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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 El primer hechizo
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8: Capítulo 8: El primer hechizo 8: Capítulo 8: El primer hechizo Adrien no recordó haberse dormido.

Esa fue la primera señal de que algo andaba mal.

La última imagen que conservaba con claridad era la del pozo en la plaza, negro y abierto bajo la luna, mientras la voz de un niño subía desde sus profundidades como un hilo a punto de romperse.

Tengo frío.

Después hubo gritos.

No de terror inmediato, sino de ese espanto lento que se apodera de un pueblo cuando todos comprenden que aquello que habían evitado mirar acaba de hablarles desde el centro mismo de sus casas.

Bastian Rusk cayó de rodillas junto al pozo, pálido, temblando, con la boca abierta en una oración sin palabras.

El padre Elric se quedó inmóvil, mirando hacia el fondo como si, en lugar de oscuridad, hubiera visto una sentencia escrita por una mano divina.

Varias ventanas se cerraron de golpe.

Otras, en cambio, permanecieron abiertas, incapaces de apartarse del horror.

Adrien ordenó traer cuerdas.

Nadie se movió.

Tuvo que gritar.

Solo entonces dos hombres de la posada corrieron a buscar sogas, mientras otros aldeanos retrocedían murmurando que no debía bajarse al pozo de noche, que no debía responderse a las voces, que a veces el valle imitaba aquello que uno más deseaba encontrar.

Adrien no les creyó.

O no quiso creerles.

Ató una cuerda a su cintura, tomó un farol y estuvo a punto de descender cuando el padre Elric lo sujetó del brazo con una fuerza inesperada.

—No.

Adrien lo miró con furia.

—Hay un niño ahí abajo.

—Hay una voz ahí abajo.

—Es Tomás.

—No lo sabéis.

—¿Y si lo es?

Elric no respondió.

Esa ausencia de respuesta fue una cobardía tan limpia que Adrien casi lo golpeó.

Pero entonces la voz volvió a subir desde el fondo.

Más débil.

Más lejana.

—No… me dejen… Elna Merrow empezó a llorar desde la puerta de la posada.

Garron, su esposo, se santiguó una y otra vez hasta marcarse la frente con las uñas.

Bastian susurró algo que Adrien no alcanzó a entender.

Una mujer gritó que el pozo debía sellarse.

Otra respondió que ya lo habían sellado una vez.

Aquella frase quedó suspendida en el aire.

Ya lo habían sellado una vez.

Adrien giró hacia ella, pero la mujer desapareció dentro de su casa antes de que pudiera exigirle explicaciones.

Después todo se volvió confuso.

Recordaba haber bajado el primer tramo de cuerda pese a las advertencias.

Recordaba el olor del pozo: humedad, piedra antigua, barro podrido y algo más profundo, algo mineral y muerto.

Recordaba la luz del farol temblando contra paredes cubiertas de marcas.

Recordaba haber visto uñas rotas incrustadas entre las piedras.

Luego una risa.

No desde arriba.

No desde abajo.

Dentro del pozo mismo.

Una risa suave, femenina, casi cariñosa.

—Demasiado pronto, caballero.

Después, oscuridad.

Y ahora despertaba.

Adrien abrió los ojos de golpe.

Estaba en una cama.

No en el pozo.

No en la plaza.

No en el bosque.

En una habitación de la posada, tendido sobre sábanas ásperas, con la armadura retirada y una manta pesada cubriéndole el cuerpo hasta la cintura.

Durante unos segundos no se movió.

Escuchó.

La madera de la posada crujía con el viento.

En algún lugar cercano alguien lloraba en sueños.

Más lejos, un cuervo graznó sobre el tejado.

La luz era gris.

Amanecer.

Adrien intentó incorporarse y un dolor agudo le atravesó el pecho.

No fue como una herida de espada ni como el golpe seco de una maza.

