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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 7

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7: Capítulo 7: La advertencia 7: Capítulo 7: La advertencia Adrien regresó a Veyrfall al caer la tarde.

No entró como había entrado la primera vez.

Cuando llegó al valle, aún llevaba sobre los hombros la autoridad intacta de la corona, la armadura limpia de la Orden del Alba y esa clase de certeza que vuelve recta la espalda de los hombres justos.

Ahora, al cruzar las primeras casas del pueblo, traía barro en las botas, hojas muertas pegadas a la capa y una sombra nueva detrás de los ojos.

Nadie necesitó preguntarle si había visto a la bruja.

Todos lo supieron.

Las ventanas se abrieron apenas, lo suficiente para que los rostros pálidos pudieran observarlo sin exponerse.

Un niño asomó medio rostro detrás de una puerta y fue arrastrado de inmediato hacia adentro por una mano adulta.

En los tejados, los cuervos lo siguieron con la calma de los jueces.

Brann avanzaba inquieto, sacudiendo la cabeza cada pocos pasos.

El caballo olía todavía el bosque sobre su jinete, o quizá algo peor: aquello que el bosque había dejado bajo su piel.

Adrien no había vuelto herido, al menos no de manera visible.

Eso parecía inquietar más al pueblo.

Un hombre que regresaba del bosque con sangre en el rostro podía ser compadecido.

Uno que regresaba entero podía ser sospechoso.

Bastian Rusk lo esperaba en la plaza, junto al pozo seco.

El anciano sostenía un farol encendido aunque todavía quedaba algo de luz.

Cuando vio a Adrien, no se acercó de inmediato.

Primero lo miró de arriba abajo, como si buscara marcas, heridas, señales de que algo venía escondido en su sombra.

—Habéis vuelto —dijo al fin.

Adrien desmontó lentamente.

—Eso parece sorprenderos.

—Me habría sorprendido menos si no lo hubierais hecho.

Adrien ató a Brann junto a la posada.

—Necesito hablar con el padre Elric.

Bastian tragó saliva.

—Está con Lysa.

—¿Sigue viva?

—Sí.

La palabra no sonó a alivio.

Adrien miró hacia la ventana del segundo piso de la posada.

Una vela ardía detrás del vidrio empañado.

—¿Ha despertado?

—No.

Pero habla.

Adrien se volvió hacia él.

—¿Dormida?

Bastian asintió.

—Con voces que no son suyas.

El cansancio cayó sobre Adrien como una piedra.

Había pasado un día entero entre trampas, visiones y burlas, y aun así la noche apenas comenzaba.

—¿Qué dice?

El anciano apretó la mandíbula.

—Nombres.

—¿Qué nombres?

—De personas del pueblo.

—¿Para qué?

Bastian miró hacia el pozo.

—Para recordarnos que los muertos no olvidan.

Adrien guardó silencio.

Las palabras de Morgana volvieron a él con una precisión venenosa.

Pregúntale al pueblo qué suele arrojar al pozo cuando tiene hambre.

Miró la boca negra del pozo seco.

Los muñecos de trapo se movían levemente con el viento.

Uno de ellos tenía un pequeño rostro bordado con hilo rojo.

Otro colgaba boca abajo, con las manos atadas.

El hueco parecía más profundo que el día anterior, aunque eso era imposible.

—¿Qué hay en el pozo, Bastian?

El anciano palideció.

—Piedras.

Barro.

Nada más.

—Morgana dijo otra cosa.

Al escuchar el nombre, varias ventanas se cerraron de golpe.

Bastian dio un paso hacia Adrien.

—No lo digáis aquí.

—Estoy cansado de esa advertencia.

—Y yo estoy cansado de enterrar gente que no la obedeció.

Adrien se acercó lo suficiente para que solo él pudiera oírlo.

—La bruja me dijo que el pueblo no era inocente.

Bastian no respondió.

—También me dijo que preguntara por el pozo.

El anciano bajó los ojos.

