El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 6
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6: Capítulo 6: La bruja aparece 6: Capítulo 6: La bruja aparece La figura permaneció en el umbral sin cruzarlo.
Durante un momento, Adrien no vio a una bruja.
Vio a una mujer.
Y aquella fue la primera crueldad.
Había esperado deformidad, una señal exterior que justificara los susurros del pueblo: piel ajada, ojos negros, manos torcidas por pactos antiguos, una sonrisa de cadáver.
Algo.
Cualquier cosa que permitiera a su mente unir con facilidad a Morgana de Veyr con los animales mutilados, los niños desaparecidos, las voces del bosque y el cuerpo envejecido de Lysa Merrow.
Pero la mujer que apareció ante él no tenía nada de monstruo.
Al menos no a primera vista.
Era alta, de piel pálida, casi luminosa bajo la luz roja que ardía a sus espaldas.
Su cabello negro caía en ondas largas hasta la cintura, oscuro como tinta derramada sobre seda.
Llevaba un vestido simple, de tela verde profundo, ceñido a la cintura con un cordón negro.
No vestía harapos ni joyas exageradas, tampoco los símbolos grotescos que los aldeanos dibujaban en sus puertas.
Iba descalza, y sus pies tocaban la madera del umbral con una calma íntima, como si el bosque, la casa y la noche le pertenecieran por derecho antiguo.
Sus ojos eran lo peor.
No por su color, sino por su inteligencia.
Eran verdes, claros, hermosos, pero carecían de la inocencia que suele hacer humanos a los ojos hermosos.
Miraban demasiado.
No solo el rostro de Adrien, no solo la espada en su mano o la armadura sobre su pecho.
Parecían mirar detrás: sus recuerdos, sus dudas, su cansancio, la herida invisible que el bosque había abierto usando la voz de su madre.
Morgana sonrió.
Adrien no apartó la mirada.
Aunque recordó la advertencia.
No la mires cuando sonría.
La sonrisa no fue amplia.
No fue vulgar ni teatral.
Apenas un leve gesto en los labios, suficiente para alterar el aire del claro.
Los cuervos sobre el techo se agitaron, como si algo en ellos respondiera a esa mínima curva.
—Sir Adrien Valen —dijo ella.
Su voz no era exactamente la del bosque.
Era más real.
Más peligrosa por eso.
Suave, baja, cargada de una calidez falsa que no intentaba esconder el filo debajo.
La voz de una mujer acostumbrada a que otros se inclinaran para escucharla y, al hacerlo, expusieran el cuello.
Adrien alzó la espada un poco más.
—Morgana de Veyr.
Ella inclinó la cabeza, divertida.
—Qué solemne.
Casi esperaba que después de decir mi nombre cayera un rayo, se abriera el cielo o algún santo menor viniera a aplaudirte.
Adrien no respondió.
Morgana apoyó una mano en el marco de la puerta.
Sus dedos eran largos, finos, blancos como cera.
En una de sus uñas había una mancha roja.
Sangre.
O pintura.
O ambas cosas.
—Llegaste hasta mi casa sin beber del arroyo, sin tocar las flores, sin seguir a los fantasmas y sin salirte del camino.
Debo admitirlo: estoy ligeramente decepcionada.
—¿Esperabas que muriera antes de llegar?
—No.
Eso habría sido aburrido.
—Entonces esperabas verme caer.
—Todos caen, caballero.
Yo solo sentía curiosidad por saber cuánto tardarías.
El viento cruzó el claro, levantando hojas secas alrededor de ambos.
La puerta de la casa permanecía abierta detrás de ella.
Desde el interior llegaba un olor extraño: humo, hierbas dulces, cera caliente y algo metálico que Adrien conocía demasiado bien.
Sangre reciente.
—Lysa Merrow está viva —dijo él.
Morgana levantó las cejas con delicadeza.
—Qué forma tan generosa de describirlo.
La mano de Adrien se tensó en la empuñadura.
—La maldijiste.
—Eso dice el pueblo.
—Ella te vio.
—Mucha gente me ve.
Algunos incluso vuelven para verme de nuevo.
El tono fue tan ligero, tan burlón, que a Adrien le costó no avanzar hacia ella.
