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El Circo entomológico delirante - Capítulo 20

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  3. Capítulo 20 - 20 el domador y las bestias
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20: el domador y las bestias 20: el domador y las bestias Silas parecía determinado en su movimiento del cuerpo cambiante.

Sus pasos o la sensación de deslizamiento viscoso que ahora reemplazaba el paso cuando se enfocaba en su objetivo, estos en ningún momento se detuvieron hasta que se encontró con restos de individuos perdidos en la oscuridad, restos colosales de maquinaria orgánica olvidados en la negrura, impropios del lugar, pero más allá habían restos de lo que parecían bestias de relatos.

—Muévete… Muévete… condenado cuero… gusano… muévete… Murmuró Silas, sin saber si era él quien ya lo decía o si era el eco de la criatura que lo había desmembrado antes.

Desde más allá del vacío se escuchaban los pasos que seguían y descendían sin revelar sus intenciones, un raspado de placas de quitina y el clack ocasional de mandíbulas.

Pero esto no le interesaba a Silas, quien había perdido su propósito al descender.

Dudaba si estas cosas eran realmente reales o solo su mente, que le jugaba malas pasadas.

Este observaba el fuego y le hablaba ocasionalmente.

—Muévete… Cuero, eres un cuero… Muévete… Condenado… Este replicaba sus palabras en el transcurso de su camino sin importarle nada.

Con la ayuda de la antorcha, vio lo que escondía la oscuridad.

Los pisos tenían lo mismo, un sinfín de objetos, prendas, muebles como objetos extraños de todo tipo de formas y composiciones, como un depósito de chatarra de épocas pasadas como las que parecían de las venideras.

—Muévete, solo muévete… Silas protestaba entre gruñidos inhumanos que intentaban ser lenguaje.

Avanzó, agregando ocasionalmente materia a la antorcha para avivar a su compañero y a quien resguardaba su cordura.

A Silas no le interesaba lo que era.

Si bien, muy en el fondo podía tener algún vestigio de inseguridad de lo que hacía, este simplemente era sofocado por la risa.

Incluso cuando vio su mano, o lo que aparentaba ser una densa masa de carne con piel que sujetaba la antorcha, sentía con esta su tejido blando, podía degustar y oler, algo nuevo, extraño y desafortunadamente chistoso, ya que le causaba risas el pavor que esto provocaba.

—Muevete… debes… ¿Por qué?…

Que debo… Su andar se veía estremecido por movimientos que debían hacer que su forma de actuar se repitiera una determinada cantidad de veces.

Su comportamiento, que era una forma involuntaria de reacción ante lo que le rodeaba, provocaba confusión y miedo en el corazón de Silas, como también su mente perdida era hostigada con pensamientos ambiguos que le provocaban espasmos.

—Odio los espasmos, son desagradables… No pudo seguir hablando cuando estalló de risa, su risa, la cual si bien.

Provenía de él, había un eco que se distorsionaba de esta que no le pertenecía.

Con esos golpes involuntarios de su cuerpo agónico, Silas lo decía con su voz llena de humor y risas que ocultaban su verdadera cara.

En lo que volvía a bajar los pisos, había circunstancias raras.

Observaba rostros que trataban de ser humanos, pero eran solo similares a huellas borrosas que ensuciaban el vacío a su alrededor.

Ahora bien, este sabía que detrás de esos ecos visuales podía sentir cómo algo le miraba a la distancia con una mezcla de malas intenciones como de rechazo por su presencia en este lugar.

La oscuridad ocultaba muchas cosas, como vidas primitivas, otras que eran algo concientes y ambos sabían que este se movía en lugares indebidos.

Fueron susurros lo que lo alertaron.

A su observador se aproximaron más cosas, pasos que ahora eran descuidados, movimientos y voces no humanas.

Este, sin embargo, no habló; solo avanzó, tomando la siguiente escalera, recorriendo el siguiente piso, encontrándose con algo distinto, incómodo.

—Aléjate… Aléjate… Aléjate… ¡No hay espectáculo para ti!

El sonido del silencio en el vacío fue irrumpido por una sutil voz, está se repetía incesante a cada paso que daba Silas.

—No hay nada, regresa y sálvate… No hay nada… El murmullo se intensificó, cuestionando la cordura del joven gusano que se movía con la antorcha.

—¿Qué pretendes?

¿Quieres saber algo?

