El Circo entomológico delirante - Capítulo 23
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23: desastre luego del espectáculo 23: desastre luego del espectáculo Silas avanzó, cruzando la habitación de la entrada al Circo.
Los barrotes estaban salpicados, el fétido olor acre se mezclaba con la podredumbre ambiental.
La propia oscuridad parecía distorsionar su profundidad.
El joven recorrió el lugar, pisando charcos de múltiples fluidos viscosos.
Recordaba lo que escondía la oscuridad, pero ahora el terror estaba visiblemente pegado a las paredes.
Al final, atravesó el complejo para llegar a la habitación donde el viejo le había dejado.
Le preocupaba que todo hubiera terminado para la camarilla de su abuelo que había sido dueña de estas tierras por tanto tiempo.
—¡¿Hola?!
¡¿Quién está ahí?!
¡Que se identifique!
Gritó una voz conocida.
Silas avanzó un poco más, pero un estallido provino de más arriba.
—¡Soy Silas!
¡¿Cuál de todos los pericos tontos es quien dispara?!
¡Dejen de jugar!
Silas gritó, sabiendo que debía ser uno de los Guardias que cubrían la retaguardia.
—¡Eso es imposible, debes ser uno de estos malnacidos!
¡Muere!
Tras gritar, una seguidilla de disparos se estrellaron cerca de Silas, haciendo que tropezara.
El joven sintió el fuego del metal caliente rozando como perforando su tejido, dándole un terrible dolor.
—¡Eres una cabeza de pez luna!
Condenado grupo de marinos de agua dulce, seguro que está a cargo el cabeza de pepino de mar de todos los cabeza de pepino de mar.
¡Dejen de joder!
Rugió Silas, furioso.
Tras sus insultos hubo silencio.
—…
¿Es él?
Suena como él…
pero el jefe dijo…
Un murmullo lejano se escuchaba.
Parecía una torpe discusión sobre lo que deberían hacer.
—¿Rufus?
¿Algún idiota?
¿La chillona?
¿La guapa o la que es Rufus mujer?
¡Respondan!
Silas preguntó con algo de duda, acercándose lentamente, pero fue respondido con una potente ráfaga de disparos que pareció interminable.
—¡Si eres Silas, mocoso infeliz!
¡Qué bueno que subiste!
Gritó Gaspar en tono alegre, aunque no lograban verse bien.
—¡Viejo de mierda!
¡¿Por qué me disparan?!
¡Soy yo!
Resonó la voz de Silas furiosa, aunque la máscara seguía emitiendo su risa, incomodando un poco a este.
—¿Estás con alguien…?
¿Algún insecto?
Gaspar fue el primero en acercarse y se quedó mudo ante el total aspecto de Silas, tratando de pensar en algo inteligente que decir.
El cuerpo de Silas era una masa grotesca bajo la Máscara de Hueso.
—¡Pero qué asco das, mocoso!
¡De verdad, das más asco que antes!
¡Apestas!
Estalló la voz resonante de Rufus, aunque su cara cubierta le complicaba el modular decentemente por estar vendada de forma torpe.
—Pero si es el guapo, al menos hablas mejor.
¡Qué lindo!
Comentó sarcásticamente Silas, provocando gruñidos quejumbrosos de Rufus, aunque este se detuvo al escuchar las carcajadas estrepitosas de la máscara ante la broma de Silas.
—Oye sardina, tú… ¿De dónde sacaste eso?
Preguntó Gaspar, haciendo señas a Silas, señalando el Icor Plateado que aún sostenía.
—¿Te refieres a la máscara?
Pues me la dieron en el fondo del pozo.
Y esto me lo traje de la cocina de unos locos.
Comentó Silas, haciendo que varios empalidecieran, pero el novato se vio sombreado, ya que tenía mucho interés en cómo era el fondo, ya que este pensaba que era algo sin final.
—¡¿Cuánta agua salada has bebido?!
¡Ya no es el que dejamos en el circo!
Esbozó Andrea, tambaleándose, pues una de sus piernas estaba carcomida por la enfermedad y la violencia.
—¡Cállate, odiosa!
¡¿No ves que este fenómeno es más interesante que la mierda que nos llegó hasta el cuello?!
Espetó un joven que parecía de la misma edad de Silas, aunque su piel se tornaba más como una pálida grisácea.
A juzgar por su lenguaje, debía ser del otro lado del pueblo.
—¿Saben quién es el líder de los jirones?
¡Necesito saberlo!
Preguntó Silas, ignorando las preguntas que hacía el resto.
—…
No debes ir más abajo, bucanero de agua dulce.
Debajo del circo está el espectáculo de los fenómenos.
Luego nada más.
Comentó Gaspar, hablando al joven que parecía ofuscado e interesado en Silas.
—¡Claro!
Qué asco, y pensar que era como nosotros… ¿Todos son así?
Expresó el joven, apuntando a Silas.
—¡¿De qué rayos…?!
Silas respondió a la burla que este hacía en sus propias narices, sin embargo, todos le apuntaron con el arma.
—Muy bien, gusano, o lo que era Silas.
Debes regresar a tu espectáculo.
Comentó Gaspar, lo cual enfureció a Silas, siendo apuntado por quienes había conocido al llegar y algunas caras desconocidas.
—¡¿Qué rayos dicen?!
¡Acaso no se acuerdan que…!
¡Soy un Hernández!
