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El Circo entomológico delirante - Capítulo 4

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  3. Capítulo 4 - 4 Entre máscaras podridas
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4: Entre máscaras podridas 4: Entre máscaras podridas Silas dejó el carro mientras la puerta se cerraba, pero algo se movía, afirmándose en las grietas y la estructura en bruto del techo.

Pequeños chillidos húmedos acompañaban el movimiento.

El joven se sujetaba las manos por frustración, lanzando incontables improperios.

—Idiota lindo.

Comentó la voz de la mujer, de forma dulce y melódica, con un trozo de antebrazo firme en su boca.

Era la Garrapata, fue lo que pensó al oírla Silas, pero lo descarto inmediatamente.

Esto debido a que su piel pálida está brillando con humedad.

Esta se sujetaba al revés del marco de la puerta.

La tenue luz adornaba sus rasgos maltrechos por la enfermedad que se escondía bajo las vendas.

Sus grandes ojos carmesí, adornados con sutiles pestañas blancas, lo observaban con una curiosidad predatoria.

Luego, la mujer saltó lejos, afirmándose en lo alto de la oscuridad.

—¡Condenados viejos incompetentes!

¡Ninguno me dijo que este coral viejo debía cerrarse!

¡Niños de muelle!

Continuó vociferando contra sus compañeros, deseando darles una paliza y arrojarlos al pozo.

—Con razón, esa carabela sin rumbo no quiso hacer lo que tenía que hacer su compañero…

Reclamaba Silas, mientras un líquido viscoso, una mezcla de icor marrón y sangre, abrazaba sus pies.

Notó que había más pisadas en el suelo.

—No me lo creo, terminaré caminando por la plancha si sigo cometiendo errores.

Espero que fueran del calamar con cabeza de gamba de Gaspar, puedo tratar de conversar con esa rata.

Silas murmuraba buscando una forma de evitar la responsabilidad.

Dudó un instante, ya que las pisadas hacia la puerta eran más pequeñas, salvo por un par.

Parecidas a las de niños, aunque los únicos niños que había escuchado eran las ratas de alcantarillas, no los niños del pozo.

—Concéntrate, concéntrate… El joven se calmó, pero la sangre le salpicó desde el montículo de restos por culpa de más basura con cuerpos frescos.

—¡Por una centolla, debo apurarme!

Antes de que esa pequeña alimaña vuelva con más cosas vuelva a por mí.

Silas comenzó a separar las piezas buenas de las malas para optimizar el carrito.

Al tomar un torso muy malherido, se dio cuenta de que seguía casi tibio, lo cual le extrañó.

En su apuro este no logró notar las figuras que se movían sobre su cabeza, pequeñas y silenciosas que aguardaban su oportunidad.

—Creo que ya con esto será suficiente.

Con lo que separé puede que logré alimentar a la mayoría y regresar sin ser aperitivo.

Tras recoger la mayor parte de la comida que parecía reciente, forzó el carro, partiendo y dejando ahora tres montículos, uno de basura, otro de comida y el tercero de lo que seguía cayendo.

—¡Muévete, condenado carro!

El joven empujó el carrito que gritó lamentando su vida miserable.

El choque con la puerta provocó que múltiples ojos rojos bajaran del techo y de la trampilla para observar al nuevo.

Esto provocó risitas.

—¡Travesura!

¡Travesura!

La criatura que había desaparecido en la oscuridad volvía, aunque esta vez traía consigo una cuadra que se tensaba tras cada salto.

Se formó un coro de diversión entre los pequeños, saltando y dando piruetas.

Uno bloqueó la puerta, mientras los otros robaban todo lo que les parecía útil, incluyendo las camas desvencijadas y unas armas como una cocinilla.

El caos fue grande, pero rápido y sutil.

Nadie había visto lo que hicieron, ya que quien lo vio, estaba en el menú.

Ya en la oscuridad, Silas arrastraba su carrito, su castigo que parecía eterno.

Sus ojos buscaban acomodarse a las siluetas, sin embargo, no necesitaba ver para saber que más moscas habían llegado.

—¡Ustedes!

¡Esto es todo, no pretendan comerlo todo!

¡Atrás, alimañas!

Silas gritó, sosteniendo una porra, pero una de las moscas, que parecía ser la líder del pequeño enjambre al estar al frente, se levantó entre las sombras, revelando su altura.

Imitó los gestos del muchacho, haciendo una burda imitación de sus acciones.

—¡Ustedes!

Solo dijo eso antes de que todo se volvieran incoherencias.