Fue un ardor interno, preciso, circular, como si alguien hubiera apoyado un hierro frío contra su piel y lo hubiera hundido lentamente hasta tocarle el alma.

Se llevó una mano al pecho.

Estaba desnudo bajo la manta.

Tocó la zona sobre el corazón.

La piel ardía.

Adrien apartó la manta y bajó la vista.

Allí estaba.

Una marca negra.

No era grande al principio, pero parecía viva.

Se extendía justo en el centro del pecho, sobre el esternón, como una mancha de tinta bajo la piel.

Tenía la forma de un círculo imperfecto, atravesado por tres líneas finas que se entrelazaban alrededor de un ojo sin pupila.

El símbolo de Morgana.

El símbolo de las piedras.

El símbolo de Lysa Merrow.

Adrien dejó de respirar.

Durante un instante no hubo pensamientos.

Solo una reacción brutal, animal, de rechazo.

Pasó la palma sobre la marca, intentando borrarla.

El dolor lo hizo apretar los dientes.

No era pintura.

No era sangre seca.

Estaba dentro de él.

Debajo de la piel.

Como una raíz.

Se levantó con dificultad, ignorando el mareo.

La habitación giró apenas.

Apoyó una mano en la pared hasta recuperar equilibrio.

Su camisa estaba sobre una silla, doblada con una delicadeza que no recordaba haber tenido consigo mismo.

Junto a ella, su espada.

Su medallón de hierro estaba roto en dos piezas sobre la mesa.

Adrien miró el medallón.

La noche anterior, Morgana lo había tocado en el claro del bosque y lo había llamado un insulto.

Ahora estaba partido.

No doblado.

No rajado por golpe.

Partido limpiamente, como si una mano invisible hubiera separado el hierro con los dedos.

Adrien tomó las dos mitades.

Estaban frías.

Demasiado frías.

La puerta se abrió sin llamar.

Adrien tomó la espada en un movimiento instintivo, aunque el dolor del pecho lo hizo doblarse apenas.

El padre Elric entró con una bandeja de agua, vendas y una vela encendida.

Se detuvo al verlo de pie.

Sus ojos fueron primero a la espada.

Luego a la marca.

El rostro se le vació de color.

—Por la luz… Adrien bajó la punta de la espada, pero no la soltó.

—¿Qué ocurrió anoche?

Elric dejó la bandeja sobre la mesa con manos temblorosas.

—Os sacamos del pozo.

—¿Llegué al fondo?

—No.

—¿Qué pasó?

El sacerdote miró la marca otra vez.

—Descendisteis unos pocos metros.

Luego el farol se apagó.

La cuerda se tensó como si algo tirara de vos desde abajo.

Adrien sintió un escalofrío.

—¿Algo?

—No lo vimos.

—¿Escucharon algo?

Elric tragó saliva.

—Vuestra voz.

—¿Mi voz?

—Desde el fondo.

Adrien se quedó inmóvil.

El sacerdote apartó la mirada.

—Os oímos gritar desde abajo, pero al mismo tiempo… estabais colgando de la cuerda frente a nosotros.

Inconsciente.

El dolor del pecho pareció latir.

—¿Qué decía mi voz?

Elric tardó demasiado en responder.

—Pedía que cortáramos la cuerda.

Adrien apretó la empuñadura.

—¿Quién me sacó?

—Bastian.

Garron.

Dos hombres más.

Yo… yo recé.

—¿Y Tomás?

El sacerdote cerró los ojos.

—La voz dejó de escucharse.

Adrien sintió que una rabia fría se levantaba dentro de él.

—Porque me sacaron.

—Porque si no lo hacíamos, os perdíamos también.

—Un niño pudo haber estado abajo.

—O no.

—¡Pudo haber estado!

El grito le desgarró el pecho.

La marca ardió con tanta fuerza que Adrien perdió equilibrio y tuvo que apoyarse en la cama.

Elric dio un paso hacia él.

—No os mováis.

—No me digáis qué hacer.

