El Circo entomológico delirante - Capítulo 11
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11: baile de bufones 11: baile de bufones El olor fue lo primero que se formó para dar origen al entorno.
La complexión del hedor era una potente y nauseabunda mezcla de sulfuro, amoniaco, sudor rancio y descomposición orgánica, encerrado en un ambiente hostigante y sofocante.
Silas sintió cómo se movía, el cuerpo actuando de forma errática sin su consentimiento.
Estaba siendo manipulado como una marioneta.
—¡Damas y caballeros!
¡Niños y niñas!
¡Suculentos espectadores de todas las edades!
Del bullicio caótico, una imponente como áspera voz resonaba, amplificada por el sulfuroso aire, una manifestación de la emoción misma, distorsionada y maníaca.
Silas abrió los ojos.
Vio que estaba amarrado a unas extrañas cuerdas gruesas que se alzaban hacia la oscuridad del techo, como si fuera carne colgada.
Unos reflectores crudos y amarillentos lo enfocaban, obligándolo a enfrentar la risa jocosa, enferma y burlona de un público invisible que se divertía con él.
El Maestre de Ceremonias se giró y le vio a los ojos, una criatura baja y tensa.
Incluso cuando este no tenía ojos visibles, Silas pudo sentir que le observaba, una penetración psíquica y cruel.
—¡Miren nada más!
¡Démosle un fuerte aplauso a uno de los bailarines dormilones!
¡Qué manera de despertar!
Este fingió estar contento con el despertar de Silas, pero debajo, una segunda voz, gutural y baja, resonaba en un murmullo que maldecía con frustración que estuviera vivo y despertara en medio del espectáculo.
—Me siento como un coral recién arrancado del fondo… El joven vio que estaba vestido con unos trapos coloridos, remendados y remachados, que terminaban en piezas metálicas que sonaban alegremente con cada movimiento forzado.
Una grotesca imitación de un disfraz de bufón de la corte.
—¿Qué es lo que pasa aquí?
¿Quiénes son ustedes?
¡¿Dónde está mi ropa?!
Dijo Silas con espanto mientras la danza seguía pese a sus intentos de actuar, pero se dio cuenta tarde que su voz sonaba extrañamente plana.
—Bueno, eres más hablador de lo que esperaba, pero sin duda no gritas como los otros.
¡Qué decepción!
Comentó el bajo hombre, el Maestre, ampliando su sonrisa en el rostro.
Su piel grisácea parecía capaz de estirarse sin límites sobre un cráneo deforme.
El muchacho vio a su lado.
No era el único en esa situación, ya que cuerpos inánimes, sin vida aparente, danzaban en un baile macabro con música que intentaba reflejar una juerga cómica.
La coreografía era grotescamente perfecta, ejecutada por cadáveres.
—Carajo, está vivo uno de los nuevos… ¡La mosca no acertó!
Gruñó una voz aguda a su espalda.
Este era un hombre que vestía una ropa brillante como estrafalaria, pero su máscara vendada salpicaba materia y gusanos.
—¿Cómo pretendes que acierten?
Si están completamente perdidos.
Expresó una voz desde arriba, está provocaba que la cuerda vibrará al hablar.
— Eres un…¿Mariposa?
Dijo Silas, confundido por el apodo, lo cual evocó risas ásperas a su alrededor, pero no del público.
Eran risas internas, privadas, de los artistas del circo.
—Mariposa, mira dónde estás… te has dejado ver!
Gruñó el Maestre de Ceremonia como si esto no estuviera incluido en el guión.
De la nada, varias figuras cayeron desde altas alturas, dando un sonido húmedo y espantoso al impactar.
Esto trajo risas enfermizas y arruinadas.
—¡Perdiste tu apuesta!
¡Perdiste tu apuesta!
Gritaban las Pulgas, hombres de cabellos blancos, bajos y frenéticos, burlándose de la Mariposa.
Recogían a los trapecistas caídos como si fueran solo muñecos que se cayeron de un estante y seguían con la función dando brincos y piruetas .
—¡Cállense, grupo de imbéciles, Pulgas!
¡Hagan sus piruetas o los arrojaré a las garrapatas hembras!
Gruñó el hombre tras la máscara, la Mariposa, resbalando pero acomodando sus pasos para ocultar el desliz, que apenas logró ocultar del público que pareció aceptar el sutil cambio de rutina.
—Mariposa, eres desagradable, concéntrate… ¡El público lo nota!
Gruñó una voz áspera, vestida igual que el otro hombre, solo que no expedía tanto hedor a descomposición como su compañero.