—Chistosa… Comentó en voz baja Silas, mirando las pertenencias del carrito.

Sabía bien qué darles a estas brutas.

El muchacho no logró moverlo, por lo que lo hizo con más fuerza, apenas moviéndolo un poco.

—Si eres tan lista, ayúdame con esto.

¡Empuja, idiota!

La mujer no entendió las palabras, lo cual molestó a Silas.

—¡Ven!

¡Haz algo útil con la vida!

Hay que sacar esto, o acaso…

¡Muévete!

La actitud más fuerte de Silas fue agresiva.

Viendo el gesto para que se acercara, parecía que era una petición para pelear, a lo que esta se acercó.

Silas colocó su pierna como respuesta.

—Te pido ayuda y me vienes con esa estupidez.

El joven gruñó, apretando los dientes por el dolor que causaba esta en su pierna, mostrando su piel color caramelo.

La mujer gritaba furiosa, mostrando sus dientes chuecos y afilados.

Su nariz estaba quebrada y tenía múltiples heridas arriba y debajo de sus ojos.

La cercanía en la oscuridad apenas le permitía ver con quién peleaba, pero esos rasgos eran los más notorios.

—Te… voy… a… Apenas pronunció el joven con la pierna sangrante, logrando empujar a la mujer que resbaló por la mugre humedecida por la sangre.

Esta cayó al suelo, lo que permitió que Silas sacara el torso, el cual cayó sobre la mujer, provocando un gran silencio.

Silas se hizo un torniquete con sus propios harapos en la herida.

—Eres un pez luna, pero fuerte…

¡Pero sigues siendo un condenado pez luna!

Apenas dijo Silas con agobio, mirando cómo se acercaban las moscas, maldiciendo esta situación, dándose cuenta de lo que había pasado.

—Tranquilas, está bien… ¿Cierto?

Al mover el torso se dio cuenta de la triste verdad: la mujer miraba hacia arriba con sus ojos abiertos.

Sus pupilas estaban dilatadas por el impacto.

Un hilo de sangre caía de su nariz y ojos.

—¡Carajo!

No, no, no… Solomon me matará.

¡Elías me matará dos veces!

El muchacho, sintiendo la soga tensarse en su cuello, tiró el torso, sin saber qué hacer.

Le revisó el pulso, pero no sintió el latido de la vida.

Aún así, llevó su corazón a su seno, sintiendo suavemente su latido.

—¡Pepino de mar!

¡Está viva, está bien!

Esta…

Dijo Silas respirando, pero la soga no fue más que un movimiento antes de tensarse y quitarle el poco aliento que había tomado.

Las moscas lo rodeaban, pero alguien vino, haciendo que estas se movieran con cautela.

Era alto, fuerte… podría ser Rufus.

—Me alegro de que llegara algún idiota… Sin embargo, el joven no pudo decir nada más, condenando su ingenuidad.

Esta figura era femenina, tenía una gran melena, algo que parecía una máscara de piel pero brillaba en un tono metálico azul.

La máscara no era una imitación, era una fusión de metal, hueso y piel curtida, sellada en su rostro.

—Eso es… eso… ¿Eres alguno de los jefes del circo?

Su voz palideció y su cuerpo se atrofió por la cercanía de la mujer, pero su mente no.

Sabía lo que era, el rumor de las tuberías.

Sus pensamientos estaban a toda máquina, observando cómo movía a las moscas con la herramienta que portaba, un instrumento alargado de metal y huesos.

Era un báculo mortuorio, cada articulación de hueso pulido resonaba con autoridad.

Está, tras la máscara, tenía unos extraños ojos blancos, circulares, anormales.

—… El joven no estaba seguro de lo que miraba, era algo más.

Esta solo avanzó, Silas estaba congelado ante su presencia.

Pensó que esto lo arruinaría, pero la mano de la figura descendió lenta pero imponente, y sujetó la mano de la mujer, levantándola.

Esta emitió un terrible lamento ahogado.

—Yo… no… La mujer se detuvo y miró de reojo despectivamente.

Fue así que Silas comprendió que en este lugar todos eran un espectáculo; no había prisionero ni carcelero.

Todos en las sombras eran parte de lo mismo, el gran circo de la depravación.

—Pero… ¿quién…?

Murmuró torpemente Silas, respondiéndose a sí mismo al recordar la masa viviente de antes.

La mujer, ante el murmullo del muchacho, contorsionó la máscara como si tuviera una expresión furiosa, pero al ver que Silas tenía más compañía más allá de la sombra detrás suyo, prefirió marcharse con el cuerpo de la mujer que daba espasmos ocasionalmente mientras la arrastraba.