—Esa marca… —Lo sé.

—No.

No lo sabéis.

Adrien levantó la vista.

El sacerdote parecía más asustado por la marca que por cualquier otra cosa vista hasta entonces.

Más que por Lysa.

Más que por la aparición de Morgana en la plaza.

Más incluso que por la voz del pozo.

—Entonces hablad —dijo Adrien—.

Por una vez, padre, hablad claro.

Elric se acercó lentamente, como si la marca pudiera escucharlo.

—Es un vínculo.

Adrien miró su pecho.

—¿Una maldición?

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Las maldiciones buscan dañar, consumir, transformar o matar.

Un vínculo… conecta.

La palabra cayó en la habitación como una gota de aceite en agua limpia.

Adrien sintió repulsión inmediata.

—¿Con ella?

Elric no respondió.

No hacía falta.

Adrien se apartó de la cama y tomó su camisa, pero al ponérsela la tela rozó la marca y el dolor le arrancó un jadeo.

Elric intentó ayudarlo.

Adrien lo rechazó con un gesto.

—¿Para qué?

—Vigilaros.

Encontraros.

Quizá influir en vos.

—¿Influir?

—Pensamientos.

Sueños.

Sensaciones.

Emociones.

No siempre de forma directa.

Adrien cerró los botones con dedos torpes.

—Arránquela.

Elric lo miró.

—No puedo.

—Use aceite.

Sal.

Oraciones.

Fuego si hace falta.

—No puedo.

Adrien avanzó hacia él con una furia peligrosa.

—Usted conoce sus marcas.

—Conozco algunas.

No esta.

No así.

—Lysa tiene el mismo símbolo.

—Lysa fue tocada para ser consumida.

Vos fuiste marcado para ser visto.

Adrien se quedó quieto.

Ser visto.

La idea fue peor que el dolor.

Sintió de pronto la habitación demasiado pequeña, la camisa demasiado fina, su propio cuerpo convertido en una puerta mal cerrada.

Miró hacia la ventana.

Había un cuervo posado al otro lado, sobre el borde del tejado.

Lo observaba.

Adrien cruzó la habitación y abrió la ventana con violencia.

El ave no se movió.

—¡Fuera!

El cuervo ladeó la cabeza.

Luego graznó.

El sonido fue breve, casi burlón.

Adrien levantó la mano para espantarlo, pero en ese instante la marca ardió.

No fue dolor solamente.

Fue una imagen.

El claro del bosque.

La casa de piedra oscura.

Morgana sentada junto a una ventana abierta, con una taza entre las manos, sonriendo como si acabara de escuchar algo divertido.

Adrien retrocedió.

La imagen desapareció.

El cuervo ya no estaba.

Elric lo miraba con horror.

—¿Qué viste?

Adrien respiraba con dificultad.

—A ella.

El sacerdote hizo la señal de la luz.

—Entonces ya empezó.

Adrien cerró la ventana despacio, esta vez no por calma, sino porque necesitaba demostrar que sus manos aún obedecían.

—¿Puede escucharme?

—Tal vez.

—¿Ver a través de mí?

—No lo sé.

—¿Tocar mi mente?

Elric bajó la vista.

—Si el vínculo crece.

Adrien soltó una risa seca, sin humor.

—Magnífico.

El sacerdote no dijo nada.

Adrien recogió su espada, la envainó y tomó las piezas del medallón roto.

—Me contará todo lo que sabe de estos vínculos.

—No aquí.

—Aquí y ahora.

—No.

Si ella puede oír a través de vos, cuanto más hablemos, más sabrá lo que sabemos.

Adrien sintió una oleada de impotencia.

Cada respuesta abría otra puerta hacia la oscuridad.

Cada intento de avanzar parecía conceder terreno a Morgana.

—Entonces ¿qué propone?

¿Callar otra vez?

Eso se les da muy bien en este pueblo.

Elric recibió el golpe sin defenderse.

