El Circo entomológico delirante - Capítulo 7
- Inicio
- El Circo entomológico delirante
- Capítulo 7 - 7 Pueblo de tornillos sueltos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: Pueblo de tornillos sueltos 7: Pueblo de tornillos sueltos Silas conocía y había participado en los alzamientos de las camarillas incontables veces desde temprana edad.
Pero este alzamiento no era uno habitual, ante el conflicto se desarrollaba un conflicto de familias.
—Esto es un gran pepino de mar… Lo peor es que parece que todo se ha podrido más de la cuenta… Dijo Silas moviéndose al borde de la calle amplia.
Las camarillas usaban equipo rudimentario para los lacayos, armas oxidadas, garrotes dentados y la pura, cruda furia del hambre, sin embargo ahora algo más los impulsaba en un cólera virulento.
Los que se enfrentaban ahora eran una mezcla más extraña, un híbrido aterrador, donde incluso los oficiales, figuras normalmente intocables con sus uniformes color oliva y sus estúpidas goras, estaban por un lado, tratando esta situación con una brutalidad calculada que olía a un despliegue fuera del orden habitual de las familias.
—No puedo creer que … Esto sí que está mal… Silas murmuró, más para sí mismo que para el aire cargado, asombrado por la imagen a la lejanía que tenía como epicentro el Ayuntamiento, la mismísima matriz de la autoridad auto proclamada noble, se encontraba asediado, y el humo negro que emanaba de sus ventanas rotas parecía un grito mudo de desesperación burocrática.
El asedio no era solo físico, ya que trascendía más como un símbolo sensorial que se clavaba en la psique de Silas como un trozo de vidrio..
—¡Noo!
¡Nooo!
Un hombre pasó corriendo, un fantasma de la desesperación, con algo voluminoso en brazos, envuelto en un paño empapado.
Su mirada estaba completamente desenfocada, dos pozos vacíos que sólo registraban la necesidad de huir.
Solo avanzaba, sin ver, sin oír, impulsado por un motor de puro terror.
—¿Qué te pasa?
¡Oye viejo!
Responde.
¿Qué te pasa?
Silas asumió que podría ser una oleada de jirones que estaría realizando un asalto por este lugar, considerando a los que se había encontrado en el derrumbe.
—¡No!
No, no… ¡Horror!
No, no, no… El hombre se volteó y, por un instante fugaz, Silas pudo ver lo que traía en brazos: un amasijo de carne desfigurada, pálida y sangrante, irreconocible como ser humano.
— Sal, sal… no hay tiempo, ya viene… Dijo el hombre con la mirada llena de un sufrimiento líquido, espeso, y luego continuó con su huida desesperada.
El terror en sus ojos era la prueba irrefutable.
Silas se quedó, con el aliento atrapado en su garganta, mirando el charco sanguinolento que se formaba y expandía en el asfalto quebrado, un charco con restos de carne picada y astillas de hueso.
El olor, una mezcla metálica de sangre fresca y bilis agria, subió hasta su nariz, un recordatorio vívido de la fragilidad de la existencia en este pueblo normal.
—Esto no es producto de jirones, menos de lo habitual que pasa en el pueblo, debe ser algo más… Murmuró Silas para sí antes que incesantes gritos de pánico y dolor se formaron a sus espaldas, como una ola sónica.
Los peatones huían, una marea de cuerpos rotos y asustados.
Los carros aceleraban, los caballos tenían expresiones de locura histérica, sus ojos inyectados en sangre y espuma blanca brotando de sus bocas.
Las ruedas estaban por partirse, gritando contra el pavimento, y los motores de vapor estaban al rojo vivo, escupiendo ceniza incandescente.
Todo huía, y el sonido de lo que venía, esto, no era un ruido, sino una vibración que daba un zumbido cavernoso y hacía temblar el mundo a su alrededor.
Cada accesorio metálico de esa cosa daba un ruido de espantoso final con cada movimiento, un chirrido de metal sobre metal dispuesto a cumplir con su macabra labor.
Esta máquina de guerra, si se le podía llamar así.
Era una aberración de ingeniería y crueldad, ahogó el escándalo de la calle sin distinción, asegurándose de no dejar nada tras suyo.
No solo con su imponente forma y su lento, inexorable avance, sino que la imponía con toda violencia.
