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El Circo entomológico delirante - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 Tras las pistas del soplón
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8: Tras las pistas del soplón 8: Tras las pistas del soplón Si bien Silas era considerado un superviviente vivaz con un ingenio perspicaz como una rata de muelle con la astucia de una anguila, y Marta era una de las más sobresalientes aprendices de los Fernández con una mente calculadora envuelta en seda, esta no era la situación que apreciaría su reputación.

Era la clase de desastre que enterraba la astucia bajo capas de mugre y pánico.

—¡Bájame, bárbaro depravado!

¡Quítame tus sucias manos de encima!

Chilló la niña furiosa, rebotando en el hombro de Silas, recobrando el aliento solo para maldecir a Silas y a toda su estirpe con una precisión verbal digna de un inquisidor.

Marta estaba roja de vergüenza y de furia.

Era sostenida como un costal de tubérculos enmohecidos en la carrera desesperada que hacía Silas por las calles y callejuelas, una laberíntica red de miseria, esperando despistar a los rufianes de su hermano.

La sensación era una humillación física e social insoportable para la pequeña Fernández.

—Para ser una enana desagradable eres pesada… ¡en ambas formas, tanto física y espiritualmente!

Bramó Silas a la niña, tratando de recuperar el aliento mientras corría y hacía acrobacias imprudentes con la niña como una carga desequilibrante.

Sentía el esfuerzo en el centro de sus pulmones y la tensión de sus músculos plásticos, que aguantaban más de lo normal pero le dejaban una sensación de goma fatigada.

—¡Pordiosero petulante!

¡Haragán inculto!

Articuló la niña, iracunda con su compañero descuidado, en lo que las siluetas alargadas y grotescas de los jirones surcaban los caminos con mayor destreza, sus pasos secos y rápidos resonando cada vez más cerca.

—¡Haz eso de nuevo!

¡Lo que sea que uses, hazlo ahora!

Vociferó Silas con su voz alterada por el pánico y el esfuerzo, escuchando los pies de los perseguidores cada vez más cerca, un tamborileo de mala fortuna.

—¡Qué barbaridad quieres que haga, cabeza de rábano podrido!

¡Mis habilidades no son un truco de circo para ti!

Rugió la niña, molesta por la estupidez del hombre que la cargaba, sin entender la urgencia.

—La siguiente vuelta, la siguiente esquina… ¡Prepara el fuego, o lo que sea que uses!

Dijo Silas, su rostro desencajado, tratando de cruzar por los caminos estrechos que olían a orina añeja y fritura rancia.

—Pero qué quieres que… ¡No es tan sencillo como encender una vela!

Trató la niña de explicarse nerviosamente, su máscara de superioridad resquebrajándose ante el peligro.

—¡Es una recta cerrada!

¡No hay salida!

¡Prepárate, mocosa, o nos atrapan!

Gritó Silas, alzando la voz exaltado, el sudor frío corriéndole por la sien.

—Pero… Es un proceso… requiere concentración y el vínculo con la energía del lugar… Trató la niña de explicarse, pero la urgencia de Silas fue un gatillo más fuerte que su concentración.

—¡Ahora, lanza el fuego, o lanza algo, lo que sea!

Gritó Silas, nervioso.

La coacción nerviosa hizo gritar consigo a la chica, quien extendió las manos.

No fue fuego; fue un sutil pero intenso flujo de aire helado y cristalino que petrificó el suelo al instante.

Una capa de hielo traicionera, pulida como cristal, cubrió el pavimento.

Esto hizo que todos patinaran, cayendo en el proceso con un ruido de sacos de huesos rotos.

—¡Marinera de agua dulce!

¡Me lleva el caleuche y el Kraken!

Gritó Silas, tratando de detenerse sin resultado.

La niña, en sus brazos, entorpecía su movimiento, ya que tampoco lograba estabilizarse.

Sus pies resbalaron.

—¡Bruja!

¡Cabrona!

¡Desgraciada, bruja de hielo!

Un coro de insultos y amenazas se formó de los perseguidores, quienes iban demasiado rápido y no lograban parar, incluso con sus armas.

Su inercia los arrastraba.

—¡Percebes!

¡Vamos a la calle principal!

¡La calle ancha!

El joven solo logró decir eso.

