El Circo entomológico delirante - Capítulo 9
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9: carrusel de mentiras 9: carrusel de mentiras Tras un rato de carrera frenética, los pies de Silas comenzaban a doler con un dolor punzante y sordo, una molestia física que, irónicamente, lo anclaba a la realidad.
El hedor de la contaminación, la putrefacción constante de las alcantarillas abiertas y el acre olor a muerto era ya tan conocido que se había convertido en el perfume de su existencia.
El muchacho, disimuladamente, miró a su alrededor, viendo la mugre, la ruina y el deterioro que le rodeaba, donde los ojos de los habitantes, angustiados y llenos de resentimiento, le miraban con envidia y desprecio.
Ya estaba “seguro”, en la relativa seguridad de los barrios bajos que conocía.
Pero una risita aguda y cristalina le trajo la atención de vuelta a su compañera.
—Qué divertido fue todo.
Lástima que se pudiera hacer una sola vez con tanto efecto.
Murmuró la niña, sus palabras cargadas de una satisfacción fría, sin explicar nada.
—¡Mocosa!
¡¿Se puede saber por qué hiciste explotar a esos pobres diablos condenados?!
¡Estuviste a punto de matarnos a los dos, bruja!
Gruñó Silas, mirando a la niña que ocultaba su cara entre las manos.
Entre sus dedos, un brillo suave y siniestro surgía, como un regalo maldito del cielo.
—Cada acción tiene su resultado, por eso uno debe ser metódico y calculado al momento de actuar.
La distracción debía ser tan grande que paralizara a todos.
Dijo la niña, frotando su mejilla contra el objeto que tenía entre las manos.
El gesto era de cariño posesivo, y al mismo tiempo, el contacto le dejaba algo de suciedad, una mancha pálida de la sangre de su antiguo portador.
—¡Estuvimos a nada de que nos metieran una pica por el trasero por tu estupidez teatral!
¡Explica tus motivos, víbora!
Reclamó Silas, pero la niña seguía sin responder a las razones de su acción.
—Todo recae en la habilidad de solucionar los entuertos que nos coloca el destino.
También fuiste muy buen perro al generar esas distracciones teológicas para salir más rápido.
La niña, por algún motivo retorcido, dio lo que parecía a grandes rasgos un cumplido helado, que a su vez, insultaba la esencia misma de Silas.
—Pero debes ser más consciente.
¡¿Acaso no eres alguien que viene de una familia que trabaja con maquinaciones y tonterías sobrenaturales?!
¡Deberías tener más cerebro!
La forma brusca y despectiva de tratar a la niña, ignorando su pretendida superioridad, provocó que esta riera fuerte, un sonido poco natural.
Al reír, reveló por un momento el objeto: un grueso collar de oro mate y gemas oscuras, que colgaba parcialmente entre sus dedos.
—¡Eres tan adorable en tu ignorancia!
¡De verdad eres un muy buen sirviente, Silas!
Dijo la niña con voz melosa, una crueldad envuelta en azúcar.
Alzó la cabeza con una gran sonrisa llena de una alegría linda pero sádica.
—¡¿Qué pretendes decir con eso… tú, Marta?!
Dudó Silas un momento.
Un frío presentimiento y una mala sensación se instalaron en su boca.
—Tan ingenuo y adorable.
Me pregunto si la Matriarca me permitirá tenerte de mascota, un sirviente con tu resistencia…
luego de enterarse de la trágica muerte de la estúpida de Urraca.
La niña estaba visiblemente emocionada.
Se alejó dando saltos de felicidad infantil y macabra.
—Aguarda un momento… ¿Muerte?
¿Urraca?
Habló Silas, extrañado, moviéndose rápidamente detrás de la niña para obtener una respuesta clara.
—¡Espera!
¿Acaso no era un familiar?
Digo, da igual quién sea, pero es parte de tu sangre, de la misma estirpe.
¿No hay respeto por el linaje?
Silas le llamó, tratando de desbaratar la confusa escena.
Su intento de moralidad tribal enojó genuinamente a Marta.
—No me vengas con eso, descerebrado Hernández.
¡¿Hasta cuándo pensarás que el mundo es blanco y negro?!
¡El linaje solo sirve para heredar fortunas, no para llorar!
La niña habló de forma cruel al joven, quien veía que la actitud fría y calculadora de la sangre de los Fernández estaba muy marcada en cada uno de ellos.
—No me vengas con esas reflexiones de idiota pretenciosa.
Sé cómo es el mar: un momento ordenas a tus bucaneros asaltar el puerto, solo para que sean capturados por el Juez, para que luego escapen y terminen siendo perseguidos por todo el mundo cuando se te acusa por la muerte de tu padre.
¡La moralidad es una mierda!
Respondió violentamente Silas, señalando a la niña.
Estaba agotado de fingir.