Era un Engranaje de Hierro de la propia muerte que parecía haber sido extraído directamente de la pesadilla febril de un sin fin de mecánicos y herreros trastornados.
— Por un … ¡Me lleva el caleuche!
Silas no esperó que ese armazón metálico, esa mole grotesca de remaches, muerte y humo, lo consumiera como al resto que era alcanzado por terribles muertes a causa de sus aparatos de horror.
La única respuesta lógica era la huida.
Este joven corrió con una desesperación que le rasgaba los pulmones.
Sabía que no podía haber estado más tiempo en la calle, solo había una forma de salvación, la cual era refugiarse en las viviendas, los únicos lugares que ofrecían un muro de concreto entre él y el Holocausto mecánico.
— ¡¿Qué carajos haces de regreso, monstruo grotesco?!
¡Creímos que te habías marchado para siempre!
Rugió el hombre que había pensado que el extraño e indeseable hombre se había largado.
La familia, refugiada en la penumbra, se horrorizó al verlo.
—¡No!
¡Alejate!
Gritó una de las hijas, acompañada del resto de la familia.
—¡Despreciable adefesio!
¡Abandona mi casa inmediatamente!
Exclamó el padre de la familia, mientras las mujeres arrojaban los pocos objetos que tenían a Silas como picados platos, viejas tazas, algunos trozos de escombros esparcidos por el suelo.
El joven, sin detenerse, corrió y atravesó la ventana detrás de ellos.
Al atravesar el vidrio, se cortó levemente la cara y los brazos.
Sintió los pequeños latigazos cortantes y un frio húmedo recorrió, no solo las heridas, sino varias partes de su cuerpo, antes de caer varios metros en el vacío posterior a la vivienda.
Pero el caos que dejaba rápidamente fue apagado con una violencia espantosa.
Escuchó los últimos alaridos agónicos de la familia a sus espaldas, un sonido que fue brutalmente silenciado en lo que todo era destruido y consumido por las llamas feroces de tal infame invención del hombre.
—Por un jurel… un jurel bendito… creo que me salvé… Dijo Silas, sintiendo un efímero alivio mientras caía por el aire, una sensación que era una mezcla de éxtasis y vértigo.
Pero sin previo aviso, su cuerpo se azotó contra un techo inclinado de tejas de latón corroído.
Golpeó, rebotó varias veces en un doloroso y caótico acordeón de huesos desquebrajadosy músculo, hasta caer de este sin control.
Cayó, golpeando la ladera de un acantilado del cerro.
—…¡No!…
¡Me parece que ya he tenido tantos golpes por esta vida…!
Fue lo único que pudo decir el joven antes de volver a golpearse con una roca saliente, cuyo filo parecía diseñado para romperle las costillas.
—…Yo… no sé si es mejor haber muerto… Pronuncio para sí mismo, intentando mover su cuerpo.
Su físico parecía una especie de forma humanoide sin huesos, blanda y maleable, una marioneta rota con las cuerdas cortadas.
La sensación no era dolor, sino una desconexión asquerosa, una plasticidad mórbida que lo incomodaba hasta el tuétano.
—…
Qué asco de flexibilidad…¿Cómo es que…?
Silas observaba su brazo con un desagrado palpable.
No terminó de hablar o de entender cómo podía mover su extremidad de esa forma si, por toda lógica biológica, estaba completamente rota.
Era una de sus tantas aberraciones, un secreto oscuro que lo hacía sentir menos que humano.
La roca sobre la que estaba se movió.
La ladera estaba inestable.
La caída se reanudó.
Ahora caía con restos del cerro, embistiendo más rocas y tierra, volviéndose una avalancha improvisada que se preparaba para caer sobre los transeúntes y jirones que se movían en la danza del descontrol abajo.
La caída era más alta que las anteriores, una sentencia de muerte por inercia.
No sabía si sobreviviría; solo sabía que estaba por averiguarlo, y esa incertidumbre era el único sabor que le quedaba en la boca.
Tras ver el suelo acercarse a metros, solo vio negro.
La conciencia se extinguió en un instante de pura compresión.
Volvió a despertar con el caos a su alrededor, el ruido como un martillo constante contra sus sienes.
—No me gusta para nada esto… Se levantó, con el cuerpo apaleado con sus oídos y vista nublada hasta que comenzaron a normalizarse, vio que si bien parecía que se había lastimado, la caída no le había cobrado la vida de nuevo.