La culpa, descubrió Adrien, tenía una manera particular de moverse en el rostro de los hombres.

No siempre era llanto.

No siempre era confesión.

A veces era apenas una pausa.

Un parpadeo demasiado lento.

Una garganta que no encontraba aire.

—¿Qué pasó aquí?

—preguntó Adrien.

Bastian tardó tanto en responder que Adrien creyó que no lo haría.

—Demasiadas cosas.

—Necesito una respuesta mejor.

—Entonces necesitáis un pueblo mejor.

El anciano se alejó antes de que Adrien pudiera detenerlo.

No caminó hacia la posada ni hacia la iglesia, sino hacia una casa lateral, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

Adrien lo vio desaparecer y sintió que una parte de su paciencia se quebraba.

Todos allí querían que él matara a una bruja.

Pero nadie quería entregarle la verdad necesaria para hacerlo.

Entró a la posada.

El aire interior estaba cargado de humo, sudor y miedo viejo.

El posadero Noll limpiaba la misma mesa una y otra vez.

Al ver a Adrien, se quedó rígido.

En un rincón, dos hombres bebían sin hablar.

Uno tenía los ojos tan rojos que parecía haber llorado sangre.

—Mi señor —murmuró Noll.

—Agua para mi caballo.

Y comida si queda.

—Sí, mi señor.

—Para mí también.

Noll parpadeó como si hubiera olvidado que los hombres vivos comían.

—Por supuesto.

Adrien subió las escaleras sin esperar más.

Antes de llegar al segundo piso, oyó la voz de Lysa.

No hablaba alto.

Pero cada palabra parecía arrastrarse por las paredes.

—Mara… Mara dejó la puerta abierta… Mara oyó llorar a Elia desde el pozo… Adrien se detuvo.

Dentro de la habitación, alguien sollozó.

La voz de Lysa continuó, seca, envejecida, y al mismo tiempo extrañamente infantil.

—Garron enterró pan negro bajo las raíces… pidió que el hijo varón no naciera torcido… Elna fingió no ver la sangre en la sábana… Adrien abrió la puerta.

La habitación estaba iluminada por tres velas.

Lysa yacía en la cama, con los ojos cerrados y el cuerpo consumido bajo las mantas.

Su piel parecía aún más fina que la noche anterior.

Elna estaba sentada junto a ella, apretándole una mano.

Garron permanecía de pie contra la pared, blanco como la harina de su molino.

El padre Elric sostenía un libro abierto, pero no leía.

Sus ojos estaban fijos en la joven.

Lysa sonrió dormida.

—Padre Elric rezaba mientras la niña ardía… El sacerdote cerró el libro de golpe.

—Basta.

Lysa abrió los ojos.

No miró a Elric.

Miró a Adrien.

Y aunque sus labios siguieron siendo los de una anciana, la voz que salió de ellos fue suave, femenina y deliciosamente cruel.

—Volviste con barro en las botas, caballero.

Elna soltó la mano de su hija como si quemara.

Adrien entró despacio.

—Morgana.

Los ojos de Lysa brillaron con un verde imposible durante apenas un segundo.

—No exactamente.

—Sal de ella.

—¿Así pides las cosas en la corte?

Qué decepción.

Adrien se acercó a la cama.

El padre Elric intentó detenerlo con un gesto, pero él lo ignoró.

—Lysa no te pertenece.

La boca de la joven envejecida se curvó.

—Nadie pertenece a nadie.

Aunque los reyes, los esposos y los dioses se esfuercen tanto por fingir lo contrario.

Garron dio un paso adelante.

—¡Deja a mi hija, maldita!

Los ojos de Lysa giraron hacia él.

La voz cambió.

Ya no era Morgana.

Era la de una niña.

—Papá, tengo frío bajo las piedras.

Garron se desplomó contra la pared.

Elna lanzó un grito.

Adrien desenvainó parcialmente la espada.

—¡Basta!

Lysa rió con la voz de Morgana.

—Siempre la espada.

Siempre ese pedazo de metal entre tú y aquello que no entiendes.

