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El Circo entomológico delirante - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 desastre antes del espectáculo
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21: desastre antes del espectáculo 21: desastre antes del espectáculo —Así que… ¿les llaman vendedores a los Serkib?

Preguntó curioso el domador a Silas en lo que llegaban al piso iluminado.

—Algo así, si.

Pero no son Serkib.

Los Serkib son pequeños, estos son otro tipo que se adaptó a la tierra.

Si veo al viejo de Elías, le preguntaré.

Él sabe todo esos cuentos.

Silas respondió a la criatura, dudando si este estaba teniendo problemas para pensar o si era más estupido de lo que parecía.

En cambio este si bien no mostraba notorios rasgos en su expresión, se sentía como vacío, aún procesando algo que le marco profundamente en la psique, como respuesta a cualquier cosa este simplemente se limpiaba las manos.

—Bueno, supongo que los cuentos ya no son cuentos.

Uno tenía la imagen de que pasaban cosas raras, pero esto es distinto… Comentó Silas añadiendo a lo que decía, recibiendo silencio de su acompañante como el sutil sonido acechante de los Anunnakis, quiénes estaban siendo espectadores con mayor prudencia .

—Bueno, mejor movámonos, quiero saber que ocurre… También quiero ver qué era lo que hacían esos tipos que no eran de aquí con el anfitrión.

El domador mencionó lo que Silas había dicho de forma tranquila, pero por el tono de su ropa, parecía preocupado.

—Si… será un camino largo.

¿Quieres que te cuente algo nuevo?

Preguntó Silas con su risa entrometiendose en su hablar.

tratando de quitarse lo último del líquido del último piso.

—La verdad preferiría no ver lo que hay arriba, el laberinto… o pozo como tú dices, es lo importante para mí.

Comentó sin ganas el domador ajustando su sombrero, en lo que Silas movía los pies un par de veces para sentirse a gusto.

—¿Qué haces?

Preguntó la criatura extrañada por el comportamiento del joven.

—¿Qué cosa?

Respondió Silas confundido, ahora sacudiendo sus manos un par de veces al mismo tiempo.

—No bromees conmigo, debes decirme lo que haces.

Replicó el domador molesto ante las cosas extrañas del muchacho.

—Bueno, no sé qué hago para ti que es extraño, solo estoy aquí parado.

¿Ves?

Silas le respondió, observando en si por algún indicio de algo extraño pero solo podía ver su figura que es una parodia a lo que alguna vez pudo ser un cuerpo, teniendo la forma de un cuero enrollado con forma humana.

El silencio se instaló entre ellos, denso, como una gasa empapada en formaldehído, haciendo que el viaje se sintiera más incómodo que un nido de gusanos.

Para Silas, la arquitectura misma parecía enloquecer; cada piso que cruzaban devoraba decenas de los que él había descendido.

Los objetos, dispersos en la penumbra, no eran estáticos: eran fragmentos reubicados de su memoria.

Tropezaba, no con escombros, sino con fantasmas de escaleras olvidadas y restos que juraría haber dejado pisos más abajo.

La realidad se estaba volviendo un bucle retorcido, una burla física a su mente ya quebrada.

—¡Eso estaba más abajo!

Quiero decir… comprendes que no es el lugar.

Es solo algo ilógico.

Una risa se rompió en su garganta, no la suya, sino un sonido ajeno, nervioso y afilado por el dolor que no podía sentir.

Alumbró la luz que la criatura había conjurado.

—No entiendo tu desesperación.

No me importa tu dolor.

No me gusta tu comportamiento.

El domador no tenía piedad ni empatía, solo la fría curiosidad de un anatomista.

El orbe blanco, una ampolleta sin filamentos, no era luz; era resplandor astral, un pedazo de frialdad pura que el domador le había arrojado, como se arroja un hueso a una criatura molesta.

Para Silas, esa luz, sin embargo, era una nueva obsesión, una distracción del colapso de su entorno.

—¿No dirás nada más?

A lo mejor, un pero… algo.

¿No sería eso coherente a lo que decías?

Preguntó el joven, siguiendo a la criatura con la luz en sus manos, algo extraño pero que debía conocer.

—Te di esa luz, cuando lleguemos a donde están mis cosas mejor.

Tú irás donde debas ir y seguiré con mi espectáculo.