—Propongo llevaros a la cripta de la iglesia.

Está bajo piedra consagrada.

Si aún queda un lugar donde su oído llegue con dificultad, es allí.

—¿Con dificultad?

—No dije que fuera seguro.

Adrien lo miró con frialdad.

—En Veyrfall, nadie parece conocer esa palabra.

El sacerdote sostuvo su mirada.

—Por eso seguimos vivos.

Adrien iba a responder cuando escuchó movimiento en el pasillo.

Pasos rápidos.

Luego un golpe en la puerta.

—¡Padre!

—gritó una voz joven—.

¡Padre Elric!

Elric abrió.

Era Noll, el posadero, sudoroso y pálido.

—Lysa despertó.

Adrien salió antes que el sacerdote.

Cruzaron el pasillo hasta la habitación de la joven.

La puerta estaba abierta.

Dentro, Elna sostenía a su hija contra el pecho mientras Garron permanecía de pie junto a la cama, con el rostro desencajado.

Lysa tenía los ojos abiertos, pero ya no parecían invadidos por otra voz.

Eran los mismos ojos jóvenes atrapados en un rostro viejo.

Al ver a Adrien, intentó incorporarse.

—No —dijo él, acercándose—.

No te muevas.

Lysa lo miró con una mezcla de miedo y lástima.

—Lo marcó.

El cuarto quedó en silencio.

Adrien sintió la camisa pegada al pecho.

—¿Cómo lo sabes?

La muchacha levantó una mano temblorosa y señaló su propio pecho.

—Porque cuando ella toca… deja una puerta.

Elna cerró los ojos y abrazó más a su hija.

Adrien se sentó junto a la cama.

—Lysa, necesito que me digas qué sientes cuando la marca despierta.

La joven tragó saliva.

Su garganta sonó seca, frágil.

—Frío primero.

Después… como si alguien caminara dentro de una casa vacía.

Adrien escuchó con atención.

—¿Puedes impedirle entrar?

Lysa sonrió con tristeza.

En su rostro envejecido, aquella expresión resultó insoportable.

—No tengo puertas fuertes.

Garron se llevó una mano a la boca.

Adrien inclinó la cabeza.

—Anoche hablaste con su voz.

Lysa empezó a llorar.

—Lo sé.

Elna le acarició el cabello blanco.

—No fue tu culpa.

—Sí lo fue —susurró Lysa.

Adrien la miró.

—No.

—Yo tomé las flores.

—Fuiste engañada.

—Quería que Ewan me amara aunque perdiera mi belleza.

La confesión cayó suave, rota, humana.

Nadie habló.

Lysa cerró los ojos.

—Él siempre decía que yo era hermosa.

Todos lo decían.

Pero mi madre envejeció temprano.

Mis tías también.

Yo tenía miedo.

Pensé… pensé que si alguien podía amarme vieja, entonces sería amor de verdad.

Elna comenzó a llorar en silencio.

—Y ella lo oyó —susurró Lysa—.

No sé cómo.

Yo no lo dije.

Solo lo pensé muchas veces.

Pero ella lo oyó.

Adrien sintió un frío profundo.

Morgana no solo cazaba cuerpos.

Cazaba deseos.

—¿Qué te ofreció?

—Me dijo que podía regalarme un amor que no dependiera de un rostro.

Me dijo que la belleza era una jaula donde otros nos encerraban para sentirse buenos.

Me dijo que podía romperla.

Lysa miró sus manos arrugadas.

—Y la rompió.

Adrien apretó la mandíbula.

—Eso no fue un regalo.

—No.

Pero por un momento le creí.

El silencio del cuarto fue pesado.

Luego Lysa levantó los ojos hacia Adrien.

—No crea en nada que ella le dé.

Adrien recordó la imagen de Morgana en la ventana, sonriendo a través del vínculo.

—No pienso hacerlo.

Lysa lo miró con una intensidad extraña.

—Eso también lo dije yo.

