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El Circo entomológico delirante - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 La última risa del pierrot
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10: La última risa del pierrot 10: La última risa del pierrot Ambos fueron empujados por los oficiales, cuerpos forzados contra su voluntad, por los ostentosos pasillos, con cuadros cuidadosamente pintados en incontables puertas talladas en fina madera.

Estos no eran meros corredores; eran galerías de arte de extravagante depravación, finamente trabajados con maderas exóticas de tonos púrpura y ébano, que decoraban para la vista, absorbiendo la luz y el sonido.

—¡Esto es una vergüenza!

¡Están ofendiendo a mi familia y ensucian a la justicia con sus actos vulgares!

Expresaba con desagrado Marta, su voz aguda resonando con indignación de clase, mientras caminaban entre muebles lujosos como de estatuas de aspecto sospechoso que eran figuras retorcidas de madera oscura que parecían observarlos con ojos tallados, guardando secretos ancestrales.

—Señorita, debe calmarse.

Esto es ordenado por quienes están a cargo de la mayoría de las familias, no por mí.

Dijo Mauricio, el Teniente Segundo, hablando de forma respetuosa a Marta.

Su cortesía, fría y profesional, no parecía apaciguar la furia de la niña.

—Teniente Segundo, enfoque su disciplina con el recluso, no con los muebles.

Gruñó Zubin, el Primer Teniente, tratando a Marta como un equipaje delicado pero molesto.

El Segundo asintió, volviendo a su trabajo encomendado.

—¡Muévete, basura!

¡Camina con el paso que te ordeno!

Rugió Zubin, golpeando nuevamente a Silas en la nuca, ya sea si este avanzaba mucho o se demoraba un segundo en avanzar.

El castigo era aleatorio, metódico y humillante.

Tras un rato que pareció una eternidad bajo la opresión de las jerarquías, llegaron a una puerta doble, imponente y desprovista de adornos.

Esta no era como las demás.

La niña lo supo.

Tragó saliva, su máscara de superioridad se agrietó.

—Bueno, será mejor que toque…

o que rece.

Murmuró el Primer Teniente, Zubin, con una expresión de notoria inseguridad e incomodidad que no se esperaba de un verdugo del Juez.

Iban a abrir la puerta, pero antes, esta se abrió con una fuerza abrupta, haciendo que los oficiales sintieran la sangre fría y la humillación del susto.

Un olor intenso, una mezcla espesa de almizcle, especias exóticas y un sutil dejo a decadencia moral, golpeó a los cuatro.

—Teniente Segundo…

Entre usted primero… Ordenó el Primer Teniente, esforzándose en no tartamudear.

Esto causó un momento incómodo entre ambos oficiales que produjo la mirada del Teniente Segundo, el cual lo miró con desprecio gélido por su cobardía, y luego obedeció.

—…Que el fondo del mar me trague de una vez.

Silas quiso decir algo antes de entrar, pero desistió por un terrible presentimiento.

Debían avanzar al lujoso salón, un espacio gigantesco lleno de figuras sombrías pero adornado con un lujo notorio y una extravagancia excesiva, todo con la intención de sobresalir más que los invitados.

Lo cual en el pueblo, bastaba con traer una prenda sin parches.

—Cuánta elegancia la de estos muertos de hambre… Finalmente Silas abrió la boca, asombrado por la obscenidad del derroche, solo para recibir un golpe seco de Mauricio para que se comportara.

—¡¿Acaso debo estar aquí y no a la vez?!

¡¿Debo ser invisible mientras me golpean?!

Protestó el joven ante el actuar del oficial, quien se detuvo de darle otro golpe por algunas miradas cortantes que venían del interior de la sala.

—Más vale que actúes de forma callada y cortes condenada peste… Susurro el oficial, amenazante al joven mientras múltiples ojos se posaban en ellos pero no por incomodidad, sino por diversión y deleite.

—Compórtate, escoria.

O será lo último que harás aquí.

Además me aseguraré de que seas castrado.

Amenazó Mauricio, apuntándole con el dedo junto a una expresión de odio profundo, algo más intenso de lo normal, una animosidad personal.

—Debería darles vergüenza, Tenientes.

Comportamientos así son demasiado vulgares para los mínimos estándares sociales que se piden para tan siquiera estar presentes en mi hogar.

Esbozó Marta con una mirada fulminante, arreglándose la vestimenta con sumo cuidado, retomando su papel de princesa ultrajada.

—Pero… ¿De qué estás hablando?

No hemos hecho nada.

