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El Circo entomológico delirante - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Todos aman el circo
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15: Todos aman el circo 15: Todos aman el circo Silas ya estaba sentado, en el suelo húmedo que era revestido con una masa pulposa que ocasionalmente tenía largas tiras de hilachas.

Estaba respirando profundamente.

—¿Así que aquí es?

Aquí está el fondo del Circo.

Comentó Silas, recuperando el aliento, a lo que no tuvo respuesta en la oscuridad, solo el jadeo cansado del coloso.

—Bueno, asumo que sí… ¿No está muy oscuro?

¿No debería haber algo que nos guíe?

Preguntó Silas, imaginando que esto sería algo más humillante como atracción.

—Cállate o te comerán.

Aquí es donde debes estar.

Cuando sea el momento en que dejen al público vernos, lo sabrás.

Las cabezas hablaron, parecían decirlo al unísono, pero en su cansancio se lograba ver que no podían estar de acuerdo.

—Bueno, supongo que estamos rodeados de bestias.

Carroñeros, Moscas, Arañas… y Fenómenos.

¿No?

Silas preguntó, pero un chasquido a su lado provocó que su corazón saltara.

—Me lleva el caleuche.

¿Ahora que pasa?

Expresó sobresaltado, dándose cuenta que algunas de las cabezas le miraban como si fuera un chiste.

—Bueno, yo… Olvídalo.

Pero tú tienes a unos cuantos acechando, Fenómeno.

El coloso observaba al pequeño joven, que miraba alerta donde las Moscas habían arrojado algo para distraerlo.

—Yo… creo que es algo como una Mosca, o tal vez alguna Araña que trata de engañar.

Eso sonó como algo arrojado, pero con este suelo pulposo no logro identificarlo.

El muchacho comentó su idea, pese a ya haber sido advertido, sintiendo como más cosas, tanto duras como blancas caían a su alrededor.

—No.

Esto no es de las arañas.

¡Condenadas moscas!

Este les gritó, recibiendo algo que no parecía humano desde las sombras, menos parecido a las moscas que el conocía.

—¡Fascinante!

¡Así que este es el nuevo espécimen!

Esperaba que este gusano fuera… ¿más grande?

¿Más abierto?

No, no, no es eso.

Tal vez es porque… ¡No tiene forma!

Habló una voz sofisticada que realizaba un monólogo.

Silas se extrañó.

El Carroñero pareció indiferente, pero las Moscas huyeron, moviéndose erráticos por la oscuridad.

—¿No es lo suficiente cuero?

Respondió la cabeza del medio del Carroñero, antes de que el monologuista encontrará la palabra.

—¡No es lo suficiente cuero!

¡Eso era!

La voz habló, sonando orgullosa de haberse acordado de lo que quería decir.

Ignorando que le habían respondido.

—No deberías haber sido así.

Odio que los Hernández confíen en idiotas de afuera… Se quejó la voz del hombre, como si fuera un gran suplicio.

—Lo mismo digo.

Le decía a mi abuelo que no podíamos hacer tratos ni con los González, Ruiz o los Gutiérrez, ya que ninguno es de confianza, y si viera a un Fernández… Silas habló a la voz, sin saber de dónde venía, pero esta tenía la misma forma de pensar que algunos de los líderes de la camarilla de su abuelo.

—…

Lo arrojaría al fuego sin dudar, antes que dijera o señalará con sus huesudos dedos.

Respondió la voz del hombre, mostrándose interesado.

—Veamos, parece que este gusano es especial.

¿No?

Silas sintió cómo el suelo blando fluía y se empezaba a arremolinar detrás suyo, como un huracán de carne.

—Pareces humano, hueles a uno… bueno, algo muerto, pero lo entiendes, ya que hablas y usas la cabeza.

Fascinante.

Pasos fueron avanzando alrededor de Silas.

Primero parecían no tener forma, luego como si fueran pies descalzos, para terminar caminando con pasos delicados y sofisticados, como su forma de hablar.

—Gracias, mi nombre es Silas, nieto de Solomon, camarilla del Gran Cañón.

¿Con quién tengo el gusto?

Silas se presentó, haciendo las formas de presentarse que le enseñaron su abuelo y Elías.

—¿Solomon Hernández?

¿El anterior Patriarca del gran cónclave de los Hernández?

Parecía sorprendido, hablando en lo que el sonido de una pasta carnosa se iba moldeando para dar origen a una forma humanoide, o solo un reflejo abominable.

