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El Circo entomológico delirante - Capítulo 6

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  3. Capítulo 6 - 6 Agravios circenses
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6: Agravios circenses 6: Agravios circenses Todo se encuentra envuelto en oscuridad, de esta el mundo volvía a tomar forma en sus recuerdos, su nacimiento, la muerte de su madre como su vida en los barrios bajos, esto hasta encontrarse con el viejo, que dejó a Elías a cargo de un pequeño ladrón, lo que le enseñó Elías para sobrevivir en el mundo, las decisiones que eligió frente a la vida que tuvo, su pasión, su enojo, su alegría, todo hasta sus errores que le llevaron a los pisos más bajos del pozo, o eso pensaba.

— …

Ahora era consciente de quién era, lo vivido y sus últimos momentos, sin sentir nada, hasta que algo comenzó a hacer efecto en él.

En un principio fue el dolor que le recordó que vivía, luego surgió lo que podía percibir suavemente como el olor a polvo y sangre, hasta que esta inunda todo, mientras un sutil frío lamía su piel con descaro.

— … Voces apagadas y difusas discuten cosas ilegibles desde algún punto de la oscuridad.

Si bien Silas tenía miedo de estar en aquel lugar aún, o más bien nunca haber salido.

Sus pensamientos eran vagos, mezclados con la condición de sí mismo como de cómo se sentía.

Añadiendo el irritante malestar que provocaba el sonido exasperante de un foco que se repetía sin detenerse.

— …¿Porque… ?

Silas escuchó algo de una pregunta proveniente de un susurro enfermizo, en lo que sentía como la luz se acercaba en su cara ocasionalmente.

El origen del destello en una de estas oportunidades concentró la luz mientras se acercaba y logrando mantenerse suficiente tiempo para comenzar a quemar su piel suavemente.

—…

Sácale el foco de la cara… Comentó la voz de un hombre entre susurros vacíos.

—…

Idiota… está muerto… Dijo otra voz, era un hombre joven con la voz aguda que parecía ser el que había dejado el foco.

Este lo sacó y acercó a la cara rápidamente para luego golpearlo en la sien con la mano.

—No… tiene… rápido… La furia se avivó en Silas con cada golpe del inútil, pero su cuerpo entumecido le obligaba a esperar.

Si quería sobrevivir, debía aguardar el momento oportuno.

Lentamente, los sonidos y las voces comenzaron a abrirse paso a través del manto blanco de su conciencia.

A medida que las voces discutían y movían cosas, Silas fue abriendo los ojos.

Eran dos jirones, lacayos desnutridos de las camarillas de los Hernández.

Aunque su familia los usaba para diversas tareas, era extraño encontrarlos tan abajo.

— Te digo que no hay nada, no hay nada.

Habló un hombre impaciente, su cara estaba sujeta gracias a vendas, ya que la lepra había hecho estragos en su cuerpo.

— ¡Eres un cobarde!

¡Te digo que deben tener algo de comida!

Comentó un hombre más completo, pero tenía manchas por el cuerpo, como su rostro notoriamente consumido por las adicciones.

Ambos inquietos, ambos llevados a su desesperación por causas distintas.

—Comida… Comida… Comida… Debe haber algo…

Murmuraba el hombre, decidido a encontrar algo para saciar sus entrañas.

El joven ardía en rabia ante estos lacayos inservibles que su familia insistía en tener para hacer frente a diversas situaciones con otras familias.

—Ya buscamos en todos lados.

¡Comamos ese cuerpo entonces!

Dijo el leproso señalando a Silas.

—Con esto nos basta hasta conseguir algo… El hombre vendado miró espantado a Silas, dándose cuenta que el muchacho estaba despierto.

El joven aguerrido saltó furioso, pero su cuerpo no respondía del todo, cayéndose al suelo, pero con un audaz movimiento tumbó al leproso, golpeándolo en las piernas, dando como resultado un alarido.

Estando ambos en el suelo, comenzaron a dar golpes, el hombre con vendas usaba todas sus fuerzas para sacarse a ese hombre de encima, en cambio Silas, si bien no se había recuperado, daba golpes certeros sobre la piel gruesa y carne pulposa.