Su mirada se aclaró, vislumbrando la calle principal donde se desarrollaba una procesión solemne y grotesca, algo que ninguno de los dos había visto de cerca, salvo por el castigo distante a los herejes.

Los dos cayeron girando, un trompo de carne y ropa sucia, con Silas como amortiguador humano.

Un destino que él no deseaba, menos aún bajo la mirada de desprecio helado de los feligreses que observaron con sumo desprecio a quienes irrumpieron en tan benévola y sagrada acción.

En cambio, el grupo de malvivientes, por su peso y velocidad descontrolada, salieron expulsados con más fuerza a la calle.

Esto no solo interrumpió la procesión, deteniendo a muchos, sino que derribó a los peregrinos, a los Thuos quienes se les conocía como los encargados de limpiar a los fieles en el camino, con sus cuerpos semi-desnudos y marcados.

Lo más doloroso y sacrílego fue el derribo de los custodios que portaban un sarcófago de oro macizo, una reliquia de peso incalculable, alterando todo el transcurso de la santa ceremonia anual.

—Jirón… digo… Sylvan.

Gracias por cubrirme, aunque tu ropa apeste a pescado muerto.

Digo, sabes que es algo que debías hacer como sirviente, así que bien hecho.

Comentó Marta, limpiándose con un pañuelo de encaje.

Silas, aún en el suelo, acomodó su brazo que había absorbido el impacto, maldiciendo la situación y el destino que le negaba la paz.

Estaba temeroso de pasar un segundo más en ese lugar, rodeado de ese fervor tóxico.

—Bien, gracias por tus tiernas palabras, que saben a vinagre.

Dijo rápidamente, viendo que la mayoría de las miradas de los feligreses estaban centradas en sus perseguidores, que ahora eran acosados y golpeados por los religiosos enfurecidos.

Las únicas voces eran los lamentos de aquellos que dejaron caer uno de los tantos objetos sacros, perdiendo su bendición.

—Niña, mueve el trasero.

Estamos cubiertos de cebo y rodeados de tiburones hambrientos.

Marta se percató, con un escalofrío tardío, de las miradas llenas de violencia contenida y locura fanática que se arremolinaban en menor cantidad sobre ellos.

—Son… Esto…¿ Esto es lo que llaman procesión?

La niña buscó una salida, sus ojos claros llenos de pánico recién descubierto, ya que el camino libre detrás de ellos estaba congelado.

—Calla, no tenemos tiempo para análisis.

Correremos por donde se vea con menos dementes.

Silas, su instinto tomando el control, se preparaba para la siguiente huida.

—¡Herejes!

¡Castigo a los profanadores!

¡Herejes!

Marta gritó lo más fuerte posible, canalizando la furia de la multitud hacia sus perseguidores.

Fue así como los gritos de odio se alzaron mientras los hombres desesperadamente trataban de dar una explicación.

—¡Bruja!

¡La mocosa es bruja!

¡Es…!

El hombre con el parche, en un acto de desesperación, trató de moverse entre la multitud para acusar a la pequeña.

Pero Silas se apresuró, aprovechando el tumulto, para enterrar su dedo, sucio y mugriento, en el ojo bueno del hombre.

—Las ratas deben ser exterminadas por los perros de la fe, no por los nuestros.

Susurró Silas al oído del hombre, un aliento cálido que contrastaba con la frialdad de su acción.

El hombre gritó, lleno de odio, dolor y la frustración de ser silenciado.

—¡Bruja!

¡Bruja!

¡A la hoguera!

Gritó el hombre mientras la marea de fervientes los trataban para exponerlos ante el juicio justo y benévolo del Celestial, un juicio que sabían, por experiencia, que era todo menos benévolo.

—Niña, estamos cerca del centro, movámonos… La suerte es un hilo delgado.

El joven sujetó a la niña, quien ahora estaba perpleja, casi catatónica, ante la escena que había provocado.

—No… yo… No puedo creer que… La pequeña se encontraba balbuceando algunas palabras, su máscara de hierro completamente derrumbada.

—Pero qué clase de aprendiz de hechicera eres, mocosa.

Nos diste tiempo, pero no el suficiente para disfrutar de la fiesta.

Silas reprochó la actitud que tomó esta, observándola con frustración para ver lo que captaba su atención.