¿El secreto de mi gran acto?

¡Jamás lo revelare!

Una voz resonó frente a Silas, volviendo a sonar con autoridad.

En cambio, los sonidos del anterior piso le volvían a seguir.

Su mente formulaba incontables ideas fugaces, pero por sobre todo que había caído en una posible trampa.

Esto acentuó su risa que no podía ocultar.

Frente a él había una figura.

Sombrero de copa negro, un traje combinando negro, rojo y blanco en una vestimenta elegantemente antigua, pero le daba una presentación imponente.

—¿Qué quieres?

¿Qué quieres?…

¿Acaso no venías a buscarme?

No quería… Este esbozó con una voz que cambiaba con cada palabra, sin volver a ser la misma.

Esta era seca, vieja, pero no se detenía como tampoco dejaba de cambiar, sin dejar de mirar al lugar que observaba.

Pero de la misma forma, Silas avanzó, ignorándolo como si fuera parte de todo lo visto anteriormente.

—¿Qué quieres?

¿Qué quieres?

¿Acaso no venías a buscarme?

¿Se olvidaron de mi?

Preguntó sin respuestas, donde parecía recibir respuesta de los ecos de las voces de los perseguidores del gusano joven, quien solo envolvió más tela para que no se pagará el fuego.

—Sabes que estás en una marcha eterna.

¿Cierto?

¿Una bestia sin dueño?

Respondió la criatura alta, rascándose con sus uñas amarillentas y gruesas que sacaban trozos de costras de piel grisácea como las de un pescado de su propio cuello.

—Si quieres subir debes tomar la escalera, si quieres poder me encontraste, si quieres volver a ser normal, también me encontraste.

Solo… ¡¿Puedes dejar de moverte?!

¡Insolente!

Gruñó furioso al ser ignorado por Silas.

La criatura sacó un látigo y envolvió al gusano que fácilmente logró salir de su amarre, por lo que volvió a dar un golpe con el látigo sobre este, solo partiendo al gusano.

—Veamos si te parece divertido esto.

¡Toma tu castigo!

Murmuró para sí, dando un fuerte golpe a Silas.

—Parece que las cosas han empeorado estos días en mi ausencia.

¡Esto no es orden!

Dio un comentario lleno de desagrado para golpear de nuevo y acabó con la vida de la antorcha, dejando de nuevo estos pisos inferiores en eterna oscuridad.

—Ahora sin fuego puedes escucharme.

Te siguen los Anunnakis, o resto de lo que fueron.

Debes venir y decirme por qué estás aquí.

¡Soy el Domador!

Pero Silas se detuvo un instante para dejar cuidadosamente los restos de su compañero y seguir avanzando en la oscuridad.

—Debes estar bromeando, pequeña alimaña… En mis años de domador, nunca había sido testigo de una bestia tan terca… Las luces se prendieron, acompañadas de los Anunnakis más débiles que comenzaron a quemarse, mientras el resto huía.

Estos, con figura humanoide curvada, se retorcieron hasta volverse cenizas.

Pero al domador no le interesó la plaga, le interesaba este que se negaba a escuchar o responder, ya que cualquier criatura bestial era sometida bajo su voluntad.

—Dime… ¿Qué te hace tan especial?

¿Quién eres?

¿Quién fue el que te cambió?

Este preguntó, observando y analizando al joven buscando descubrir que era el método que lo cambio, su cuerpo se desvaneció en una especie de gas que como un vapor gelido se movía a su alrededor.

—¡Fascinante!

La verdad es aburrido, no tienen nada de especial mezclar bestias.

Lo importante es tenerlas todas.

El domador, como neblina, se condensó frente a Silas, mostrando sus rasgos grisáceos que conectaban a su rostro como una máscara vieja sin expresión.

—Responde la criatura inferior… Silas, o el joven que era un gusano, le miró.

Ojos ennegrecidos que parecían de un muerto, piel bulbosa, lisa y húmeda, en peor estado que la de los demás gusanos.

—Soy Silas.

Silas Hernández.

Dijo fríamente Silas, mirando a los ojos al domador, quien parecía asqueado ante la respuesta de quien no debía responder.

—Así que el gusano es un Hernández… No me suena, pero deben ser mezcla para poder ser algo estables… Una aberración a medio camino.

Comentó la criatura, girando alrededor de Silas.

—¿Sabes cómo te convertiste en una bestia?