El adicto sacó un trozo de metal con empuñadura, listo para alzar golpes para acabar con Silas, este logró agacharse ante el primer corte y el segundo, aunque este rasgó sus harapos, dejando visibles unas horribles marcas en su torso.

—¡Me aseguraré que estés muerto y nos daremos un festín contigo!

Este gritó, listo para volver a cargar con las fuerzas que le quedaban.

En ese instante, con sus ojos claros, teñidos en amarillo por el fallo de sus órganos ante el consumo de estupefacientes, se centraron en el movimiento extraño de la cicatriz de aquel joven extraño, este se asqueó, sabiendo que no podía ser producto de su mente alterada.

Todos se habían asegurado de consumir lo que repartió el líder de su camarilla.

El mal viviente se distrajo un instante al ver que el muchacho tenía una grotesca cicatriz en su torso que devoraba piel, carne e inclusive huesos que se asomaban para regurgitar entre espantosas suturas con cabellos largos y gruesos como si fueran de un caballo, dejando una especie de fauces rotas del podré de su torso.

— ¡¿Qué…?!

¡Qué coño es esa cosa!

El hombre sólo logró expresar su extraña mezcla de sorpresa que estaba envuelta en miedo y asco.

No pudo decir, ni hacer nada más cuando el muchacho asestó un golpe directo a su nariz, hundiendo sus fosas nasales.

—¡Condenados jirones patéticos!

Rugió Silas como una bestia.

Esto hizo que soltara el arma para cubrirse la cara ante el dolor.

—¡¿Qué te ocurre?!

¡Eres un anormal!

Gritó el leproso ante el joven, que no lograba comprender lo que ocurría con cada movimiento que hacía este.

Pero ante la agitación de los dos hombres, Silas aprovechó para volver a golpear un par de veces al leproso.

—Es… Espera… Apenas dijo el hombre con la cara rota, viendo al otro tendido recibiendo los golpes, todo esto entre lágrimas, mocos y sangre.

—No, nada de espera.

Dijo Silas tomando el arma rústica.

—Puedo ayudar… hay más, es caos.

Nuestra camarilla está surgiendo… Dijo el hombre aterrado, mientras su compañero desenfundaba una vieja daga y se preparaba para asestar un golpe mortal para el joven que les había humillado.

Ahora con los dos en el suelo, Silas los miraba con desprecio a la basura.

—Son patéticos, alguien del puerto jamás se rebajaría a tratar de tomar los niveles inferiores de otra camarilla.

Les reprochó Silas escupiendo al suelo por la actitud humillante que tenían estos.

—Bueno, la verdad es que… El hombre con manchas en la piel carcomida por el exceso de sustancias agachó la cabeza, sabiendo que sería la última vez que tendría que agachar la cabeza a otro lacayo del resto de camarillas de los Hernández.

Fue entonces que el leproso sujetó a Silas del hombro y clavó profundamente la daga en su espalda, abajo de las costillas.

—Bastardo… Nunca te vi venir.

Solo pudo decir Silas, para sentir que el sujeto que tenía detrás retorcía la daga y la volvía a enterar, una y otra vez.

—Muere… Muere … Muere… El leproso estaba absorto en su éxtasis de violencia, apuñalando incontables veces a Silas, quien apenas pudo mantenerse en pie por su falta de fuerza y el peso que ejercía este hombre sobre él.

En ese momento de dolor cegador, un pensamiento ajeno cruzó la mente de Silas, rápido como un destello de luz, la voz mecánica del entomólogo resonando con furia.

—…El espécimen cero cero cuatro… es la…

La mujer pelirroja no es una presa, es la…

Solomon sabía que el contagio era la única forma de ascender… La diferencia… Los … solo juegan con la cáscara… La voz resonó en su mente como un taladro que perfora cada uno de sus huesos hasta llegar a la médula y seguir abriéndose paso en cada milímetro de su ser.

—¡Percebes!

¡Está muerto!

¡Está muerto!

Gritó el leproso horrorizado, soltando la daga.

El dolor de la mente de Sila se desvaneció, dándole la oportunidad de darse cuenta en donde estaba.

—¡¿Qué percebes?!

Gruñeron en un coro de confusión los otros dos.