—Claro, él mismo.

Soy Silas Hernández.

Respondió Silas.

De pronto, una seguidilla de luces a la distancia se prendió, una tras otra hasta acercarse a ellos.

—Asombroso, este lugar de verdad es grande… Silas comentó, tratando de ocultar la incomodidad ante la aparición repentina de luz tras la oscuridad absoluta.

—¡Gracias!

Muchos me lo dicen.

Hablo como si eso fuera un gran cumplido, dando risas notorias por lo ocurrido.

—¡¿Por qué?!

¡Qué desagradable que insistas siempre con lo mismo!

¡Aquí abajo no necesitamos luz, nos quema!

A su alrededor pudo ver al coloso, quien reclamaba por la luz, su piel escamosa como si estuviera blindada como un aspecto exótico.

Un poco más lejos debían ser Moscas, que habían abandonado toda comprensión de humanidad, desgarrando su carne y reemplazándola con quitina que se alzaba como vellos que la atravesaban, extremidades anormales y filosas, ojos compuestos de distintos colores.

—Son horribles… Silas comentó ante estos hombres.

Miró más a su alrededor, pero al igual que la oscuridad del piso superior, la luz se volvía un manto que asfixiaba todo y no permitía distinguir lo que había más allá de cierta distancia.

—Pues les doy mi más sentido pésame al no poder estar cómodos con mi gloriosa habilidad de iluminar la vida de todos.

Volviendo al tema, me presento.

¡Soy el querido Anfitrión, amado por todos los niños y niñas que nos observan!

Silas se volteó, abriendo los ojos de par en par ante la figura grande y alargada que se paraba frente suyo con postura solemne.

—Es un gusto verle… señor Anfitrión… Le dolían los ojos por la luz, pero le dolía más la cara de lo que se llamaba a sí mismo como Anfitrión.

—Gracias, qué gentil.

Supongo que no será necesario abrir tu cabeza después de todo.

Comentó el Anfitrión, moviendo su rostro, que parecía una máscara gruesa compuesta de su propia piel.

Sus ojos, a diferencia de su cuerpo, eran pequeños y miraban a Silas desde la oscuridad de sus grandes cuencas, como los dientes que castañeaban al hablar en lo profundo de su sonrisa vacía.

—Debo agradecer el gesto de tomarse tiempo para realizar trabajos fuera de su deber… Además, su habilidad es sin duda extraordinaria, a diferencia de aquello con la oscuridad.

Silas trató de ser condescendiente.

El Anfitrión le provocaba más miedo que cualquier otra cosa, debido a que lo podía ver con casi total nitidez.

El joven se percató de algo: en un abrir y cerrar de ojos, en lo que hablaba con el Anfitrión, el muchacho estaba en una jaula.

—Entonces, cuando decían jaulas, sí eran jaulas… Silas tocó el metal viejo y tosco.

Este era grueso y más frío de lo normal, haciendo que las manos de Silas se pegaran a él, desprendiendo la piel que había hecho contacto.

El piso sonaba suavemente, tenía una textura similar al cuero, igual que su piel, pero más vieja y sucia.

—Te he dado una jaula un poco más grande, Silas.

Procura demostrar que la mereces.

Comentó el Anfitrión, desvaneciéndose en la luz.

—Solo faltó que le besaras el sombrero de bombín, Fenómeno nuevo.

Dijo el Carroñero, en una jaula más lejos.

Las jaulas tenían cada una criaturas diferentes.

Ocasionalmente, estaban solos, como Silas, pero la mayoría estaban en grupos.

—Cállate.

¡¿Pretendes que me liquiden?!

Si quieres terminar como aperitivo de jaiba, adelante, pero yo prefiero seguir entero.

La atención de los Fenómenos se centraba en Silas.

Con ojos o sin ellos, estaban atentos.

Pero Silas no se preocupó.

Lo que le preocupó fueron las personas que entraban a la extraña habitación, los podía identificar como pueblerinos y marineros, riendo y señalando.

—¡Bienvenidos, Damas y caballeros!

¡Niños y niñas!

¡Gente de todas las edades!

Les traigo a ustedes nuestra gran colección de Fenómenos que les harán asombrarse, tener pesadillas y mucho más!

El Anfitrión alzó su voz desde la luz distante.

—¡Mira!

¡Sorprendente!

¡Qué asco!

