El Circo entomológico delirante - Capítulo 18
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18: solo hombres 18: solo hombres Silas abrió los ojos suavemente.
Su cuerpo dolía, al igual que ardía como los infiernos, y se encontraba húmedo con un olor salobre a pescado de carroña.
Había estado en contacto con el vientre de la Garrapata, y la digestión de sus presas le había dejado empapado de jugos gástricos putrefactos, si bien podía ver que el líquido era corrosivo, este no le hacía nada.
A no ser que ya le hubiera hecho algo.
Sin embargo, su atención se mantenía centrada en lo que avanzaba.
—¿Qué es eso?
No debería haber nadie aquí… creo… Pronunció Silas, sintiendo cómo su icor negro rojizo se asentaba bajo la piel.
Las luces se movían en fila, llevadas por hombres uniformados, cubiertos de látex negro que brillaba como quitina pulida.
Eran extraños, recordando a las Cucarachas por la forma de moverse, o por las piezas metálicas que se exponían fuera del látex, como placas injertadas.
Por eso, el muchacho prefirió comenzar a avanzar en total silencio, tocando previamente antes de dar un paso seguro, en caso que tuviera algo como esa Cucaracha de atrás.
—Te digo que cuando esos mestizos de los Hernández se den cuenta de lo que se nos viene encima, será demasiado tarde.
Tullugal es el camino, y los Hernández caerán en su propia codicia.
Comentó el hombre viejo, Teodoro, con aires solemnes, representante de una de las familias en casa de los Fernández.
—¿Estás seguro que funcionará el Tullugal?
Los Morandé han fallado en algunos prototipos de individuos usando los vestigios de antiguas escrituras.
La incompetencia del Tullugal defectuoso nos puede dejar en la mira de varias familias.
Y no me gusta que me miren con desprecio, Teodoro.
Habló lo que parecía una mujer con una figura calva, con una piel enfermiza y cerúlea.
Era destacable por su porte y su silueta delgada en bata blanca y una máscara de metal incrustada donde debía tener un rostro, dejando solo los ojos visibles.
—Daiana, basta con eso.
Los Morandé harán los arreglos según las capacidades que ellos tienen, y nosotros, conocidos por ser maestros innatos en la mecánica, daremos un gran espectáculo sin problema, ya que es en lo que nos manejamos.
Gruñó el anciano, rascándose las canas ante la duda de la mujer.
—Piensa que nosotros trabajaremos sobre sus debilidades, en cambio ellos sobre las nuestras.
Nos complementamos para el Gran Acto.
Añadió el hombre, buscando aliviar la desconfianza de la mujer, ya que si bien ambos grupos trabajaban de forma separada.
Han estado indagando en el trabajo del otro, asegurándose de que no exista fallo alguno.
—Yo me siento indignado por la forma en que me tratas… Deberías usar un tono más cortés con el Anfitrión, estimada.
Murmuró el Anfitrión quien miraba a la mujer con sus pequeños ojos que daban un resplandor que se abstraída en una especie de condena silenciosa, de forma inusual estaba usando una voz apenas audible para Silas, aunque como siempre cargada de vanidad teatral herida.
—Solo oigo falacias, jovencito.
Deberías dejar de pensar en esos temas absurdos; nuestra familia no debería estar buscando cooperar con otros.
La carne es débil, Tullugal.
Nuestra especialización y mejoras han sido un punto destacable en comparación.
Ellos solo siguen la información olvidada en estantes que encontraron.
Vociferó la mujer, molesta por lo que implicaba trabajar con otros que le resultaban inferiores.
—Tú no te metas, es aquí, en el sector de los especímenes varones, donde nos hemos instalado.
Puede que seas parte de este sitio anormal, pero no eres el único.
Además, solo eres una personalidad secundaria del Tullugal.
La mujer de manera despectiva señaló sin titubear al Anfitrión, este doblaba su máscara en una expresión furiosa, rechinando sus pequeños dientes y cambiando algunos minusculos aspectos físicos en su cuerpo.
—¡Qué mujer más vulgar!
Si no fueras útil te arrojaría a lo más profundo, junto a las bestias del Domador, Daiana.
Comentó el Anfitrión, haciendo que el rechinar sus dientes se intensificara de forma atroz.
—Sabes, Teodoro, creo que esta anomalía apodada Tullugal tuvo que haber sido investigada con más detenimiento.
No me gusta trabajar con individuos que se auto perciben y se dejan llevar por sentimientos…
es ineficiente.
Comentó la mujer, frunciendo el ceño, marcando una notoria relación conflictiva entre ambos.
—…
El viejo no supo qué decir, ya que estaba entre una mujer inexpresiva que resultaba ser un monstruo con bisturí, mientras que el otro era un monstruo proveniente de uno más grande que se dejaba llevar por su soberbia y emociones.