Susurró el primero tratando de justificar sus acciones en voz baja a la niña, sin saber si sus actos traen consecuencias.

El salón se mantenía en un denso ambiente de enemistad, una significativa altanería entre los acaudalados miembros que debían considerarse líderes de familias.

Se ignoraban por completo, una masa de oro y rencor que no prestaba atención al grupo que entraba.

—Tu y tus pretextos son una verdadera vergüenza para nuestra honorable y pulcra sociedad.

Refunfuñó una mujer alta de cabellos negros, que se iban intercalando con los cabellos blancos por su edad: la Matriarca Mencía.

Su voz era un metal frío y afilado.

—Matriarca Fernández, debería retractarse de su insolencia… Habló una figura alargada, el Juez Justo, con un aspecto anormalmente grotesco y sus rasgos envejecidos por el vicio.

—¡Justo, cállate!

Es absurda la pequeña escena que buscas hacer.

Sería mejor que le hicieras una escena a tu promiscua hija, quien tiene que recibir reprimendas de tan incompetente padre.

La mujer hizo hincapié con los movimientos de su copa de oro cuidadosamente decorada, contrastando con su piel blanca como la nieve.

—¡Bruja descarada!

¡Mencía, vulgar mujer!

¡Tuve que haber hecho el trato con Urraca en vez de contigo!

Bramó el anciano, su rostro contraído por la furia.

—¡Soy el Juez Mayor de todo este pueblo!

¡En mis manos está el orden y la justicia!

Rugió Justo con su voz profunda y seca, intentando imponerse, pero Mencía lo ignoró.

Este no era el único debate conflictivo, ya que un hombre estirado con otro calvo tenían debate de ciencias, otros de comercio y producción.

Ninguno con mayor interés que su propia vanidad.

—Sin duda, la familia Fernández está tan austera como siempre… la miseria disfrazada de sobriedad, resulta en algo escandaloso.

Comentó la voz de una mujer que cubría su rostro con un abanico de plumas exóticas.

—Digo, incluso la entretención es zonza.

No saben divertirse sin masacrar a alguien viendo tal despliegue torpe de habilidades.

Comentó la mujer, haciendo una sutil expresión de felicidad con sus rasgos orientales, su rostro tan maquillado que parecía una máscara de teatro.

Los espectáculos, dispersos por el salón, eran la prueba de la entretención que les rodeaba en cada rincón, desde actos suaves y eróticos hasta muestras de arte extravagante que revelaban la completa absorción de las vidas de los artistas en cada movimiento cuidadosamente trabajado.

—Sí, no quieren gastar nada usando esas cosas como sirvientes espectrales, pero al menos no son tan decepcionantes como los González.

A esa familia le debe quedar poco tiempo, ya que no han logrado establecerse de forma segura.

Comentó un hombre viejo que se llenaba la boca de bocadillos, un desprecio constante por la etiqueta que debía mantenerse firme a la situación social.

—Representante Balmaceda… ¿Acaso no pretendían hacer algo aquí?

Por mi parte, comentaré la situación a los representantes de mi clan.

Esto es una pérdida de tiempo costoso.

Habló la mujer del abanico, alzando su pipa alargada para arrojar una extensa bocanada de humo denso y dulce.

—Esto debía ser un evento de emergencia, sin embargo esto tiene más un aspecto de ser un carnaval del populacho.

Refunfuñó una mujer grande y gorda con cabellos dorados que caían como una cascada, cuyo cuerpo era de un color caramelo por la exposición al sol.

—Si fuera por nuestra parte, habríamos cazado algo digno para agradecer el encuentro sin aviso… un sacrificio ritual, no estas nimiedades.

Deteniéndose para engullir delicadamente un aperitivo de un solo bocado.

Silas miró a los uniformados con una expresión de incredulidad y asco.

En cambio, estos se mantenían firmes, con una sutil expresión de fatiga y hastío en sus rostros.

—¿Se puede saber qué percebes habla toda esa recua de costales de mariscos rancios?

¿Por qué hablan así?

Silas vio con incredulidad al resto.

Los oficiales se vieron irritados, pero la niña se mostró ofendida por el insulto a su clase.

—¡Abstenganse a sus nefastas falacias arrojadas a la amabilidad de mi familia!

¡¿Quiénes creen que son ustedes, muertos de hambre descarados?!

Explotó en furia Marta, ofuscada ante las palabras de los invitados que ofendían al status de su familia, como si estos lograrán dar un espectáculo de mejor calidad.

—¡Desvergonzados!

