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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 El bosque prohibido
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5: Capítulo 5: El bosque prohibido 5: Capítulo 5: El bosque prohibido Al amanecer, Veyrfall no despertó.

Porque Veyrfall nunca había dormido.

La primera luz del día cayó sobre los tejados húmedos con una debilidad enfermiza, como si el sol dudara antes de tocar aquel valle.

La niebla seguía enredada entre las chimeneas, arrastrándose por las calles con lentitud, pegada al suelo como un animal herido.

No había canto de gallos.

No había golpes de martillo.

No había risas infantiles ni voces llamando al panadero, al molinero o al sacerdote.

Solo puertas cerradas, ventanas empañadas y el lejano graznido de los cuervos.

Adrien había pasado la noche sentado frente a la habitación de Lysa Merrow.

No durmió.

No por miedo, aunque el miedo había estado allí, paciente, respirando junto a él en la oscuridad.

No durmió porque cada vez que cerraba los ojos escuchaba la voz que había salido de la boca de la joven envejecida.

Dijo que llegarías tarde.

La frase se le había clavado en la memoria como una astilla.

Lysa seguía viva al amanecer, si aquello podía llamarse vida.

Había sido acostada en una cama estrecha de la posada, arropada con mantas calientes, vigilada por su madre, por el padre Elric y por el propio Adrien durante turnos que nadie respetó del todo.

Elna no se apartó ni un instante de su hija.

Garron, el molinero, permaneció en el suelo junto a la cama, con la espalda apoyada contra la pared, la mirada fija en la nada.

El padre Elric rezó hasta quedarse sin voz.

Nada cambió.

La muchacha respiraba.

Pero en cada respiración parecía perder algo invisible.

Adrien examinó de nuevo la marca sobre su pecho al salir la primera luz.

El símbolo del ojo sin pupila seguía allí, oscuro y cerrado, como una cicatriz antigua dibujada sobre una piel que la noche anterior había pertenecido a una joven de diecisiete años y ahora parecía la de una mujer al borde de la tumba.

Las líneas negras que subían por su cuello se habían detenido, pero no desaparecieron.

—No morirá hoy —dijo el padre Elric.

Adrien lo miró.

—¿Eso es esperanza o advertencia?

El sacerdote no respondió de inmediato.

Tenía los ojos rojos por la vigilia, la sotana arrugada y las manos manchadas de aceite sagrado.

—En Veyrfall, a veces vivir es la forma más lenta de castigo.

Adrien sintió deseos de sacudirlo hasta arrancarle toda la verdad.

Pero se contuvo.

La ira era útil para avanzar en batalla; en una investigación, podía volver torpe incluso al hombre más justo.

—Dijo que la bruja la llevó a una casa entre los árboles —dijo Adrien—.

Luz roja.

Cuervos en el techo.

Elric cerró los ojos.

—Entonces no fue un sueño.

—¿Conoce el lugar?

—Todos lo conocemos.

—¿Dónde está?

El sacerdote abrió los ojos lentamente.

—En el bosque prohibido.

Adrien recogió su capa del respaldo de una silla.

—Entonces iré.

Elna Merrow levantó la cabeza de golpe.

—No.

Su voz salió quebrada, pero firme.

Era la primera palabra que decía en horas sin estar dirigida a su hija.

Adrien la miró con suavidad.

—Señora Merrow… —No vaya —insistió ella—.

No por nosotros.

Garron, desde el suelo, soltó una risa ronca, seca, casi animal.

—Déjelo ir.

Que la mate.

Que queme la casa con ella dentro.

Elna giró hacia su esposo.

—¿Y si lo sigue de vuelta?

El molinero se quedó callado.

El padre Elric se santiguó.

Adrien entendió que aquella era la verdadera razón por la que nadie iba al bosque.

No solo temían no regresar.

Temían regresar acompañados por algo que no pudiera verse al principio.

—No pienso llevarla hasta aquí —dijo Adrien.

Elna lo miró con una tristeza antigua.