Digo, eres una… sabes, esas cosas de barro que hicieron, pero te cambiaron.

Luego serás desechado.

¿No lo sabes?

Preguntó el domador, con aires burlescos, pero Silas siguió su caminar, ignorando al domador, quien le siguió.

—Bueno, no tengo muy claro cómo lo hacen, pero como resultado deberías tener una u otra característica… Luego será desechado.

Comentó esto en búsqueda de emociones, pero volvía a no tener respuestas, por lo que solo desvaneció su forma, avanzando como un gas alrededor del joven.

—Tú… ¿Tal vez eras un payaso?

Un idiota sin talento en mi Circo… Preguntó, iniciando un monólogo interminable, descargando y contando cosas que a Silas no le interesaba ya que nada le era conocido.

—Bueno, Silas, mi nueva bestia, será mejor que preparemos el siguiente espectáculo.

Debo volver a mi piso.

Para demostrarle a todos mi espectáculo tras mi retiro… ¿Por qué me retiré…?

El domador titubeó, a lo que volvió a rascarse, pero esta vez sacó su sombrero, revelando una calva perfecta que tenía en el medio una estaca de metal con un grabado, como un clavo de ferretería.

—No sé, no me acuerdo y estoy aquí, pero… ¿Por qué?

Esto hizo que Silas se detuviera.

Estaba confundido por lo que escuchaba.

—Tu no tienes piso, no hay nada para ti arriba.

Las palabras del gusano fueron un detonante en la mente del domador.

—Ahora no eres más que olvido, como lo soy yo en la oscuridad.

Comentó Silas con grandes risas que retorcían la frialdad de sus palabras.

—¿A qué te refieres?

Debo tener mi escenario, mi público, mis bestias.

¡¿Qué hay arriba?!

¡Dímelo, gusano!

Ambos se detuvieron.

La expresión del domador cambió, no era familiar, tampoco buena.

Esta era de odio puro.

—He visto y oído de algunas cosas como tu… lo que llaman como Tullugal.

Comentó con dificultad Silas.

—En mi camino eso escuché del Anfitrión con unos tipos que no son de aquí.

Esto descolocó al domador, pero las palabras de Silas aún no terminaban de incomodar a esta criatura.

—Llamaban al Anfitrión como Tullugal dañado.

Habló Silas, mirando a las criaturas convertidas en cenizas.

—Ustedes son la masa de carne que vi arriba, o tal vez ellos y no tú.

Añadió, dando un toque ácido a sus palabras.

—Eres la parte rota, la pieza faltante de carne, fuiste quién estuvo escondido.

Divagó Silas, acercándose a una de estas cosas, para así tocarle y que se derrumbara su cuerpo, dejando algunos objetos en su lugar.

—Si buscas tus cosas, solo sube y verás que están repartidas por los pisos vacíos.

Hay un piso lleno con lo que se.

Podría llamar bestias, pero están custodiados por horrores de metal y carne.

Las palabras de Silas fueron extensas, cada una un puñal que brotaba de la boca inexistente de Silas, que incomodaba al domador, haciéndolo pensar en cómo todo había dejado de ser como debía ser.

—¡Absurdo!

¡Mentiras!

Expresé mi desacuerdo, como también la idea del Anfitrión de probar con esas cosas… ¿Por qué?…

Eso baje… El Domador comentó, dándose cuenta de lo que había bajado por una razón olvidada.

—Bajaste… Y…?

Habló Silas, mostrándose inclemente ante la confusión de la criatura, que se percató de su terrible carencia de memoria.

—Subamos… Quiero ver qué es lo que tengo, lo que fue de cada una de mis cosas, mis mascotas y juguetes.

No puede ser que me olvidarán tan rápido.

¡El Circo es mío!

Este avanzó en sentido contrario, pero Silas se mantuvo en su lugar.

—Pero así es el espectáculo.

La audiencia siempre olvida.

Esto fue un detonante terrible para el domador, quien tuvo un cambio sutil en su traje, como una mueca extraña en su máscara, a lo que dio un grito como de pesadilla, reduciendo la distancia entre ambos, para sujetar el cuello de Silas.

—¡Yo digo cuando el espectáculo acabe!

¡Yo jugaré y tendré tantas mascotas deseé como les daré de comer lo que me apetezca!

¡Tú eres la primera!

Este comprimió al joven, no por diversión, no por enfado.