—Ignorante de baja alcurnia e impertinente.
Si te hubieras dado cuenta y me hubieras escuchado desde el principio, no te habrías visto tan estúpido al terminar ayudándome sin tener que mentirte con tanta facilidad.
Habló la niña, exaltada, con una mirada cortante como el filo de una botella partida.
—¿Y qué?
¿Acaso debía… Silas iba a señalar los defectos de la niña, la traición implícita en ese collar, pero fue silenciado abruptamente por la intensidad de su compañera.
—¡Ridículo!
¡Desde luego que sí, tonto!
Somos de distinta familia, somos personas en este pueblo de tiburones.
La ayuda o cualquier intento de actuar bien son… ¡Son peligros!
La pequeña parecía ser la mayor, regalando la verdad cruel a Silas como si ambos estuvieran en el papel opuesto.
—Debilidades.
Esa es la palabra que te da vergüenza decir.
Dijo el muchacho con una expresión amarga en el rostro, avanzando hacia una retorcida casona de múltiples pisos que se imponía en la calle.
Era una masa de arquitectura pesada y ostentosa, que parecía dar un saludo sombrío a los cientos de barcos repletos que llegaban al puerto.
—¡Zángano!
¡Te estoy hablando!
Gruñó Marta, tratando de alcanzar a Silas, quien se dirigía a la gran puerta finamente trabajada.
Era una madera oscura, sin nudo alguno, únicamente trazados perfectos de sus vetas naturales que revelaban una riqueza obscena.
—¡Todo el mundo se mata aquí!
¿Crees que serás un santo por no querer liquidarme en el momento?
¡No hay lugar para los buenos!
Se manifestó Marta, molesta ante la falta de comprensión del joven por las normas sociales de la depravación.
—Debes darte cuenta que aquel que no te ha querido eliminar, lo hará sin pensarlo tiempo después.
Es mejor hacerlo mientras aún estás entero.
¿Acaso pensabas huir del pueblo?
¿Ser libre de esta vida?
¡No hay escapatoria, no hay libertad!
Cada pueblo, ciudad, trozo de tierra y en alta mar… ¡Incluso el cielo te esperará la misma situación de traición y muerte!
Silas se detuvo ante la insistencia de la niña, apoyándose pesadamente en la puerta.
La niña, ajena a su conflicto, subía los escalones pulcros.
—Me libré de incontables cosas cuando era joven, ahora que soy adulto me arrepiento de no haber pensado en mi futuro… Suspiró, un lamento sobreactuado y cargado de existencialismo amargo.
Luego, el joven se volteó para ver a la niña con una media sonrisa.
—Pero tú tienes unos años más que yo.
No entiendo la profundidad de tu melodrama.
¿No es así?
Marta dijo, confundida, sin entender la sátira fatalista del muchacho.
—Verás, yo a lo largo de mi extensa vida de veintitantos años he vivido incontables sucesos y luchado… Pero pensé que lograría ser un aventurero, alguien de importancia que saliera a descubrir el mundo… y no solo un sirviente de la escoria.
Comentó Silas con una expresión de tristeza profunda, reflexionando sobre su vida de un millar de luchas sin propósito.
—No sé de qué hablas.
¿Consumiste algo mientras no me daba cuenta?
¡¿Esos idiotas fanáticos te metieron algún brebaje?!
Reclamó la niña, su mente pragmática incapaz de procesar la divagación de Silas sobre la vida.
—…Como en efecto, todo recae en la inmortalidad del cangrejo, Marta.
Uno a la deriva del mar debe ser consecuente en sus actos, ya que cada uno de estos te llevarán a tierra firme o te mantendrán en la libertad engañosa del mar.
Silas seguía dando una forma de percepción de la vida que Marta no lograba comprender.
—No entiendo ninguna ridícula palabra que dices, cállate, mendigo analfabeta.
La pequeña estaba más interesada y preocupada en cómo lo tomaría la Matriarca, o más bien, la hija de Urraca, quien ya de por sí, por ser una aprendiz más destacable, le tenía un resentimiento venenoso.
—Puedes callarte, repulsivo analfabeta, no me dejas pensar en una solución a esto… La niña señaló, hastiada por las palabras de Silas, frotándose la sien hasta que se dio cuenta: Silas tenía una herida abierta en la espalda, de su impacto contra la roca.
A pesar de eso, él parecía resistir las terribles cosas que ocurrían.
Si la Matriarca buscaba el collar que dejó la anterior Matriarca a su primera hija, ella necesitaba una coartada.
—Creo que es momento de que entren, jóvenes.
Comentó una voz a su espalda, la que provenía de una figura alta y recta, enfundada en un uniforme pulcro que imponía una autoridad fría y calculada.
—…Debe ser por eso que cuando uno se sumerge debe considerar… Me lleva el caleuche y el Juez en persona… Silas acabó abruptamente su monólogo para molestar a la mocosa.
