El Circo entomológico delirante - Capítulo 19
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19: jardín de salchichas y tornillos 19: jardín de salchichas y tornillos Habían pasado horas, o tal vez días, pero no lo sabía, su mente y cuerpo estaban perdidos en ese momento envuelto de oscuridad, no como una conocida, sino por una oscuridad bestial que se alimentaba de el.
Solo era una seguidilla de violentas olas de violencia que terminaban con su presencia física para volver a despertar y ser consumido, cortado, empalado y digerido de las peores formas posibles.
Él estaba en la nada, la oscuridad absoluta.
Si bien había empezado a acostumbrarse, como su cuerpo a dejar de ser su forma habitual, seguía sufriendo, consumido por las atrocidades de este abismo.
—Debo salir… Salir… No… Olvidar… Las palabras de Silas se diluían, al igual que cuando había entrado a la oscuridad de aquella habitación.
Solo deseaba encontrarse con Elías que le tomara la mano y lo sacara de tal terrible situación.
Pero eso nunca sucedía; solo se abalanzaban ellos una y otra vez hasta que cada uno quedaba satisfecho con su cuerpo.
—Yo… No… rendir… Apenas dijo cuando volvió a estar casi entero, moviéndose con dificultad.
Ahora él era quien daba zarpazos de un lado a otro sin lograr acertar ningún golpe en la oscuridad, ya que atacaban sus puntos débiles en total oscuridad tantas veces que solo podía volver a levantarse —Bacalaos…peces espada… ratas… ratas de muelle… Esbozó al volver a incorporarse, pero esta vez salió corriendo en una dirección.
—Debo… huir, huir… ¡O los mato a todos!
Murmuraba para sí mismo.
No era el miedo del principio; era algo más, una rabia elemental, lo que le invadía.
Ya le daba igual para dónde iría; solo deseaba lograr hacer algo en ese espacio opresivo que no le permitía hacer nada.
Sintió cómo su cuerpo era partido, segmentado y devorado, pero en su mente pensaba que estaba logrando llegar a algún lado, por lo que al despertar, lo volvía a intentar: siempre a algún sitio, siempre pensando que encontraría la salida.
—¡Muévase!
¡Salga de mi camino!
Gritó, pero la voz no era suya, tampoco humana.
Deteniéndose y haciéndolo pensar si acaso había dejado de ser tan siquiera algo parecido a un humano.
Este trató de apretar los dientes, aunque no los sintiera, y corrió una vez más como luego otra.
Al recibir un arañazo profundo, Silas lo regresó, dando como resultado un grito de dolor acompañado de un hedor espantoso.
Aun así, no le importó y trató de acertar otro golpe a la ubicación del ruido, pero le esquivó.
En cambio, lo sujetaron, en lo que de fondo la bestia herida era consumida por el resto.
El opresor de Silas lo comprimía, siguiendo oprimiendo hasta parecer que lo estaba por dividir a la mitad, pero de algo se dio cuenta Silas que fue el sabor de su captor esto desde la ubicación del agarre mortal.
Por consiguiente, Silas fue sujetado entre los extremos y dividido.
Repitiendo el ciclo atroz, sin dejarle morir en paz, o darle tiempo para juntar sus pensamientos.
Tras intentos fallidos, Silas terminó tropezando, pero no fue consigo mismo o con alguna de las atrocidades que habitaban en el vacío.
Era una escalera.
Trató de subir.
Se afirmó con fuerza de la baranda, en lo que usaba las piernas lo más rápido posible.
Estaba simplemente desesperado, pero su suerte no estaba de su lado.
Un sonido metálico se hizo evidente más arriba.
Un brillo rojizo se hizo presente entre el negro.
El olor a acero y carne amarga era notorio.
Pero de lo que podía distinguir tenuemente, esa cosa no era ni por asomo una cucaracha.
—Muévete engendro… muévete… ¡Soy yo quien… la plancha!
Silas estaba alterado, y le daba igual que este lo acabara de la forma que quisiera.
El muchacho estaba ante la oportunidad de ser libre, pero cada vez que trataba de evitar a esta figura que cada vez se hacía más definida, Silas se volvía más difuso.
—Muevete… O te mover… Yo… ¡Yo te muevo!
El muchacho no se dio cuenta de su seria dificultad de habla hasta que ya era tarde, apenas lograba esbozar palabras como la Langosta.