—Tiene diecisiete años.
—Tenía.
La palabra cayó con suavidad.
Peor que un golpe.
Adrien dio un paso hacia el umbral, pero se detuvo antes de cruzar la línea del claro.
Morgana no se movió.
Ni siquiera pareció alarmarse.
Esa quietud le irritó más que cualquier amenaza.
—¿Te parece gracioso?
—No especialmente.
—Entonces ¿por qué sonríes?
Morgana lo miró con calma.
—Porque tú esperabas encontrar una cueva llena de huesos, una vieja encorvada sobre un caldero, tal vez una risa histérica para que tu espada no tuviera que hacer preguntas.
Pero me encontraste a mí.
Y ahora tu mano está firme, sí, pero tus ojos trabajan demasiado.
Adrien sintió una punzada de enojo, no porque ella mintiera, sino porque había tocado una verdad incómoda.
—Mis ojos buscan pruebas.
—No.
Tus ojos buscan permiso.
—¿Permiso?
—Para odiarme sin culpa.
El claro pareció estrecharse.
Adrien respiró lentamente.
—No necesito odiarte para llevarte ante la justicia.
Morgana soltó una risa breve.
Los cuervos respondieron con un murmullo de alas.
—Justicia —repitió ella, saboreando la palabra como si fuera una fruta pasada—.
Siempre me ha parecido encantador cómo los hombres armados llaman justicia al momento exacto en que tienen ventaja.
—Hablas de ventaja mientras te escondes detrás de niños, muertos y voces robadas.
La sonrisa de Morgana se apagó.
No por completo.
Solo lo suficiente para que el aire cambiara.
—Ten cuidado con lo que llamas robado.
Algunas voces estaban abandonadas.
Adrien pensó en su madre.
En la mano cálida tocándole el rostro en medio del bosque.
La rabia regresó, limpia y peligrosa.
—No vuelvas a usar su voz.
Morgana ladeó la cabeza.
—Ah.
El sonido fue pequeño.
Casi íntimo.
—Tu madre.
Adrien alzó la espada de inmediato.
—No.
—No he dicho nada.
—No la nombres.
Morgana bajó la mirada hacia la hoja desenvainada y luego volvió a sus ojos.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La grieta.
Adrien no contestó.
—Todos los caballeros llegan cubiertos de metal, pero lo interesante siempre está en las partes blandas.
Una madre muerta.
Una prometida prudente.
Un maestro cruel.
Una fe heredada antes de que pudieras elegirla.
De verdad, Sir Adrien, el bosque no tuvo que cavar demasiado.
—Basta.
—¿Eso es una orden?
—Es una advertencia.
Morgana sonrió de nuevo.
Adrien recordó la frase del árbol y obligó a su mirada a subir hacia sus ojos, no hacia sus labios.
Ella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—Te advirtieron sobre mi sonrisa.
—Me advirtieron sobre muchas cosas.
—¿Y obedeces todas?
—Obedezco las que mantienen vivos a inocentes.
Morgana soltó una carcajada suave.
—Entonces debes de estar agotado.
Adrien avanzó otro paso.
Los cuervos sobre el tejado abrieron las alas al mismo tiempo.
La sombra de todas aquellas plumas cayó sobre el claro como una nube partida.
Morgana levantó una mano sin mirar, y las aves se aquietaron.
No era un gesto brusco.
Era el gesto de una reina calmando a sus perros.
—No he venido a jugar —dijo Adrien.
—Nadie lo hace.
Y aun así todos terminan aprendiendo las reglas.
—Vengo en nombre del rey Odran de Caldria.
Morgana hizo una reverencia ligera, exageradamente elegante.
—Ah, el rey.
El gran pastor de hombres.
El coleccionista de juramentos.
¿Sigue enviando jóvenes hermosos a morir por palabras que él jamás sangraría?
—Cuidado.
—¿Por qué?
¿También lo amas?
Adrien endureció el rostro.
—Sirvo al reino.
—No fue mi pregunta.
—Mi lealtad no está a discusión.
—Eso dicen los leales justo antes de descubrir el precio exacto de su obediencia.
