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El Circo entomológico delirante - Capítulo 22

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  3. Capítulo 22 - 22 desastre en el espectáculo
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22: desastre en el espectáculo 22: desastre en el espectáculo El terror se apoderó del pozo.

Esta tremenda estructura laberíntica, que se imponía ante todos como una guarida que descendía, consumiendo con avaricia a quienes caían en este lugar de tormento, ahora convulsionaba con la violencia de su propia agonía.

Nadie comprendía por qué este lugar emblemático, que había dado entretención al pueblo por tantos años, estaba colapsando.

Las partes vivas del Tullugal agonizaban con un dolor propio.

Tras horas de electrochoques, las fuentes eléctricas escondidas de todo el mundo ardieron hasta estallar con estrepitosa violencia que por primera vez en mucho tiempo iluminó el fondo del pozo: un espectáculo de sombras danzantes y destrucción.

Un coro de risas envolvió el fondo ante los sucesos que habían ocurrido.

—Me lleva el Caleuche… corbeta sin vela y sin fondo… ¡Tú has sido el culpable, Domador!

Logró decir Silas a duras penas.

Se sentía frito por dentro, teniendo espasmos significativos mientras trataba de recuperar la postura.

La máscara sonriente permanecía inexpresiva en su rostro.

—Mocoso infeliz.

¡¿Qué clase de magia tramposa has utilizado?!

¡Mi gran imagen no puede ser arruinada por un gusano!

Replicó el Domador, su figura elegante aún conservaba la misma postura de cuando iba a sujetar la máscara.

Su atuendo de circo ahora estaba manchado de sangre y bilis.

—¡¿Me ves cara de gitano?!

¡Claro que no uso magia!

¡Habría terminado como ellos hace años, quemado con el resto de la escoria!

Reclamó Silas por la acusación, la cual le habría significado una sentencia segura a la hoguera.

—¡¿Has usado el Libro, entonces?!

¡Algún libro!

La criatura rugió con ecos anormales que se unían en una voz gutural, mostrando su descontento ante la absurda idea de que el joven había logrado causarle daño a él.

—¡¿Crees que voy a perder el tiempo con libros o intentar aprender a leer?!

Silas no comprendía la necesidad de la criatura para buscar una razón por lo ocurrido.

Solo deseaba seguir con lo que hacía.

El Domador se veía agitado, caminando de un lado a otro mientras murmuraba en centenares de ecos que dudaban de la situación, como si fuera una broma macabra del destino.

Silas había salido de la habitación y fue a un lateral del pozo.

En el borde del piso podía verse a una distancia lejana la estructura carcomida del estallido de la fuente de energía.

El aire repentinamente revoloteaba, dando giros en la ceniza acompañada de risitas que se deleitaban del caos.

Sin embargo, la danza estaba surgiendo desde arriba como un arrebato artístico que iluminaba los pisos del pozo, donde el canto de la vida y la muerte hacían un dueto macabro.

Era el Motín de los Fenómenos.

—Motín… ¡Es un asqueroso motín que hacen estas lapas sin escrúpulos!

¡Y mi jefe no está aquí!

Silas sintió que hervía, corriendo para subir lo antes posible para defender lo que había hecho su abuelo.

Todo quedó atrás, por sobre todo el ofuscado Domador, que seguía con su mente nublada en el centro del pasillo.

Silas subió, tratando de hacerlo lo más rápido posible hasta que se encontró con el desastre.

El aire estaba viciado.

El olor a putrefacción y olvido era tragado por el metálico aroma de los cuerpos luchando.

—¡Escoria infame!

¡Este no es vuestro Circo!

Gritó Silas, viendo a los primeros guardias acompañados por jirones de carne.

El joven, sin pensarlo, se abalanzó.

Sabía que debía pelear.

A su alrededor, la oscuridad era herida por antorchas y dueños encarnizados por los invasores y las criaturas conocidas como fenómenos.

—¡Maten!

¡Matenlos a todos!

¡Matenlos a todos!

¡Por el sol y el cielo libre!

Gritaban enajenados los jirones, embistiendo con las atrocidades de este abismo.

El circo ardía, y en este se esparcían los restos de todo lo que luchaba por alguna razón.

—¡Los hundiré, infelices!

¡Soy veneno!

Gritó el joven, dando golpes a los jirones, mientras que los guardias esquivaban con astucia sobrenatural.

Pero estos no se dieron cuenta del líquido que cubría al joven, quemando donde los golpes iban y venían.

A su alrededor, un terrible coro de agonía se hizo visible.

La atención se centró en Silas.

Una mezcla de terror e ira invadió a los invasores.

En cambio, los fenómenos vieron con satisfacción, sabiendo que lo que debían hacer era usar a los gusanos, quienes ni siquiera tenían intención de hacer algo.

—Te tengo.

Se escuchó una voz tétrica desde un costado de la jaula de los gusanos.

Estos, al ver al coloso abriendo los barrotes con fuerza abismal, se incorporaron con pavor.

—Tú no… puedes… Apenas pudo hablar uno cuando el gigante lo sujetó con fuerza y azotó contra los jirones, volviendo todo un manchón sanguinolento.

—¡Monstruo!

¡Salvaje!

Los gusanos gritaron en un coro de pavor por lo que hacía la bestia de varias cabezas.

—¡Cállate!

¡Haz lo mismo que el mocoso!

Ordenó sin piedad a la criatura que soltaba un líquido que comenzaba a quemar la suciedad que lo cubría.

—¡Ustedes hagan lo mismo!

¡Quemen la extraña piel de esas cosas para que los eliminemos!