Nadie respondió.

El padre Elric se acercó al lecho.

—Lysa, ¿puedes recordar algo más de la casa?

La joven tembló.

—No quiero.

—Puede ayudar a encontrar a Tomás —dijo Adrien con suavidad.

Al oír el nombre, Lysa abrió los ojos de par en par.

—Él estaba allí.

Elna se cubrió la boca.

Adrien se inclinó hacia ella.

—¿Tomás?

Lysa asintió, llorando.

—No en la casa.

Debajo.

Había una puerta bajo el suelo.

Yo lo escuché llorar.

Ella le cantaba.

Adrien sintió que la marca del pecho latía una vez.

Como si algo, en algún lugar, hubiera prestado atención.

—¿Qué le cantaba?

Lysa movió los labios.

Al principio no salió sonido.

Luego cantó.

Muy bajo.

Con una melodía infantil y oscura.

—Duerme bajo tierra, niño de trigo… duerme sin nombre, duerme sin grito… El padre Elric retrocedió como si hubiera recibido un golpe.

Adrien giró hacia él.

—Usted conoce esa canción.

El sacerdote no pudo ocultarlo.

—No.

—No mienta.

—No aquí.

Adrien se puso de pie.

La marca ardió de nuevo, más fuerte.

De pronto, una voz apareció dentro de su oído.

No en la habitación.

No desde la ventana.

Dentro.

—Qué impaciente eres.

Adrien se quedó inmóvil.

El cuarto siguió igual.

Lysa lloraba.

Elna la abrazaba.

Elric lo miraba, asustado.

Nadie más parecía haber oído nada.

La voz de Morgana volvió, suave como un dedo sobre una herida.

—¿Duele?

Adrien cerró los ojos.

—Sal de mi cabeza.

El padre Elric palideció.

—¿La oye?

Adrien no respondió.

Morgana rió dentro de él.

—No estoy en tu cabeza.

No todavía.

Estoy en la puerta.

Adrien llevó una mano al pecho, apretando la marca bajo la camisa.

—Te arrancaré de mí.

—Muchos hombres prometen arrancarme cosas.

Lengua, piel, corazón.

La imaginación masculina es pobre, pero constante.

—Dijiste que Tomás vive.

—Dije “por ahora”.

—¿Dónde está?

—Pregúntale al pozo.

—Ya jugué ese juego.

—No.

Apenas miraste el tablero.

Adrien abrió los ojos.

Su respiración se había vuelto pesada.

Lysa lo miraba con terror.

—No le responda —susurró la joven—.

Cuando uno responde, ella encuentra mejor el camino.

Adrien apretó los dientes.

Pero la voz de Morgana se volvió más dulce.

—Escucha a la niña vieja.

Sabe lo que es desear algo y recibir exactamente lo pedido.

La rabia le subió a la garganta.

—No hables de ella.

Morgana suspiró.

—Ah, ahí está.

La necesidad de defender.

Tan luminosa.

Tan fácil de ensuciar.

Adrien salió de la habitación antes de perder el control delante de todos.

Bajó las escaleras con rapidez.

Cada paso hacía latir la marca.

Llegó a la sala común, cruzó hasta la puerta y salió a la plaza.

El aire frío le golpeó el rostro.

Veyrfall estaba despierto.

Como siempre.

La gente lo observaba desde las ventanas.

Algunos vieron su expresión y se escondieron.

Otros comprendieron algo al verlo apretar el pecho.

La marca ardió otra vez.

Morgana habló, ya no como un susurro, sino como una presencia pegada a su sombra.

—No deberías mostrar dolor frente a ellos.

Los pueblos huelen la debilidad.

Después la llaman presagio.

Adrien caminó hasta el pozo.

—¿Por qué me marcaste?

—Para mirarte.

—¿Por qué?

—Porque tú me miras como si todavía pudieras decidir qué soy.

—Eres una asesina.

—Sí.