El joven dándose ánimos para enfrentar lo agobiante que era enfrentar a esta criatura en la oscuridad.
A diferencia de antes, las criaturas no se abalanzaban a Silas cuando rodaba por el suelo, en cambio aguardaban.
Eran cautelosos.
—Ayudar… Ayudar… ¡Necesito ayuda!
Buscó la forma de comunicarse sin éxito, pensando que serían iguales a los otros.
Pero en cambio, no tuvo respuesta alguna, solo gruñidos, la sensación de incertidumbre, muerte y fracaso por su parte.
—Alimañas… cobardes… Pudo decir Silas acusando a quienes antes lo habían torturado por tanto.
Este sin más remedio se lanzó en una carga, sintiendo que su cuerpo, en vez de correr, se deslizaba, que empezaba a serpentear por alguna razón si él no se enfocaba en tener su mente centrada en su forma, en lo que debía hacer de avanzar paso a paso.
Esto era nuevo y le trajo muchos más fracasos, hasta que en uno de estos fallos, hizo que viera una oportunidad en esta agonía, fue entonces que la bestia falló, sacando chispas contra los barrotes.
Fue breve, pero suficiente para que comprendiera que aquello era aún peor.
Su comprensión del miedo se estaba rompiendo, al igual que se había roto él, hasta que solo pudo hacer una única cosa, reír de sí mismo y todo lo que le había estado pasando.
Silas rió con fuerza.
Le dolía reír, pero fue lo único que pudo hacer.
Corrió con todas sus fuerzas y trató de hacer lo mismo que con la otra criatura, pero un golpe lo acabó para repetir el proceso.
Entre risas y gritos de sí mismo se burlaba de la desgracia y el horror que estaba viviendo.
Un golpe tras otro, y la criatura de carne procesada, metal y depravación volvió a golpear la escalera que tanto resguardaba.
Esto sacó chispas, pero partió las escaleras,la escalera maltrecha no aguanto tanto castigo tragando a ambos a otro piso más abajo.
La carne rancia y soldada al metal cayó sobre Silas, haciendo que este sintiera como de sí mismo fluía icor nauseabundo, sintiendo el sabor de la carne y metal.
Este volvió a sentir un terrible dolor con el peso que le quitaba toda fuerza.
Sin embargo, aun así, rió.
Él ya no sabía si era por dolor, por miedo o porque todo se había vuelto un juego atroz en una vida que no podía perder.
Un líquido espeso gorgoreaba sobre Silas, este se percató de una fisura en el armazón de la bestia, adentrándose en su interior.
Era su momento de regresarle el favor a la bestia que volvía a pararse en total oscuridad.
El muchacho buscó entre los escombros hasta que encontró un fragmento de metal del propio ser que por los escombros se desprendió.
—¡Damas y caballeros!
¡Niñas y niños de todas las edades!
¡Su payaso ha vuelto!
Gritó Silas con risas linfáticas a lo que esté pensaba que era uno de los oídos de la bestia, pero fue empalado por una de las extremidades metálicas, azotando lo contra el suelo, está con un gruñido acercó al joven, mientras la bestia abría sus fauces con un movimiento atroz de motores.
—¡Es hora que el espectáculo brille una vez más!
¡Fuego!
Gritó, golpeando el metal contra el metal con todas sus fuerzas, pero no dio resultado hasta que la bestia lo engulló en abominable en su fauces de innumerables dientes mecánicos.
Pero el trozo de metal se atascó y gritó junto a los dientes que comenzaron a embestir contra este sacando chispas, permitiendo ver a Silas lo que quedaba de él como donde estaba, hasta que una sensación caliente aumentó, tragando a los dos en un terrible castigo.
—¡Fuego!
¡Fuego!
Con las llamas, la bestia bramó, dejando a Silas incrédulo contra un ser desagradable que era consciente del martirio que le había provocado, escupiendo a su presa, el joven se movió por el suelo para detenerse riendo de lo atroz que era todo esto, en cambio la bestia gritaba en una cacofonía mórbida, usando sus extremidades de forma frenética para alejarse de las llamas, tratando de conseguir algo con que apagarse.
El muchacho vio el fuego propagándose, y con sus movimientos serpenteantes recogió lo que parecía ser un fémur con tela y lo untó en el icor con fuego.
Si este no podía subir, se aseguraría en bajar hasta encontrar la forma de subir.
Y lo haría con su propia antorcha de icor y hueso.
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