—Me estoy pudriendo vivo, no es tan fácil cuando ya eres viejo y mi carne se deshace.
Esbozó enojado, dando una pirueta perfecta para aterrizar en los brazos de su compañero.
—Bienvenido al circo.
Aunque sí conocías que éramos Mariposas, supongo que estuviste aquí antes o eras… ¿Qué ocurre…?
Creo que tu alma se ha ido… Comentó la mariposa con ánimo sin perder el ritmo, aunque el ánimo se desvaneció al ver que el muchacho se perdía.
—Si haces eso, procura que no sea siempre que hacemos nuestra bienvenida… Protesto una de las mariposas, perdiéndose la discusión de estos con la mente de Silas disolviéndose en oscuridad.
—No hay forma de saber que los enlaces neuronales resistan la señal, pero podemos dar por hecho que será imposible dañar a los… con algún objeto disponible… Resonó la voz de la doctora en su cabeza, está era como un taladro viejo que se clavaba en su mente.
—…No, trata de nivelar los … no pueden… ¡Aún… puedo ser útil!
¡No…!
Las palabras metálicas estaban disueltas en su mente mientras Silas trataba de comprender si estos eran recuerdos de alguien más o si era producto de su mente colapsada.
De pronto el dolor de cabeza surgió, como si nombrará estabilidad a su existencia, pero tras este aparecieron dolores que superaron el del golpe en la cabeza, ya que sentía como tú cuerpo se estuviera pudriendo y disolviendo por alguna razón.
—Fabuloso, está muerto… ¿Por qué debo inspeccionar a los nuevos?
Interesante… Comentó una voz chillona de mujer que hablaba sola sobre el aspecto del cuerpo de Silas hasta que vio un tatuaje de un cañón en su brazo.
A su alrededor había unas cuantas conversaciones frías.
—Oye, infeliz.
Aléjate antes de que mi Juez te corte esa mano… Gruñó una voz melodiosa, pero de aire severo y cruel.
De sobresalto, Silas despertó gritando.
Al alzarse con fuerza, estaba desatado de las amarras.
En su impulso, dio un fuerte cabezazo que hizo crujir la cabeza de quien tuviera al frente, arrojando de nuevo a Silas al suelo, pero sin que este se desmayara, solo gritando de dolor.
—¿Ves, Verónica?
Te dije que la Mosca recibiría su merecido por estar metiendo sus manos donde no debía.
No puede controlar sus impulsos.
Habló la mujer chillona, con cabellos cortos y nariz respingada.
—Las dos son pesadas, pero es cierto que es fabuloso.
Al menos tendremos comida fresca sin esperar la hora del caldero.
Dijo la Mariposa, siguiendo al grupo con porte extravagante.
Lo siguiente que hizo fue que levantó el brazo de la Mosca que estaba tirada y abrió su boca despellejada para darle un buen mordisco.
Al hacerlo, provocó que varios de sus propios dientes cayeran de su boca.
—Odio que pase eso, mejor los guardo… aún me sirven.
Dijo la Mariposa para consolarse, ya que solo debía incrustarlos o atornillarlos dentro de un rato frente a su tocador.
—Yo te los coloco, Mariposa.
¡Arriba!
Dijo Verónica, doblegando a la Mariposa fácilmente, ya que este hombre se estaba pudriendo en vida.
—Valeria, levanta al nuevo y llévalo donde los payasos, el acto está por comenzar.
Gruñó Verónica, levantando al hombre.
Jaló la cabeza de la Mariposa, quien se quejó, imposibilitada para decir algo.
Verónica le colocó el diente en su lugar, provocando un terrible alarido de agonía mecánica.
—Creo que ese no iba ahí… los incisivos se ubican… Trató de explicar Valeria algo, pero solo la mirada asesina de Verónica fue suficiente para que se callara.
A la mujer no le gustaba que la corrigieran, por lo que para desahogarse, se aseguraría de colocar todos los dientes en su lugar, con dolor.
—Bien… Vamos a hacer cosas nuevas.
Debo llevarte a los vestidores y ver qué haces.
Dijo brevemente a Silas con una expresión que trataba de parecer simpática pese al cansancio.
—¿Qué es lo qué quieres que haga en donde?
El muchacho no comprendía lo que decía la mujer mientras los alaridos del hombre se hacían intensos con gorgoteos húmedos y espesos.
—Cuando llegan al circo lo importante es saber qué clase de insectos eres.
Ya que si bien, todos trabajan como un grupo que tiene como objetivo entretener, hay prácticas totalmente distintas entre los miembros de cada segmento propio de los grupos.