La mención del rey encendió en Adrien el recuerdo de la última orden: si Morgana posee el poder que se rumorea, no permitáis que muera antes de que yo lo ordene.
No supo si su rostro cambió.
Pero Morgana lo vio.
Sus ojos verdes brillaron con interés.
—Oh —susurró—.
Ya te pidió algo sucio.
Adrien mantuvo la espada firme.
—No sabes de qué hablas.
—Los reyes siempre piden cosas sucias.
Solo varía la cantidad de incienso que queman alrededor para disimular el olor.
—El rey me envió a investigar crímenes.
—El rey te envió a medir un arma.
La frase lo alcanzó como una flecha.
Adrien no se movió.
Morgana bajó lentamente los escalones de la entrada.
Uno.
Luego otro.
La luz roja quedó detrás de ella, y por un instante su rostro se volvió más humano bajo la penumbra del claro.
No menos peligroso.
Solo más cercano.
—¿No te lo dijo así?
Claro que no.
Habría sido demasiado honesto.
Te habló de niños, ganado, viajeros, sacrificios.
Te mostró informes.
Te puso una cruz en una mano y una orden en la otra.
Y tú, buen caballero, viniste creyendo que tu camino era recto.
—Mi camino lo decidiré yo.
—No.
Todavía no.
Todavía decides entre senderos que otros marcaron antes de que nacieras.
Adrien apretó la mandíbula.
—Hablas mucho para alguien acusada de asesinato.
—Y tú acusas mucho para alguien que acaba de llegar.
—Vi a Lysa.
—Yo también.
—Vi lo que hiciste.
—Viste lo que quedó.
—¿Vas a negarlo?
Morgana lo miró con una tranquilidad insoportable.
—No.
El silencio fue inmediato.
Incluso los cuervos parecieron inclinarse hacia ella.
Adrien sintió que el mundo se estrechaba hasta quedar reducido a aquella mujer y esa sola palabra.
—Entonces confiesas.
—Confieso que Lysa Merrow vino al bosque.
Confieso que aceptó mis flores.
Confieso que pidió algo que no se atrevía a pedirle a su dios, a sus padres ni a su prometido.
Confieso que le di una respuesta.
—La destruiste.
—La verdad suele hacerlo cuando llega tarde.
—No llames verdad a tu crueldad.
—¿Por qué no?
Los sacerdotes llaman amor al miedo.
Los reyes llaman paz a la obediencia.
Los aldeanos llaman inocencia a olvidar sus propios cadáveres.
Al menos mi crueldad no usa una túnica limpia.
Adrien sintió el impulso de cruzar el espacio que los separaba y poner la hoja contra su garganta.
Pero algo lo detuvo.
No miedo.
No compasión.
Instinto.
Morgana estaba demasiado tranquila.
—¿Por qué no me atacas?
—preguntó él.
Ella parpadeó, casi divertida.
—¿Quieres que lo haga?
—Esperaba que lo hicieras.
—Qué triste.
Has venido hasta aquí y ni siquiera sabes qué esperas de mí.
—Eres peligrosa.
—Sí.
—Has maldecido a una joven.
—Sí.
—Has jugado con voces de muertos.
—También.
—Has enviado amenazas al pueblo.
Morgana sonrió.
—Algunas eran invitaciones.
Adrien recordó el ciervo colgado, el mensaje tallado en carne.
BIENVENIDO, CABALLERO DEL ALBA.
—¿Por qué?
—Porque quería verte.
La respuesta fue tan simple que lo desarmó durante un segundo.
—¿A mí?
—A ti.
—¿Por qué?
Morgana caminó lentamente hacia un lado del claro, sin acercarse demasiado.
Adrien giró con ella, sin bajar la espada.
Entre ambos quedó siempre una distancia prudente.
O tal vez una distancia elegida por ella.
—Hace años que el rey manda perros al valle —dijo Morgana—.
Soldados.
Inquisidores.
Espías con manos suaves.
Hombres que huelen a miedo antes de cruzar el bosque.
Todos llegan creyendo que la oscuridad es una habitación y que basta abrir la puerta con una antorcha.
—¿Y yo soy diferente?
—No lo sé aún.