—Y aun así retrocediste cuando la acerqué a tu corazón.

—No retrocedí.

Te dejé creer que la distancia era tuya.

Adrien miró al padre Elric.

—¿Puede romper este vínculo?

Elric estaba pálido.

—No mientras ella lo sostenga desde el bosque.

—Entonces iré otra vez.

La risa de Morgana llenó la habitación con los labios de Lysa.

—No hace falta.

Las velas se inclinaron hacia la puerta.

El aire se volvió frío.

Una sombra cruzó el vidrio de la ventana.

Adrien giró.

Al otro lado, en el tejado de la casa vecina, había una figura de pie.

Morgana de Veyr.

No una sombra.

No una voz robada.

Ella.

El cabello negro se movía con el viento nocturno.

Su vestido verde parecía más oscuro bajo la luz pobre del valle.

Estaba descalza sobre las tejas húmedas, rodeada de cuervos, mirándolo a través de la ventana como si la distancia, el vidrio y las leyes del mundo fueran detalles sin importancia.

Elna empezó a rezar.

El padre Elric retrocedió.

Adrien cruzó la habitación y abrió la ventana de golpe.

El aire helado entró como una cuchillada.

—No te escondas detrás de ella —dijo.

Morgana sonrió desde el tejado.

—No me escondo, Sir Adrien.

Me multiplico.

Detrás de él, Lysa exhaló y cayó en un sueño profundo.

La presencia había salido de ella.

Adrien apoyó una mano en el marco de la ventana.

—¿Qué quieres?

—Advertirte.

—No necesito advertencias tuyas.

—Al contrario.

Las mías suelen ser las únicas honestas.

—Tu honestidad cambia de forma según te conviene.

—Como la justicia de tu rey.

Adrien apretó la mandíbula.

Morgana caminó lentamente por el borde del tejado.

Los cuervos se apartaban para dejarla pasar.

—Huiste muy rápido de mi bosque.

—Me expulsaste.

—Pude haberte retenido.

—Pero no lo hiciste.

—No.

—¿Por qué?

Morgana se detuvo frente a la ventana, a unos pocos metros de distancia.

La noche entre ambos era estrecha.

—Porque aún estás mirando el tablero desde el lado equivocado.

Adrien sostuvo su mirada.

—Entonces explícate.

—Veyrfall no merece ser salvado.

La frase fue dicha sin rabia.

Sin grito.

Sin teatralidad.

Y por eso resultó más terrible.

Detrás de Adrien, Elna dejó escapar un sollozo ahogado.

El padre Elric cerró los ojos.

Adrien no apartó la vista de Morgana.

—Nadie merece ser condenado entero.

—Qué frase tan bonita.

¿La bordaban en las sábanas de la Orden del Alba?

—Un pueblo no es culpable como un solo hombre.

—No.

Es peor.

Un hombre puede cometer un crimen con sus propias manos.

Un pueblo puede cometerlo con cien silencios.

Adrien sintió que la respuesta le rozaba una duda que no quería alimentar.

—Hay niños aquí.

—Lo sé.

—Ancianos.

Enfermos.

Personas que quizá no hicieron nada.

—Todos los pueblos dicen eso cuando llega el castigo.

De pronto nadie estaba allí, nadie vio, nadie decidió, nadie cantó, nadie encendió la antorcha, nadie cerró la puerta.

La voz de Morgana se volvió más baja.

—Y sin embargo, la puerta se cerró.

Y la antorcha ardió.

Adrien sintió que el padre Elric se movía detrás de él.

No tuvo que mirarlo para saber que aquellas palabras lo habían herido.

—Si hubo crímenes —dijo Adrien—, se juzgarán.

Pero no permitiré que uses el dolor como excusa para destruir inocentes.

Morgana lo observó largo rato.

—Todavía crees que la inocencia es un estado natural.

—Creo que existe.

—Claro que existe.

En los recién nacidos.

En los muertos.

En los animales antes de que los hombres les pongan dueño.

