El camino Del último primordial - Capítulo 3
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3: Miradas que no se esconden 3: Miradas que no se esconden El primer pueblo apareció al amanecer.
No tenía murallas ni estandartes.
Solo casas de madera gastada, techos torcidos y el olor familiar de pan recién horneado mezclado con humo.
Para cualquiera habría sido un lugar olvidable.
Para Seraphyne, fue un campo minado.
Se detuvo antes de cruzar el camino principal.
—Hay gente —murmuró.
Aethernox observó el asentamiento con la misma indiferencia con la que observaba montañas o mares.
No percibía peligro.
No había amenazas reales.
Ninguna fuerza capaz de incomodarlo siquiera.
—Sí.
Seraphyne respiró hondo.
—Tal vez… debería cubrirme los ojos.
Él la miró.
—¿Por qué?
Ella apretó los labios.
—Siempre miran primero eso.
No hizo falta explicar qué.
Aethernox alzó la mano y, sin tocarla, el aire se distorsionó suavemente.
La presión alrededor de Seraphyne cambió, como si una capa invisible se asentara sobre ella.
Su aura seguía ahí, pero atenuada, contenida.
—Nadie te atacará —dijo—.
Pero si eso te hace sentir más segura… Seraphyne lo miró, sorprendida.
—Gracias.
Entraron al pueblo.
Las miradas llegaron de inmediato.
Curiosas.
Evaluadoras.
Algunas desconfiadas.
Otras francamente temerosas.
No por Aethernox —extrañamente— sino por ella.
Siempre era así.
Incluso cuando intentaba pasar desapercibida.
Un niño se escondió tras la falda de su madre al verla.
Un anciano murmuró una oración.
Una mujer hizo la señal de protección con los dedos.
Seraphyne bajó la cabeza.
Aethernox se detuvo.
—Míralos —dijo.
Ella dudó, pero obedeció.
—No son jueces —continuó—.
Son reflejos.
Miedo heredado.
Costumbre.
—Eso no lo hace menos doloroso —susurró ella.
No respondió.
Caminaron hasta una posada pequeña.
El letrero de madera crujía con el viento, y el lugar olía a sopa caliente y cansancio.
Aethernox empujó la puerta sin ceremonia.
El murmullo interior se apagó de golpe.
Varias miradas se clavaron en ellos.
El posadero, un hombre robusto con barba canosa, frunció el ceño.
—No aceptamos problemas —dijo de inmediato.
Aethernox lo observó con calma.
—Solo buscamos alimento y un lugar donde sentarnos.
El hombre tragó saliva.
Algo en la voz del extraño lo descolocó.
No era amenaza.
Era certeza.
—S-sírvanse —murmuró al final.
Se sentaron en una mesa al fondo.
Seraphyne se encogió un poco en su asiento.
—Lo siento —susurró—.
Siempre es así conmigo.
Aethernox la miró, genuinamente confundido.
—No has hecho nada.
—Eso nunca ha importado.
La comida llegó.
Pan, sopa simple, queso.
Seraphyne observó el plato con cierta cautela.
—¿No comes?
—preguntó.
—No lo necesito.
Ella sonrió débilmente.
—Entonces mira y aprende —dijo, llevándose una cucharada a la boca—.
Esto también es estar vivo.
Él la observó con atención quirúrgica.
Cada gesto.
Cada expresión mínima de satisfacción.
Algo extraño ocurrió entonces.
Una mujer del pueblo se levantó de su mesa y se acercó.
—Disculpa… —dijo, mirando a Seraphyne con incomodidad—.
¿Eres… una hechicera?
El silencio volvió a caer.
Seraphyne se tensó.
—No —respondió con cuidado—.
Solo… soy yo.
La mujer asintió lentamente.
—Mi hija también tiene… algo raro —admitió—.
La gente la evita.
Pensé que quizá… podrías decirme cómo vivir con eso.
Seraphyne parpadeó.
No burla.
No miedo.
Curiosidad sincera.
—Yo… —dudó—.
Aún estoy aprendiendo.
La mujer sonrió, aliviada.
—Entonces sigue aprendiendo.
Se alejó.
Seraphyne se quedó inmóvil unos segundos.
—Eso fue… diferente —murmuró.
Aethernox la observó.
—El mundo no es un solo juicio —dijo—.
Solo grita más fuerte cuando hiere.
Ella asintió, con un brillo nuevo en los ojos.
Fue entonces cuando la puerta de la posada se abrió de golpe.
Entró una joven de cabello plateado, túnica corta y un bastón cargado de símbolos.
Su mirada analizó el lugar con rapidez… y se detuvo en ellos.
—Interesante —murmuró.
Detrás de ella, un chico de mirada firme y espada al cinto cruzó los brazos.
—Te dije que ese aura no era normal —dijo—.
Y él… definitivamente no es humano.
Aethernox levantó la mirada.
Seraphyne sintió un escalofrío.
Sin saberlo aún… Acababan de encontrar a quienes cambiarían su viaje.
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