El Circo entomológico delirante - Capítulo 3
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3: La comida de un entomólogo 3: La comida de un entomólogo Fue entonces cuando Gaspar abrió la puerta de metal, revelando una habitación idéntica a la que habían estado, aunque esta tenía un papel tapiz diferente, igualmente dañado.
El patrón floral, descolorido y rasgado, parecía una burla del mundo exterior, salvo por algunas herramientas que se veían estropeadas y unas lámparas de mano.
—Es acogedor, ¿no te parece, viejo?
Misma miseria, diferente color de moho.
Silas comentó, dando un suave silbido mientras miraba a su alrededor.
—Cierra la boca, o te la cierro yo.
Este es nuestro nuevo lugar, hasta que el vendedor de dulces, el Maestre de ceremonias, o quién sabe quién más, nos dé un aviso.
Gaspar comentó, su voz tensa, buscando constantemente puntos ciegos.
Fue ignorado por Silas.
El chico miró a su alrededor, notando algunas diferencias.
—Veo que usaron el mismo decorador.
Hizo una broma sin humor, una capa delgada sobre el pánico, pero su mirada se sintió atraída por algo más significativo.
Junto a una cama con el colchón roto había un trozo de papel.
—¿Qué pusieron?
Parece propaganda familiar… o lo que ese viejo grotesco de la familia Gutiérrez muestra… La misma arrogancia de siempre.
Dijo Silas con desprecio, sabiendo que el hombre había estado cerca de capturarlo.
—Esas son notas generales.
Pertenecían a alguien.
Randall sabía su nombre.
Un tipo que ya está abajo…
en los pozos centrales, o que se yo.
Gaspar comentó, sosteniendo uno de los muchos bocetos dibujados con trozos de carbón.
Los dibujos eran anatómicamente precisos, estudios de las criaturas del subsuelo.
—Apenas conozco algunos pero el resto no se si son por locura o que estamos realmente … Gaspar susurro incómodo viendo cómo algunos dibujos detallados se volvían en frenéticos rayones que buscaban relatar algo que terminaba en incoherencias.
—Lo que sea, viejo… ¿No crees que hay muchos miembros del circo?
Y todos parecen tener nombres absurdos.
Silas comentó, sosteniendo la imagen de los hombres.
—¿Qué dice?
Silas preguntó sobre lo que estaba escrito en el papel.
—Ni idea.
Randall tenía un compañero que era el compañero del que sabía leer.
Una capacidad que solo tienen los inutiles, ¿ves?
El hombre se rascó la mejilla, tratando de recordar.
—Randall lo llamaba el bastardo aburrido.
Resulta que el aburrido tenía un tipo que se pasaba todo el tiempo leyendo y hablando de lo que estaba escrito… un entomólogo autodidacta.
Obsesionado con lo que está en las sombras, clasificando la miseria.
El joven se rascó la comisura de los labios ante la información.
Un tipo que leía en este infierno.
¿Qué clase de locura era esa?
—Supongo que esos tipos están más que muertos… Consumidos por sus propias clasificaciones.
La observación, cruelmente cínica, del chico hizo sonreír a Gaspar.
—Y pensar que en todo este tiempo, nadie ha llegado tan abajo… Incluso dudo que los Gutiérrez o los Ruiz o incluso los Fernández pudieran poner un pie aquí.
Esto es el secreto de Solomon, la verdadera mierda que nadie ve.
Gaspar comentó, preparando algunas herramientas que parecían ser para limpiar.
Estaban considerablemente sucias y dañadas.
—¿Vamos a limpiar con eso?
¿Con ese óxido?
¿O es un ritual?
Silas preguntó.
Aunque no estaba familiarizado con la limpieza, dudaba que hicieran algo con esa chatarra.
—¿Estás tratando de robarme el trabajo?
Esta es mi función.
Mi penitencia.
Agarra un balde y ve a esa habitación.
No tienes que ser inteligente para saber qué hacer a continuación.
Dijo Gaspar, tomando una caja de herramientas en su otra mano.
—¡Espera, pirata de agua dulce!
¿Así sin más?
¿Esto no debería tener una explicación o método para hacerlo?
Expresó confundido Silas y algo molesto pero mayormente confundido, ya que sentía que estaba quedando solo sin comprender muchas o más bien todas las cosas.
—¿Cómo se alimenta a las moscas sin que te devoren la mano?
Es algo que lo aprendes por las buenas o por las malas.
Gaspar gruñó a regañadientes, preparándose para partir, sin embargo el muchacho parecía terco en hacer lo que le había ordenado.
—¡Embustero traidor de las órdenes de Solomon!
¿Es esta forma en que mantienes el emblema de los Hernández?
Vergüenza, eso lo que deberías tener en el pecho.
Silas gritó, sin saber cómo alimentar a esas mujeres, solo tratando de dramatizar para conseguir algo a cambio.
