El Circo entomológico delirante - Capítulo 13
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13: Caída del telón 13: Caída del telón Silas miró con dolor y confusión la oscuridad que lo envolvía.
Su cuerpo dolía con una intensidad sorda, aunque su cabeza no la sentía, en cambio estaba adormecida y extrañamente vacía.
Llevó las manos para palpar su cráneo el que se sentía al tacto sensible, blanda y granulada, como si la piel hubiera sido reemplazada por un tejido húmedo.
No logró recordar qué fue lo último que pasó, ni qué le dijo el Insecto Palo antes de la oscuridad.
—Bueno, al menos ya estás listo.
Coloca el traje y ve hacia allá.
¡Rápido, bufón!
Habló una voz conocida, áspera y cansada.
Era uno de los Mariposas que le arrojó un traje de tela vieja sobre él.
—…
El joven revisó la vestimenta, que era escandalosamente reveladora y apenas cubría.
—Rápido.
Que si no vas al grupo de los Fenómenos, el Anfitrión te dará una lección que no olvidarás.
Y yo no seré quien pague el precio.
La Mariposa trató de incorporar al joven con un empujón nervioso.
—¿Cómo que los Fenómenos?
¿Qué es eso?
Silas no entendió, pero vio de reojo su cuerpo en la tenue luz.
Comprendió algo espantoso sobre sí mismo.
Ya que había perdido su color habitual.
Su piel se había vuelto pálida y enfermiza, con una humedad constante, una oda grotesca y blanda de su figura anterior.
—¡¿Qué fue…?!
¡¿Qué me han hecho?!
¡Me estoy pudriendo vivo!
Exclamó el joven con la respiración agitada, el terrible golpe de la realidad lo sacudió.
—Nosotros nada.
Solo que ya eres parte de nosotros.
Bueno… más bien de los Fenómenos, aquellos que están… más rotos.
La Mariposa no supo cómo expresarse.
Los Fenómenos resultaban ser aún más desagradables y menos humanos que estos miembros del circo que conservaban más rasgos reconocibles.
—Yo… ¿Qué pasará… Me encerraron?
¿Estoy condenado a esto?
Preguntó Silas, devastado.
Su cara, ahora similar a la de un muerto húmedo, sentía que mostraba una expresión infantil pese a no darse cuenta que su rostro había casi desaparecido por completo, aún así se sentía incómodo al parecer como si la Mariposa fuera un padre regañando a su hijo desahuciado.
—¡No!
Desde antes ya estabas encerrado aquí, solo no lo sabías… digo.
No, no… creo que no… ¡No te quedes ahí!
Expresó algo agitado la Mariposa, sacudiendo sus brazos que dejaban al descubierto sus músculos y tendones amoratados bajo una piel postiza translúcida que empezaba a apestar.
—Pero las normas cambian un poco.
Seguirás viviendo en el Circo, pero ahora estarás en los demás pisos, más abajo, con los otros experimentos, y rarezas encontradas… eso.
Los fenómenos.
Añadió el bailarín.
Aunque no mostraba su rostro carcomido, sus movimientos carecían de la delicadeza y el estilo único que les resaltaba; solo quedaba el miedo.
—¿Sabes qué debo hacer?
¿Cuál es mi papel en esta farsa?
Preguntó Silas, tomando fuerzas contra el miedo que le provocaba esta situación abrumadora.
Aún observaba por momentos sus extremidades, lenta y cuidadosamente, como si buscara indicios que dijeran que estas no eran suyas.
—Ponte la ropa y te llevo.
Piensa que no haré nada más por ti.
La voz del hombre sonó cortante y directa, pero muy en el fondo, escondido bajo el asco que le provocaba, sentía lástima.
Quienes protagonizaban este tipo de transformaciones en el Circo siempre tenían finales trágicos y rápidos.
Silas se vistió.
La ropa, si bien daba aires circenses, dejaba gran parte de su cuerpo expuesto, algo que permitía ver cada rasgo anormal en su piel húmeda y carne blanda.
—Bien, no sé si haré algo en el Circo o en algún tipo de burdel… Al hablar de fenómenos, no hablamos de algún tipo de burdel, ¿Cierto?
¿Una exposición de carne?
La duda de Silas provocó una mueca de profundo asco en la Mariposa.
Si bien los Fenómenos tenían ocasionalmente un espectáculo aparte, desconocía qué debían hacer la mayor parte del tiempo.
—Nunca he bajado, cuero.
Debería ser muy estúpido para descender por los niveles del pozo… Confesó el hombre con un desagrado casi tan palpable que el de Silas.
Pero desde la oscuridad, donde se podía sentir el ambiente aún más turbio, se produjo una suave y grotesca risa que parecía más un gorgoteo desigual y húmedo.