La gran mujer se dirigió a una dirección donde la luz era más que un olvido.

—Por los mares prósperos… ¡Qué rayos era esa cosa!

Solo pudo dar un alarido y respirar.

Su corazón se agitaba atrozmente ante la experiencia.

—No quiero volver a ver algo así… Abrumado, se dejó caer de trasero.

Las moscas revolotearon con normalidad pero con mayor calma, cortando y rasgando su premio, logrando repartirlo entre el enjambre.

—Eso es todo con ustedes… supongo.

Dijo Silas, pero se dio cuenta de que algo estaba mal.

Las moscas se movían con cautela y siempre mantenían a una pendiente de Silas, haciéndolo pensar que no se acostumbraban a ser tímidas, a ser presas, a menos que algo estuviera detrás suyo.

—Yo… ¿te ayudo?

Dijo Silas sin darse la vuelta.

Sintió que una gran figura hacía acto de presencia atronadora en silencio, pero no la misma que se llevó a la mujer.

Su presencia arrebataba todo ápice de calma y vida.

Un color metálico morado brillaba suavemente a su espalda, las esporas del hongo se desprendían danzantes sobre sus hombros, dejándole en claro que la tenía más cerca de lo deseado, a milímetros de Silas.

—… El muchacho mantuvo la mirada al frente, su boca abierta y temblorosa, sin poder gritar, su frente ahogándose en sudor frío.

Las moscas se alejaron lentamente de la oscuridad difusa.

La bestia enmascarada abrió su boca, que era más la imagen de fauces atroces, dando una profunda inhalada en su cabellera y soltando el aliento, dejando escapar un aire turbio, peor a cualquier cosa que había sentido.

Un hedor a azufre y metal oxidado.

Una cosa era segura.

Era el hedor a muerte.

—… Silas no podía decir ni hacer nada, solo volverse más pequeño.

Esta mujer extendió su brazo, grande y marcado, y recogió un trozo de carne del suelo.

Él pudo sentir la carne desgarrarse y el cartílago ser convertido en nada, pero sin darse la vuelta sabía que no le quitaba la mirada de encima.

Esta ocasionalmente daba movimientos bruscos, pero volvía a su actitud calmada, sin quitarle la mirada a Silas, lanzando su aliento, dándole terribles náuseas y ganas de vomitar.

Tras un rato, se levantó, haciendo sonar contra el suelo su gran báculo mortuorio.

Primero el traqueteo de los huesos para luego golpear con el metal.

Al avanzar, raspó el suelo con el pesado báculo, provocando un chirriante sonido agudo que fue desapareciendo en la distorsión de la oscuridad.

—Casi me hago encima del miedo.

Se dijo, tratando de calmarse para moverse, ya que su cuerpo estaba pasmado.

—Hago encima del miedo… Miedo de presa… Pero eres dulce…

Repitió una voz.

Era una mosca, o parecía ser una mosca, pero no actuaba como tal.

Además, su tamaño era mucho más pequeño.

—Después de esto… pueden besarme la escorpena.

Gruñó Silas, aburrido de tener su alma abandonando su cuerpo.

Pero la figura pequeña se acercó, revelando más el parecido a una niña.

—Hola… mocosa… Dijo la niña, mirándolo fijamente.

Si bien tenía los ojos con forma extraña, no resultaba tan asfixiante como las otras.

—Hola… mocosa.

Dijo Silas tratando de pararse.

Se dio cuenta de lo ridículo que se veía.

—Si saludas, solo di hola.

Quien diga la mocosa debería ser yo.

El joven dijo a la niña, que parecía entender un poco.

—Tengo cosas que hacer, no tengo tiempo de jugar.

Avanzó Silas, dejando atrás a la niña para empujar el carro para dar alimento al resto que tuviera que alimentar.

Sin embargo, algo le decía que debía tener miedo.

—¡Nada de juegos!

¡Atrapé la presa!

¡Me gusta la presa!

Dijo la niña alzando la voz.

El joven se volteó, golpeando a la niña ya que estaba detrás.

Esta cayó de trasero, cubriéndose la nariz que fue donde se golpeó, dando pequeños reclamos.

Pero la pequeña contuvo las lágrimas.

—Veo que tratas de ser fuerte.

¿Quieres comer?

La pregunta hizo que la niña abriera los ojos, pero no los que tenía abiertos, sino los demás, revelando ser un fenómeno, con múltiples ojos como araña.