Ya sabes, Mariposa baila, la Pulga hace acrobacias, la Araña trepa y hace actos con cuerdas, la mosca… mosquea.
Valeria explicó de forma larga con su desafinada voz, luego de bromear sobre las moscas tomó a Silas, quien trataba de pararse.
Ambos se apresuraron a marcharse, guiados por la mujer chillona.
—Eres tonto, debes tener cuidado cuando pretendas ser quien se meta en problemas.
No debo estar cerca.
Antes tenía un bello cabello voluminoso, pero desde que una Araña trató de llevarme, lo tengo así.
Digo, si me sujetaba la mano, entonces me la habría cortado, pero ya sabes… La mujer era desagradable y su voz estridente.
Silas parecía tener dolor de cabeza con su monólogo eterno.
Pero un grito de furia resonó desde delante de las tenues luces.
—¡Qué mierda es eso!
¡Los especímenes nuevos no pueden estar vagando por donde sea!
¡Contenido!
Se escuchó, formándose una figura que parecía la de una Mosca vestida con ropa de guardia o un cadáver vendado que tenía el cabello similar a una mosca y la piel rugosa como pulposa.
Sin embargo, por lo contrario está era una guardia llamada Andrea.
—¡Lo mismo diré yo!
¡¿Qué bacalaos es eso?!
¡¿Qué le pasó a esa Mosca?!
Vociferó Silas, asqueado al ver cada vez más de cerca los restos andantes de una mujer joven que parecía solo sostenerse por las vendas.
Este comentario provocó la risa burlesca de Valeria y que la ira ardiera aún más en Andrea, la Mosca.
—¿Oíste, Valeria?
¡Te llamó Mosquita!
Andrea, la Mosca Maravilla.
¡Te lo mereces!
Valeria se burló, pero fue interrumpida de golpe por Andrea.
—¡Escúchame!
No es tu problema cómo me veo y lo que haga yo.
¡O acaso quieres que me ría en tu cara de lo que tienes ahí abajo, Mosquita de dos pesos?!
Andrea golpeó el pecho de Valeria un par de veces mas, gritando y arrojando saliva desde su boca vendada, donde la carne bulbosa parecía a punto de desprenderse.
—Bueno, no digo nada más… No me rebajaré a discutir situaciones fuera de lugar delante de los miembros del circo, ya que debemos mantener la compostura como miembros centrados que mantienen el orden por parte de los grupos de guardias en estos pisos inferiores, asegurándonos de ser precavidos no solo… Comentó la mujer rascándose el cabello corto, poniendo una notoria cara larga de ofensa, realizando una explicación extensa sobre algo que quería decir.
—¡No sabes las reglas!
¡Los bichos se llevan contenidos!
¡Los bichos se trasladan con varios guardias!
¡Jamás solos!
Debes llevarlos primero a examinar, luego soltarlos.
Además, antes de salir o entrar a la oscuridad, procura ver que la puerta cierre del todo… La mujer rugía, despotricando furiosa.
Estas parecían ser las reglas de supervivencia del Circo, las cuales Silas se dio cuenta que no le habían enseñado o explicado nada.
—Cuando vea a esos infelices, les daré una lección por el dolor de mi cabeza.
Cuando llegué, no me explicaron absolutamente nada… Las palabras de Silas hicieron que la mujer se sujetara la cabeza y se apoyara en los barrotes cercanos.
—Yo no haría eso si fuera tú… Apenas menciono Silas.
Las Moscas saltaron agrupados en la reja tras Andrea.
Pero esta, antes de ser tocada, se volteó y con una rápida tanda de garrotazos eléctricos, rompió los brazos de varias Moscas que huyeron en alaridos llenos de dolor y furia.
—¡Les enseñaré cuando traten de volver a hacer una estupidez como esta!
¡Soy la dueña de mi reja!
Amenazó, pareciendo que la mujer leprosa era la verdadera bestia tras las rejas, el depredador en ese infierno.
—¿Ya habías visto estos trucos de las Pulgas?
¿Habías sido parte de esto antes, digo, de los guardias o eres una especie de insecto nuevo?
Preguntó Valeria, curiosa por este insecto, ya que pensó que podría ser psíquico como indicaban unas anotaciones que conocían de mucho tiempo, pero no sentían que actuaban de forma involuntaria.
La mujer lo observó con sumo detenimiento desde su pierna carcomida hasta sus cabellos negros con suciedad.
—Bueno, así se comieron a Randall.
El comentario del chico dejó en silencio a las mujeres, quienes se vieron por un momento.