Rugió el joven, pero fue irrumpido por la habladora: —Un Hernández, sí, pero muerto y olvidado por todos como el resto de tus hermanos.
Ya que el heredero ya se ha establecido, no necesitamos basura como tú.
Tras sus palabras, una interminable ráfaga de disparos dio con Silas, provocando que retrocediera unos pasos tambaleantes, pero antes que pudieran recargar, el joven huyó.
Siendo seguido por gritos y estruendos de las armas.
—Condenados cabezas de… ¡Me las pagarán!
El cuerpo de Silas dolía.
Los agujeros de bala, si bien no lo mataron, ardían por alguna razón.
Sus heridas se veían con problemas para cerrarse, acompañadas de un icor que se secaba a medida que brotaba de las heridas.
—Regresa al espectáculo, fenómeno, y fingiremos que nunca te vimos subir.
No vales el esfuerzo.
Comentó Rufus, pero ante sus palabras no tuvieron respuesta.
—…
El grupo aguardó en silencio, algo incómodos.
—…
Verás, rata de muelle, si quieres seguir con esto.
Nosotros podemos volver a darte unos agujeros más.
Pero sé que no eres un pez espada…
Advirtió Gaspar, para solo mirar al resto y levantar los hombros.
—Sabes…
Nos aburrimos, puedes marcharte por aquí.
No sabemos qué buscas afuera, pero eres simpático y podemos hacer una excepción contigo…
Dijo Rufus, lo cual resultó ridículo al resto, que hasta hace poco fueron una especie de grupo de fusilamiento.
—No me lo creo…
La mujer había sido la más exasperada por la idiotez, dando un golpe en la cabeza vendada con su mano pulposa, fastidiada por la ineptitud.
—Hagamos una votación para asegurarnos que está ahí o no.
Expresó Andrea, recibiendo la aprobación del resto con un gesto de las manos.
—¡¿Qué rayos pretende ese anormal?!
Comentó furioso el novato de los guardias, acercándose lentamente.
Esto no era bueno, pero nadie quería sacar la idea de hacer una votación por quien fuera a inspeccionar.
—¡Chicos!
Vean.
Está muerto.
El nuevo confirmó que estaba muerto, aunque los veteranos sabían que no debería haber sido así de fácil, pero la anatomía de los fenómenos era extraña y pudieron haber acertado en algún punto débil.
—¿Quieren ver?
Está horrible, parece que se ahogó hace mucho.
¡No hay peligro!
Dijo el joven, aunque nadie realizaba movimientos para ir a acompañarle.
—¿Quieren que les ayude a pensar?
Tal vez quieren que se los… El joven llamó, haciendo una seña, pero la expresión del resto le asustó.
—Ni lo pienses… ¡Estúpido!
Este fue sujetado por Silas.
Sus manos resbalaban, pero no quemaban como lo hacían con los otros Guardias.
—Más vale que cierres el pico, pequeño perico parlanchín.
Si no quieres acabar como la otra rata de muelle que se ahogó.
Murmuró Silas molesto, mientras el joven buscaba soltarse.
—Eres… un fenómeno… muerto… ¿Oíste?
¡Te mataremos!
Tan solo logró comentar eso con un par de disparos erráticos a la nada antes que fuera dominado por Silas.
Sin embargo, estos se mantenían forcejeando por el arma.
—Mocoso estúpido… Gaspar se frotó la cabeza ante la desagradable idea de los problemas que le traen los nuevos.
Un tiro accidental llegó a los pies de los Guardias, quienes lo miraban.
Silas trató de moverse con el muchacho en lo que lo usaba de escudo humano.
—Infeliz, jamás saldrás de… La ráfaga de disparos sin miramientos trataban con furia atravesar el escudo sin éxito, debido a que Silas no cayó con el nuevo.
—¡Son percebes!
¡Inmundas ratas de muelle!
¡No tienen puntería!
Gritó Silas, tratando de cubrirse en lo último que quedaba de ese novato.
—¡Mis pelotas!
¡Maldita sea!
Rufus se le escuchó gritar de dolor.
Esto, como efecto, hizo reír a Silas, que fue acompañado por la máscara.
Estos caminaron al siguiente piso, donde había ocurrido el caos y el descontrol.
—Me lleva el Caleuche… Esto es un desastre.
¡Pero es hermoso!
Murmuró Silas, sintiendo el espeso olor a humo de carne quemada brotando de sus heridas, un hedor nuevo y nauseabundo.
—¡Silas!
Sal y haz que esto sea rápido.
El Circo debe abrir pronto.
¡No hay tiempo!
Gritó Gaspar, el cual se movía junto a los otros para tener mejor puntería, sin arriesgarse a terminar como los restos del nuevo.
Sus pasos eran lo único que se escuchaba, salvo por el sonido del fuego y el sonido crujir.
—¡Vamos, inútil!
¡Tenemos que limpiar esto antes que llegue el Capataz!
¡Ustedes!
¡Rápido, rápido!
Se escuchó la voz pesada de un hombre gritar órdenes a otros que se movían de un lado a otro.
Silas se movió por las habitaciones destruidas por la violencia del fuego y la metralla del descontrol.
El muchacho llegó a una muralla carcomida y viscosa, donde uno de sus agujeros mostraba que, al fondo del pasillo, al ver el origen de la voz y lo que apilaban, comprendió sin problema que todo había acabado.
O más bien, todo había comenzado: el caos era la nueva estructura.
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