¡Es real!

El aire se llenaba por las múltiples reacciones de las personas, todas señalando, todas riendo.

—¡Acérquense y vean a nuestros Fenómenos actuar!

¡Cada uno será exhibido para su deleite!

Exclamó el Anfitrión, con una voz elocuente como imponente.

—¡Vamos!

¡Vamos!

¡Carne!

¡Sangre!

¡Vamos!

Gritaban todos, corriendo, empujando y pisando al desvalido para ser los primeros en ver la función.

Silas observaba.

En el más mínimo pestañeo, veía cómo algunos desaparecían de sus jaulas para animar al público con algún tipo de espectáculo.

—¿Qué es lo que ocurre?

Oye, tú sabes… Silas le quiso preguntar al coloso, pero este ya no estaba.

En cambio, algunas jaulas habían vuelto a tener a sus integrantes, quienes parecían golpeados, heridos y con la carne expuesta.

—No me digan que pelearemos… ¡Carne contra carne!

Silas vio a su alrededor.

Nadie parecía humano salvo él.

Si bien las Pulgas se veían pequeñas, sus cuerpos doblados y con pinchos daban la sensación de ser peores que cualquier plaga vista.

—Sabes, creo que es parte del destino encontrarte de nuevo.

Comentó una voz familiar dentro de su jaula.

Al voltear, el aspecto había cambiado.

Y no solo eso debido a que él mismo ya no estaba en el lugar.

Era su momento del espectáculo.

—¡Hey!

¡Me alegra verlas!

Se ven muy hermosas, bueno, y su hermano se ve tan expresivo como siempre… Silas comentó, con dificultad para tragar saliva, sabiendo que no tenía nada contra el Carroñero en combate.

—¡También me alegra verte!

¡Me pregunto a qué sabrás!

Expresó una de las cabezas que parecía ser la única que le animaba verlo.

—Tonta, no seas tan simpática, debemos aplastarlo .

Comentó una de las cabezas, mostrándose molesta.

El cuerpo colosal avanzó, un movimiento rápido, comenzando la carrera, acortando la distancia de ambos en ese escenario improvisado.

Silas no logró esquivarlo, siendo como una rata tragada por un huracán y arrojada con brutalidad contra los barrotes que lo dejaron fijo con su toque glacial.

—…

Esto será horrible, pero debo hacerlo memorable… Apenas logró pronunciar Silas, tratando de salir de los barrotes que le habían pegado por su temperatura.

—¡Qué emoción!

¡Qué divertido!

¡Pelea!

Gritaba la gente, animando, deseando ser entretenidos por estos.

Esto solo provocaba el desprecio de Silas, en lo que se esforzaba en salir de los barrotes que le provocaban terrible dolor.

—Ven, no hagas que esto sea tan breve, es mejor que hagamos un acto digno para el público.

Gruñó el gigante.

Esta vez avanzó para detenerse frente a Silas y dar un destructivo golpe que hizo callar al público por un instante.

—¡¿Pero qué?!

¡No te has roto!

Se sorprendió el Carroñero, mientras la gente daba una ovación estruendosa por el golpe.

El Carroñero se volteó, viendo cómo Silas trataba de huir a sus espaldas.

—¡Cobarde!

¡Enfréntame como un hombre!

¡No huyas, gusano!

¡Muere con dignidad!

Rugió bestial la cabeza del medio.

Esto incluso confundió a las otras cabezas.

—Escúchame bien, cara de bacalao, si quieres mi cabeza, tendrás que primero atraparme.

¡Pepino de mar!

Silas trató de provocar, lo que dio como respuesta las risas del público por su actitud atrevida.

El Carroñero no respondió, solo gritó y se abalanzó furioso con una carga mortal.

—¡Pero qué vergüenza!

¿Acaso es todo lo que puedes hacer?

¿Qué dice el público?

¿Quieren más, o solo verlo revolcarse?

Silas trató de provocarlo, buscando hacer que no pensara por la rabia.

El público estalló de la emoción, exclamando por más.

—¿Ves?

Vamos, pequeño Tiamtum.

No nos avergüences delante de nuestro público.

Silas insistía, llamando al Carroñero por la palabra que antes le había enfurecido.

Este coloso avanzó con un movimiento apenas visible que tuvo resultado al impactar a Silas.

—¡Casi!

Pero creo que eres muy pequeño como para darme un golpe certero, Tiamtum.