Por lo que Silas trató de ver su espalda, comprobando que tenía decenas de cortes profundos que no sangraban, asumiendo que fueron cortes o heridas sin profundidad que las podría tratar luego.

La piel era dura, como cuero.

Por otro lado estaban atónitos los jirones, pero Silas no esperó a que estos lo liquidaran, por lo que pateó los genitales del leproso.

—¡Te cortaré en pedazos!

Rugió el hombre con su nariz aplastada.

Pero Silas sujetó al leproso y arrojó contra su compañero, cayendo sobre la puerta abriéndola.

Revelando el caos exterior.

Una luz débil y grisácea lo cegó momentáneamente.

—Me lleva el caleuche… se juntaron todos los jirones… Con sus ojos el reflejo de decenas de ojos le devolvían la mirada con desprecio, odio, resentimiento, pero por sobre todo hambre y violencia.

Ante los juegos retorcidos que impone el infame destino a quienes solo son piezas en un retorcido espectáculo que nos vuelve una simple forma de entretención.

Es en este caso que si bien Silas actuaba de forma temeraria, no era alguien que desearía derrochar la vida en vano, sobre todo con los jirones de carne, sobre todo si se trata de una ridícula rencilla familiar.

Silas corrió con sus fuerzas, sabía que un tonto se quedaría o buscaría alguna forma de confrontar tal situación, pero al ver que este lugar no estaba ni cerca de su hogar, tuvo que huir.

Los Callejones eran estrechos, cubiertos de basura y putrefacción, una carrera de obstáculos, pero no podía dejarse demorar o fallar, porque la muerte era la que le aguardaba.

— ¡Que las jaibas se coman sus entrañas!

Gritó Silas tratando de pasar por debajo de parte de una pared en ruinas, por lo que trató de arrastrarse, metiéndose por una rendija que se había formado producto de un deslizamiento del terreno.

— Por favor, no me puedes hacer esto, debo pasar… Dijo Silas esforzándose en poder pasar por el pequeño espacio que le dificulta.

Con la poca fuerza que aplicó Silas, la pared endeble.

Esta se quejaba ante la más mínima fuerza.

—No me hagas eso, asquerosa pared… Silas pasó, a lo que la pared tembló y crujió en protesta del joven, quien avanzó en la oscuridad de la tierra suelta que parecía estar debajo de una construcción.

Pero el espacio acababa, no tenía salvación, solo estaba atrapado, a lo que los jirones ya empezaban a rodear ese pequeño espacio con el deseo de acabar con el de la forma que fuera.

—¡Lárguense!

Gruñó Silas pateando a uno en el rostro, pero los malvivientes eran escurridizos y no tenían problemas para entrar en el agujero.

— ¡¿Creen que soy tan fácil como para que me liquiden unas patéticas bolsas de carne?!

Estos solo gritaban como una jauría de bestias psicóticas, tratando de arrastrar a Silas al exterior.

Estos podían pasar de a uno, pero en su éxtasis de violencia no consideraron la delicada pared que recibía a decenas que se aglomeraban para sortear por cualquier lado.

— ¡Son unos marinos de agua dulce!

¡Son… !

La rabia de Silas ante la muchedumbre se vio silenciada por un sonido que dio un mal augurio.

Ante la insistencia de los hombres de tomar su trofeo, lograron hacer que la pared se dejara llevar por los años de vida inclemente.

Esta cayó, aplastando a los primeros que estaban abajo, mientras lluvia de ladrillos azotaba cruelmente a los que pasaban por los costados, los de arriba fueron como una cría que aún no sabía dar vuelo, cayendo entre escombros.

La pared se dejó caer por completo, pero antes arrimó al resto del lugar, empujando pilares y más paredes con el techo, que eliminó a cualquiera que estuviera en su paso.

La caída fue un instante que Silas pensó que también sería aplastado, pero el suelo solo gritó, crujió y tembló, pero la escena aún no terminaba.

Estos se dispersaron y cayeron, seguidos de estruendosos golpes, el suelo se alzó con un grito seguido de lanzas llamando a su final.

—Puedo… Silas miró cómo el suelo le daba a luz, sacándolo del socavón y arrojando su cuerpo hacía atrás.