—¿Qué te gustaría?

¿Quieres carne, tengo pan y algunas cosas que no están tan malas?

Silas vaciló, tratando de actuar opuesto a lo que sería en otras situaciones.

Él mismo maldecía su incomodidad por los ojos de la niña que le observaban y a la vez no.

—Dulce… ¿Hay dulces?

Preguntó la niña, algo que él nunca en su vida había probado, pero rebuscó, encontrando una lata entreabierta con aroma dulce.

—Esto es dulce, huele… Huele a mentira y azúcar.

La niña sostuvo el tarro suavemente y lo olfateó curiosa, a lo que decidió probar un poco con la punta de la lengua.

Sus ojos miraban directo al tarro, pero dos en los extremos cambiaron y miraron a Silas.

—¡Es dulce!

¡Es dulce!

La pequeña saltó de dicha, agarrando gran altura con sus brincos sin esfuerzo.

—…Araña… Saltarina… ¿No?

Eres la que se anda robando las cosas.

La niña se detuvo para ver a Silas.

—¡Araña saltarina!

La pequeña golpeó su pecho, teniendo un bigote de melaza.

—Yo soy… —Silas pensaba decir su nombre, pero la niña lo interrumpió.

—¡Presa!

¡Presa de arañas!

Este se congeló, se dio cuenta de que las moscas, zancudos y demás no estaban, no había nadie.

—Bien, eso es bueno.

Tengo buena cantidad de comida para todas.

Comentó Silas entusiasmado, extendiendo un pan mohoso a la pequeña.

—Luego de la melaza come eso, ayudará a digerirlo bien o para el futuro…

Comentó, a lo que la niña abrió su boca y sostuvo ágilmente el pan, para luego señalar arriba.

—Pequeña saltarina, te he dicho que no seas tan amistosa.

La voz femenina sonó desde arriba, provocando que Silas diera un millar de maldiciones e improperios que en su corta vida no habría alcanzado a decir.

—Bueno, es un gusto, señora araña.

¿Qué desea comer?

Silas habló revolviendo la basura comestible que tenía.

—Me apetece algo fresco, a lo mejor una presa viva.

Dijo la mujer con un tono de voz juguetón, pero Silas buscó rápidamente lo que podría servirle.

—Tengo lo que estaba buscando.

La mujer descendió dando una hermosa pirueta.

Tenía un color azabache en la piel, que resaltaba sus ojos rojos intensos.

—Creo que no has entendido… Silas sacó algunas piezas de carne que eran recientes, girando rápidamente y entregando en las manos a la mujer que era dos cabezas más alta que Silas.

Los dos se miraron a los ojos, entre curiosidad, aunque Silas estaba más llevado por el miedo.

—Adiós.

Silas sonrió y apuró el paso, golpeando el carrito con fuerza hacia la luz que parecía ser de la puerta.

—Es extraño, me sorprende que siga vivo.

Dijo la mujer, mirando con curiosidad.

En ese instante una figura descendió, firme de una cuerda.

—Ustedes son terribles cazando.

Gruñó la mujer que tomó una pieza de carne y arrojó varias más a las alturas.

—Curioso, está fresco… Esto es de ahora y nunca tienen cosas de tan poco… Comentó la mujer con la boca llena de carne, para dar un mordisco más, dejándose incapaz de comunicarse con claridad.

—Saltarina.

¿Dónde está tu cuchillo?

La niña, con el pan cubierto con melaza, miró su mano libre, dándose un golpecito en la frente al darse cuenta de que lo perdió.

Silas huía, no sabía si estaba a salvo pero esto de dar comida ya había sido suficiente.

Estaba ofuscado, deseaba golpear, patear, no ser condescendiente ante otros que eran fenómenos o monstruos anormales.

Deseaba ser él quien aterrorizaba como arriba en los barrios bajos, no al revés.

Al llegar a la luz, su calma se acabó.

—Soy un cabeza de pez luna… Un tonto útil.

Silas quería que lo enterraran vivo.

Ante él había, dentro de las jaulas, otras rejas, que llevaban a lo que parecía un vestidor olvidado.

Cada tocador era una parodia de terror de una dama, maquillando su rostro, clavando los restos de lo que alguna vez fueron a su carne rancia y purulenta para simular pestañas o lunares.

—Hola… tengo comida… ¿Alguien quiere?

Dijo Silas, provocando que todas voltearan a ver al nuevo.

Si bien no fue mala la bienvenida, todas siguieron con su trabajo.

—¡Mocoso!