—Eso dijeron todos.

Adrien no preguntó cuántos.

No todavía.

Salió de la habitación y bajó a la sala común de la posada.

Las mesas estaban vacías.

El posadero, un hombre flaco llamado Noll, fingía limpiar vasos detrás de la barra, aunque sus manos temblaban tanto que el paño golpeaba más de lo que limpiaba.

Bastian Rusk esperaba junto a la puerta con un farol apagado y una expresión de derrota.

—El padre me dijo que entraríais al bosque —dijo el anciano.

—Así es.

—Entonces también me dijo que intentara deteneros.

Adrien se ajustó los guantes.

—¿Y lo intentaréis?

Bastian miró hacia la calle.

Un cuervo caminaba sobre el borde del pozo seco.

—No.

Ya he desperdiciado suficientes fuerzas intentando convencer a los hombres armados de que el valor no los vuelve sabios.

Adrien tomó su espada y la aseguró al cinto.

—Necesito un guía.

Bastian negó con la cabeza antes de que terminara la frase.

—Nadie os guiará hasta su casa.

—Usted conoce el camino.

—Sí.

—Entonces vendrá conmigo.

El anciano soltó una risa amarga.

—Mi señor, hay órdenes que un rey puede dar y otras que solo un condenado obedece.

Yo no vuelvo a ese bosque.

Adrien lo observó en silencio.

—¿Volvéis?

Bastian se arrepintió de inmediato de la palabra.

Pero ya era tarde.

—¿Cuándo estuvo allí?

—preguntó Adrien.

El anciano apretó la mandíbula.

—Hace muchos años.

—¿Por qué?

Bastian miró hacia las escaleras, como si temiera que Lysa escuchara desde arriba.

—Porque en este pueblo todos terminamos yendo al bosque alguna vez.

Algunos por miedo.

Otros por necesidad.

Otros por culpa.

—¿Y usted por cuál?

Bastian no respondió.

Adrien dio un paso hacia él.

—Anoche me dijo reglas.

No entrar después del ocaso.

No responder a voces conocidas.

No mirar a los cuervos demasiado tiempo.

Hoy necesito otras.

Las que puedan mantenerme vivo dentro del bosque.

El anciano permaneció callado largo rato.

Luego dejó el farol sobre una mesa, se frotó el rostro con la mano sana y habló en voz baja.

—No salgáis del sendero marcado con piedras blancas, aunque parezca dar vueltas.

No comáis nada.

No bebáis agua de los arroyos.

Si encontráis flores donde no deberían crecer, no las toquéis.

Si veis a alguien que conocéis, no le creáis.

Si oís vuestra propia voz, rezad.

Si el bosque se queda completamente en silencio, arrodillaos y bajad la mirada hasta que el sonido vuelva.

Adrien escuchó sin interrumpir.

—¿Y si encuentro la casa?

Bastian lo miró entonces.

—No entréis si la puerta está abierta.

—¿Por qué?

—Porque significa que os está esperando.

Adrien sostuvo su mirada.

—Anoche dejó un muñeco en el pozo.

Antes colgó un ciervo en la entrada del valle con un mensaje para mí.

Me está esperando desde antes de que cruzara la primera colina.

Bastian bajó la vista.

—Entonces quizá ya no importa lo que hagáis.

El caballero se acercó a la puerta.

—Todo importa.

El anciano lo siguió con la mirada.

—Eso es lo que hace que hombres como vos sufran más que los cobardes.

Adrien abrió la puerta.

La calle de Veyrfall estaba casi vacía, pero no desierta.

Algunos aldeanos habían salido a los umbrales al enterarse de sus planes.

Nadie se atrevía a acercarse demasiado.

Sus rostros mostraban la misma mezcla de esperanza y condena que se reserva a los hombres que van al patíbulo en nombre de otros.

El padre Elric lo esperaba junto al pozo.

Llevaba una pequeña bolsa de cuero y un bastón de madera oscura.

—No puedo impedíroslo —dijo.