Cada parte de esta estructura moribunda era una incontable serie de viviendas cercanas a los Hernández, pero donde él jamás había estado, o eso pensó cuando voló por un instante y vio que la gravedad lo reclamaba.

—¡Me lleva el caleuche!

Gritó Silas viendo cómo se precipitaba a los techos de casas aledañas.

Primero atravesó el techo delgado, sintió cómo su cuerpo era un trapo que era golpeado sin piedad, azotado por vigas endebles y apolilladas, luego bajó golpeándose contra el seco suelo de madera.

— ¡¿Qué rayos haces en mi casa?!

Gritó un hombre viejo que sostenía una pala, alzando la contra Silas, quien se esforzaba en respirar tras el golpe.

—¿Eres idiota?

… Silas dijo con un terrible malestar incómodo que recorría su tórax por el impacto.

—¡No!

¡No!

¡No!

El anciano estaba descolocado, su mente no pensaba en otra cosa que su guarida en ruina.

Esto molestaba a Silas.

—Disfrutaba del … El sonido del suelo marchito por el esfuerzo solo fue señal de más dolor, ya que no pudo reaccionar cuando este se cayó, arrastrándolo y golpeando contra la casa de abajo.

—¡Mi suelo!

¡Destruiste mi hogar condenado jirón!

Rugió el hombre arrojándole cosas a Silas, quien le hizo una seña con la mano ofensiva.

—Púdrete anciano, agradece que no suba a … romperte la cabeza.

Gruñó Silas, mirando a su costado, donde había una familia demacrada viéndolo desde una pared con una maltrecha ventana desvencijada.

—¡¿Ustedes que me ven?!

¡Acaso…!

Nada… Silas iba a amenazar a las personas, pero no se sentía bien para hacer que alguien más fuera hostil con él, por lo que solo se puso de pie.

—Que asco… eso da miedo… Decía una de las hijas mayores en susurros incómodos, observando con sus ojos claros como un azul jamás visto en esos lugares.

Pero la belleza de los ojos era asediada por la mugre que consumía su cuerpo completo.

Miró donde estaba, la casa pobre y demacrada, tenía sus paredes desolladas por el sadismo del tiempo.

—Mamá, papá… ¿Que es eso?

Murmuró de forma poco disimulada el menor de la familia.

—Tengo miedo de eso… Añadió el pequeño compartiendo el pavor de toda la familia.

El muchacho se levantó adolorido, cojeaba de una pierna con dificultades para moverse.

—Calla, calla… mejor dejamos que se largue… Comentó la madre con la voz con residuos de miedo.

A lo que Silas se giró para verles, con la sorpresa del sonido de sus huesos al moverse o lo que pretendía ser huesos.

—…

Esto provocó que Silas tuviera una terrible mirada sobre sí que oscurecía todo atisbo de ánimo.

—¡Aléjate!

¡Tú no te acerques, monstruo!

¡Atrás!

Trató de rugir de forma inútil el padre, ya que estaba sumido en miedo.

—¡Calla cachalote varado!

¡¿A quién llamas monstruo?!

Dijo Silas con su voz llena de rabia y rota por el miedo ante la situación en que estaba, ya que no comprendía nuevamente nada.

—¿Que…?

¿Qué percebes me pasó…?

Comentó Silas en lo que se mostraba temeroso por la situación que era distinta a lo extraño que había pasado antes, ya que esto le afectaba directamente.

—¿Qué centollas es todo esto…?

Murmuró Silas, pero apenas lograba oírse ante el ambiente a su alrededor que era un caos, el anciano de arriba gritaba molesto por su casa, en cambio la madre y los hijos mayores hablaban tratando de calmar a los menores que lloraban sin consuelo.

—¡¿Por el cangrejo?!

Dijo Silas tratando de salir cuanto antes de ese lugar.

Pasó por la puerta consumida por termitas, para ver que el caos rodeaba todo el sector.

Sabía cómo era el desorden que podía hacer una camarilla, pero el lugar no estaba cerca de su territorio, menos del territorio de los Hernández.

Estaba en un sector satélite, un barrio fantasma controlado por una fuerza desconocida, estos eran simples hogares pobres de bajo recursos que estaban sobre los sectores de los Gutiérrez.

Una familia con una influencia mucho más grande y complicada que el resto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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