—Entonces ¿por qué me dejaste llegar?
Morgana lo observó con una intensidad extraña.
—Porque no mataste al cuervo herido en el camino.
Adrien frunció el ceño.
Recordó entonces un momento breve durante el viaje, antes incluso de ver el ciervo colgado.
Un cuervo en medio del sendero, con un ala torcida, arrastrándose cerca de una piedra.
Adrien había desmontado, lo había apartado con cuidado para que Brann no lo pisara y luego continuó.
No le dio importancia.
—Eso fue antes de entrar al valle.
—El valle empieza antes de que los mapas se atrevan a admitirlo.
Adrien sintió un escalofrío.
—¿Me observabas?
—Claro.
—¿Desde cuándo?
—Desde que el rey pronunció mi nombre en su salón oscuro.
La mano de Adrien se tensó.
—Eso es imposible.
—Qué palabra tan pequeña.
—No puedes haber estado allí.
—No dije que estuviera.
La distinción fue peor.
Adrien recordó el salón del trono.
La cera negra.
Isolde junto a la columna.
El rey inclinándose hacia adelante.
Morgana de Veyr.
¿Había algo escuchando entonces?
¿Un cuervo en una cornisa?
¿Una sombra en una vidriera?
¿O era una mentira más, dicha con precisión para sembrar duda?
—Intentas confundirme.
—No.
Confundido ya venías.
Yo solo soy más honesta que tus órdenes.
—La honestidad no absuelve crímenes.
—No busco absolución.
Aquella frase fue dicha sin desafío, sin orgullo teatral.
Y por eso sonó verdadera.
Adrien la estudió.
—Entonces ¿qué buscas?
Morgana caminó hasta una piedra cubierta de musgo y se sentó sobre ella con naturalidad, como si aquello fuera una visita social y no un encuentro entre un caballero armado y una mujer acusada de horrores.
Cruzó una pierna sobre la otra.
El vestido dejó ver un tobillo pálido manchado de tierra.
—Depende del día.
—Hoy.
—Hoy quería saber si el caballero del Alba era tan aburrido como su título.
—¿Y?
—Aún estoy decidiendo.
Adrien bajó apenas la espada, no por confianza, sino para no dejar que el brazo se entumeciera.
—Una joven está consumiéndose por tu maldición y tú hablas de aburrimiento.
—Una joven está consumiéndose por su deseo.
—No.
—Sí.
—La manipulaste.
—Todos manipulan.
Tú lo haces con palabras como deber, justicia, inocencia.
El sacerdote lo hace con culpa.
El rey con juramentos.
Yo, al menos, no finjo que mis manos están limpias.
—¿Eso te parece virtud?
—No.
Me parece descanso.
Adrien sintió que cada respuesta de ella era una puerta abierta hacia un cuarto más oscuro.
No negaba.
No suplicaba.
No se justificaba de la forma en que un culpable suele hacerlo.
Admitía lo suficiente para provocar horror y callaba lo suficiente para obligarlo a seguir preguntando.
—¿Dónde está Tomás Wren?
Por primera vez, algo cambió en su rostro.
No fue miedo.
No fue culpa.
Fue una sombra leve, casi imperceptible, cruzándole los ojos.
—Qué nombre tan pequeño para tanta desesperación.
Adrien avanzó medio paso.
—¿Dónde está?
—¿Lo preguntas por él o por lo que representa?
—Es un niño.
—También era un niño cuando su madre vino a pedirme que dejara de nacer muertos a los hijos de su vientre.
También era un niño cuando su padre dejó sangre en mis raíces a cambio de una cosecha.
También era un niño cuando el pueblo decidió que algunas vidas podían enterrarse si la tierra devolvía trigo.
Adrien se quedó helado.
—¿Qué estás diciendo?
Morgana sonrió, pero esta vez no había diversión.
—Que Veyrfall no es una cuna de inocentes atacada por una bruja.
Es una boca llena de dientes podridos que aprendió a llorar solo cuando la mordida regresó.
—Eso no responde mi pregunta.
—No.
—¿Está vivo?
Morgana lo miró largo rato.
—¿Eso cambiaría algo?
—Sí.
—Qué tierno.