—No.

—Entonces llevad esto.

Le entregó la bolsa.

Adrien la abrió.

Dentro había sal bendecida, una ampolla de aceite, una tira de lino con oraciones escritas y una pequeña daga de plata.

—¿La plata sirve contra ella?

—No lo sé.

—¿Entonces para qué es?

Elric miró hacia el bosque.

—Para recordaros que no todo se resuelve con una espada larga.

Adrien guardó la bolsa.

—Anoche prometió contarme quién era Morgana antes de convertirse en esto.

El sacerdote palideció apenas.

—Y lo haré.

—Ahora.

—No.

Adrien endureció la mirada.

—Padre.

—Si os cuento su historia antes de que la veáis, entraréis al bosque buscando una explicación.

Tal vez incluso compasión.

Y ella sabrá usar ambas cosas contra vos.

—La ignorancia también es una debilidad.

—Sí —admitió Elric—.

Pero en este caso, quizá os permita mantener la espada firme un poco más.

Adrien se acercó lo suficiente para que solo él pudiera oírlo.

—Empiezo a creer que todos en este pueblo la temen no solo por lo que hizo, sino por lo que le hicieron.

Elric cerró los ojos.

El silencio fue una confesión incompleta.

—Cuando regreséis —dijo al fin—, os contaré lo que pueda.

—¿Y si no regreso?

El sacerdote abrió los ojos.

—Entonces no habrá nada que contaros.

Adrien no respondió.

Fue hacia los establos de la posada, donde Brann esperaba inquieto.

El caballo no quiso salir al principio.

Golpeó el suelo con los cascos y sacudió la crin, resistiéndose a la brida.

Adrien lo tranquilizó con paciencia, apoyando una mano sobre su frente.

—Lo sé —susurró—.

Pero iremos juntos.

Brann bufó, como si desaprobara profundamente aquella decisión.

Adrien casi sonrió.

Casi.

Salieron del pueblo por una calle estrecha que descendía hacia el este y luego giraba hacia una masa de árboles oscuros al pie de las colinas.

Nadie los acompañó.

Nadie les deseó suerte en voz alta.

Pero cuando Adrien miró una vez hacia atrás, vio a muchos habitantes en la plaza.

Algunos rezaban.

Otros simplemente observaban.

Entre ellos estaba Elna Merrow, de pie en la puerta de la posada.

No levantó la mano.

No hizo ningún gesto.

Solo lo miró como una madre que ya había perdido demasiado y temía que incluso la venganza le trajera más dolor.

Adrien siguió adelante.

El bosque prohibido comenzaba donde terminaba el barro del pueblo.

No había cerca.

No había muro.

No había portón.

Solo una línea irregular de árboles tan altos y delgados que parecían lanzas clavadas contra el cielo.

Sus troncos eran negros en la base y pálidos en la parte superior, como huesos quemados.

Las ramas se entrelazaban formando un techo cerrado, aunque el sol acababa de salir.

En el primer árbol, alguien había clavado una tabla vieja.

Las letras, escritas con pintura roja oscurecida por los años, decían: NO ENTRÉIS SI AÚN DESEÁIS SER LOS MISMOS.

Adrien desmontó.

No sabía por qué, pero comprendió que Brann no debía cruzar con él.

Ató al caballo a un poste de piedra cubierto de musgo, justo antes de la línea de árboles.

Brann se resistió, tirando de las riendas, como si quisiera arrastrarlo de regreso al pueblo.

—Espera aquí —dijo Adrien.

El animal relinchó.

—Si no vuelvo antes del anochecer, rompe la cuerda y regresa.

Brann lo miró con sus grandes ojos negros.

Adrien se sintió absurdo hablando así a un caballo.

Pero en aquel lugar, incluso los animales parecían entender más que los hombres.

Tomó la espada, la daga de plata, la bolsa del sacerdote y el medallón de hierro.

Luego cruzó la primera sombra del bosque.

El cambio fue inmediato.