—Bruja… la Mayor… Comentó Silas únicamente, viendo con asco el centro del evento.

La procesión no era una simple misa; era un acto de purificación, un espectáculo de terror religioso.

En el centro del gran desfile había más custodios, o más bien consagrados que correspondían a hombres de fe que habían entregado sus cuerpos al ritual.

Su tarea era castigar a herejes, paganos, sin bautizar, brujas y todo aquello que no fuera aceptado por el sacerdote, el juez o el líder de turno.

—Que me coman las jaibas… estamos en una purificación masiva… el evento central.

Divagó para sí mismo Silas, el terror paralizándolo por un instante, sabiendo que ahí se concentraba el poder y la locura de la ciudad.

—Es la familiar Urraca… es la del centro, la que supervisa.

Dijo la pequeña, mirando a su prima en segundo grado, quien se encontraba en medio con una especie de doncella de hierro moderna, un artefacto cruel que mostraba el castigo para todos.

—Esto es malo.

No podemos quedarnos, Marta.

Si te ve alguien de tu calaña estamos hundidos, sobre todo si los que están siendo castigados te señalan.

Silas trató de razonar con la pequeña, pero está solo alzó la mano y dijo unas palabras inaudibles, un susurro cargado de electricidad y poder.

Los condenados, ya en la tortura, comenzaron a explotar en una escena visceral, una lluvia de órganos y sangre caliente.

—¡Cuidado!

¡Hay otra bruja en la multitud!

Gritos furiosos y llenos de pánico resonaron por la calle.

—¡Protejan las reliquias y al sacerdote!

¡Tomen posiciones!

Rugió una voz imponente y reconocible, un trueno de autoridad que congeló a Silas.

Era el Juez Gutiérrez, y peor aún, la niña, ahora completamente en su papel de demonio de furia, corrió hacia el centro de la procesión.

—¡Niña estúpida!

¡Te mataré yo mismo!

Silas no lo pensó dos veces.

Salió huyendo en la dirección opuesta, su instinto animal de supervivencia gritando.

No pensaba detenerse hasta volver a las camarillas.

Pero más adelante vio oficiales y una silueta alta como delgada, con un aura de frialdad, que se movía veloz entre las personas, observando, buscando y castigando a cualquiera que tuviera un delito en sus libros.

—Carajo, ese vejestorio enjuto… el Juez.

Silas dio la vuelta.

No sabía si sería peor, pero prefería morir a manos de fanáticos alterados que con el castigo metódico y sádico del Juez.

—¡Marta!

¡Marta, vuelve aquí, maldición!

Chilló Silas entre la gente, que parecía un hormiguero furioso y caótico.

—Por un… ¡Maldito empujón!

Silas fue empujado, provocando casi una reacción habitual que habría sido empujar a la persona y robarle, pero al ver de quién se trataba, no pudo decir nada más.

Era un Consagrado, con el cuerpo marcado y los ojos llenos de un fervor hueco.

—Disculpa, que los Celestiales te cuiden en tu viaje eterno.

Dijo Silas, asustado, evitando así la sospecha del consagrado que había perdido su túnica, exponiendo su cuerpo purificado con los ritos extraños y repulsivos para él.

—¡Marta!

¡Me lleva la…!

¡Marta!

¡Que los Celestiales nos protejan en el viaje!

¡Marta!

Bramó Silas, sintiendo que su garganta se partía por la repetición y el miedo.

—¡Qué crees que haces, blasfemo!

Rugió la voz de un hombre a su espalda que atrajo la mirada de muchos.

—Yo… solo buscaba a mi hermana… Silas apenas dijo una palabra.

—¡Debe ser un hereje!

¡Hereje!

¡Castiguenlo!

Señaló al muchacho una mujer, quien consecutivamente arrojó una piedra, golpeándole en la cabeza.

—¡Hereje!

¡Hereje!

¡Hereje!

Todos gritaban y arrojaban cosas a Silas hasta que una silueta alta se impuso sobre él: otro Consagrado, su cuerpo una mole de carne curtida.

El joven apenas tragó saliva, viendo la sombra.

—¡Marta!

¡Marta!

¡Que los Celestiales nos protejan en el viaje!

¡Marta!

