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El Circo entomológico delirante - Capítulo 24

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  3. Capítulo 24 - 24 ¿Quién se robó el espectáculo
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24: ¿Quién se robó el espectáculo?

24: ¿Quién se robó el espectáculo?

El joven avanzó, ocultándose de los jirones y secuaces de la camarilla del Gran Cañón, y de más integrantes de las familias.

—¡¿Qué rayos ocurre?!

¿Quién dirige esta pocilga ahora?

Murmuró Silas, viendo cómo un hombre gordo llegaba escoltado por guardias que se identificaban por unas pañoletas distintivas.

Más allá, pudo ver a unos cuantos hombres de látex, inmóviles como estatuas defectuosas, que seguían al gordo.

Este parecía decirle algunas palabras severas a quien apuraba al resto.

Ocurrieron silencios incómodos acompañados de discusiones prolongadas que apenas eran un susurro del viento, hasta que la expresión del hombre gordo cambió a estar asustada.

—No, no… Falta poco… ¡No!

¡El Capataz me matará!

Gritaba el hombre con pánico al ser sujetado por quienes dirigía y ser arrojado a una de las hogueras que consumían las fosas comunes improvisadas.

Sus gritos fueron la oportunidad de Silas para correr.

Este aprovechó de tomar una tela mugrienta por hollín de un cuerpo para ocultar su horrible apariencia.

—¡¿Quién anda ahí?!

¡Detente!

¡Muéstrate!

Tras moverse, se topó con unos guardias que llamaron la atención del resto.

Se acercaron, pero temieron al ver la figura sombría de Silas que no decía nada.

El contraste de la tela harapienta sobre el cuerpo viscoso creaba una silueta aterradora.

—¡Di algo, cosa rara!… ¿Es real o un fantasma?

¡Tiene que ser un truco!

Comentó el guardia, dudando, mirando a su compañero.

—Esa cosa suelta neblina… ¡Debe ser un demonio!

Deberíamos llamar a un consagrado o algo… ¡Llama a Teodoro!

Comentó su compañero ante el sutil humo que se extendía del cuerpo de Silas al hacer contacto con la tela, quemándola lentamente.

—No llamen a nadie.

Es un sirviente de los Fernández… Uno de los nuevos, quizás.

Una de esas anomalías que pretende controlar esa gentuza.

Comentó un anciano con autoridad, al acercarse el joven cubierto de la tela sucia lo reconoció, Teodoro.

El joven se mantuvo en silencio, acordándose de lo que vio en la casona.

—Teodoro… Teodoro… Silas se esforzó en hacer una voz profunda como enfermiza, imitando el tono autoritario de las figuras superiores.

Los guardias miraron al anciano que parecía tener asco.

—Di, bestia inmunda, de esa condenada… ¿Qué demonios quieres de mí?

Teodoro habló con una postura firme, pero fue interrumpido.

—¡Teodoro!

¡Hablar Teodoro!

Situación.

Avances ¡Teodoro!

¡Avances!

¡Anomalías!

Silas dijo lo que había escuchado que provocó que Teodoro colocara una expresión de asco y vergüenza, dándose cuenta de que había sido seguido todo este tiempo.

—Condenada bruja… ¡Bien!

Verás… El anciano buscó sus palabras mientras se frotaba los ojos, Silas con una actitud fría repetía las palabras, aunque a su vez la máscara producía sonidos desconcertantes e inquietantes, como risas ahogadas y murmullos en reversa.

—¡Fallo!

La anomalía debía resistir, pero no lo hizo.

Solo logramos estabilizar a algunos pocos, pero ocurrió algo con el equipo y todo colapsó.

Los prototipos siguen un protocolo estándar.

¡No es mi culpa!

El anciano se secó el sudor de la frente, inquieto.

—Fallo.

Fallo.

Fallo… Responsables.

Avances.

¿Diana, qué dijo?

Comentó Silas, tratando de recordar a la mujer que lo acompañaba que tenía aspecto inusual.

Sin embargo al pronunciar el nombre de la mujer el viejo hombre se vio notoriamente alterado, pensando que la situación pasaba de informar a las familias y llegaba a la suya, marcando a este con un fallo mortal que había tardado en comunicar.

—Valoró la preocupación de las familias, pero sin la piedra del collar o la anomalía que cambió luego de lo ocurrido en los pisos inferiores, no hemos tenido respuesta de quienes mandamos.