El aire se volvió más frío.

No como el frío de la mañana ni el de una bodega húmeda.

Era un frío íntimo, que no tocaba la piel al principio, sino los recuerdos.

Adrien sintió de pronto la capilla de la Orden del Alba en invierno, sus rodillas infantiles contra el suelo de piedra, la voz severa de su maestro diciéndole que el dolor educaba mejor que el consuelo.

Vio el aliento blanco de los niños entrenando con espadas de madera.

Oyó el chasquido de una vara contra sus manos cuando dudó demasiado en un ejercicio.

Parpadeó.

El recuerdo desapareció.

Delante de él se extendía el sendero de piedras blancas.

Eran pequeñas, redondas, colocadas a ambos lados del camino.

Parecían limpias en comparación con todo lo demás, demasiado blancas, casi brillantes bajo la penumbra.

Adrien recordó la advertencia de Bastian y se mantuvo entre ellas.

El bosque no era silencioso al principio.

Crujía.

Respiraba.

Goteaba.

Había agua cayendo desde hojas invisibles, aunque no llovía.

Había ramas moviéndose sin viento.

Había insectos, pero sus sonidos eran irregulares, torcidos, como si imitaran mal a los insectos de otros lugares.

Cada pocos pasos, Adrien veía símbolos tallados en los troncos: espirales, medias lunas invertidas, ojos sin pupila.

Algunos estaban tan cubiertos de musgo que parecían antiguos.

Otros sangraban savia fresca.

O algo parecido a savia.

Caminó durante casi una hora.

O eso creyó.

En el bosque, el tiempo empezó a perder bordes.

A veces el sendero parecía avanzar en línea recta.

Luego, sin motivo, Adrien veía la misma roca dos veces, el mismo tronco partido, la misma raíz con forma de mano.

Sacó una daga y marcó discretamente un árbol.

Minutos después, encontró la marca a su derecha, aunque estaba seguro de no haber girado.

No salgas del sendero, aunque parezca dar vueltas.

Apretó los dientes y continuó.

Los cuervos aparecieron al mediodía.

Primero uno.

Luego cinco.

Luego tantos que las ramas superiores se oscurecieron con sus cuerpos.

No graznaban.

Solo lo seguían, saltando de árbol en árbol.

Adrien evitó mirarlos demasiado tiempo.

Esa regla, aunque absurda en apariencia, se había convertido en una de las pocas cosas concretas a las que podía aferrarse.

Entonces oyó la primera voz.

—Adrien.

Se detuvo.

La voz venía de su izquierda, más allá del sendero.

Suavemente.

Con tristeza.

Con una familiaridad imposible.

Adrien cerró los dedos sobre el pomo de la espada.

—Adrien —repitió la voz.

Era Isolde.

No una imitación torpe.

No un eco.

Era su voz exacta: serena, clara, con esa nota contenida de preocupación que había tenido en el corredor del castillo.

—No sigas.

Adrien no se movió.

Entre los árboles, a cierta distancia, vio una figura azulada.

Una mujer de pie junto a un tronco blanco.

Cabello rubio recogido.

Vestido azul oscuro.

Manos entrelazadas frente al cuerpo.

Lady Isolde lo miraba desde el bosque.

—No eres real —dijo Adrien.

La figura bajó la mirada con dolor.

—Eso quisieras.

El caballero sintió una presión en el pecho.

—Isolde está en Aurelion.

—¿Lo está?

—preguntó ella—.

¿O la dejaste atrás porque era más fácil obedecer al rey que mirarla a los ojos?

Adrien endureció el rostro.

—No responderé a una sombra.

La figura sonrió con tristeza.

—Siempre tan justo.

Siempre tan firme.

Siempre huyendo detrás de la palabra deber.

Adrien dio un paso hacia ella por instinto.

Una piedra blanca crujió bajo su bota.

Se detuvo.

Había estado a punto de salir del sendero.

La figura de Isolde ladeó la cabeza.

—¿Ni siquiera vendrás a mí?