—Hola.
Te saludo, joven de la camarilla del Gran Cañón (una referencia sutil a su grupo), y debo agradecer la presencia de la jovencita que había desaparecido y que tanto el burdel había estado tan alborotado.
Dijo el hombre de forma elegante y tranquila, con una mirada que atravesaba la carne hasta los huesos de Silas.
Fue este desliz, este instante de distracción forzada, que la niña aprovechó: metió su mano en uno de los cortes de su espalda para ocultar su preciado collar, aprovechando el dolor superficial de Silas como escondite.
—Hola… Mauricio.
Es lindo ver una cara conocida… Comentó Silas, desganado, su voz era un murmullo derrotado.
Esto hizo que la expresión de Mauricio cambiara seriamente.
—Soy el Teniente Segundo Escalante para ti, inmundo ciudadano de… ¡Atención!
Mauricio habló firme, en un tono militar gélido.
Su voz hizo que la puerta, esa obra de arte de madera, se abriera por sí misma, liberando un aire fresco y limpio que olía a incienso y cera pulida, aliviando todo malestar sensorial de la calle.
—Cállate, Mauricio, no tenemos tiempo para tu discurso sobre lo correcto y las jerarquías estúpidas.
Comentó otro hombre, cuya voz profunda y autoritaria empeoró la expresión de Silas.
—Es mi día, ¿Cierto?
El día de la humillación completa.
Murmuró Silas al ver al Teniente Primero Zubin, la mano derecha y verdugo personal del Juez.
Zubin lo sujetó y empujó al interior, haciendo que se viera el enorme vestíbulo que resguardaban las imponentes puertas.
—Disculpe, Teniente Primero… El Segundo Escalante hizo un gesto de saludo militar rígido al verlo.
—No me interesa.
Entra de una vez.
En cuanto a ti, mocosa insolente, no me importa si te vuelves a perder, pero será mejor que entres.
Dijo Zubin, permitiendo dejar que los dos entraran, viendo a los sirvientes espectrales de la señora que se movían de un lado a otro.
Estos eran fantasmas visibles a la vista de todos, la servidumbre muerta que mantenía la casa.
—Veo que la Matriarca Fernández sigue tan humilde como siempre… usando la mano de obra sin pagar, incluso después de la muerte.
Comentó el Teniente Segundo Escalante, con un deje de burla.
Silas se recuperaba de otra de las tantas caídas, golpes y empujones que había sufrido.
Silas logró ver su reflejo en el pulcro suelo marmolado, que brillaba bajo lámparas de araña obscenamente grandes.
Al alzar la vista, vio, asombrado, sintiendo que en ese lugar debía estar toda la riqueza, el secreto y la podredumbre del pueblo.
Las paredes estaban recubiertas de maderas extrañas y exóticas, y el papel mural, recubierto de dorado, reflejaba la luz en forma decadente.
—¿Me puedes decir qué rayos es toda esta obscenidad dorada?
¿Es este el puto paraíso de los ricos?
Comentó Silas, pero solo recibió una patada bien colocada por parte de Zubin que lo hizo deslizarse sobre el suelo pulido, para posteriormente ser levantado por el Segundo Teniente, Escalante, afirmado por sus grandes y frías manos.
—¿Por qué fue…?
¿Acaso hice una pregunta impía?
Un puñetazo del Primer Teniente golpeó a Silas en el estómago.
—Claro, no preguntaré.
El silencio es la mejor respuesta.
Pero tras decir eso, recibió otros dos golpes, ahora en su rostro, un ritmo metódico de castigo.
—…Entendido.
El adoctrinamiento se ha completado.
El joven se mantuvo en silencio.
El Segundo Teniente sonrió.
—Tenía toda la razón.
Este método de adoctrinamiento pasivo da mucho resultado y ahorra tinta.
Ante las palabras de Mauricio Escalante, Silas estuvo a punto de decir algo sarcástico, pero prefirió no decir nada por el momento.
La supervivencia era prioritaria.
—Bien, así que gracias por rescatarme y traerme de regreso a este humilde hogar.
Intervino la niña, la cortesía envuelta en veneno, haciendo un gesto de agradecimiento exagerado.
—Ahora, si me disculpan, pobres lacayos de los Gutiérrez, iré a preparar mi baño personal para un agradable baño de limpieza.
Debo quitarme la mugre de la calle y del contacto con esa gentuza.
Añadió la niña, cambiando su expresión a una de superioridad helada, y caminando hacia la escalera imperial que dominaba el lujoso vestíbulo.
—Lo lamento, pero los Patriarcas quieren verlos.
A ambos.
Dijo el Primer Teniente, Zubin.
Su voz dio un escalofrío de terror puro a ambos, que sentían una soga invisible alrededor de sus cuellos.
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