El camino Del último primordial - Capítulo 24
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24: El adiós que nadie pidió 24: El adiós que nadie pidió El amanecer llegó… pero nadie lo recibió.
La ciudad dormía como si nada hubiera ocurrido.
Sin ruinas.
Sin miedo.
Sin recuerdos.
Aethernox lo había hecho.
No con violencia.
No con arrogancia.
Con tristeza.
Lyra fue la primera en notarlo.
—Algo está mal… —murmuró, mirando a los habitantes—.
Nos miran como si fuéramos viajeros cualquiera.
Kaelis tocó la pared donde antes había estado la torre.
Nada.
Ni polvo.
Ni grietas.
Ni eco.
—Borraste todo —dijo, sin reproche—.
Incluso el miedo.
Seraphyne no habló.
Lo supo desde el primer segundo.
Lo sintió en el pecho.
Aethernox estaba… apagándose.
Se alejaron de la ciudad.
Hasta un claro donde el mundo aún respiraba sin nombres ni juicios.
Aethernox se detuvo.
—Aquí termina mi camino con ustedes.
Silencio absoluto.
Lyra fue la primera en explotar.
—¿Qué?
No.
Ni de broma.
Después de TODO esto no te vas a ir como si nada.
—No me voy como si nada —respondió con calma—.
Me voy porque esto ya no es seguro.
Seraphyne levantó la vista, con los ojos temblando.
—¿Para quién?
Aethernox la miró.
Y solo a ella.
—Para ti.
Eso fue peor que un golpe.
—Mientras yo esté cerca —continuó—, el mundo siempre te verá como una amenaza.
Aunque no lo recuerden… lo sentirán.
Kaelis frunció el ceño.
—¿Y borrando memorias lo arreglas?
—No —admitió Aethernox—.
Solo gano tiempo.
Lyra apretó los puños.
—Entonces quédate y aprende.
No huyas.
Él negó lentamente.
—No estoy huyendo.
Estoy dejando de interferir.
Seraphyne dio un paso al frente.
—¿Y yo?
¿También me vas a borrar de tu mundo?
Aethernox cerró los ojos.
—Nunca.
El aire cambió.
No fue una explosión.
Fue un susurro que atravesó la realidad.
Las historias se reescribieron solas.
En cada pueblo, en cada reino: Seraphyne dejó de ser “la calamidad”.
Pasó a ser una viajera más.
Una hechicera talentosa.
Una humana… con suerte.
Nadie la temería.
Nadie la perseguiría.
Nadie sabría lo que era en verdad.
Cuando terminó, Aethernox respiró hondo.
—Ya está.
Cayó de rodillas.
No por debilidad.
Por agotamiento.
Seraphyne se arrodilló frente a él.
—Mírame —susurró—.
Él obedeció.
—No me protegiste borrándolos —dijo ella—.
Me protegiste alejándote.
Aethernox sonrió con tristeza.
—Te enseñé a sentir.
Ahora… te toca vivir.
Ella lo abrazó.
No como un Primordial.
No como un salvador.
Como alguien que amó demasiado.
—No te olvides de mí —susurró.
—Jamás —respondió—.
Aunque el universo entero lo haga.
Aethernox se desvaneció entre capas de realidad.
No murió.
No fue sellado.
Simplemente… se fue.
Lyra rompió el silencio con voz quebrada.
—Odio cuando haces lo correcto.
Kaelis asintió.
—Esto va a tener consecuencias.
Seraphyne miró el cielo.
Ya no temblaba.
Ya no ardía.
—Volverá —dijo con certeza—.
Pero no porque el mundo lo necesite.
Sino porque él lo decida.
El mundo siguió girando.
Sin memoria.
Sin miedo.
Pero con una ausencia imposible de ignorar.
Y en algún lugar más allá de todo… Un Primordial aprendía cómo vivir con la decisión más humana de todas: dejar ir.
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