Adrien retrocedió hasta el centro del camino.

—No.

La expresión de Isolde cambió.

Solo un poco.

La tristeza se curvó en desprecio.

—Entonces sigue, caballero.

Siempre fuiste mejor abandonando que eligiendo.

El viento movió las ramas.

La figura se deshizo en hojas negras.

Adrien permaneció quieto largo rato, respirando lentamente.

No era real.

Pero había usado una herida real.

Eso lo hizo peor.

Continuó.

El bosque se volvió más oscuro, aunque el día no había terminado.

Las piedras blancas seguían marcando el sendero, pero algunas estaban agrietadas.

Otras tenían manchas rojas.

Adrien se preguntó quién las habría puesto allí.

El pueblo.

El sacerdote.

Morgana.

Tal vez nadie vivo.

Más adelante encontró un arroyo.

El agua cruzaba el sendero con un murmullo claro, inesperadamente hermoso.

Era tan transparente que podía ver las piedras del fondo, lisas y doradas.

A un lado crecían flores blancas.

Adrien se detuvo.

Eran pequeñas, delicadas, con pétalos suaves y centro amarillo.

Flores imposibles en aquella tierra oscura.

Olían a miel.

Las flores de Lysa.

El arroyo parecía susurrar.

Adrien observó el agua.

Tenía sed.

No lo había notado hasta ese momento, pero la garganta le ardía y la lengua se le pegaba al paladar.

Sacó su cantimplora.

Vacía.

No recordaba haber bebido todo.

El agua siguió corriendo.

Limpia.

Fría.

Invitante.

No bebáis agua de los arroyos.

Adrien cerró la cantimplora vacía y la guardó.

Entonces oyó otra voz.

—Siempre tan obediente.

Esta vez no era Isolde.

Era una voz masculina, profunda, áspera, marcada por años de entrenamiento.

Maestro Cael.

Adrien sintió que la espalda se le enderezaba como cuando era niño.

Al otro lado del arroyo, un hombre con armadura de la Orden del Alba lo observaba.

Alto, ancho de hombros, con barba entrecana y una cicatriz atravesándole la mejilla izquierda.

Exactamente como el maestro que lo había criado desde los doce años.

El hombre que le enseñó a sostener una espada.

El hombre que murió en la frontera norte.

—Maestro —susurró Adrien antes de poder evitarlo.

La figura negó con la cabeza.

—Débil.

La palabra golpeó más fuerte que un puño.

Adrien apretó la mandíbula.

—No eres él.

—No —dijo la figura—.

Pero eso no hace menos cierta la palabra.

Adrien no se movió.

El falso Cael cruzó el arroyo sin mojarse las botas.

—Te enviaron a matar una bruja y ya estás buscando razones para comprenderla.

—Busco la verdad.

—Buscas permiso para dudar.

Adrien sintió calor en el rostro, una ira vieja, infantil.

—La justicia exige pruebas.

—La justicia exige fuerza.

La duda es el refugio de los hombres que temen mancharse las manos.

Adrien recordó sus años de entrenamiento.

Los castigos.

Las madrugadas heladas.

Las veces que Cael lo obligó a repetir una estocada hasta sangrar por los dedos.

Recordó también la última vez que lo vio vivo, cubierto de heridas, sonriendo con orgullo mientras le entregaba su espada.

El bosque usaba voces.

Pero no inventaba el dolor.

—Mi maestro me enseñó disciplina —dijo Adrien—.

No crueldad.

La figura sonrió.

—¿Y sabes distinguirlas?

Adrien desenvainó la espada.

El falso Cael miró el arma con desprecio.

—Contra mí sí eres rápido.

—Contra mentiras, siempre.

La figura dio un paso más.

Adrien levantó la hoja.

Pero antes de que pudiera atacar, el falso maestro se inclinó hacia él y susurró: —Cuando la veas, no será tu espada lo primero que tiemble.

Adrien atacó.

La hoja cortó aire, sombra y hojas secas.