Sintió que podría tener una extraña inmunidad, la que le permitía absorber el daño físico como una esponja, pero lo dejaba sentir y recordar cada cosa con sumo detalle.
Se preocupaba si esto le volvería loco pero Silas avanzó, pese a no estar bien del todo, la gente estaba huyendo, luchando y tratando de esquivar los peñascos que caían con una fuerza homicida desde la ladera del cerro inestable.
— ¡Oye, vago!
¡Me escuchas sucio!
¡Oye, oye tú!
Dijo la voz de una niña, un sonido agudo e imperioso, acompañado de tirones repetitivos en la espalda de Silas.
—¿Qué te pasa?
¡¿Camarón desagradable?!
Silas respondió primero confundido pero luego molesto ya que era lo que menos esperaba en esta situación.
Al voltear se dio cuenta que la voz venía de más abajo, encontrándose con una pequeña niña.
—¡Por un coral!
¡¿Qué quieres pequeña mocosa indeseable?!
¿No ves que estamos en una disputa familiar?
Gruñó Silas ante la pequeña de tez blanca que le miraba con ojos crueles que buscaban dominar al muchacho pero esto no daba resultado.
—¿Qué pasa rata de muelle?
¿Las jaibas te comieron la lengua?
Silas podría haber golpeado a la niña y marcharse pero el aspecto desagradable como la ropa costosa, le hacían sentir que había algo más en la pequeña infante.
Esta mocosa debía ser de alguna familia, por eso que su cabello negro pulcro se mantenía perfecto y su ropa tan bien cuidada, aunque los ojos azules profundos eran más como un mar cruel que trataría a cualquiera que no acatará sus órdenes a la primera.
—Yo… he de ver que … los que hablan, lo hacen porque respirar no es suficiente.
La niña dijo imponiéndose pero parecía que su mirada cruel y juzgadora, era una frágil máscara.
—¿Tienes miedo y pides ayuda a un temerario, fuerte y valiente miembro valioso de una familia?
Dijo Silas avanzando, ya que el conflicto parecía superar la conmoción de la caída de piedras.
— Espera, no te he… ¡Detente rufián!
Dijo la niña siguiéndole, pero Silas no esperó a la mocosa.
—Debes aprender a hacer más de una cosa a la vez.
¿Oíste mocosa?
Dijo el joven llegando a la intercepción de las sucias calles del pueblo.
El humo de la destrucción se mezclaba con el hedor metálico y el olor acre de la liberación de amonio, un aire tan espeso que parecía cortarse con un cuchillo.
—Tu ni siquiera eres de una familia, mírate todo sucio, pareces un trapo mojado.
La niña esbozó de forma dictatorial, intentando recuperar su dominio de la situación ante el joven.
—En cuanto a mi reconocida persona, yo puedo decir con gracia que soy de la distinguida y venerable casa de… Pronunciaba con exquisita habla sobre actuada la niña para provocar a Silas.
—¡Escoria!
Grito la niña, debido a que Silas se enfureció al oír las palabras de la mocosa, por lo que sujetó firme su mano y corrió con esta que se quejó ante el tirón.
—¡Despreciable jirón!
¡¿Acaso eres más tonto que tus amos?!
Dijo la niña furiosa, golpeando a Silas en la espalda cada tanto que lograba detenerse para seguir en su huida.
—¡Eres una bestia!
¡Infame pestilente haragan…!
La niña estaba inmersa en su furia verborrágica, pero fue cuando un grito gutural les llamó la atención, ya que dos jirones clamaron una especie de aullido bélico por nuevas presas, sus cuerpos cubiertos de pústulas y mugre, venían agitando sus armas oxidadas, un par de cuchillos mellados.
Sus ojos, inyectados en sangre, estaban listos para satisfacer su ansias de violencia.
—Debes cuidarte mocosa.
Más vale que me den una buena recompensa por tú trasero o yo mismo te arrojaría por la borda a los cangrejos.
Comentó el joven con una sinceridad brutal antes de soltarla y prepararse para pelear contra el primero.
El corte del jirón fue vertical, un tajo en el aire que dejó un silbido fantasmal.
Silas se agachó por instinto y respondió con un derechazo en la mandíbula.
El golpe resonó con un ruido seco y cruel, quitando un par de dientes rotos.
—¡Cuidado!
¡No seas estúpido!
Exclamó la niña.