¡Apenas son conocidos vuestros inmundos linajes de ratas callejeras como de mendigos de barrios bajos!

¡A insultar a las prestigiosas familias mayores proviniendo de las familias secundarias pero por sobre todo porque no son nada en sus propias familias!

Alzó la voz la niña, arruinando el sofisticado ambiente, pero avivando el interés de todos del salón en lo ocurrido como moscas a huevos podridos al sol.

Su grito llamó la atención de los presentes, petrificado a los habladores por la tensión que se formaba a su alrededor.

—Pero qué acto más salvaje es el que… Pronunció la mujer rubia pero no logró esbozar ninguna otra palabra ya que la pequeña le cayó de golpe.

—¡A su vez!

Das vergüenza, Representante de los Ramírez.

Deberías defender a quien te ha mantenido durante tantas generaciones de absurdo gasto de recursos, no despotricar contra su generosidad al seguir considerando a tu linaje como una de las familias principales.

La niña señaló a la mujer rubia, que se sobresaltó, agitando sutilmente su cuerpo obeso.

—Nosotros, los Ramírez, somos una sacra casta de guerreros y cazadores formidables que han mantenido… Se trató de imponer la acusada, hablando con un fuerte vozarrón, solo para ser interrumpida por detrás.

—La jovencita de los Fernández tiene toda la razón.

Somos los González quienes han enviado millones de cabezas de ganado sin ver ni la más mínima muestra de resultados.

El Patriarca está fastidiado con toda vuestra palabrería vacía.

Habló pausadamente pero de manera profunda.

Este hombre lucía estirado, con un par de anteojos grandes y una vestimenta sencilla que, en ese lugar, era lo más llamativo.

—¡Jorge!

¡Cómo te atreves a tratar así a la familia Ramirez!

Esos niños tenían la obligación celestial de entregarse en nombre de la… La mujer perdió la compostura al ver que se había puesto como uno de los focos de atención en la reunión de emergencias.

—Debes ser clara al expresarte, representante de los Ramírez.

Además, nosotros somos representantes o patriarcas de cada familia, no niños.

Gruñó el hombre, acomodándose los anteojos como si hubiera terminado de hablar con la mujer de forma definitiva.

—La Santa Iglesia está de nuestro lado en la purificación… Un chasquido seco y autoritario hizo que todos guardaran silencio.

La escena se enfocó en Mencía, quien se imponía frente a la chimenea con un porte perfecto y una crueldad palpable.

—Es hora que todos cierren esas asquerosas fauces.

Incluso mi familiar inferior es más competente que los reconocidos líderes o representantes familiares que actúan peor que la basura que tiene este mundo.

Es nuestro deber corregir esta estupidez.

Sus palabras eran duras y frías, atravesando más allá de lo físico.

Pero sin duda Marta fue a quien más le afectaron, donde los propios oficiales y Silas vieron cómo reaccionaba de forma casi imperceptible.

—Soy tu aprendiz… debía ser tu aprendiz… no debería ser familiar… Las palabras de Mencía fueron una lanza con púas que se incrustó en el corazón de Marta.

La niña murmuró palabras inaudibles, su rostro blanco de humillación, solo para volver a su lugar con Silas y los oficiales para guardar silencio.

—El pueblo que fue fundado por las familias principales siempre ha debido sobrevivir durante eones a terribles tormentos que se repiten una y otra vez sin descanso.

Por eso les digo que esos tiempos deberán acabar cuando la putrefacción de afuera sea consumida por nuestro resguardo y poder.

Mencía alzó la copa, ofreciendo un momento para que los presentes asimilaran la amenaza.

—¿Qué clase de propuesta pretendes establecer, vieja bruja de mar que solo huele a pescado rancio?

Preguntó una voz con un sonsonete vulgar y atrevido.

Una figura alta, morena, de cabellos largos y negros como los de Silas.

La voz y la figura le provocaron al muchacho un asco extremo.

—Debo señalar que no deberías estar tan pedante, joven Hernández.

La confirmación de tu autoridad como Patriarca aún está en trámite por la familia Ruiz.

No querrás que se descubra algún detalle fuera de lo legal y debas ser puesto bajo custodia del Juez, ¿Cierto?

Habló elocuentemente Mencía, amenazante y sutilmente cruel.

El joven era Azai, el hermano de Silas.

Ignoraba a Mencía, manoseando a las dos trabajadoras del burdel que se aferraban a él.

Su aspecto era fornido y atrevido, con ropas que dejaban ver más de lo debido, no como un descaro para mostrar su autoridad, sino por su grosera forma de vida.

