergonzoso, humano.

—¿Aceptaste algo de ella?

—preguntó.

Elna dio un paso adelante.

—¡No!

Pero Lysa no negó.

Su silencio bastó.

Adrien cerró los ojos un instante.

—¿Qué aceptaste?

La muchacha tembló.

—Un beso.

Varios vecinos hicieron señales de protección.

Una mujer murmuró que estaba perdida.

Otra dijo que debieron dejarla en el arroyo.

Adrien giró hacia ellos con furia.

—Es una víctima.

—Es una puerta —respondió la anciana del fondo.

El caballero la miró.

—¿Qué dijiste?

La anciana salió lentamente de las sombras.

Era diminuta, con la espalda encorvada y los ojos cubiertos por una película lechosa.

Se apoyaba en un bastón hecho de raíz torcida.

—Los que vuelven tocados por ella no vuelven solos.

Bastian cerró los ojos.

—Madre Orelia, basta.

—No —dijo Adrien—.

Que hable.

La anciana señaló a Lysa con un dedo huesudo.

—La bruja no devuelve cuerpos por compasión.

Devuelve mensajes.

A veces devuelve castigos.

A veces devuelve semillas.

—¿Semillas?

Orelia sonrió sin mostrar dientes.

—Pregúntele qué le dejó dentro.

Elna lanzó un grito y se abalanzó hacia la anciana, pero Garron la sostuvo.

El patio se llenó de tensión, de miedo y rabia acumulada durante años.

Adrien se colocó entre todos y la carreta.

—Nadie tocará a esta joven.

Orelia inclinó la cabeza.

—Eso dijo el último soldado que vino.

La frase cayó con precisión.

Adrien caminó hacia ella.

—¿Qué sabe del soldado?

La anciana no retrocedió.

—Sé que gritó durante tres noches antes de morir.

Sé que no tenía ojos, pero miraba igual.

Sé que cuando le preguntaron qué vio en el bosque, intentó decir un nombre con una lengua que ya no tenía.

—¿Morgana?

Orelia sonrió de nuevo.

—No.

El suyo.

Adrien sintió un escalofrío.

Antes de que pudiera insistir, Lysa arqueó la espalda sobre la carreta.

Un grito salió de su garganta.

No fue un grito de anciana.

Fue el grito de una muchacha joven atrapada dentro de una piel marchita.

Las venas negras de su cuello comenzaron a moverse.

Adrien volvió junto a ella.

Las líneas oscuras bajo la piel se retorcían como raíces buscando tierra.

La marca del ojo sin pupila se abrió ligeramente, no como una herida común, sino como si la carne recordara una forma que no debería tener.

—¡Padre Elric!

—gritó Bastian hacia la calle—.

¡Traigan al padre!

Lysa sujetó la muñeca de Adrien con una fuerza imposible para su cuerpo frágil.

—No… la miréis… —¿A quién?

Sus ojos se abrieron de par en par.

—Cuando sonría… Adrien recordó la inscripción quemada en el árbol.

NO LA MIRES CUANDO SONRÍA.

La mano de Lysa se aferró con más fuerza.

—Ella dijo… que vendríais… Adrien sintió que el patio desaparecía alrededor de esa frase.

—¿Habló de mí?

Lysa asintió con un movimiento casi imperceptible.

—Dijo… caballero blanco… corazón de hierro… ojos tristes… Los vecinos retrocedieron.

Adrien permaneció inmóvil.

—¿Qué más dijo?

La boca de Lysa tembló.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa suya.

Su rostro envejecido se deformó con una elegancia cruel, ajena, como si alguien hubiera colocado sus dedos invisibles en las comisuras de sus labios y tirara suavemente hacia arriba.

Cuando habló, su voz ya no era la misma.

Era dulce.

Femenina.

Casi divertida.

—Dijo que llegarías tarde.

Elna gritó.

Garron cayó de rodillas.

Adrien soltó la mano de Lysa y desenvainó la espada por puro instinto, aunque no había enemigo al que cortar.

La joven seguía sobre la carreta, viva, temblando, pero la sonrisa no le pertenecía.

Sus ojos azules miraban a Adrien con una calma imposible.

La voz salió otra vez de sus labios.

—Qué lejos viajan los hombres justos para encontrar pecados que estaban esperándolos en casa.

—Morgana —dijo Adrien.

El nombre fue como arrojar una piedra a un lago negro.

Todas las velas del patio se apagaron.

El farol de Bastian estalló.

La oscuridad cubrió los rostros, y durante un segundo solo quedó la sonrisa de Lysa visible bajo una luz que no venía de ninguna parte.

—No —susurró la voz—.

Todavía no.

Entonces Lysa dejó de sonreír.

Su cuerpo cayó sobre la carreta como una cuerda cortada.

Elna se lanzó hacia ella.

—¡Lysa!

Adrien se acercó, pero la joven seguía respirando.

Débilmente, sí.

Pero viva.

Las venas negras habían dejado de moverse.

La marca del pecho se cerró hasta parecer solo una cicatriz oscura.

El padre Elric apareció al fin en la entrada del patio, pálido, con un libro de oraciones en una mano y una pequeña ampolla de aceite sagrado en la otra.

Al ver a Lysa, su rostro se descompuso.

—Por la luz… Adrien lo miró con furia contenida.

—¿Puede salvarla?

Elric no respondió de inmediato.