El anciano dijo, recordando lo que portaba Marta luego de la muerte de su familiar.

—Diana.

Respuestas.

Collar Fernández.

Hernández.

Familias.

Explicar.

¿Por qué el Tullugal defectuoso?

Silas no sabía qué conseguir de esto, pero sabía que estaban todos involucrados y no quería que el anciano se fuera sin darle la razón o propósito.

—Diana, sé que lo advirtió, pero el Tullugal dañado era un recipiente útil y le convenía que ocurriera esto para solventar su deterioro… pero ocurrieron imprevistos… yo… yo… El anciano divagó, estaba ahogado y angustiado por la terrible verdad como la situación que lo dominaba.

Se podía escuchar su corazón bombear frenético hasta que una respiración ahogada fue evidente de este.

—Lo… mató… sin tocarlo… ¡Brujería!

Los guardias retrocedieron aterrados, en lo que Silas solo se mantuvo su postura, nadie miraba su expresión de miedo en lo que el anciano convulsionaba al golpearse la cabeza.

Volviendo la escena mucho peor.

Silas, sin hacer mayor movimiento o palabra, se dio media vuelta y caminó, desapareciendo en la oscuridad de las habitaciones.

Tras no ser visto por nadie, Silas se apoyó en las escaleras.

—Eso fue más loco que un pez espada… ¡Murió del susto!

¡No creo estar tan feo!

Murmuró el joven, observando si alguien venía, pero nada ocurrió, salvo la risa de la máscara ante el miedo de Silas.

—No puedo seguir por aquí, debo hacer algo… Silas observó, volviendo la vista y descendió a los pisos inferiores.

Los guardias estaban distraídos y eran menos que antes.

Al parecer tuvieron que llevar a Rufus a un matasanos.

—Entonces, ahora que no están esos idiotas.

¿Cómo terminó el penúltimo novato así?

Comentó una mujer mientras le daba un sorbo a una petaca escondida en una pata de palo.

—¡¿Crees que por ser el segundo más viejo lo sabría?!

El hombre mayor le quitó la petaca y dio un buen sorbo.

—El viejo de Elías sabía al menos que hacer en estas situaciones… O se inventaba algo.

El hombre gruñó agitando la pata de palo.

—¡Por un percebe, esta porquería se acabó!

Este arrojó la pata de palo que se había acabado de licor.

Por su parte, su compañera lo miró incrédula por su estupidez.

—¿Tiraste la petaca?

Esta preguntó disgustada.

A lo que solo recibió un gesto de odio acompañado de un eructo.

—¡Eres un cojo estúpido!

¡¿Cómo vas a caminar?!

El hombre miró su pierna, confundido, sin escuchar más insultos de la mujer.

—¡Eres una Sardana!

¡Condenada criatura maligna y devuélveme la pierna!

Gritó el hombre ebrio para callarse de pronto.

—Espera… El hombre sujetó el arma y con una puntería torpe trató de apuntar al lugar al que había arrojado su pierna, efectuando múltiples disparos.

—¡¿Qué te pasa?!

¡¿Te volvió loco?!

Vociferó la mujer, viendo la cara de miedo de su compañero.

—No se escuchó caer… Hay algo ahí… ¡Lo juro!

Ante eso, la mujer tomó una de las linternas y apuntó junto a su arma.

Frente a ellos solo estaba la pata de palo, cuidadosamente dejada de pie.

Ambos se miraron y comenzaron a buscar por las sombras algún indicio de su acechador.

Pero su búsqueda sería inútil, ya que Silas se había marchado sin que estos lograran saber qué fue lo que estuvo cerca suyo.

El joven retomó el camino hacia abajo, caminando por la oscuridad y las habitaciones, cruzando por las barras metálicas que llevaban al Circo, pero la oscuridad no era como antes: ya no había nadie acechando, no quedaba nada.

—Esto fue un completo desastre… ¡Y yo me lo perdí!

Se dijo Silas, como un murmullo que danzó tristemente en la oscuridad hasta desaparecer, pero un par de pasos se escucharon a la distancia.

—Tú vives… Tú no te fuiste… El joven escuchó un murmullo dulce y lleno de tristeza.

Frente a él se formó la silueta de la pequeña Saltarina, que le miraba con sus ojos: dos lastimados, pero su expresión no parecía de tristeza o lástima.