—Veo que, pese a que seas un Fenómeno, te esmeras en ser un Payaso… conmovedor.
La risa se mantuvo baja, al igual que las palabras.
Pero estas detuvieron a todos.
Los otros se aterraron por la llegada del Maestre de Ceremonias.
Un golpe metálico se escuchó a un ritmo lento e imperturbable contra el suelo.
—Bueno, bueno, bueno… ¿De qué me sirve un espectáculo sin mis preciadas estrellas y sin mi nueva y brillante adquisición?
Comentó tranquilo.
Se escuchaban sus pasos calmados, una leve risita que lo acompañaba.
Los miembros del Circo huyeron todos en una dirección, hacia la misma oscuridad.
Silas no comprendió el pánico.
—No es que huyan de mí… Están corriendo al escenario, es la hora de su muerte.
Ya entenderás… Muy pronto lo harás.
Siguió hablando el hombre, revelando una figura que avanzaba hacia la luz desde la oscuridad.
Esta, en un comienzo, era una silueta amorfa, vibrante, que avanzaba sin definirse, pero fue definiéndose como reduciéndose.
—Hola, soy Silas… ¿Qué debo hacer?
Comentó el muchacho, algo preocupado.
Vio lo que causaba el sonido metálico que tanto tenian miedo los demás, el pequeño hombre sostenia un bastón, finamente trabajado con una serie de grabados que parecían hermosos como morbosos a la vez.
—Ahora estarás en el escenario, Silas, mi querido niño.
Quiero verte actuar.
Luego bajarás a tu nuevo hogar… si sobrevives.
Comentó el hombre, revelando su baja estatura, vistiendo un elegante traje rojo con negro que se veía gastado por el tiempo, aunque este seguía conservando su magnificencia.
—¿Listo para el espectáculo?
¡Mi brillante Fenómeno, el payaso que no ríe!
Serás un buen Pierrot.
Este pareció emocionado, levantando la cara que estaba cubierta por un enorme sombrero de copa, revelando un enorme bigote que se enrollaba con clase bajo una nariz grande y alargada como el bauprés de proa.
—Tienes nariz de bauprés… Murmuró Silas, sin querer, viendo a los ojos inexistentes del Maestre de Ceremonias que parecía ofuscado.
—¡¿Qué quieres decir con eso?!
¡¿Te burlas de la autoridad?!
Rugió el pequeño hombre, cambiando su anormal sonrisa a una mueca fruncida.
—Yo… claro que no, mi abuelo también tenía una nariz como la suya, aunque le llamaban Gran Cañón.
Es un cumplido militar, señor.
Silas buscó una excusa rápida para apaciguar al pequeño hombre.
—Bueno, si es ese el caso, no veo por qué debería… ¡Válgame!
¡Mira qué hora es!
¡El público espera carne fresca!
El hombrecito se contuvo, pareciendo gustarle el cumplido forzado.
Silas lo ignoró, ya que sintió que algo detrás suyo se arrastraba de regreso a las sombras.
Fue rápido, por lo que no vio qué era, pero sabía que tuvo suerte de convencer al enano narigón.
—Comencemos con esto… Es la hora de morir en escena.
Comentó casualmente.
Esto provocó, sin razón, que la pobre luz que los acompañaba se fuera, siendo tragados por la oscuridad, y volviéndose a prender en un espacio sin objetos a su alrededor.
—¡¿Cómo?!
¿Qué ocurrió con los vestidores?
¿Y los demás?
En la confusión del muchacho, buscó a su alrededor hasta que Silas sintió algo extraño en la oscuridad.
Vio que rostros a lo lejos se formaban y risas acompañadas de aplausos se intensificaban.
—¡Damas y caballeros!
¡Niños y niñas de todas las edades!
Gente deliciosa.
¡Sean bienvenidos a nuestro fabuloso Circo!
Mi Circo.
¡Todos serán asombrados por nuestro increíble elenco!
¡Como también este nuevo integrante de nuestra exposición de individuos especiales!
El Maestre de Ceremonias rugió imponente, con un sonsonete formidable que parecía encantar al público.
Aunque entre sus palabras se escuchaban otras, su voz dominaba el amplio lugar.
Así fue como aparecían los que antes huían.
Entraban en escena desde la nada, dando risas forzadas, cuerpos rotos, una sincronización impresionante que daba la oportunidad de actuar como de ver morir a quienes debían hacerlo en su momento por el espectáculo, provocando potentes risas y festejos del público.
Todo esto lo hacían por el Circo.
No podían dejar de entretener hasta que cayera el telón.
Y Silas era la nueva estrella del horror.
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