—Dímelo.
—No.
Adrien levantó la espada otra vez.
—No me obligues.
Morgana miró la hoja como quien observa una vela pequeña en una tormenta.
—Tu espada.
La palabra salió con un cansancio burlón.
—Siempre vuelve a ella, ¿verdad?
La solución larga y brillante que cuelga de la cintura de los hombres buenos.
—Ha detenido males antes.
—Ha detenido cuerpos.
No males.
Adrien la apuntó con la punta de la hoja.
—Acércate a comprobarlo.
Morgana se puso de pie.
Los cuervos se agitaron.
El aire del claro se volvió denso.
Pero ella no atacó.
En cambio, caminó hacia él.
Despacio.
Adrien afirmó los pies sobre la tierra húmeda.
Midió la distancia.
Si ella hacía un gesto extraño, si levantaba una mano, si pronunciaba una palabra de conjuro, él podría herirla.
Tal vez matarla.
Tal vez no.
Pero lo intentaría.
Morgana siguió acercándose hasta que la punta de la espada tocó su pecho.
No se detuvo por miedo.
Se detuvo porque decidió hacerlo.
La hoja presionaba la tela verde justo sobre su corazón.
Adrien pudo sentir el contacto.
Un solo movimiento bastaría.
Un empuje.
Un paso.
Un juicio convertido en acero.
Morgana bajó la mirada hacia la punta de la espada.
Luego levantó los ojos hacia él.
—Adelante.
Adrien no se movió.
—No vine a ejecutarte sin juicio.
—Mentira.
—No.
—Una parte de ti sí vino para eso.
La parte fácil.
La parte entrenada.
La parte que quiere que yo sea solo monstruo, para que tus manos no tiemblen cuando se manchen.
La respiración de Adrien se volvió pesada.
—Cállate.
—Ahí está otra vez.
El caballero ordenando silencio cuando la verdad no se arrodilla.
—Tú no eres la verdad.
—No.
Pero tampoco soy la mentira que te vendieron.
La hoja seguía contra su pecho.
Morgana acercó una mano lentamente.
Adrien tensó el brazo.
Pero ella no hizo un hechizo.
Solo tocó la espada con dos dedos.
La piel de sus dedos no se cortó.
El acero sí tembló.
No físicamente.
No en la mano.
Algo más profundo pareció vibrar, como si la hoja recordara haber sido mineral antes de ser arma y dudara por un instante de su forma.
—Bendecida —murmuró Morgana—.
Forjada en Aurelion.
Mojada en aceite sagrado.
Llevada por un hombre que cree que la pureza puede mantenerse si se limpia la sangre rápido.
Adrien apartó la espada de golpe.
Morgana sonrió.
—¿Ves?
No tuve que atacarte.
—No confundas contención con debilidad.
—Jamás.
La contención es una de las formas más interesantes del miedo.
Adrien giró la hoja hacia abajo, aún preparado.
—¿Qué quieres de mí?
Morgana lo miró como si la pregunta le agradara.
—Quiero que camines por Veyrfall con los ojos abiertos.
Quiero que preguntes por la casa quemada.
Por el pozo.
Por las canciones que cantaban cuando la tierra se pudría.
Quiero que preguntes al buen padre Elric por qué una niña aprendió primero a temer la cruz antes que a temer la oscuridad.
Adrien sintió que cada palabra era una pieza arrojada sobre una mesa.
—¿Por qué no lo dices tú?
—Porque no me creerías.
—Quizá.
—No.
No lo harías.
Todavía necesitas que tus verdades vengan de bocas respetables.
—¿Y mientras tanto seguirás dañando gente?
Morgana lo miró con una calma terrible.
—Sí.
La respuesta le heló la sangre.
—No lo permitiré.
—No puedes evitarlo todo.
—Puedo detenerte.
—Quizá.
Ella dio un paso atrás, alejándose de la espada.
La luz roja de la casa pareció intensificarse detrás de ella.
—Pero no hoy.
Adrien sintió el peligro antes de verlo.
El claro entero cambió.
Las piedras blancas del sendero se oscurecieron una a una.
Los cuervos levantaron el vuelo desde el techo, formando un remolino negro sobre la casa.