Dijo el joven entre risas que ocultaban su terrible dolor al perder uno de sus brazos.

De este brotaba un icor negro rojizo.

—¡Tu… Sul nim!

¡Lu ni zu ug!

El Carroñero se veía descolocado, prácticamente una bestia que no oía los reclamos de las otras cabezas.

Volvió a dar una carga.

Esta vez, Silas le esquivó por debajo, haciendo que este se distrajera ante la forma en que lo esquivó y las risas que estallaban por la acrobacia del joven.

La embestida lo llevó contra las rejas, dando como respuesta que estás Orfeón de agonía, la mayoría resistiendo hasta doblarse, mientras que otras simplemente se abrieron de par en par.

El Carroñero se despegó, como si apenas sintiera dolor.

—¿Qué pasa, Tiamtum?

¿No eres suficiente para mí, Tiamtum?

Silas brincaba y agitaba su brazo funcional con gracia, lo que entretenía a la gente.

El coloso acortó distancias, lanzando un golpe devastador que chocó con Silas, pero en esta situación, ambos salieron volando, impactando en varios lugares.

Silas no pudo pararse bien cuando el Carroñero casi lo tenía encima.

Brincó como pudo, haciendo que el coloso chocará contra la reja una vez mas.

—¡Idiota!

¡¿Puedes escucharnos?!

¡Has roto la reja!

Rugió la voz de la última cabeza que no había hablado.

Tenía una voz ronca y pesada que se abría ante todo.

—¡No hasta que acabe con el gusano!

Respondió consumido por el odio la cabeza del medio, pero las otras actuaron con dureza ante su decisión imprudente.

—¡Sácanos de aquí!

¡Antes que los Anunnaki sientan la brecha!

Ordenó con severa frialdad la cabeza que no solía acompañar mucho con las charlas.

—Intento, pero no puedo… Sonó el hombre compungido.

Su cuerpo se veía que comenzaba a sufrir por los barrotes.

—¡Déjame ayudarte, pero más te vale no ser tan idiota!

Gruñó Silas, acercándose y buscando separar al coloso de los barrotes.

Esto no le gustó a la gente, pero aún así era un buen espectáculo.

La piel del Carroñero se desprendió y se deslizó, dándole la oportunidad de sacarse de los barrotes gélidos.

El coloso cayó, y ocurrió una gran celebración por parte del público.

—No esperaba que fueran a aplaudir por un buen gesto… ¡Qué bizarra es la gente!

Comentó una de las cabezas, a lo que las otras afirmaron.

Un cosquilleo debajo suyo lo incomodó.

—¿Qué rayos?

Expresó.

El público reía a carcajadas.

Bajo él estaba Silas, que fue aplastado y quedó como una lámina.

—Alégrate que no tuviera huesos… Si mi muerte fuera por una ballena encima mío… juro que te seguiría por el resto de la eternidad insultando… Reclamó con dificultad Silas, desplegándose del suelo, tratando de recobrar la forma.

—¡Qué esperas!

¡Ayúdalo, eres quien lo dejó así!

Ordenó con furia la cabeza callada, que parecía ser la que tenía mayor peso entre todas, a lo que la del medio obedeció sin titubear.

—Gracias… ¿Qué haces?

El muchacho dijo.

Lo que hizo el coloso lo descolocó debido a que este desconocía que eso fuera algún tipo de gesto amable, porque lo sacudió como si fuera una tela que fuera a secar.

La gente estalló en risas y aplausos.

—Sígueme el juego, enano.

¡Es un nuevo acto!

Dijo la voz del medio, arrojando a Silas al aire.

Este desapareció en lo que el gigante parecía prepararse para recibirlo de forma humorística, mientras el público guardaba silencio.

—¡Ya te tengo!

¡Ya te tengo!

¡Ven aquí!

Gritó, cuando Silas fue cayendo directo a sus brazos, pero en el último momento, el Carroñero se tiró, haciendo que el joven se estrellara directo al suelo con un sonido seco que generó un aluvión de risas.

—No lo tengo.

¡Qué torpe soy!

Al ver esto, el gigante se giró y pisó al joven, pegado al suelo como si fuera una mugre.

Luego, se resbaló.

El Anfitrión miraba cómo estos actos no violentos estaban entreteniendo aún más a sus espectadores, dando mejores reacciones a cambio de menos costo en Fenómenos.

Lo cual le gustaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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