La figura desapareció.

El arroyo siguió murmurando.

Adrien permaneció con la espada extendida hasta que sus manos dejaron de temblar.

No de miedo.

De rabia.

Continuó sin beber.

Al otro lado del arroyo, el sendero subía por una pendiente cubierta de raíces.

Allí el bosque cambió otra vez.

Los árboles estaban más separados, pero eran más grandes, antiguos, monstruosos.

Sus troncos tenían rostros tallados.

Algunos parecían llorar.

Otros sonreían.

En varias bocas de madera había dientes humanos incrustados.

Adrien pasó entre ellos con la espada en mano.

Entonces el bosque se quedó completamente en silencio.

No fue una disminución gradual.

Todo sonido desapareció a la vez.

No crujidos.

No gotas.

No insectos.

No cuervos.

Nada.

Adrien recordó la regla.

Si el bosque se queda completamente en silencio, arrodillaos y bajad la mirada hasta que el sonido vuelva.

Su orgullo se resistió durante un instante.

Solo un instante.

Luego se arrodilló sobre la tierra húmeda y bajó la vista.

El silencio se hizo más profundo.

Sentía su propio corazón, lento, pesado, golpeando dentro de la armadura.

Sentía el frío del suelo subiendo por una rodilla.

Sentía la espada en su mano como una promesa insuficiente.

Algo se movió frente a él.

No levantó la mirada.

Una sombra cruzó el borde de su visión.

Larga.

Delgada.

Sus pies —si eran pies— no tocaban la tierra.

Un olor a flores marchitas llenó el aire.

Luego una voz habló junto a su oído.

La voz de su madre.

Adrien dejó de respirar.

—Mi niño.

No había pensado en ella desde hacía meses.

Tal vez años, no de verdad.

Su madre había muerto cuando él era pequeño, antes de que la Orden del Alba lo tomara bajo su custodia.

La recordaba en fragmentos: manos tibias, una canción suave, el aroma del pan recién hecho, un mechón de cabello oscuro sobre la frente.

No recordaba su voz con claridad.

Hasta ese momento.

El bosque se la devolvió perfecta.

—Mírame, Adrien.

Sus dedos se clavaron en la empuñadura.

No mires.

—Has crecido tanto.

Adrien cerró los ojos.

La voz estaba ahora frente a él.

—¿Eso te enseñaron?

¿A arrodillarte ante la oscuridad?

¿A bajar la cabeza mientras tu madre te llama?

Una lágrima apareció en el borde de sus pestañas antes de que pudiera detenerla.

—No eres ella —susurró.

—¿Y si lo soy?

—preguntó la voz dulcemente—.

¿Y si todo lo que perdiste te espera aquí, donde los hombres santos no pueden quitártelo?

Adrien sintió una mano tocarle la mejilla.

El contacto fue cálido.

Humano.

Casi imposible de resistir.

—Mírame.

Por un instante, quiso hacerlo.

No por debilidad.

Por hambre.

El hambre de volver a ver un rostro perdido.

De saber si sus ojos se parecían a los de ella.

De escuchar su nombre pronunciado no como título, no como orden, no como responsabilidad, sino como amor.

La mano acarició su rostro.

—Mi niño valiente.

Adrien apretó los dientes hasta sentir dolor.

Luego empezó a rezar.

No en voz alta al principio.

Solo moviendo los labios.

Una oración antigua de la Orden del Alba, aprendida antes de entender su significado.

—La luz no me pertenece.

Yo pertenezco a la luz.

La mano se detuvo.

—No.

Adrien repitió, más fuerte: —La espada no salva mi alma.

Mi alma sostiene la espada.

El aire se volvió frío de golpe.

La voz de su madre cambió.

Se estiró.

Se quebró.

Se mezcló con otras.

—Mírame.

Adrien inclinó aún más la cabeza.

—No.

Un chillido rasgó el silencio.

No era humano.

No era animal.

El bosque volvió a sonar de golpe: cuervos, ramas, agua, insectos, viento.