Gaspar dejó las cajas y se frotó la sien con disgusto, mientras soltaba un largo suspiro amargo.
—Pasas por esa puerta, presionas el botón.
La comida cae en el carro.
Tienes que empujar el carro y alimentar a quien encuentres.
Lanza el resto antes que se agote y corre.
No hables, no mires.
No eres su amigo.
Gaspar se alejó, molesto con el joven, dejando la puerta entreabierta.
Esta se balanceó hacia atrás lenta y pesadamente.
—Idiota.
Silas gruñó para sí mismo.
Su resentimiento por Elías y el resto, era su única fuente de calor, una fuerza que sí propio cuerpo erigía en contra de su nuevo entorno.
Se dio la vuelta para entrar en la habitación.
Fue en ese breve momento que una mano sujetó la puerta con delicadeza.
Silas miró con disgusto hacia donde tenía que empezar a trabajar, dándose cuenta de que no necesitaba ser inteligente para entender.
La habitación era austera; las paredes crudas y sucias estaban salpicadas de residuos incrustados: sangre seca, fluidos marrones, trozos de hueso.
La inmundicia era la decoración.
—Bueno, no hay mucho que hacer.
Vamos a buscar el carro.
Se dijo a sí mismo.
Caminó hacia el carro debajo de una trampilla con un botón cerca.
—No me gusta este trozo de alga.
Dijo el joven, no por una mala sensación, sino por el hedor que salía de ella.
Jugos marrones y viscosos se deslizaban por los bordes de la trampilla, una sustancia química y orgánica a la vez.
Sin dudarlo, Silas se acercó al botón y lo presionó para terminar de una vez.
Fue entonces cuando una gran pila de basura, excrementos y los restos apenas reconocibles de una amplia variedad de cuerpos de animales, y algo más.
llenaron el carro sin cuidado.
—No, no me sorprende… Esperaba algo peor, pero la realidad es solo basura.
Dijo suavemente.
Silas era indiferente a este tipo de cosas, su cinismo era su armadura, pero le resultaba difícil tener que cargar lo que él habría tirado por inútil.
Haciéndose pensar en cualquier otra cosa, el joven empujó el carro.
Este soltó chirridos agonizantes que perforaban el silencio, quejándose por los años y el abandono de su sucio trabajo.
Salió por la puerta, chocando la parte delantera abollada del carro contra la puerta de metal, que estaba marcada por su ingrato trabajo.
—Supongo que tendré que acercarme… No veo que tengan comedores por aquí… Silas no notaba sus monólogos.
Simplemente miró lo que odiaba hacer, respiró suavemente y entró en la oscuridad, llevando la luz de la linterna de mano consigo.
Era un faro en las profundidades del mar oscuro de sombras, llevando cebo.
Dejó que la puerta maltratada se cerrará detrás de él por su propio peso.
Varias siluetas, como muñecas de porcelana demasiado altas y huesudas, se quedaron quietas, esperando a esta nueva adición, sin saber cuánto duraría.
Pero una cosa era segura en ese momento: era la hora de la verdadera fiesta.
—¿Alguien quiere comer?
¿Nunca quieren comer cuando traen la comida?
Silas habló en voz alta, dudando que el escuálido Randall hubiera sido suficiente comida para llenarlas a todas.
Pero a diferencia de antes, nadie se acercó.
Vio al enjambre moverse con cautela en su presencia.
—Genial, hasta las moscas se resisten a comer… Silas miró hacia la oscuridad.
A diferencia de antes, esta no lo estaba tratando de la misma manera, la amenaza era ahora contenida, expectante.
—¡A ver!
Miren.
¿No ven qué sabroso es esto?
No es basura, es un manjar de Solomon.
El joven sacó un pequeño muslo de un animal que parecía algo mohoso.
Fue entonces cuando le dio un bocado a la carne agria, con un suave regusto a tierra.
Comer ese horror era un acto de desafío, una forma de demostrar que no era alimento, sino depredador.
—Esto está bueno.
Sin embargo, su gesto de que era comestible no provocó ningún cambio, lo que lo molestó.
—Les haré el favor, cosas estúpidas.
Gruñó y buscó más trozos como el que probó, luego arrojó los restos seleccionados a las moscas.
Hubo gruñidos ante el acto agresivo.
Sin embargo, despertó cierta curiosidad.
No eran rocas, ni basura inútil.
La comida estaba a sus pies.
—Parece que no son tan estúpidas después de todo.
Silas se frotó el cabello mientras una de ellas tomaba el trozo.
Pero con el primer bocado, provocó un salvajismo.
Después de ver a su compañera disfrutar de la comida, se arremolinaron y lucharon por los suculentos restos.
Por un segundo, el hombre sintió que había logrado algo, una sensación de dominio sobre el caos, pero luego vio al enjambre corriendo hacia él.