Donde un tercero saltó sobre Silas, su cuerpo un arma de carne y huesos, pero esto le permitió a Silas cubrir el golpe del segundo, atacando a su compañero y perdiendo el arma oxidada en el proceso, sin dejar que el tiempo pasara, preparándose para volver a realizar una carga de violencia.
—¡Por una centolla!
¡Estos están más locos que de costumbre!
Silas expresó, viendo la expresión de los hombres que retorcían sus rostros en una expresión de salvajismo puro y frenesí inyectado.
Estos tenían la mirada perdida, cada ojo como el de un camaleón con rabia, ansiosos solo por la violencia.
El que tenía el arma en la espalda se abalanzó como si fuera un perro rabioso.
Silas dio un codazo en la cabeza, logrando torcer su cuello levemente, pero el hombre no se detuvo, solo trastabilló.
El brazo de Silas se dobló ante el impacto.
No sintió dolor, solo esa molesta plasticidad, pero su extremidad fue sujetada por el primero.
Silas perdió el equilibrio, cayendo al suelo.
—Por un… ¡Ratas de muelle estúpidas!
¡Quítense de encima!
Silas vociferó, colocando los brazos para evitar las patadas en el momento en que estaba en el suelo.
Una de las patadas dio en la cara de Silas, girando su mandíbula en un ángulo antinatural.
No sintió dolor, salvo por su piel que se estaba tornando rojiza e hinchada.
Sin previo aviso, una llamarada de un calor intenso quemó a dos de estos, envolviéndolos en un fuego inesperado.
Los hombres gritaban, sus cuerpos en llamas, dando patadas sin un objetivo claro, tratando de dañar a quien tuvieran cerca.
Silas golpeó al que estaba sin fuego, golpeando sus piernas una y otra vez hasta que cayó.
Pero ahora, los dos estaban en un duelo de fuerzas en el suelo, mientras los otros seguían pateando a ambos indiscriminadamente.
—¡Tienes que usarlo de escudo!
Gritó la niña, su voz mezclada con el crujir de la madera y la carne quemándose.
Silas trató de hacerle caso, quedando en una posición rara, pero con algo más de fuerza, ladeó su cuerpo.
Así, las patadas le llegaban a su oponente, quien se distraia por el instante cada uno de los golpes.
Por lo que Silas atinó a golpearlo en el rostro hasta que el hombre, finalmente, dejó de moverse.
—No lo puedo creer, al menos no me golpean a mí, sino a él, son unos peces luna… Silas se apartó para poder decirlo logrando saber que podia respirar un poco sin tener nadie encima.
Los otros jirones, en su estupidez drogada, seguían pateando a su compañero que se retorcía.
—¿Quieres que te pegue yo ahora para que reacciones?
Comentó la niña estando en cuclillas al lado del muchacho que recuperaba la respiracion, susurrando al lado de Silas.
El sonido lo asustó.
La niña no se veía con ganas de bromear; había una determinación fría y brutal en sus ojos.
—Espero que seas familiar de un Hernández lleno de dinero.
Acabo de salvar tu asqueroso trasero y me debes una casa nueva.
Dijo la pequeña antes de darle unos golpecitos en la cabeza a Silas, un gesto patronal.
Esto le enfureció, pero no era nada en comparación con los golpes de los jirones.
—Espera mocosa…¿A qué te refieres?
Susurró, moviéndose rápido detrás de la niña, a una distancia que consideraba segura.
—¡¿Cómo que salvaste mi trasero?!
Comentó Silas, ya junto a la niña, su rostro aún hinchado, aunque este no parecía ser propio de los golpes, como el tono morado que se extendía como raíces por su piel.
—Me sorprende que los porteños sean más ignorantes de lo esperado.
De seguro se debe a que eres un Hernández y te faltan neuronas.
Señaló la niña de forma despectiva, sin prestarle atención a sus quejas en respuesta a su insulto, salvo por el movimiento de su mano condescendiente.
—Perico con la lengua suelta, te arrojaré por la borda por ser una marinera de agua dulce que solo sabe de chismes y telas finas.
Gruñó el joven, insultando a la niña con alevosía porteña, intentando recuperar la dignidad perdida.
—Soy inteligente y me resulta comprender modismos primitivos, pero se que eres ingrato.
¿Quién crees que quemó a los dos idiotas drogados?
¿Acaso cayó un rayo selectivo?