—Bueno, Teodoro, veamos tu avance.
Los hombres que han probado deberían ser capaces de funcionar.
¿No?
¿Dónde están los sujetos?
Habló el Anfitrión, dando pasos delicados como largos, que parecían dejar en ridículo a los familiares de los Morandé y a sus guardaespaldas, que se mantenían en total silencio.
—No peleen, ya me tienen harto.
Terminemos con esto de una vez, no quiero tener que seguir escuchando a individuos con el mismo coeficiente intelectual.
Mientras estos hablaban, Silas trataba de acercarse lentamente para oír las cosas que comentaban entre sí.
No sabía en lo que se metía, pero le era mejor conocer los secretos de otros antes que estos hicieran una jugada en su contra.
De repente, el Anfitrión se volteó y prendió la luz.
Al final, desde el fondo, surgieron luces de forma esporádica, mostrando lo que debía ser el espacio de la habitacion, revelando un espacio inhóspito, lleno de restos antiguos, partes derrumbadas y una humedad pútrida.
—¿Qué le pasa al Tullugal dañado?
Tuvimos que haber tratado con los otros Tullugal, pero claro.
Elegimos el que es un basurero… Vociferó Daiana, siguiendo su camino, lo que enfureció a la criatura alargada, distrayendo a este en su búsqueda de algún intrusivo as bien soplón que le deje al descubierto sus planes.
Pero prefirió moverse para dejar de escuchar a tan desagradable compañía.
Pero sin antes avanzar en silencio, observando cuidadosamente cada uno de los restos.
—¿Nos han estado siguiendo?
Podemos mandar a mis guardias, son buenos rastreadores y no hay problema con que perdamos a algunos.
Preguntó Teodoro con notorio disgusto por la idea de que el trabajo de años se terminará estancado por culpa de algún fisgón.
—Calma, familiar Teodoro, este solo se ha trastornado o busca llamar la atención.
Lo que me faltaría es que mi sobrino nieto muriera de un ataque… de nuevo… Comentó la mujer, ajustando un poco sus lentes ajustados a sus cuencas vacías.
—Sin duda resultas ser un humano detestable, preocupa más tu ineficiencia que algún posible oportunista.
Comentó el Anfitrión con su voz que resonaba en el mismo volumen en la habitacion, revisando una abertura en el suelo que conducía a un espacio en negro, que con un sutil movimiento de manos se despejó, acompañado de gritos, rugidos y alaridos ante la presencia de la luz en ojos que habían olvidado su existencia.
—Veamos… parece que están todos y todo sigue igual… Solo basura.
Este mantuvo el silencio, extendiendo la figura para observar a su alrededor por el techo del piso inferior.
—¿Acaso no me escuchas pequeña alimaña?
Te he dicho que no me consideres como un concepto tan vulgar y primitivo como lo es un humano.
¡Como mínimo podría aceptar que algo inferior como tú pueda considerar mi persona como un pseudo humano superior!
Esbozó en voz alta la mujer, generando una terrible tensión a su alrededor, haciendo que la criatura dejará de indagar de forma minuciosa.
—Bueno, olvidenlo.
No hay nada.
Este se levantó, limpiando las manos, ignorando por completo el trozo de techo que había aplastado a alguien hacía tanto, lo cual agradeció Silas, que se metió a la fuerza ahí, aplastando aún más su cuerpo para caber en la oquedad.
—Sigamos con los negocios, debemos hablar sobre muchas cosas.
El tiempo es oro en este pozo de gusanos.
A su vez, las luces se apagaron, así como la puerta al final del pasillo se abrió.
Esto inundó el piso en un hedor putrefacto y químico.
—Negocios, dice el Defectuoso.
Además, no comprendo la actitud irracional que maneja el desarrollo del complejo considerado como Tullugal.
Refunfuñó la mujer mientras maldecía y mantenía una atmósfera agobiante en el grupo que terminaba de cruzar la puerta.
Ya cuando estos se marcharon, Silas trató de salir, pero de la misma forma que se había encajado en la piedra, ya no lograba salir de esta, atrapado.
Tras varios intentos, la piedra crujió, al igual que el suelo.
—No… ¡Maldita sea!
Silas solo vio cómo el vacío en el que estaba se llenaba de sonidos del ambiente cediendo ante el deterioro por la inclemencia del tiempo.
El polvo y restos de sedimentos se alzaron en una gran nube que cubrió todo, volviendo el aire denso y asfixiante.
—Debo tratar de evitar caer más seguido… o seré carnada de esas cosas como cucarachas de pacotilla.
Reclamó Silas, retorciéndose de dolor en lo que a su alrededor se escuchaba cómo centenares de pies se movían a su alrededor.
Pies, garras, pezuñas, todo tipo de avance se acercaba a él, como también el olor a muerte que impregnaba este piso, atraído por el colapso y el olor dulce de su icor.
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