Pero en Veyrfall… Sonrió apenas.

—Aquí la inocencia murió antes que muchas de sus víctimas.

Adrien apoyó la otra mano en el marco de la ventana.

—¿Por qué no dices claramente qué ocurrió?

—Porque ya te lo están diciendo.

—Me hablan en acertijos.

—No.

Te hablan en miedo.

Aprende la diferencia.

Adrien miró fugazmente hacia la cama.

Elna abrazaba a Lysa.

Garron estaba de rodillas, con la cabeza baja.

El padre Elric permanecía rígido, como una estatua a punto de quebrarse.

Cuando volvió la mirada al tejado, Morgana seguía allí.

—Dices que el pueblo no merece ser salvado —dijo Adrien—.

Pero sigues aquí.

Sigues jugando con ellos.

Si tanto los desprecias, ¿por qué no te vas?

Algo cambió en el rostro de Morgana.

Fue mínimo.

Pero real.

La sonrisa se desvaneció.

Por primera vez, Adrien vio algo parecido a odio desnudo.

No ira momentánea.

No crueldad divertida.

Odio antiguo, enterrado tan hondo que había echado raíces.

—Porque ellos me hicieron parte de este valle —dijo ella—.

Y el valle no suelta lo que le entregan con sangre.

El viento movió su cabello.

Adrien sintió que esa frase escondía más verdad que todas las respuestas recibidas desde su llegada.

—¿Te maldijeron?

Morgana rió suavemente, pero la risa no tenía alegría.

—Qué rápido buscas una forma de convertirme en víctima.

—Busco entender.

—No.

Buscas una puerta por donde tu compasión pueda entrar sin sentirse culpable.

Adrien no respondió.

—No cometas ese error conmigo —continuó ella—.

No soy una niña perdida esperando que un caballero me saque del bosque.

No soy una santa quemada por ignorantes.

No soy una mujer buena deformada por hombres malos.

Sus ojos verdes brillaron en la oscuridad.

—Soy lo que quedó después.

Y lo que quedó aprendió a disfrutar ciertas cosas.

El silencio que siguió fue peor que cualquier amenaza.

Adrien sintió, con absoluta claridad, que ella no estaba suplicando ser comprendida.

Estaba impidiendo que la perdonaran con demasiada facilidad.

—Entonces responderás por esas cosas —dijo él.

Morgana ladeó la cabeza.

—¿Ante quién?

¿Ante tu rey que quiere abrirme el pecho para guardar mi poder en una caja?

¿Ante tu iglesia que bendijo hogueras y luego lloró sobre las cenizas?

¿Ante este pueblo que besa crucifijos de día y deja sangre bajo los árboles de noche?

—Ante las víctimas que no eligieron nada.

Morgana lo miró con interés renovado.

—Ahí está el Adrien que quería ver.

—No sabes quién soy.

—Sé más que tú.

—No confundas mis recuerdos con mi alma.

La bruja sonrió.

—Qué frase tan peligrosa.

Adrien sintió que el aire entre ambos se tensaba.

—¿Dónde está Tomás Wren?

—Cerca.

—¿Vivo?

—Por ahora.

El corazón de Adrien golpeó con fuerza.

Detrás de él, Elric murmuró una oración.

—Dime dónde.

—No.

—Es un niño.

—Ya lo dijiste.

—Entonces entiendes que no puede ser parte de ninguna deuda.

El rostro de Morgana se endureció.

—Todos los niños de Veyrfall nacen dentro de deudas que otros hicieron antes de ellos.

—Eso no les da culpa.

—No.

La respuesta lo sorprendió.

Morgana miró hacia el pozo de la plaza, visible desde el tejado.

—Pero este valle no se alimenta de culpa solamente.

También se alimenta de herencia.

—Hablas como si el valle fuera una criatura.

—Lo es.

Adrien siguió su mirada hacia el pozo.

—¿Qué hay ahí abajo?

Morgana no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz fue casi un susurro.

—Pregúntale al sacerdote qué bendijo.