¡¿No ves que estamos a contrarreloj?!

Eres estúpido.

¡Más que las mantis o las avispas!

Gruñeron y gritaron dos mujeres al mismo tiempo, cada una hablando fuerte sobre lo que dice la otra.

Sus piernas y brazos peleaban entre sí para ver quién movía qué.

—¡Qué me vienen a tratar así, ustedes… ¡Caras de esponja!

Las mujeres se miraron confundidas.

Alguien apareció por detrás de ellas comiendo.

—¡Chicas, chicas!

¡Los escarabajos carroñeros deben ser unidos!

Comentó la mujer con una gran sonrisa, salpicando algo de carne.

—Amo la carne fresca, con razón llegaste tan lejos, pequeña presa.

El olor de tu miedo es exquisito.

Comentó la mujer sonriente, dando otro mordisco con gusto.

—¿Es carne fresca?

¡Qué vergüenza!

¡Por qué no lo dijiste, presa inútil!

Las mujeres reclamaron y pelearon mientras iban a buscar algo de comer, pero Silas no sabía qué podía hacer entre tanta rareza.

—¡Relájate, nuevo!

¡Aquí en el circo nadie para, nadie está triste!

La mujer dijo con una gran sonrisa.

Fue entonces que Silas lo vio.

Eran pequeños gusanos que caían desde la piel del rostro de la mujer al sonreír tanto.

—Es un gusto, no… ¿mantis?

Dijo Silas dudando, preparándose para la respuesta, la cual fue opuesta.

—¡¿Mantis?!

¡Soy una…

langosta!

La mujer se llevó la mano a la cara y río a carcajadas escandalosas.

—Toma tu carro y empuja.

La que quiera comer, se acercará.

Comentó la langosta comenzando la marcha, y en efecto, silenciosamente cada mujer tomó su porción de alimento rancio o sucio.

Llegaron al último lugar, un tocador inmenso, con un par de luces para dar brillo.

—Dulce mariposita de mi corazón, le he traído a un amigo.

La mujer levantó la mano para que la langosta se callara.

Esto hizo que la langosta dejara de sonreír, mostrando la piel suelta y llena de gusanos.

La mujer estaba terminando de que dos mujeres la arreglaran, o de construirle la cara.

Tras piezas de metal atornilladas a su rostro, ensamblando para simular gran parte de este, se le colocó una máscara hermosa, de porcelana y seda, algo que resultaba ser más allá de bello, era como un ritual funerario.

La máscara era la única cosa intacta en ese lugar.

Tras la máscara la mujer se levantó.

—Saludos, es un gusto tener a un estimado miembro de la familia Hernández entre nosotras.

Comentó la mariposa, lo que congeló a Silas, quien sin mirar atrás, parecía que una turba se formaba lista para devorarlo.

—Niño tonto, tranquilo.

¡La mariposa sabe muy bien lo que hace!

Dijo la langosta alegremente, lo que disgustó un poco a la mariposa, quien en respuesta solo dio un sonido.

La mariposa habló, pero Silas por alguna razón sintió que algo le miraba desde el tocador.

Donde, en efecto, el cerebro descubierto de Randall estaba lleno de agujas, palpitando, haciendo que este mirara suplicante.

Los ojos de Randall, todavía vivos, se movían desesperadamente.

—Veo que viste a mi amigo.

¿Son amigos?

Comentó la mariposa contenta.

—Perdón, solo me distraje porque… sentí que me miraban.

Esto causó risas.

—Siempre nos observan.

No importa si estamos solos o si dormimos, se arrastran y nos observarán.

Son el público, la verdadera familia.

Comentó la mariposa, mirando cómo una jovencita traía una pieza de carne cuidadosamente.

—Gracias, tesoro, siempre logras cumplir con lo que te solicito, a cambio de eso puedes jugar con nuestro invitado.

Es muy resistente.

Dijo la mariposa de forma dulce, dando un sutil movimiento de la mano de forma educada como si la otra mujer fuera una niña y le diera permiso mientras los adultos hablaban.

—Veo que tienes historia con ese… hombre.¿No es así?

Expresó adecuadamente Silas pero sintiendo como algo no iba bien.

Viendo cómo la otra mujer comenzaba a tomar agujas y comenzó a clavar agujas en distintos puntos en el cerebro del juguete.

—Ha pasado mucho pero no realmente, si de personas de mi interés de tratara.

Tengo a varios de distintas familias que han tenido historia con mi yo pasado, trayendo en efecto a mi yo presente.

Comentó la mariposa,

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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