Como una forma de domesticar a este fenómeno como un juguete nuevo.

Sin embargo, la risa del muchacho lo irrumpió, por lo que, sin decir nada, arrojó a Silas al suelo.

El muchacho ya se imaginaba el impacto, pero solo sintió caer.

—¿Qué?

Una breve palabra dijo Silas, viendo cómo pasaba por el suelo que se abría para no tocarse.

—¡Por el cangrejo!

¡Me va a matar!

Gritó Silas, viendo cómo el suelo del siguiente piso se aproximaba y seguía cayendo a través de los pisos siguientes que se abrían antes que este impactara.

—¡Merluza, cara de bacalao, tienes cabeza de pez luna…!

¡Gusano olvidado!

Gritaba Silas furioso, pero las risas se escapaban solas en lo que el aire se volvía denso en su descenso.

De pronto, en la oscuridad absorbente del mundo que descendía, Silas cayó al agua.

—Espero que un buen chapuzón te haga reflexionar en tus modales.

¡Mi Circo no tolera la insolencia!

Expresó el domador riendo sutilmente, este bajaba con gracia en un descenso controlado.

Este miró a su alrededor.

Una colección secreta, aunque distinta de los últimos días que había dejado como estaba.

Esta agua era densa como baba, la textura y sabor eran espantosas, haciendo que Silas intentara regurgitar sin éxito, ya que podía sentirlo al tocarlo.

—¡Eres una rata de muelle!

¡Esto apesta!

Gritó Silas envuelto en el hedor a cadáver, basura, pero por sobre todo la descomposición era impactante.

En este fango líquido primordial podía sentir cómo a su alrededor se movían cosas.

—Eso sin duda es muy cruel de tu parte.

¿Acaso no buscabas bajar?

Expresó el domador, llevando sus manos a los ojos, fingiendo llorar.

—¡Eres una merluza!

Gritó Silas, tratando de ver algo cerca suyo sin éxito, pero con el brillo que daba el piso de arriba pudo distinguir algunas cosas.

—¡Hola!

¡Que tal…!

¿No están lejos del mar, preciosas?

Comentó Silas, incómodo ante las criaturas que estaban abajo.

—Esta es una de mis colecciones, si es cierto lo que dices deberían haber indicios de que estaban en… La criatura habló elocuentemente, dando pasos sobre el agua sin tocarla.

—Para tu información, esta debe ser tu única colección.

Ahora se volvió mucho más valiosa.

¡Porque está viva!

Silas lo interrumpió, quien tenía su expresión de odio ante la irrupción del joven.

—Saludos joven, o tal vez cuero… Estás interesado en… ¿Quieres unirte a la colección?

Comentó una voz distorsionada que actuaba como una cacofonía de voces incomprensibles desde el fango.

—¡Cállate Serkib!

Además, explícame… ¡¿Por qué estás tan vieja?!

El domador le interrumpió, haciendo un revuelo en la oscuridad alrededor de ambos.

—Ni siquiera sabes que tienes en tu colección… Eres una vergüenza de bucanero de agua dulce.

Regañó Silas al domador, lo cual revolvió las sombras en un coro de risas.

Por lo que sumergió a Silas en el agua como venganza ante su falta de respeto.

—¡Les permitiré deambular y comer…!

El Tullugal alzó la voz, pero todos rieron.

—Patético.

Somos descendientes mestizos de tus mascotas, no pretendemos ser tus juguetes.

Las cosas cambiaron al viejo laberinto.

No hay nada que puedas hacer por nosotros y nosotros no tenemos nada que ver contigo.

La máscara del domador quedó inexpresiva, resquebrajado ante el impacto de haber sido olvidado, lo único que logró hacer era temblar.

Ninguno se interesó más por el domador, por lo que esté regresó a los pisos superiores.

Solo algunas risas y despedidas extrañas resonaban mientras Silas se marchaba, sujeto por el domador.

Un tentáculo se extendió ligeramente hacia el muchacho, dejándole una especie de máscara sonriente de hueso o material orgánico seco como si diera aires a ser una especie de metal.

—Esto te dará suerte, espero que nos volvamos a ver… y manda algo fresco cuando puedas.

Comentó la voces distorsionadas en un sonsonete juguetón.

Silas la miró y sin titubeó la colocó en su rostro mientras se elevaban y los pisos se cerraban detrás suyo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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