El suelo bajo los pies de Adrien palpitó como carne viva.
Las ramas de los árboles se inclinaron hacia el centro, cerrando lentamente el cielo.
Morgana levantó una mano.
No hacia él.
Hacia el bosque.
—No te atacaré, Sir Adrien.
Su voz ya no era burlona.
Era un decreto.
—Si quisiera tu muerte, habría dejado que besaras la voz de tu madre en el sendero.
Si quisiera tu locura, te habría hecho beber del arroyo.
Si quisiera tu obediencia, habría usado un deseo más dulce.
Adrien sintió un frío insoportable en la espalda.
—¿Y qué quieres?
Morgana lo miró.
Por un instante, solo por un instante, desapareció la burla.
Quedó algo más antiguo.
Más triste.
Más cruel.
—Quiero saber cuánto puede doblarse un hombre justo antes de romperse.
Luego sonrió.
Y esta vez Adrien no logró apartar la mirada.
La sonrisa le entró por los ojos como una gota de veneno.
No vio imágenes claras.
No fue una visión completa.
Fue una sensación: fuego sobre piel, labios cerca de su oído, una corona caída en barro, Isolde llorando en un salón vacío, su propia espada clavada en tierra negra, y la risa de Morgana mezclada con campanas de funeral.
Duró menos que un latido.
Cuando terminó, Adrien estaba de rodillas.
No recordaba haber caído.
La espada seguía en su mano, pero la punta estaba hundida en la tierra.
Respiraba con dificultad.
Morgana estaba frente a él, inclinada apenas, observándolo con curiosidad.
—Te lo advirtieron —dijo suavemente.
Adrien levantó la vista con esfuerzo.
—Bruja… —Sí.
La palabra no sonó como insulto.
Sonó como título.
Adrien intentó ponerse de pie, pero el cuerpo no le respondió de inmediato.
No era dolor.
Era una debilidad extraña, como si durante un instante alguien hubiera apagado la llama que movía sus músculos.
Morgana se agachó frente a él.
Quedaron a la misma altura.
Demasiado cerca.
Adrien pudo ver pequeñas motas doradas alrededor de sus pupilas.
Pudo oler su perfume: flores blancas, humo, lluvia y sangre.
—Tu fe es fuerte —murmuró ella.
Adrien apretó la espada.
—No necesito que lo digas.
—No lo decía como elogio.
Ella extendió la mano.
Adrien quiso apartarse, pero no pudo hacerlo a tiempo.
Morgana tocó el medallón de hierro que colgaba bajo su armadura.
El metal emitió un sonido agudo, como si algo dentro se quebrara.
Adrien sintió una quemadura helada en el pecho.
Morgana retiró la mano.
En la punta de sus dedos había una pequeña marca negra, que desapareció al instante.
—Protección menor —dijo con decepción—.
Qué insulto.
Adrien respiró con dificultad.
—No… —¿No qué?
—No me tocarás otra vez.
Morgana sonrió apenas.
—Entonces levántate más rápido la próxima vez.
La furia le devolvió fuerza.
Adrien se puso de pie de golpe y lanzó un corte horizontal.
Morgana retrocedió con una elegancia imposible.
La hoja rozó un mechón de su cabello, cortando unos pocos hilos negros que cayeron lentamente al suelo.
El bosque quedó inmóvil.
Adrien sostuvo la espada, listo para el contraataque.
Pero Morgana miró el cabello cortado.
Luego a él.
Y rió.
No con ira.
Con genuino deleite.
—Bien.
Adrien no entendió.
—¿Bien?
—Por un momento temí que solo fueras hermoso por fuera.
La frase lo desconcertó lo suficiente para odiarla un poco más.
—No juegues conmigo.
—Eso ya lo dije yo primero.
Morgana recogió un mechón cortado entre los dedos.
Lo observó como si fuera una joya diminuta.
Luego lo dejó caer sobre la palma de su mano.
El cabello se convirtió en ceniza negra y voló hacia Adrien, envolviéndole la muñeca como humo.
Él intentó sacudirse, pero la ceniza desapareció contra su piel.
Sintió una punzada.
Miró su muñeca.