Dijo la pequeña para mirar a Silas, arqueando la ceja con una superioridad innata.
Ante esto, Silas miró a su alrededor, comprobando que no había nadie dispuesto a ayudarles o que tuviera algo para quemar.
—¿Fuiste tú?
¡¿Qué clase de anormal le da fuego a una mocosa vestida de encaje?!
Preguntó Silas, estupefacto.
El terror de lo sobrenatural le heló la sangre más que la máquina o la caída.
—Verás, en el arte de la… ¡Escúchame, insolente jirón que no respeta a la gente importante!
La pequeña quería responder sus dudas, revelando sus grandes conocimientos, pero Silas tenía otros planes, ya que este se había detenido a leer algo o más bien a adivinar qué decía un letrero.
—Bueno… la forma así es … y luego si agregamos la que parece triángulo con … eso… Silas se esforzaba en leer la palabra de una tienda.
—¡Dice dulces, inmundo animal desobediente!
Ahora escucha como me llamo al menos, rufián ingrato.
Vociferó la pequeña, el enojo le dio un suave color a su rostro de color nieve, un rubor delicado que contrastaba con su crueldad.
Por otro lado había un alto hombre con vestimenta blanca mirándolos con ojos entrecerrados dando una gran sonrisa, como si no pasara nada a su alrededor.
—Eres una Fernández, yo un Hernández.
Ustedes trabajan con ganado, secretos y cosas ocultas que pudren el alma.
Yo, en cambio, trabajo supervisando los barrios bajos y efectuando varios oficios de dudosa moralidad.
Somos lo mismo, solo con etiquetas diferentes.
Gruñó Silas, avanzando por las calles pestilentes y laberínticas que parecían un intestino roto.
—Sí, pero… en términos sociales pese a ser conocedores de las familias correspondientes, debemos tener en cuenta la etiqueta… —¿Cómo nos llamamos?
¿Acaso habrá alguna diferencia en todo esto?
Claro que no, cabeza de pez luna.
Dijo el hombre, pero al mirar de reojo, tuvo que volverla a mirar.
Ella había dejado su color blanco y había adoptado un tono rojo brillante, como una jaiba cocida, por la vergüenza y la rabia contenida.
—¿Qué percebes…?
Soltó unas palabras por sorpresa apenas Silas, deteniéndose un instante, la miró con incomodidad.
—Soy Marta… era familiar, pero hace poco me convertí en aprendiz… soy alguien importante… ya que la matriarca Bertha me reconoció… La niña habló, pero parecía a punto de romperse, su voz temblaba, como si cada palabra fuera una pequeña grieta en su máscara.
Resistía su pesar con todas sus fuerzas.
—Bien… Soy Silas, nieto reconocido de Solomon, tengo muchos hermanos, soy uno de tantos… Comentó Silas, pensando un momento en lo que quería decir.
— Bueno, supongo que por así decirlo… me defraudaron y ahora estoy en un grupo nuevo cuidando unas cosas al fondo del pozo… eso.
Silas parecía incomodarse a cada instante por la expresión de la mocosa roja como una jaiba pero la niña cambió paulatinamente su expresión a una sonrisa de satisfacción cruel.
—¿Ves que fue fácil?
Pese a ser Hernández y ser un incompetente, logras ser de utilidad en pocas ocasiones como un perro amaestrado.
Bueno, exactamente no tan útil.
Comentó la niña, retirándose del lugar con Silas ahora rojo de furia por las mentiras y la burla de la niña.
—¡Mocosa desvergonzada, usurpadora, traidora, desleal de lengua de serpiente!
La niña lo miró con una expresión fingida de extrañeza, ya que quería asegurarse de que su juguete entendiera sus bromas.
—Verás, mi adorable sirviente, esas son las facultades de un pirata, alguien que debería ser tu ejemplo a seguir y no una niña pequeña.
Yo soy mejor que tú.
Dijo Marta, jactándose de la ironía de la situación con una insolencia sublime.
—Mira quién se pone como una tonta matriarca con complejo de superioridad, no olvides que la vieja Bertha te colocó de aprendiz por lástima.
Además, estás en el territorio de la matriarca Mencía.
Cuidado por donde caminas, ya que nunca serás reconocida realmente.
Solo serás una familiar inferior sin un lugar.