Pregúntale al anciano qué permitió.

Pregúntale a las madres qué canciones cantaban cuando tenían miedo de perder la cosecha.

Pregúntale a los padres por qué miraban hacia otro lado cuando los niños dejaban de llorar.

Adrien sintió un rechazo profundo.

No contra ella solamente.

Contra la posibilidad de que aquello fuera cierto.

—No.

Morgana volvió los ojos hacia él.

—Ah.

Por fin una palabra honesta.

—No creeré acusaciones lanzadas por una asesina.

La sonrisa regresó, más fría.

—Mucho mejor.

Necesitas que la verdad tenga manos limpias antes de aceptarla.

—Necesito pruebas.

—No.

Necesitas que las pruebas no te obliguen a salvar a culpables.

Adrien salió de la habitación sin responder.

Bajó las escaleras con rapidez, cruzó la sala común y salió a la plaza.

Algunos aldeanos se asomaron al verlo.

El viento había aumentado.

Las nubes cubrían la luna, y el pozo seco parecía una boca abierta en el centro del pueblo.

Morgana saltó desde el tejado.

No cayó.

Descendió lentamente, como si la noche misma la bajara en brazos.

Sus pies tocaron el barro sin mancharse.

Los aldeanos que la vieron gritaron.

Puertas cerrándose.

Ventanas golpeando.

Oraciones.

Un hombre dejó caer una jarra dentro de la posada.

Adrien desenvainó la espada.

Morgana permaneció frente a él, en plena plaza de Veyrfall.

Sin ocultarse.

Sin atacar.

El pueblo entero la miraba desde sus escondites.

—Aléjate de ellos —dijo Adrien.

Morgana observó las casas con desprecio.

—Míralos.

Tras puertas, tras santos, tras sal en los umbrales.

Siempre escondidos cuando toca responder.

Bastian apareció en la entrada de su casa, pálido como un muerto.

—No —susurró—.

Aquí no.

Morgana volvió lentamente el rostro hacia él.

—Bastian.

El anciano se encogió como si ella hubiera levantado un látigo.

Adrien se interpuso en su línea de visión.

—No has venido por él.

—¿Eso decidiste?

—Has venido por mí.

La bruja lo miró.

Durante un instante, la diversión volvió a sus ojos.

—Qué vanidoso puede ser el deber.

—Si quieres hablar, habla conmigo.

—Ya lo hago.

—Entonces deja al pueblo fuera.

Morgana rió.

La risa cruzó la plaza y apagó dos faroles.

—¿Dejar al pueblo fuera?

Mi dulce caballero, el pueblo es la herida.

Yo solo soy la pus que tanto les horroriza mirar.

Adrien levantó la espada entre ambos.

—No permitiré que los dañes.

—Ya están dañados.

—Más.

—Ah.

Esa es la medida de tu justicia.

No demasiado dolor.

Solo el suficiente para que tu conciencia siga cómoda.

Adrien avanzó un paso.

—Puedes burlarte de mí todo lo que quieras.

No cambiarás lo que vine a hacer.

—¿Y qué viniste a hacer?

—Proteger vidas.

Morgana miró alrededor.

—¿Todas?

—Sí.

—¿Incluso las de quienes enterraron niños?

Adrien sintió que la espada le pesaba más.

—Si eso ocurrió, serán juzgados.

—Qué limpio suena.

—Es mejor que tu venganza.

—Mi venganza al menos recuerda los nombres.

—Tu venganza devora a quienes no pueden defenderse.

La mirada de Morgana se afiló.

—Como hicieron ellos.

—Entonces eres igual que ellos.

El silencio cayó sobre la plaza.

Por primera vez, Adrien supo que había tocado algo verdadero.

No porque Morgana se enfureciera.

Sino porque dejó de sonreír por completo.

Los cuervos en los tejados abrieron las alas.

El viento se detuvo.

Bastian se cubrió el rostro.

El padre Elric apareció en la puerta de la posada con el libro sagrado apretado contra el pecho.