Esto causó gracia a las mujeres, que parecían haberle conocido, dando unos comentarios entre ellas que apenas se lograban escuchar.
—Sí, soy guardia, estuve trabajando y… me picó una araña… Silas titubeó un instante ya que no sabía si podía decir que realmente había trabajado o no.
Por lo que luego miró su pierna, dándose cuenta del aspecto grotesco de esta, que empeoraba bajo sus harapos.
—¡Araña enana de mierda!
¡¿Quién percebes se ha comido mi pierna?!
Silas estaba furioso, revisando más de sí mismo para comprobar qué otras partes estaban mal o faltantes.
Ambas guardias le miraron con extrañeza, ya que los insectos por lo general no suelen recordar su comportamiento, menos su aspecto antes de ser transformados.
—Oye, por casualidad, en lo que estabas despierto.
¿Te caíste?
Preguntó Valeria, dudosa, con algo de seriedad.
—No recuerdo.
¿Acaso actué como un pirata de agua dulce?
Dijo Silas, pero su modismo del puerto hizo que la risa contenida de Valeria se desvaneciera.
—No, no…
¿Cómo debería explicarle?
Expresó Valeria sin saber cómo explicar lo que pensaba que le ocurría.
—Yo le digo.
Como sabes tanto de ti, antes que fueras un insecto.
¿Te moriste o no?
Las palabras de Andrea perturbaron a Silas.
Este solo observó sus manos, sus ojos se llenaban de lágrimas.
Quería huir.
Pero, como nunca, no tenía un lugar, ya que por culpa de su hermano todo se había arruinado.
—No.
Solo me picaron y abrieron.
Luego desperté con los jirones en una revuelta.
Las dos mujeres sabían de qué se trataba.
Este era el Hernández, descendiente de Solomon.
Lo ocurrido en el ayuntamiento fue la traición de su hermano Azai contra sus hermanos cuando las camarillas habían planeado un asalto a la alcaldía por algo importante, en el alzamiento de camarillas, donde acabaron con el supuesto último de los aspirantes de las pequeñas camarillas para ser el cabeza de camarillas.
—Bueno, dejemos de actuar.
Es mejor que acabemos con esto antes que el Maestre de Ceremonias nos venga a reclamar.
Comentó Andrea.
Fue seguida por Valeria y, posteriormente, por Silas, quien aún no conocía a cada uno de ellos, solo cuando estaban juntos.
—¿Saben si esos son iguales?
Me refiero a cuando están separados… Los vi cuando estaban juntos, creo, pero… ¿Son uno solo que piensa igual o tiene personalidades distintas?
Silas preguntó, sin lograr expresar cómo era eso, tan solo moviendo las manos en gestos torpes.
—Eso me recordó a lo que contaba el Anfitrión.
Para la próxima, no hagas cosas tontas.
Por tu culpa, ya tenemos otra regla… Espetó chillona Valeria algo fastidiada al joven.
—¿Qué clase de regla colocaron?
Preguntó Silas, pero la respuesta fue solo un gesto de ignorancia.
—No lo supimos.
En ese momento, tenían que entrar a actuar, por lo que no pudimos hacer nada más que preparar las jaulas y el público.
Señaló Andrea, que se detuvo un instante para ver a través de las rejas.
De la nada, saltaron unos hombres bajos que reían y gritaban, consumidos por la locura.
—¡Leprosa!
¡Con carne bulbosa!
¡Castrada!
¡Con la voz desgarrada!
Estos gritaban y se sacudían contra la reja, haciendo rimas que trataban de herir a las guardias.
—¿Qué son?
Son Sardinas… Comentó Silas, lo que provocó la risa liberadora de Valeria y Andrea, a lo contrario de los hombres, que abandonaron toda pizca de humor, volviéndose más violentos contra Silas.
—Movámonos, haz hecho nuevos amigos, bufón.
Dijo Andrea, pero un golpe seco en los barrotes hizo que todos guardaran silencio.
—Rápido, eso no me gusta… ¿Será un Escarabajo peleando?
Dudó Valeria.
Las Pulgas salieron huyendo despavoridas.
—No estoy segura, pero esos bastardos siempre se quedan a ver la violencia, independientemente de que si es riesgosa hasta para ellos… Podría ser… el Juez… No lo creo… Dijo Andrea sin terminar la respuesta, solo callando y apurando el paso.
Silas no comprendió el tipo de peligro, pero no se quedaría a ver qué era.
Fue hasta que llegaron a la habitación, esta con el mismo papel mural roto y mobiliario estropeado de la Mansión Fernández.