Adrien abrió los ojos y vio, sobre la tierra frente a él, dos pies desnudos cubiertos de barro.

Duraron apenas un segundo antes de deshacerse en humo negro.

Cuando levantó la mirada, estaba solo.

Solo, salvo por un mechón de cabello oscuro en el suelo.

Adrien lo recogió con dedos temblorosos.

No era el cabello rojo dejado en la iglesia.

Era negro.

Como el de su madre.

Lo soltó de inmediato.

El mechón se convirtió en gusanos antes de tocar la tierra.

Adrien se puso de pie lentamente.

La primera grieta real apareció en su determinación.

No porque creyera que el bosque era invencible.

Sino porque comprendió que no atacaba lo que un hombre odiaba.

Atacaba lo que amaba.

Y eso era mucho más peligroso.

Siguió avanzando.

Las horas se desordenaron.

Atravesó una zona donde los árboles estaban cubiertos de campanillas oxidadas que sonaban sin viento.

Luego una pendiente donde pequeñas cruces de madera surgían del suelo como maleza.

Algunas tenían nombres tallados.

Reconoció uno: Elia, la hija de Mara.

Otra decía Tomás Wren, aunque el niño aún no había sido encontrado.

Adrien se detuvo ante esa cruz.

La madera parecía fresca.

La tierra frente a ella estaba removida.

Quiso cavar.

Pero entonces escuchó a un niño reír entre los árboles.

—¿Tomás?

—llamó.

La risa se alejó.

Adrien dio un paso fuera del sendero.

Se detuvo antes de cometer el error.

—Tomás Wren —dijo con voz firme—.

Si eres tú, acércate al camino.

Desde la espesura, la voz de un niño respondió: —No puedo.

Adrien sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Dónde estás?

—Tengo frío.

La voz era pequeña, temblorosa, demasiado real.

—Ven hacia mí.

—Ella dijo que no.

Adrien miró alrededor.

Los cuervos habían regresado a las ramas.

—¿Morgana?

El bosque pareció escuchar.

—No digas su nombre —susurró el niño—.

Se pone contenta.

Adrien sintió una mezcla de repulsión y urgencia.

—Tomás, necesito verte.

—Entonces sal del camino.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Demasiado limpia.

Adrien cerró los ojos un instante.

—No.

El niño empezó a llorar.

—Por favor.

Me duele.

Me dejó debajo de las raíces.

Hay tierra en mi boca.

No puedo respirar.

Adrien sintió que cada palabra era una mano empujándolo hacia la espesura.

Era una crueldad perfecta.

Usar la voz de un niño perdido contra el hombre enviado a salvarlo.

—Canta algo que solo Tomás conocería —dijo Adrien.

El llanto se detuvo.

—¿Qué?

—Si eres Tomás, dime el nombre de tu madre.

Silencio.

Luego una risa.

No de niño.

De mujer.

Suave.

Complacida.

—Aprendes rápido, caballero.

Adrien desenvainó la espada.

La voz no venía de un solo lugar.

Estaba en las ramas, en la tierra, en las piedras, en su nuca.

—Muéstrate.

—No todavía.

Adrien sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Cuánto tiempo seguirás escondiéndote detrás de muertos y niños?

La risa se deslizó entre los árboles.

—Mientras sigas respondiendo.

—¿Esto te divierte?

—Un poco.

La sinceridad de la respuesta lo enfureció más que una amenaza.

—Lysa Merrow está muriendo.

—Todos están muriendo.

Ella solo lo hace con más honestidad.

Adrien apretó la espada.

—¿Por qué la dañaste?

Hubo una pausa.

Cuando la voz respondió, lo hizo más cerca.

—Yo no le ofrecí nada que no deseara.

—Tenía diecisiete años.

—La edad no vuelve puro el deseo.

—La convertiste en una anciana.

—Ella pidió ser amada por alguien que no mirara su belleza.

Adrien sintió asco.

—Y tú convertiste su deseo en castigo.