Dijo Silas, sabiendo que Elías le había contado que los más conflictivos eran los Fernández dada a su mentalidad de temperamento corto como por guardar conocimiento y tratar de robarlo entre sí.
—¡Quién te dijo que soy una patética familiar!
¡Soy Marta, aprendiz reconocida!
Rugió la pequeña, tornando sus ojos de un color carmesí que cobraba dominio en sus ojos, un destello de furia sobrenatural que era un eco de la capacidad de su secreto.
—Pues el más estúpido de nosotros, tu propio orgullo.
¿Acaso te olvidaste que me has revelado tu nombre y matriarca?
Eres tan obvia como una cicatriz.
La avidez de Silas, acompañada de una pose de tonto, fue un golpe abrumador a la pequeña, lo que hizo que la niña se llevara las manos a la cara de vergüenza y furia contenida.
—Además, ¿crees que no sabré cómo se llama la vieja narcisista y con su trastorno paranoico que elimina a quienes estén fuera del burdel cada cierto tiempo?
Todo el mundo lo sabe.
Comentó Silas, llevando su mano sucia a la cabeza de la niña, despeinándola y ensuciando su cabello, acabando con su aspecto de pureza inmaculada.
—…¡Ugh!
La niña solo dio un sonido de profundo disgusto por la vergüenza y el contacto sucio.
—No debes sentirte mal¿Sabes que te dejaste vencer por el mejor de los Hernández, por tu amo y señor?
¿Cierto?
Agregó Silas con actitud prepotente, riéndose de la niña y retirando la mano de su cabeza ya que estaba extrañamente caliente.
—¿Es acaso cierto lo que escuchan mis oídos?
¿La rata de puerto se está burlando de una Dama?
Comentó una voz agrietada, seca como el cuero viejo.
Esto hizo que miraran el origen, que venía de un pasaje oscuro, revelando cuatro individuos.
—…
Ninguno de los dos respondió.
Silas se veía acomplejado.
El ambiente se cargó, la amenaza era palpable y personal.
—¿Nada?
Que raro, juraría que el Silas que conocemos siempre tenía la boca lista para lanzar veneno y estupidez.
Respondió una voz ronca y áspera, lanzando un escupitajo desagradable.
—No me agrada la gente que se parece a los muertos, mejor deberíamos quitarle la cara para ver si es de verdad.
Señaló otro con la voz aguda, revelando sus pintas andrajosas y un parche que cubría uno de sus ojos, dejando al descubierto y resaltando el otro ojo inyectado en sangre.
—Es cierto, no podemos dejar a un impostor, menos si se trata del original, el desecho.
Se mofó el más alto, con voz ronca, preparando un par de metales toscos que parecían armas blancas.
—Fantástico, más jirones, y lo peor es que estos hablan como si fueran tu patética familia, ya me bastaba contigo.
Con sarcasmo, la niña habló, frotándose la sien, en un gesto de exasperación.
Silas, por su parte, pensaba con desesperación cómo quitarse de encima a los secuaces de su hermano, la escoria que le perseguía.
—Entra de una vez, no hay salvación, Silas.
Vuelve al rebaño y asume las consecuencias de tus actos contra tu padre.
Señaló el hombre con parche, sacando un par de dagas oxidadas.
Pero a Silas no le inquieto las armas, sino que el propio hecho que se refería que él había hecho algo al inútil de su padre.
—¡Bastardos!
¡Han traído al teniente segundo con ustedes, el sádico!
Gritó Silas, señalando más allá de los hombres.
Una mentira bien colocada.
Los hombres se horrorizaron al oír que uno de los perros más sádicos del juez Gutiérrez podía haber estado detrás de estos.
—No hay nada.
El sucio asesino miente.
Rascándose la sarna, comentó el hombre un poco más alto que tenía la voz áspera.
—¡Tienen cabezas de coral!
¡Se han escapado!
Gritó el primero, señalando la antigua ubicación del dúo, que ya había tomado distancia.
—¡Atrapen al desgraciado como sea!
¡Y traigan a la niña, de seguro podremos venderla a los Fernández o González!
Rugió el cuarto que se había mantenido en silencio, comenzando una persecución desesperada por las calles hacia la avenida principal.
A la distancia, las llamas se alzaban con un fervor infernal, y los cánticos de alabanzas y agonía resonaban en el aire denso y putrefacto.
Era a la distancia que las llamas se alzaban y los cánticos resonaban en alabanzas y agonía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com