—Recuerdo esto… el olor a incienso rancio de los ricos… Dijo Silas al ver el lugar, pero fue golpeado desde atrás con algo húmedo y viscoso.
—¡Calla, idiota!
La puerta recién se está cerrando y apenas logré esquivar a las Langostas.
¿Además, qué hace este insecto todavía aquí?
Gruñó una mujer, Zoe, preguntándole a sus compañeras.
Andrea comenzó a hablar con ella.
—¿Qué le pasa a esa cabeza de pez espada?
Resopló Silas, oliendo qué era lo que se escurría por su frente.
—Descuida, Zoe es así, pero es de las buenas.
¿Y tus compañeros te explicaron la formación de los turnos, el protocolo que se aplica en cada situación?
Es algo común que solemos hacer cuando ocurren incidentes o anomalías fuera de lo usual en la oscuridad, pero no es nada de importancia, es raro… no tan raro ya que me pasó un par de veces como a otras y creo que los hombres tuvieron algo similar.
Eso me recuerda que es curioso que no usarás el uniforme.
¿Te lo sacaron o nunca lo usaste?
Porque eso infringe las normas, el Anfitrión siempre nos recuerda vestir adecuadamente, sobre todo por dos cosas que son el recordarnos que siempre somos distintos a los insectos.
Lo segundo es como también ayuda a identificarnos de los restos que encontramos cuando alguien puede extraviarse o desaparecer… Valeria, en su monólogo interminable, se quedó callada, dándose cuenta de que Silas tenía una expresión de no haberle explicado nada.
Seguramente le habían noqueado, y el responsable era, posiblemente, Rufus.
—Me distraje un momento, bueno… Silas vaciló, para luego pensar un momento.
—Nos habíamos topado con una Garrapata hermosa en la entrada y la vimos, pero, bueno, se suponía que no tenía que verla de espaldas, pero la miré, a lo que me tocó… Silas se tocó el rostro, recordando la suave lengua danzar por su rostro, pero sus palabras se detuvieron ante la mirada sorpresiva y horrorizada de Valeria.
—¿Es un problema?
Preguntó Silas, confundido.
—Te seré honesta, desde luego que es un problema, idiota.
Deberías haber muerto o muerto tiempo después por la toxina paralizante de las Garrapatas, pero sobre todo porque era una Garrapata hembra.
Comentó la voz de un hombre desde arriba.
—Es ridículo.
Hasta nosotros evitamos a las hembras por lo mismo.
Además, aquí no tenemos Garrapatas, ¡Qué asco!
Le siguió otra voz que descendió con la silueta de un gran hombre de extremidades alargadas y flexibles que al moverse parecía danzar.
Eran las Arañas.
—Hola, Arañas.
Creo que sus redes están algo estiradas.
Procuren no escuchar nada más.
Pervertidos.
Gruñó Valeria, a lo que descendieron un par más, estos con múltiples extremidades, con cuerpos que se doblaban de forma anormal.
—¿Este es el nuevo?
Es curioso… Dijo un arácnido delgado con sus ojos rojos, a lo que arrojó un hueso que golpeó a Silas en su rostro.
Esto no hizo reír a ninguno de los hombres, salvo por la de alguna Mosquita que miraba más allá de lo que les permitía el ojo.
—¡Me lleva el caleuche!
¡¿Eso por qué…?!
Vociferó Silas, mirando con odio a quien le arrojó el hueso.
—Con eso descartamos muchos insectos… No es un simple bufón.
Refunfuñó decepcionado.
—Mejor llévalo a los fenómenos, puede que ahí vean que es mejor con él.
Dijo otro, volviendo a trepar a la oscuridad de las alturas.
—Ignóralos, son unos pervertidos frustrados.
Seguro van a estar tratando de provocar peleas, o pelear con las Pulgas.
Habló Valeria, avanzando en lo que las Arañas ascendían, comentando sobre las Langostas y las Moscas que peleaban.
—Te llevaré donde los vestidores, luego podemos ver otros temas de relevancia… Un grito agudo y brutal desde atrás se hizo eco, dejando fríos a los dos.
Este era de dolor, desesperación y terrible agonía.
—Eso sonó a una Langosta… movámonos, esos infelices con hambre jamás harían un sonido de dolor… Valeria dijo, frunciendo su nariz respingada.
Ella no se dio cuenta, pero Silas miró fijamente su expresión.
Pese a la poca visibilidad, logró apreciar su mueca de pavor, la sensación de sus entrañas retorciéndose ante lo que acechaba en las sombras.
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