—Puedes quedarte… tengo miedo… no me dejes sola… ¡Ya no hay quien nos cuide!

La pequeña reflejaba algo de alegría al ver a Silas, pero la tristeza y todo lo ocurrido en este breve tiempo parecía haberle afectado.

—Mocosa… Digo, Saltarina.

Supongo que es bueno verte.

No hay espectáculo, ¿lo sabes?

Silas, aunque deseaba golpearla por apuñalarlo, sintió pena por la pequeña y se esforzó en ser algo empático.

—Ven, ven… vamos, la Mariposa está mal herida… Quiere despedirse, creo.

La niña hizo un gesto para que Silas se le acercara.

—Entonces… asumo que quieres que te siga.

¿No?

¿Adónde vamos, pequeña sombra?

El joven tenía un extraño amargor, no le importaba nadie, pero tenía un malestar.

Siguieron el camino que mostraba la pequeña hasta que apareció lo que quedaba del Vestuario.

Todo estaba en ruinas.

Gran parte del lugar destruido por la violencia de la avalancha de jirones de carne, pero por otro lado estaban los restos de hombres de látex.

Pero estos estaban en el centro, rodeando algo, o mejor dicho, a alguien.

Mientras la pequeña buscaba a la Mariposa, Silas vio a los integrantes del Circo.

Perdieron, pero habían hecho un gran trabajo.

El joven no estaba interesado en aquellos que cayeron, ya que el Anfitrión estaba de pie en el centro.

Envuelto en hombres de látex, estaba algo golpeado, aunque estaban peor los hombres de látex por la fuerza de este.

—Tú… gusano… Fenómeno… ¿Por qué no estás muerto?

Este habló adolorido, apenas comprensible por el dolor que mostraba.

—Veo que las negociaciones fallaron, asumo que esto ocurre cuando pretendes actuar contra los Hernández.

Comentó Silas, caminando alrededor del Anfitrión, que estaba encorvado sobre sus rodillas.

—Jamás… traicionamos… a… la Familia… Este se esforzó en responder, aunque no fue suficientemente rápido y Silas lo interrumpió, observando el objeto similar que tenía el Domador clavado, hundido entre sus omóplatos.

—Teodoro falló estrepitosamente al confiar en un Tullugal defectuoso, Dania tenía razón… ¿Por qué te clavaron eso, entonces?

El Anfitrión apretó sus fauces llenas de furia, en lo que se esforzó en moverse, pero su cuerpo no se lo permitía.

—¿Crees que aquellos que apostaban en que funcionarías estarían contentos o con brazos cruzados al perder?

Silas colocó su pierna en su espalda y comenzó a mover aquello clavado en su espalda, provocando un agudo dolor en este.

—Te equivocas… No estaba con ellos, pero estos traicionaron… Me traicionaron a mí.

La criatura sonó lamentable, llena de culpa y frustración, por lo que Silas trató de mover el objeto que estaba atascado.

—Es inútil… No moriré… Estaré así por siempre, en estos pisos… ¡Déjame!

Silas rio estrepitosamente al oír el lamento del Anfitrión.

—Bueno, supongo que tendremos que hacer algo más digerible… ¡El espectáculo debe continuar!

Se burló Silas, acompañado por las risas de la máscara.

En eso, el líquido que brotaba de las manos de Silas comenzó a caer por el objeto clavado.

Esto provocaba chisporroteos terribles y un hedor a muerte mezclado con el humo.

—¡¿Qué rayos?!

¡No hagas eso!

¡Detente, gusano!

¡Detente!

Gritó el Anfitrión sin lograr ver qué era lo que hacía, salvo cuando sintió cómo el líquido ácido lo tocaba y comenzaba a carcomer lo que tocaba.

La pequeña se mantuvo escondida, no sabía si Silas ayudaba o castigaba al Anfitrión, pero solo podía escuchar el caos de estos dos en el terrible escenario funesto que quedaba.

La pequeña se giró, moviendo algunas cosas para poder sentarse, por lo que rebuscó en sus bolsillos y sacó un pan mohoso.

—…Rico… Comentó para sí, en lo que tarareaba una canción habitual en el circo, observando el final del Anfitrión con indiferencia, ya que lo único que tenía en mente es que le habría caído bien algo de melaza al pan mohoso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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