Morgana dio un paso hacia Adrien.

La punta de la espada quedó cerca de su garganta.

Ella no se detuvo.

Adrien tampoco retrocedió.

—Repite eso —dijo ella suavemente.

La voz era seda sobre una hoja.

Adrien sostuvo su mirada.

—Eres igual que ellos si castigas inocentes por pecados ajenos.

La oscuridad pareció inclinarse hacia Morgana.

Durante un segundo, Adrien creyó que lo atacaría.

Casi lo deseó.

Un ataque habría devuelto las cosas a un terreno que conocía: amenaza, defensa, acero, sangre.

Pero Morgana no le concedió esa facilidad.

En cambio, se acercó lo suficiente para que la hoja rozara la piel de su cuello.

Una línea roja apareció.

Una gota de sangre descendió por su garganta.

Ella sonrió apenas.

—No, Sir Adrien.

Su voz fue baja.

Íntima.

—Yo soy peor.

Adrien sintió que la frase entraba en él con más fuerza que cualquier hechizo.

Morgana levantó una mano y tocó la hoja con dos dedos.

Esta vez la espada no tembló.

Fue Adrien quien sintió un leve ardor en la muñeca, justo donde la ceniza de su cabello había desaparecido bajo su piel.

—Y aun así —susurró ella—, cuando descubras lo que hicieron, vendrás a mí buscando una razón para no salvarlos.

—Nunca.

—Todos los hombres justos tienen un “nunca” que la vida está deseando romper.

—Yo no soy todos los hombres.

—No.

Morgana lo miró como si eso la entristeciera y la divirtiera al mismo tiempo.

—Eso es lo interesante.

Adrien apartó la espada de golpe.

—Dime dónde está Tomás.

—Mañana escucharás llorar algo bajo el pozo.

Adrien se quedó helado.

Morgana dio un paso atrás.

—Cuando eso ocurra, no preguntes quién lo puso allí.

Pregunta quién dejó de sacarlo.

—¡Morgana!

Ella alzó la vista hacia las ventanas cerradas.

—Dormid bien, Veyrfall.

La frase fue una burla cruel.

Luego miró a Adrien una última vez.

—Y tú, caballero, no confundas salvar con limpiar.

Hay cosas que sobreviven y siguen podridas.

La oscuridad se movió detrás de ella.

No fue humo.

No fue niebla.

Fue como si la noche la envolviera con dedos negros.

Los cuervos levantaron vuelo al mismo tiempo, descendiendo sobre la plaza en un remolino de alas, graznidos y sombras.

Adrien se cubrió el rostro con el brazo.

Sintió el roce de plumas, el golpe del viento, el olor a tierra mojada y flores blancas.

Cuando el remolino se dispersó, Morgana ya no estaba.

Solo quedaba en el barro una gota de sangre oscura.

La suya.

Adrien miró hacia el pozo.

El padre Elric se acercó lentamente, con el rostro desencajado.

—¿Qué os dijo?

Adrien no apartó la vista de la boca negra en el centro de la plaza.

—Que el pueblo no merece ser salvado.

Elric cerró los ojos.

—Y vos no le creísteis.

Adrien envainó la espada con un movimiento seco.

—No.

Desde alguna casa, alguien empezó a rezar en voz alta.

Otra persona lloraba.

Bastian seguía en su puerta, temblando como un hombre que acaba de ver regresar un crimen antiguo.

Adrien caminó hacia el pozo.

Miró hacia abajo.

No vio nada.

Solo oscuridad.

Pero desde muy hondo, o quizá desde el interior de su propia mente, creyó escuchar algo.

Un golpe pequeño.

Una piedra moviéndose.

Un suspiro.

Luego una voz infantil, débil como una vela a punto de apagarse.

—Tengo frío.

Adrien sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Detrás de él, el padre Elric dejó caer el libro sagrado al barro.

Y por primera vez desde su llegada a Veyrfall, ningún habitante se atrevió a decir que la bruja mentía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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