—¿Cómo…?

Muévete… Deberíamos movernos.

Murmuró Silas abstraído ante el brillo.

—Procura no volver a caerte, asumo que con esta luz deberías moverte sin hacer el ridículo.

Hablo el domador quien miro a Silas moverse sin percatarse en lo que entablaba una conversación difusa con la luz que se movía sin ser tocada por sus manos.

—¿Puedes escucharme?

Pareces una polilla.

Deberías comportarte más como un cuero… o la cosa que eres.

Este resopló ante la mente rota de Silas ante la luz que lo parecía guiar a su regreso, sin embargo esta solo era un orbe dado por el.

Silas murmuró gran parte del camino, con desprecios por parte del domador, quitándole el orbe para que le preste atención en sus críticas más hirientes, a lo que el joven respondía con improperios de marineros, tantos que el domador se hacía la idea de cómo podía ser el mar que describe el joven en sus insultos.

—¿Es aquí donde viste la puerta?

Preguntó el domador iluminando el piso por completo, en este se mostró un espacio vacío, cubierto de olvidó, decadencia y tristeza.

—No vi nada de estas cosas pero los sujetos caminaban por allá y… luego esa puerta.

Silas señaló la puerta pero se le hacía igual a la de los guardias.

—¿Ocurre algo extraño?

¿Es una puerta distinta?

Preguntó el domador acercándose volviendo a formar su silueta, pero este fue sujetado por Silas.

—Espera, y si… Silas no pudo terminar ya que el domador no le permitió tocarle, pasando de largo y abriendo la cara con la puerta.

Una risa estridente salió del domador quien apuntó a Silas con el dedo de forma descarada.

—¡Patetico!

¡Eso ha sido ridículo!

¡Después de eso no te puedo dejar como una de mis bestias, eres ideal como payaso pero tan feo como un fenómeno!

Dijo el domador entre grandes risotadas que fueron acompañadas por la de Silas.

—Rata de muelle insufrible.

¡¿Por qué las cabezas de pez luna siempre son tan ruidosas?!

Esbozo furioso Silas tratando de incorporarse a lo que miró al frente.

—¡Tu eres ruidoso con tu torpeza!

El domador se calló mirando los objetos extraños que estaban reemplazando la habitación que conocía Silas.

—Nunca había visto algo así… Comentó el joven absorto ante mesas de metal, frascos con un sin fin de cosas de todo tipo en líquidos extraños.

—Esto es nuevo… ¿Qué es lo que hacen ahora?

Dudo el domador moviéndose como él viendo para ver por la sala.

El olor les golpeó primero, un vapor pesado y dulce de cobre oxidado y fluidos biológicos en ebullición.

No era una sala; era una morgue industrial.

Mesas de acero inoxidable, frías y manchadas, sostenían filas interminables de frascos que burbujeaban con líquidos viscosos y opacos, conservando horrores innombrables.

El aire crepitaba; cajas de metal parpadeaban con una luz estroboscópica y cables negros, gruesos como arterias, cruzaban la sala, vibrando y escupiendo descargas azules y punzantes.

Silas se acercó a la primera mesa.

No eran simplemente cuerpos; eran esculturas grotescas donde la carne, aún húmeda y cálida, se fusionaba con el metal pulido.

—Son las cucarachas…

Joder, hay tantos.

La familiaridad lo paralizó.

Moscas, arañas, mariposas…

Todos los sirvientes o miembros del circo dirigidos por el Maestre estaban presentes.

Pero ahora, cada figura con modificaciones inexplicables, desde la más diminuta polilla con alas mecánicas que abría sus nervios y unían a nodos metálicos hasta la langosta con patas hidráulicas, con una pieza de metal que reemplazaba su rostro como una trampa de osos.

Dándole una mandíbula de metal, cada uno estaba clavado en la mesa.

De sus cabezas, clavos quirúrgicos se hundían directamente en el cráneo, cada uno sirviendo como un punto de anclaje para los cables que succionaban, o inyectaban, quién sabe qué horror eléctrico.

Eran silencios y quietud, pero bajo la piel tensa, se adivinaba el latido forzado de un corazón mecanizado.

—Pero… no son… son los insectos del Maestre de ceremonias.