La voz venía del techo.

Desde las alturas cayó de golpe una gran criatura que estremeció el suelo: ocho piernas de hueso, un cuerpo dividido como el de un insecto pero compuesto de carne y hueso que golpeaba todo a su alrededor.

Sin embargo, era sometido por los guardias que parecían hormigas que trataban de derrotar a la colosal araña.

—¡Si no mueven sus traseros…!

Desafortunadamente para aquella criatura, los guardias vestidos de negro finalmente lograron romperle el cuello, dejando tal gigante tirado como una marioneta sin cuerdas.

—¡¿Qué esperan?!

¡Ahora!

Rugió el carroñero, arrojando al gusano contra un grupo de guardias.

Los otros gusanos corrieron para cumplir las exigencias del resto.

El suelo era encarnizado, pero los fenómenos habían comprendido que no podrían hacer nada más que aguantar hasta que los gusanos deterioraran a esas cosas que no sufrían daño alguno.

Una vez que estos los dejaban indefensos, podrían disfrutar de su venganza.

—¡Nadie toca la propiedad de Solomon y vive para contarlo!

¡Morid de una vez, perros sarnosos!

Gritó Silas, mientras parecía dar una carrera desesperada, aunque fue tumbado.

Sus agresores salían de su lado al sentir cómo ardían sus cuerpos al comenzar a licuarse.

—¡No estorben!

¡No tendré piedad con ninguno!

Por su lado, el muchacho siguió avanzando entre el caos, acertando golpes como recibiendo solo para dejar estelas de incontables lamentos aullantes que eran callados por los fenómenos.

—¡Muévete, muévete!

¡No tengo tiempo para esto!

Silas estaba entrando en un atasco de los invasores, golpeando sin cuidado a todos los que estaban en su camino, con su mente difusa entre el cólera y los inclementes golpes.

Pero sintió que su risa hacía eco en su cabeza.

Este se sintió aliviado, ignorando que la máscara se veía distinta, como si no la llevara.

—¡Quemen al desgraciado!

¡Quemen!

Silas escuchó a la distancia coros desquiciados que motivaban algo: un peso metálico.

Esta cosa era una especie de bestia de carne y metal que avanzaba lenta, pero precisa, en búsqueda de su objetivo.

En sus extremidades había algunas cosas que parecían mangueras que liberaban líquidos llameantes.

Sin previo aviso, no distinguió amigos de enemigos, cubriendo todo de llamas que no dejaron salir ni un alarido, solo el crujir de la carne asada.

—¡Quema hasta el último de ellos!

¡Limpieza total!

Se sintió los gritos entusiastas de los jirones, ignorando a cuántos de los suyos había dejado como estatuas carbonizadas.

El muchacho se dio cuenta de que no podría quedarse cerca, pero debía pasar por encima de este para encontrar a quien hacía tal acto vil.

Fue entonces que el joven vio los barrotes del pozo, algo arriesgado pero le daría oportunidad de salir de esa situación.

—¡Cobarde!

¡Atrápalo!

¡No dejes que se escape!

Gritaban los jirones, pero no se daban cuenta de que estaban quedando entre ambos.

Corriendo dirección opuesta, las llamas lo siguieron, acabando con muchos de los jirones.

Al estar a punto de llegar, Silas formó su cuerpo, pasando entre los barrotes, colgando desde una de las piedras.

Con desesperación, trató de tener otro agarre, pero se deslizaba, por lo que saltó a un lateral con piedra más carcomida.

—No… ¡Me caigo de nuevo!

Silas falló y sus manos no lograron sujetar bien, solo rascar las piedras, pero con terrible golpe se hizo contra la muralla.

Esto provocó grietas que fueron usadas por Silas para afirmarse, mientras las llamas salían en múltiples direcciones.

El monstruo embestía, lastimándose y haciendo que la muralla de ese piso se agrieta, lista para dar su último lamento, el cual fue acompañada de la bestia atravesando la muralla y cayendo profundo hasta que la oscuridad se tragara su tenue luz.

—Perico tonto… eres de agua dulce… ¡No sabes dónde estás!

Silas suspiró sintiendo su risa, pero no provenía de él.

Como tal, nacía desde la máscara, la que liberaba la agotadora risa cubierta de tragedia.

El muchacho no le interesó; solo quiso moverse, salir de ese espacio que lo tenía a su merced para volver a encontrarse con esa cosa.

Silas se movió hasta el borde, moviéndose nuevamente pese al cansancio, en búsqueda del responsable.

—¿Eres tú… muchacho?

Surgió la voz familiar, sonaba agotada y consumida por los dolores vividos.

—Cuando te vi, pensé que morirías a las horas, a nadie le gustan los guardias, ya sabes… pero supongo que la vida me jugó una mala broma.

Era la Mariposa o lo que quedaba de ella.

El tiempo fue inclemente, y aún más sus enemigos.

Estaba destrozada, sus grandes alas hechas jirones pegados a la pared.

—Yo… ¿Te ayudo en algo?

Preguntó Silas, sintiendo lástima por lo que quedaba de la Mariposa.

—Lo dudo, solo quiero descansar… El espectáculo ha terminado para mí.

La Mariposa se acercó al borde por el cual había caído la bestia.

—Mi espectáculo no será robado por nadie más que mi brillo.

Asegúrate de darles una lección a quien hizo esto… Al Tullugal, al Maestre y a todos.

El hombre se giró.

Sus ojos amarillentos observaron por última vez a Silas o lo que era ahora Silas y dio un paso hacia delante, desapareciendo en la oscuridad del pozo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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