Ese silencio fue respuesta suficiente.

Garron levantó la vista desde el barro.

—Padre… El sacerdote se acercó a la carreta.

Tocó la frente de Lysa y luego apartó la mano como si la piel quemara.

—No está muriendo —dijo.

Elna sollozó de alivio.

Pero Elric no había terminado.

—Está siendo consumida.

Adrien envainó lentamente la espada.

—¿Por Morgana?

El sacerdote miró al caballero.

En sus ojos había terror.

Pero también algo peor.

Reconocimiento.

—Por una maldición que solo ella sabe tejer.

El pueblo entero pareció aceptar esas palabras como sentencia.

—¡Bruja!

—gritó alguien desde una ventana.

—¡Maldita sea!

—¡Hay que quemar el bosque!

—¡Hay que entregarle algo antes de que tome a otro!

—¡Silencio!

—ordenó Adrien.

Pero esta vez su voz no bastó.

El miedo, contenido durante demasiadas noches, empezó a romperse.

Los vecinos discutían entre sí.

Algunos culpaban a Lysa por haber seguido las flores.

Otros maldecían a Morgana.

Otros rezaban.

Otros miraban a Adrien como si esperaran que en ese mismo instante cabalgara hacia el bosque y regresara con la cabeza de la bruja colgando de la silla.

Adrien entendió entonces la trampa.

No la de Morgana.

La del pueblo.

Veyrfall no quería justicia.

Quería alivio.

Y los pueblos desesperados eran capaces de sacrificar cualquier verdad con tal de dormir una noche más.

Adrien miró a Lysa, convertida en una anciana antes de cumplir los dieciocho.

Miró a sus padres rotos.

Miró al sacerdote que sabía más de lo que decía.

Miró a Bastian Rusk, cuya mano vendada temblaba como si recordara una culpa propia.

Finalmente, levantó la voz.

—Lysa Merrow queda bajo protección de la corona.

Nadie la tocará.

Nadie la encerrará.

Nadie decidirá por miedo lo que debe hacerse con ella.

La anciana Orelia soltó un murmullo.

—La corona no manda sobre las marcas de una bruja.

Adrien la miró con frialdad.

—Pero mi espada sí manda sobre quien intente dañar a una víctima delante de mí.

Nadie respondió.

Elric bajó la cabeza.

—La llevaremos a la iglesia.

—No —dijo Adrien.

El sacerdote lo miró sorprendido.

—Es el único lugar consagrado.

—También es el lugar donde algo habló sobre el techo hace menos de una hora.

Elric palideció.

Adrien señaló la posada.

—La llevaremos allí.

Yo vigilaré la puerta.

Bastian dio un paso adelante.

—Mi señor, la posada está en la plaza.

Si ella despierta otra vez… —Entonces quiero estar cerca cuando hable.

El anciano lo miró como si no comprendiera si aquello era valentía o locura.

Quizá era ambas.

Garron y otros dos hombres levantaron la carreta.

Elna caminó junto a su hija, acariciándole el cabello blanco con una ternura que hacía daño.

El pequeño grupo salió del patio y avanzó hacia la plaza.

Las ventanas volvieron a llenarse de rostros.

Pero ahora el miedo había cambiado.

Antes temían a la bruja.

Ahora también temían a la muchacha que había regresado.

Adrien caminó detrás de la carreta, con una mano sobre el pomo de su espada.

El padre Elric se colocó a su lado.

—No debiste decir su nombre —murmuró el sacerdote.

—Todos actúan como si callarlo la hiciera menos real.

—No.

Lo callamos porque a veces lo real escucha mejor cuando se le llama.

Adrien miró hacia los tejados.

Un cuervo los seguía desde arriba, saltando de una chimenea a otra.

—Padre —dijo el caballero—, mañana me contará quién era Morgana antes de convertirse en esto.

Elric no respondió.

Adrien añadió, más bajo: —Y si vuelve a ocultarme algo, asumiré que protege a la bruja o a quienes la crearon.

El sacerdote cerró los ojos.

—Tal vez ambas cosas sean lo mismo.

Adrien lo miró, pero Elric no explicó más.

Al llegar a la plaza, el pozo seco pareció observarlos con su boca negra.

Los muñecos de trapo colgaban inmóviles alrededor del borde.

Uno de ellos, notó Adrien, tenía cabello blanco atado a la cabeza.

No estaba allí cuando llegó.

Se acercó lentamente.

El muñeco llevaba un pequeño vestido verde.

Como el que Lysa había guardado para su boda.

Adrien sintió que la rabia regresaba, más fría, más precisa.

Tomó el muñeco y lo arrancó del pozo.

En ese instante, desde algún lugar del valle, una risa femenina cruzó la noche.

No fue fuerte.

No necesitaba serlo.

Veyrfall entero la escuchó.

Los aldeanos cerraron puertas y ventanas.

Bastian se santiguó.

Elna abrazó el cuerpo envejecido de su hija.

El padre Elric comenzó a rezar entre dientes.

Adrien permaneció solo junto al pozo, con el muñeco en una mano y la otra sobre su espada.

La risa se apagó lentamente entre los tejados.

Entonces comprendió algo con absoluta claridad.

Morgana de Veyr no estaba escondida.

No huía.

No esperaba ser encontrada.

Estaba jugando.

Y él acababa de entrar en su tablero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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