Silas, temblando, solo repetía gritando la frase que se le había quedado grabada.

Las caras de los fieles parecían llenas de satisfacción al ser testigos de un castigo inminente, pero el Consagrado tardó un instante en aplicar su castigo.

En cambio, este sujetó a Silas con su brazo grueso como un tronco y buscó en una pequeña libreta entre los tantos libros que tenía colgando en su cíngulo.

El tiempo se detuvo en un suspenso cruel.

—Santa Martha, protectora de los mares, ruego por tu dicha para que nos acompañes en nuestro viaje.

Santa Martha, madre de los caminos, ruego por tu dicha para que nos guíes a los Celestiales.

Comentó una voz aguda, grasosa y despectiva.

—Suéltalo, es solo un ridículo porteño que se tuvo que perder en su ignorancia.

Era un Diácono obeso, con la cara brillante de grasa y autosatisfacción, que miraba la escena sin interés mientras masticaba un aperitivo dulce pese al caos que le rodeaban.

Ante sus palabras, se arrodillaron los feligreses.

Silas y el Consagrado permanecieron de pie.

—Qué haces, pobre mendigo.

Vuelve a trabajar al muelle.

La valiosa mercancía debe llegar a la iglesia… a propósito.

Se detuvo el diácono, golpeando a Silas en el rostro con el dorso de su mano grasosa.

—Cuando vuelvas a decir el nombre de un santo, procura decirlo bien.

¡Maldito ignorante!

Es Martha, con h, no Marta… desgraciado infeliz… ¡Aprende tu lugar!

Vociferó el gordo, marchándose seguido por el Consagrado que se detuvo para darle una última mirada de advertencia y desprecio a Silas, quien desaparecía entre los feligreses.

—Condenada mocosa, infeliz… cara de bacalao sin valor, gordo cabeza de pez luna… Gruñó Silas, maldiciendo entre dientes, mientras se limpiaba la mugre dulce de la mano del diácono de su cara, sintiendo el ardor de la humillación.

De pronto, ya estaba justo en el centro del caos: pudo ver a la niña escondida detrás de unas personas que se peleaban, señalando al otro de brujos en una histeria generalizada.

Por este desliz, el joven se apresuró en acercarse disimuladamente.

—¡Hagan una prueba!

¡Hagan una prueba!

¡La prueba del agua!

Gritó, sabiendo que esto les daría tiempo y solucionaría el problema inmediato.

La gente se avivó en su sadismo, sosteniendo a ambos para hacerles una prueba, donde el que era brujo se salvaría y el inocente descansaría bajo el celo del Celestial una condena a muerte velada.

—Solo eres una mocosa problemática.

¡Ven, vamos, antes de que te ahoguen!

Habló firme el joven, arrastrando a la niña que parecía fingir estar asustada, una actuación que lo irritó.

—Me lleva, ni siquiera he ido a las procesiones del puerto, ni las de los barrios bajos, y estaré con estos caras de bacalao hipócritas fingiendo ser santos… Reclamó el joven, quien había avanzado, viendo ya pequeño el grupo de feligreses, pero no lo suficiente para verse más pequeño que su pulgar.

—Mantente atenta, Marta.

O serás la próxima mártir.

Le iba a hablar a la niña, pero esta mantenía la mano junto a su cara, donde parecía sostener algo diminuto.

Se aproximaba gente.

—Que los Celestiales estén con vosotros, hermanos.

Comentó Silas a los transeúntes, forzando una sonrisa.

Los transeúntes le devolvieron una gran sonrisa, aliviados de encontrar a otro creyente.

—Gracias, que el Celestial los guíe, superior.

Comentó uno de ellos de forma automática, usando el término que el Consagrado había evitado.

—A propósito… ¿Por qué se van de la procesión, hermanos?

¿Se perdieron la mejor parte?

Esto lo dijo otro, lo que hizo que cambiaran drásticamente las expresiones.

El tono se volvió gélido y escalofriante.

Otros que transitaban la calle también se detuvieron.

—Han acabado con la bruja, además parece que hubo un incidente con unos herejes que profanaron el sarcófago.

Comentó Silas, haciendo un gesto protector hacia la niña, como si tuviera que llevar a la joven alma a la casa celestial.

—No entiendo.

¿Acaso la purificación de todo ser profano no es educativa para el alma?