—¡Azai!

¡Eres un menudo idiota que piensa con ninguna de las dos cabezas!

¡Cabeza de pez luna, compórtate, eres quien nos representa, estúpido!

Las palabras de Silas fueron un golpe de furia y frustración para todos, pero por su parte a las familias les resultaba de lo más jocoso un momento como este.

Su hermano gruñó y respondió con improperios de Puerto que fueron respondidos con fuerza por Silas.

Su intercambio de volvió una entretención fulminante revelaba lados vergonzosos de su promiscuo hermano, pero que eran un espectáculo vulgar pero suculento para todos los representantes de cada familia.

Salvo por dos figuras que era el Juez Justo, quien rechinaba los dientes al ver vivo a Silas, quien había logrado huir de las torres de piedra.

—Mencía, deberías haberme dejado encargarme de ese estorbo… ¡Está vivo, maldita sea!

Justo susurró furioso, amenazante, a Mencía.

La Matriarca, por el contrario, veía con satisfacción fría al muchacho.

—Veo con gracia lo que encontró de bueno tu hija en ese tipo de hombre… tiene más fuerza que la que tuvo mi pariente Solomon… lástima que ninguno estuviera dentro de mis planes… Mencía respondió en voz baja, viendo cómo se llevaban a Silas fuera de la habitación en lo que otro oficial sujetaba a Azai, quien también perdía a sus compañeras de juego.

—Supongo que este territorio resulta más interesante de lo esperado… Comentó la mujer del abanico, cubriendo a duras penas su gran sonrisa.

—He visto riñas más interesantes en un consultorio experimental en los suburbios bajos de la capital.

Señaló el representante de los Balmaceda, en lo que se rascaba la nuca.

—Estoy impresionado, mocoso.

De verdad tienes pelotas para enfrentar a tu propio hermano y a esa gentuza.

En voz baja dijo Zubin, el Primer Teniente, agotado más por la atención de las personas de la habitación que por llevar a Silas.

—Ya es suficiente.

Retiren a ese jirón de aquí y arroje lo al lugar donde pertenece.

Pronunció el juez, tratando de contener su desprecio al muchacho que no había dejado seguir a Mencía con su discurso y propuesta.

—Calma justo.

Esto aliviará un poco las tensiones antes de la dura verdad.

Quieren o no, deberán aceptar ya que sino lo hacen terminarán como los Díaz.

Comentó la matriarca mientras se comenzaba a cerrar la puerta con los últimos gritos.

—Bastardo, como se te ocurre… ¡Celestial!

Eso fue horrible.

Menos mal que estaba el otro oficial segundo para contener a ese zángano de los Hernández.

Vociferó el Segundo Oficial, secándose la frente.

Ambos ya estaban fuera de tal agobiante lugar.

—¡Zángano?!

¡¿Dijiste zángano?!

¡Es el cabrón de Azai quien está representando a mi familia!

¡No es ni siquiera un marinero de agua dulce, apenas se puede comparar con un pepino de mar, ya que ofendes a los pepinos de mar, que son útiles!

El muchacho no se contenía, maldiciendo y despotricando por la presencia de su hermano en esa sala.

La humillación era personal y profunda.

—Creo que es verdad.

Comprendo lo que dices.

De toda la basura de los Hernández, él es muy desagradable… Afirmó Mauricio las palabras de Silas, aunque le resultaba desagradable decirlo.

—Bueno, sé que nos odiamos profundamente, dónde te deseo terrible augurios en la vida como todo tu linaje y desearía que murieras de forma lenta, pero hay cosas más importantes que la enemistad familiar.

Se acercó Zubin, el Primer Teniente, como si fuera alguien comprensivo.

—Tengo ganas de desquitarme más con el engendro de tu hermano que con tu persona.

Supongo.

Pero debo acatar órdenes.

Pero a continuación, usó su garrote eléctrico para neutralizar a Silas.

El impacto seco y electrificado paralizó al joven, y Mauricio se unió para tratar de noquear al joven que lentamente se iba desvaneciendo.

—Lo siento, muchacho.

Fin del juego.

Tu hermano ganó la pelea de poder por ahora.

Eres lo último que quedaba… Se escuchó la voz de Zubin, una disculpa sincera en un mundo falso, cruel y sádico.

Pero cuando acaban contigo, ¿Sirve de algo disculparse?

La última conciencia de Silas fue la risa cruel y distante de la Matriarca que lo había usado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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