Se preparó para defenderse, pero una mano grande tocó su cabeza, por lo que no se movió.
El enjambre sombrío pasó a su alrededor, asaltando el carro.
—Yo… asumo… que… eres… nuevo… Yo… soy… uno… de… los… mosquitos… Mi… nombre… es… largo… Comentó una voz lenta, apagada y áspera, sosteniendo a Silas con gran fuerza.
Su agarre era como de hierro, pero sorprendentemente cuidadoso.
—Gracias, supongo.
¿Cómo te llamas?
La mujer hizo un sonido de vacilación que Silas notó que la hizo aflojar un poco su agarre en su cabeza.
—Nadie… tiene… un nombre… aquí… Ni… siquiera… tú… solo… el… propósito… Dijo la mujer lentamente, mientras el caos disminuía poco a poco.
—Pero… nos… llaman… Añadió la mujer con calma.
Justo entonces, Silas observó cómo una figura parecida a una mosca se ahogaba hasta que escupió un trozo de algo que sonó como vidrio.
—Nos llaman caballitos del diablo.
No nos gusta, pero es mejor que nos llamen libélula.
Dijo una voz femenina ligeramente aguda, hablando con normalidad.
La rapidez de su habla contrastaba horriblemente con la lentitud de su hermana, revelando un desorden psicológico.
Una se negaba al presente, la otra lo abrazaba desesperadamente.
—Gracias.
A las dos, creo.
Silas dijo, viendo que las moscas iban por unos grandes restos por los que estaban peleando.
—No… me… interrumpas… cosa tonta… Solo… yo… puedo… elegir… Protestó la mujer lentamente contra el otro caballito.
—No seas así.
Me pondrás triste, pero no entendí lo último que dijiste.
¿Puedes repetirlo por mí?
Lo dijiste muy rápido.
—Idiota… sabes… que… yo… solo… hablo… así… por… Sonaba disgustada, protestando por su problema del habla.
—Por el accidente de hace unos años.
Siempre dices eso cuando me molestas.
¡Deja de recordarme que me caí!
Las hermanas comenzaron una lenta y absurda discusión sobre sus defectos, momento en el que Silas se liberó con cuidado y se movió hacia el carro, que estaba casi vacío.
La discusión era una fachada de humanidad que contrastaba con su naturaleza depredadora.
—Maldita sea, será mejor que vaya a buscar más.
Fue entonces cuando se dio la vuelta y vio figuras casi rectas en las sombras borrosas, solo iluminadas por la tenue luz de fondo cerca de la puerta.
—Supongo que también son mosquitos.
Las moscas se comieron casi todo, pero conseguiré más comida.
Silas comentó, intentando pasar entre las largas piernas, sin saber a quién pertenecía cada una.
—…Diferentes…
Extrañas…
Curiosas…
Hambrientas…
No… te… vayas… todavía… Era un suave coro de susurros femeninos que acompañaba la atmósfera mortal de la oscuridad.
Pero dejó de mirar a su alrededor cuando, frente al chico, una mano larga que parecía estar saliendo de un letargo descendió, emitiendo crujidos anormales.
La piel era tan pálida que parecía translúcida.
—Supongo que vas a querer algo.
¿Verdad?
Las demás se llevaron todo del carro, pero en la sala hay más.
Tendré que ir a buscarlo de nuevo.
En respuesta a su explicación, solo hubo un silencio lúgubre acompañado de la atmósfera mortal de esta gran prisión de cemento.
El joven quiso enviarla a donde estaba la familia Díaz, pero no quería terminar peor que Randall, así que rebuscó en su carro, sacó algo de basura y encontró unos buenos trozos de pan mohoso y duro, conservado por las recetas casi profanas del burdel.
—Esto parece el pan del burdel.
Come esto… No me pidas más.
Aunque el joven extendió su brazo, ella no se acercó.
Mantenía una distancia ritual.
Por lo que él se lo entregó rápida pero firmemente, lo que hizo que ella lo tomara hacia arriba, escuchando sus movimientos apenas perceptibles en la oscuridad gracias al sonido de sus rodillas crujiendo.
—Iré a buscar más…
No pudo decir nada más al ver docenas de manos que descendían, como ramas secas en busca de alimento, para pedir su porción.
Suspiró, deseando que lo que fueran estas cosas, lo tomaran y se satisficieran con su porción.
—Maldita sea, creo que eso es todo.
Silas se quejó, mirando a su alrededor antes de apresurar su paso hacia la puerta.
La adrenalina había sido reemplazada por la resignación.
No quería saber qué habría pasado si no hubiera tenido comida o si se hubiera topado con uno de esos largos insectos.
Golpeó la puerta con el carro, haciéndola abrir, dándose cuenta de que había cometido un error al dejar la trampilla abierta.
La luz del pasillo reveló que la trampilla de la basura era el único punto de unión entre el piso y el subsuelo.
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