¿Por qué huir de la enseñanza?

Comentó nuevamente el hombre, el tono ahora acusatorio.

—El diácono me hizo reflexionar, ya que soy del puerto y no debo irrumpir en la procesión de otros.

Ya saben… somos menos devotos, más mundanos.

Comentó Silas, fingiendo estar avergonzado y humilde.

—No debería ser algo de solo una vez al año, pero no puedo hacer mucho, no quiero faltar el respeto con mi insistencia.

El joven trataba de encubrir el asco de las idioteces que hablaba, pero sabía que con esta gente no podía dar ninguna sola señal que les alertara de su verdadera naturaleza.

—¡Ya veo!

¿El que te tuvo que haber dicho eso era el diácono Félix Ríos de los Lagos?

Yo también me metí en problemas al ver la partida de los barcos con la bendición de la Santa Marta.

¿No es así, hermano?

Silas se sintió arruinado.

No sabía cómo responder ante esa afirmación, ya que cada palabra podía ser una trampa mortal.

—Bueno, verán, yo nunca quiero tomar los nombres de los creyentes.

Para mí son… peregrinos, thuos, los diáconos, custodios, el sacerdote, el sumo sacerdote… cada uno de nosotros somos creyentes, pero ellos son solo títulos terrenales… Silas trataba de salirse con la suya dando una respuesta que no tratara de caer en ninguna trampa.

—Qué extraño.

Ya que es nuestro deber como creyentes saber el nombre de cada superior para orar por ellos.

Comentó el religioso, mostrando una expresión de odio contenido y sospecha.

—Lo siento, pero debo decir que para mí es más importante tener en consideración a los Santos, los Celestiales y el Celestial.

Mientras tanto, todo lo terrenal es algo mundano y debe ser sometido a una purificación constante.

La expresión de odio desapareció, pero la consternación se hizo evidente en los creyentes.

Había golpeado un nervio teológico.

—¿Pretendes decirme que los superiores no son dignos de nuestro respeto y memoria?

Uno de los religiosos pretendió dar un contraataque a Silas, pero este alzó las manos al cielo.

—Santa Martha, protectora de los mares, ruego por tu dicha para que nos acompañes en nuestro viaje.

Santa Martha, madre de los caminos, ruego por tu dicha para que nos guíes a los Celestiales.

Comentó, alzando su voz como si predicara un verso sagrado que solo los superiores sabían, pero en el fondo solo repetía la basura pomposa que hablaba el gordo desagradable.

A su vez, algunos vieron el abdomen desgarrado y lleno de jirones atroces como las marcas de la caída, o golpes que ha estado recibiendo, pensando que Silas era un devoto en proceso de convertirse en Thuos por medio de ritos que sean los purificados por el dolor.

—Tú… entonces eso es… el camino de la mortificación… La confusión y el nerviosismo se hizo palpable entre los creyentes.

—Así es.

Es un error común, pero los Celestiales son benévolos ante los fallos cometidos por los mortales.

Dijo Silas, como si fuera un benévolo creyente.

—¡Gracias, querido Superior, por sus amables palabras!

¡Procuraremos actuar con más devoción y humildad!

Casi al unísono, todos dieron una solemne reverencia a Silas, quien parecía extrañado por su éxito.

—Que tenga suerte llevando a la joven alma al convento, Superior.

Agregó otro feligrés, apurando el paso para no quedar atrás de sus compañeros.

—Por un coral, de verdad odio a estos tipos, pero me gusta que sean tan fáciles de engañar con palabras vacías.

Habló Silas con una sonrisa maliciosa, que duró poco al ver que su acompañante todo este tiempo estaba abstraída al objeto diminuto que tenía en sus manos.

—Es mejor que muevas esas piernas cortas de centinela marino… Al muchacho le daba disgusto la actitud de la niña, lo que comenzaba a darle muchas sospechas sobre por qué no reaccionaba en lo más mínimo a la carnicería o al peligro inminente.

Estos caminaron hasta perder de vista la procesión.

Sin embargo, como buen paranoico, Silas sabía que de los religiosos no podía confiarse, por lo que continuaron caminando un poco más.

Sabía que habrían ojos observando, guardianes invisibles en este pueblo que se desangraba bajo la fe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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