—No.

En verdad.

Las ramas crujieron.

Adrien giró, pero no vio a nadie.

—¿Dónde estás?

—En todas partes que este valle me permite.

—Entonces eres cobarde.

La temperatura descendió de golpe.

Los cuervos batieron las alas.

Por primera vez, la voz perdió su tono juguetón.

—Cuidado, caballero.

Adrien alzó el mentón.

—¿Te ofende la verdad?

La risa volvió, pero más baja.

—No.

Me intriga tu necesidad de creer que la verdad siempre está de tu lado.

Algo cayó desde un árbol.

Adrien levantó la espada, pero era solo una flor blanca.

Cayó sobre una de las piedras del sendero.

No la tocó.

La voz suspiró.

—Qué obediente.

—Qué predecible.

El bosque quedó en silencio un instante.

Luego la voz rió de verdad.

Una risa hermosa.

Esa fue la parte que lo perturbó.

No era una risa monstruosa, ni rota, ni grotesca.

Era limpia, femenina, joven.

Una risa que en otra boca, en otro lugar, habría parecido encantadora.

—Tal vez no seas tan aburrido como parecías —dijo ella.

Adrien no respondió.

—Ven, Sir Adrien Valen.

Ya has escuchado demasiados fantasmas por un día.

Es hora de que veas una casa.

El sendero de piedras blancas comenzó a brillar débilmente.

No con luz divina.

Con una palidez enferma, como huesos bajo la luna.

Adrien avanzó.

No sabía si lo estaba guiando hacia una trampa.

Probablemente sí.

Pero toda investigación era, en cierto modo, aceptar una trampa con los ojos abiertos.

El bosque se abrió después de unos minutos, aunque no de manera natural.

Los árboles se apartaban formando un claro circular.

En el centro había una casa.

No era una choza miserable, como Adrien había imaginado.

Era una construcción antigua de piedra oscura y madera negra, demasiado elegante para aquel bosque podrido.

Tenía dos pisos, techo inclinado, ventanas estrechas y una chimenea de la que salía humo rojo.

Enredaderas secas trepaban por sus muros como venas.

Sobre el tejado había cuervos.

Decenas.

Cientos.

Todos en silencio.

La casa estaba iluminada desde dentro por una luz roja, exactamente como Lysa había descrito.

La puerta principal estaba abierta.

Adrien se detuvo al borde del claro.

Recordó la advertencia de Bastian.

No entréis si la puerta está abierta.

Porque significa que os está esperando.

La voz de Morgana apareció detrás de él, casi junto a su oído.

—Llegas tarde.

Adrien giró con la espada levantada.

No había nadie.

Cuando volvió a mirar hacia la casa, vio una figura en una de las ventanas del segundo piso.

Una mujer.

Solo por un instante.

Cabello oscuro.

Piel pálida.

Labios rojos como una herida recién abierta.

Luego desapareció.

Adrien sintió que el bosque entero contenía el aliento.

La puerta seguía abierta.

La luz roja palpitaba desde el interior.

Los cuervos observaban.

Adrien no cruzó el umbral.

Apretó la empuñadura de su espada y levantó la voz: —Morgana de Veyr.

El nombre atravesó el claro.

Los cuervos levantaron las alas al mismo tiempo, pero no volaron.

Una risa suave respondió desde dentro de la casa.

—Qué valiente suena mi nombre en tu boca.

Adrien sostuvo la espada firme.

—Sal.

Silencio.

Luego pasos.

Lentos.

Descalzos.

Alguien se acercaba desde el interior de la casa hacia la puerta abierta.

Adrien no respiró.

La luz roja se movió.

Una sombra femenina apareció al otro lado del umbral.

Y aunque aún no podía ver su rostro por completo, Adrien sintió con una certeza helada que todas las voces del bosque, todos los símbolos, todos los cadáveres y todas las advertencias habían sido apenas el borde de algo mucho más peligroso.

La bruja estaba allí.

Y no necesitaba esconderse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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