Dijo Silas reconociendo a varios de estos, muchos eran moscas, pero estaban ahí las arañas, mariposas e incluso las langostas.

Cada uno de estos estaba conectado a una serie de cables unidos a clavos instalados en distintos puntos de la cabeza.

—¿Insectos?

Ese enano siempre con sus apodos ridículos por su problema de estatura… Reclamo el domador haciendo mención al que estaba encargado del primer espectáculo.

—Debemos hacer algo con ellos… deberíamos desconectar o algo.

¿No crees?

Sugirió Silas entre risas nerviosas con preocupación por estos que si su ideas eran exactas volverían a la vida.

—¿Por qué me importaría eso?

Están muertos, cortados y con metal, así que no veo qué problema hay… Este respondió con total indiferencia pero Silas lo irrumpió.

—Pero estos no serán de nadie, vi a las cucarachas como actuaban y parecían no obedecer a ustedes, así que piensa un poco.

¿Quieres terminar siendo tú el juguete?

Silas lo irrumpió hablando fuerte, tratando de hacerle ver esta posible situación, pero tras de ellos unas siluetas oscuras se alzaron.

Sin aviso, sin emitir sonido alguno, las siluetas oscuras se lanzaron como una ola de carne y caucho.

El Domador, con una agilidad casi aérea, se hizo a un lado.

Los guardias, cuyo látex parecía amortiguar hasta el sonido de sus propios músculos, fallaron.

Pero la marea se volcó sobre Silas.

La pelea se desató en una ráfaga de torpeza coordinada.

Los guardias se movían con la pesadez de sacos llenos de arena y metal, emitiendo cloqueos secos bajo el látex.

No eran precisos, sino abrumadores.

Golpes amplios y descerebrados impactaban puntos exactos con una precisión aterradora, buscando quebrar articulaciones, eliminar de golpe.

—¡¿Qué?!

Silas evitó un golpe que olía a caucho y cobre.

Hizo crujir el torso de uno con un rodillazo, un sonido blando y decepcionante.

Eran demasiados.

Recibía patadas punzantes, una avalancha que lo inmovilizaba.

El estilo era familiar, un eco oscuro de la técnica de su hermano Yusuf: fría, utilitaria, enfocada en la rendición inmediata.

Silas trató de purgar esa idea absurda de su mente.

Yusuf estaba muerto o disuelto, un peleador que solo servía como desafío.

A su alrededor, la risa del Domador era un timbre estridente y ajeno al peligro.

Solo se movía para quebrar extremidades que osaban acercarse demasiado.

El ambiente se llenó de crujidos acústicos, no de hueso, sino de la compresión de algo viscoso y denso bajo la cubierta.

Pero la risa del Domador no era lo único en la habitación.

La de Silas, esa carcajada nerviosa y afilada, seguía aullando pese a los golpes que recibía.

Se convertía en un bufido sobrenatural, un sonido ronco y líquido que vibraba contra los frascos.

Desesperado, Silas tomó un fragmento de cristal, luego un trozo de metal de una mesa.

Los objetos se hundían en el látex, eran tragados por la superficie gomosa, sin surtir efecto.

El látex era un escudo: amortiguaba la fuerza y el daño, robándole la energía.

Su fuerza y compostura se diluían con cada golpe fallido.

El Domador seguía abstraído, la mente diluida en una obsesiva clasificación: ¿Qué combinación de especies habrían forjado?

Los guardias se rompían con traqueteos metálicos, se plegaban como figuras de goma, pero de alguna manera se re-ensamblaban, buscando el exterminio.

—¡Abre el suelo!

¡Ábrelo!

Gritó Silas, arrojando un cabezazo.

Hundió el cráneo de uno, pero el guardia ni se inmutó.

La bolsa de látex simplemente se abolló.

La insistencia hizo que el Domador lo mirara, sujetando y comprimiendo la cabeza de otro guardia.

Este se volvió una bolsa líquida y convulsiva, que seguía moviéndose como si estuviera lleno de agua, todavía intentando sujetar.

—¿Te refieres al suelo de esta habitación?

Preguntó el Domador sin mayor interés en hacerle caso, ya que esta situación no significaba nada para él.

—¡No!

¡Merluza, me refiero al suelo de la avenida Esperanza!

Silas rugió.

Varios guardias lo sujetaron.