Nada.
—¿Qué hiciste?
—Nada importante.
—¿Qué hiciste?
Morgana caminó de regreso hacia la casa.
—Te di una razón para volver.
Adrien avanzó, pero el sendero de piedras blancas se iluminó detrás de él.
No hacia la casa.
Hacia la salida del bosque.
El mensaje era claro.
La visita había terminado.
—No he acabado contigo —dijo él.
Morgana se detuvo en el umbral y miró sobre su hombro.
—No, caballero.
Sus ojos verdes brillaron en la luz roja.
—Apenas has empezado.
La puerta comenzó a cerrarse sola.
Adrien levantó la espada.
—¿Dónde está Tomás Wren?
La puerta se detuvo a medio cerrar.
Morgana no respondió de inmediato.
Cuando habló, su voz ya no tenía burla.
—Pregúntale al pueblo qué suele arrojar al pozo cuando tiene hambre.
Adrien sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Qué significa eso?
La sonrisa regresó.
—Justicia, supongo.
La puerta se cerró.
De golpe, la luz roja desapareció.
Los cuervos levantaron vuelo con un estruendo de alas.
Durante unos segundos, el cielo del claro se volvió completamente negro.
Adrien alzó un brazo para protegerse el rostro.
Cuando las aves se dispersaron, la casa seguía allí, pero parecía más lejana, como si el bosque hubiese crecido entre ella y él.
La puerta ya no estaba abierta.
Ahora no había puerta.
Solo una pared de piedra lisa.
Adrien dio un paso hacia la casa, pero las piedras blancas del sendero brillaron con más fuerza.
Todo el bosque detrás de él parecía empujar en una sola dirección: fuera.
No era una invitación.
Era una expulsión.
Adrien se quedó en el claro un momento más, respirando con dificultad, la espada manchada de tierra, la fe ardiendo como una vela golpeada por viento.
No había sido derrotado en combate.
Eso habría sido más fácil de aceptar.
Había sido leído.
Pesado.
Provocado.
Y enviado de vuelta como un mensajero que aún no comprendía el mensaje.
Miró su muñeca una vez más.
Nada.
Pero bajo la piel, muy hondo, sintió una tibieza oscura.
Como una semilla.
Guardó la espada con lentitud.
—No eres justicia —dijo hacia la casa silenciosa—.
No eres verdad.
No eres castigo divino.
El bosque no respondió.
Adrien dio media vuelta hacia el sendero.
—Eres una criminal.
Las ramas crujieron suavemente.
La voz de Morgana llegó desde todas partes y desde ninguna.
—Entonces ven a arrestarme cuando sepas quién fue el primer culpable.
Adrien apretó los dientes y comenzó a caminar de regreso.
El bosque parecía menos hostil ahora, pero no por bondad.
Era la calma satisfecha de algo que había mordido lo suficiente para probar la sangre.
Los cuervos lo siguieron desde lejos.
Las flores blancas junto al arroyo estaban marchitas.
Las cruces de madera parecían haberse multiplicado.
En una de ellas, donde antes leyó Tomás Wren, ahora había otra inscripción debajo: TODAVÍA RESPIRA.
Adrien se detuvo.
La mano se le fue a la espada.
No había nadie.
Solo el sendero.
Solo el bosque.
Solo una bruja que no lo había atacado porque, de algún modo, había encontrado una forma más profunda de herirlo.
Cuando por fin salió de entre los árboles, el sol ya comenzaba a caer.
Brann seguía atado al poste de piedra, nervioso pero vivo.
Al ver a Adrien, relinchó con una mezcla de alivio y reproche.
El caballero apoyó una mano sobre su cuello.
—Sí —murmuró—.
Yo tampoco estoy contento.
Antes de montar, miró hacia atrás.
El bosque prohibido se alzaba oscuro, inmóvil, silencioso.
Y entre los árboles, por un instante, vio a Morgana de Veyr.
No estaba en su casa.
Estaba mucho más cerca, apenas al otro lado de la primera línea de sombras.
Sonreía.
Adrien apartó la mirada demasiado tarde.
La risa de la bruja lo siguió durante todo el camino de regreso a Veyrfall.
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