La facilidad con que lo aceptó lo enfureció.

—Una cobarde.

Morgana rió.

—No sigas intentando provocarme para que te dé una batalla sencilla.

Me ofendes.

Adrien se detuvo junto al pozo.

Miró hacia abajo.

La oscuridad parecía más densa que antes.

Ya no podía distinguir las primeras piedras internas.

Solo un hueco profundo, sin fondo, lleno de silencio.

—¿Tomás está ahí?

—No.

Adrien se quedó quieto.

—Anoche dijiste… —Dije que escucharías algo bajo el pozo.

Y lo escuchaste.

—Era su voz.

—Tal vez.

—¿Dónde está?

—Bajo algo.

No necesariamente bajo eso.

Adrien cerró los ojos.

El juego de palabras era una tortura calculada.

—¿Qué quieres?

La respuesta tardó unos segundos.

Cuando llegó, la voz de Morgana había perdido parte de su burla.

—Quiero que dejes de creer que salvar Veyrfall es un acto puro.

—Salvar vidas siempre importa.

—Salvar vidas para que sigan escondiendo cadáveres no es pureza.

Es jardinería sobre una fosa.

Adrien abrió los ojos.

—Entonces dime la verdad completa.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si te la doy, la rechazarás por venir de mí.

Si la encuentras tú, tendrás que odiarla con tus propias manos.

El viento movió los muñecos del pozo.

Uno de ellos golpeó la piedra con un sonido seco, repetido.

Tac.

Tac.

Tac.

Adrien sintió de pronto una punzada en el pecho, distinta al dolor de la marca.

Era una sensación de calor.

No desagradable.

Eso lo alarmó más.

Vio otra imagen.

No la casa de Morgana.

Vio el pozo muchos años antes.

La plaza llena de gente.

Antorchas.

Un cántico.

Una niña de cabello negro forcejeando entre brazos adultos.

Luego la imagen se rompió.

Adrien jadeó y apoyó una mano en el borde del pozo.

—¿Qué fue eso?

Morgana no respondió.

—¿Qué me mostraste?

Silencio.

Por primera vez desde que despertó, el vínculo quedó mudo.

Adrien miró hacia las casas.

Bastian lo observaba desde una ventana.

Cuando sus miradas se encontraron, el anciano cerró la cortina.

Adrien entendió entonces que Morgana no solo lo había marcado para vigilarlo.

También para hacerle ver.

Fragmentos.

Recuerdos.

Verdades o mentiras, aún no podía saberlo.

Pero había algo en la imagen de la niña junto al pozo que no se sentía como ilusión.

No tenía la textura de las voces del bosque.

No buscaba seducirlo.

No le había ofrecido consuelo, culpa ni deseo.

Solo horror.

El padre Elric salió de la posada y se acercó lentamente.

—Sir Adrien.

—Vamos a la cripta —dijo el caballero sin mirarlo.

El sacerdote asintió.

—Antes de que anochezca.

Adrien apartó la mano del pozo.

—No.

Elric lo miró.

—¿No?

Adrien sostuvo su mirada.

—Antes de que alguien más decida callar.

Caminaron hacia la iglesia bajo la mirada del pueblo.

Cada ventana era un ojo.

Cada puerta cerrada, una confesión.

Adrien sentía la marca arder bajo la camisa, como si una brasa negra se hubiera instalado sobre su corazón.

Pero junto al dolor había otra cosa, más inquietante: una conciencia lejana, paciente, observándolo desde el otro extremo de un hilo invisible.

Morgana estaba allí.

No en la plaza.

No en el tejado.

No en el bosque.

En él.

Y aunque Adrien apretó los dientes, enderezó la espalda y siguió caminando como un caballero de la Orden del Alba, comprendió que algo había cambiado de forma irreversible.

Ya no investigaba a la bruja desde fuera.

Ella había abierto una puerta.

Y ahora, cada paso que diera hacia la verdad, Morgana lo daría con él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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