El látex, caliente por la fricción, se fundía sobre él.

Sintió su sabor y aroma, los cuales consistían en plástico químico con un regusto a bilis seca.

—Si pretendes ser así.

¡¿Porque no solo los quemas?!

Yo hago las cosas por capricho, como también demostrar mi capacidad para entretener a la gente, pero por sobre todo para mí.

El Domador estaba genuinamente ofendido, dejando al joven enfrentar a la mayoría mientras aún había un par de guardias tratando de acertar zarpazos al Domador.

Silas solo pudo emitir un sonido de puro asco y desagrado.

—Déjalo salir.

Es como liberar el líquido que tienes en el cuerpo.

Comentó la criatura con desdén, sentándose en el aire, las piernas cruzadas, como si estuviera en un palco.

Silas no podía pensar.

¿Cómo hago eso?

Se imaginó una necesidad urgente de orinar, de liberar algo.

Apretó, se esforzó, trató de localizar el origen de ese líquido que el Domador evocaba.

Luego, se relajó por puro agotamiento.

El resultado fue un sudor ácido que comenzó a gotear de su cuerpo de cuero enrollado.

—¿Ves que es simple?

Aunque si lo haces así parece que tratas de defecar y es mal visto.

Se burló el Domador, arrojando a los guardias que tenía al tumulto de hombres de látex.

—¡Busca una forma de ayudar!

El sabor del látex se intensificó hasta volverse abrasador.

Silas sintió el sonido del caucho ardiendo, como si un líquido hirviendo reventara desde su interior.

Y era cierto.

—¡Que asqueroso!

Silas gritó, tratando de detener la sensación de probar y oler el líquido burbujeante que brotaba de los guardias.

Su sudor ácido estaba fundiendo el látex.

La cubierta se disolvía revelando la verdad: una forma de cucaracha retorcida y espantosa gritaba y se desmoronaba ante la bilis química de Silas.

—Bueno, es bueno que seas más cuero que hombre.

Rió el Domador ante la escena de horror biológico.

Silas no lo escuchó.

Justo delante, una de las carcasas que se disolvía reveló una figura torturada, expuesta y aberrante…

un fragmento de látex disuelto le dio la silueta inconfundible de lo que pudo ser su hermano, Yusuf.

El Domador interrumpió el terror de Silas con un extraño sonido, un chirrido impaciente al no ser escuchado.

—No hagas eso.

¿Qué pasa?

Esbozó Silas, arrojando un golpe al guardia cuya cabeza se había vuelto líquida.

El impacto fue la gota final: estalló en un rocío químico y dejó de moverse.

—¿Sabías que así se detendría?

Preguntó Silas, confundido, al ver que el Domador comenzaba a tomar el asunto en serio, asegurándose de que ninguno de los insectos se levantara de su agonía.

—Ni la menor idea, solo sé que los cueros cuando cazan en agua…

Comentó el Domador, alardeando de sus conocimientos.

—…Estos envuelven a sus víctimas arrastrándolos al fondo…

Así que los derriten…

Comentó Silas, asombrado, ignorando las maldiciones que el Domador musitaba al ser interrumpido de nuevo.

En su agonía, uno de los guardias disueltos se convulsionó y chocó contra un panel, salpicando y golpeando botones y palancas.

—¡¿Qué es eso?!

Expresó sorprendido el Domador.

La maquinaria vibró, chilló con un sonido de uñas sobre metal, y escupió potentes descargas por toda la sala.

Los cuerpos mutilados y en proceso de disolución sobre la mesa convulsionaron con furia, las descargas eléctricas conducidas por el fluido corporal mezclado.

La morgue industrial se convirtió en un matadero electrocutado.

—Veo que es un espectáculo muy divertido.

El Domador aplaudió, su risa se convirtió en un graznido de puro deleite.

Silas, entre espasmos y un intento de risa distorsionada, se quitó la máscara.

Se la extendió al Domador sin decir una palabra.

El Domador se extrañó.

Era un regalo inexplicable de esta criatura inferior.

Trató de recibirla, asumiendo que era el último acto de su pequeño fenómeno.

—No te entiendo, pero lo acepto… Los gritos de los insectos y las descargas hicieron eco por el piso, como un terrible sismo que alborotó el pozo, alertando a todos los que aún podían sentir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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