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El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 Mensajero perdido
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12: Mensajero perdido 12: Mensajero perdido Sus pasos eran lo único que se sentía en la densa oscuridad que se tragaba todo con terrible tension.

No obstante aquello que torturaba con su presencia era ell silencio como una presión que les comprimia sin dejarles gritar, estos avanzaron en la oscuridad que le había dado el domador como muestra de clemencia de su parte, pero fue por el descontrol del vendedor de dulces luego de lo terrible que había ocurrido que había alterado gran parte del Tullugal.

—¡No me interesa los dulces que venda ese rato con forma de fiambre pasado.

Es lo menos dulce y dietético que veré!

Sus palabras revelaban el sentimiento ofuscado que tenía ante ese engendro raro.

Sin importarle que los muros tuvieran carne, huesos y oídos, deseaba ser escuchado.

—No podrías tan siquiera… El coloso estaba sin palabras ante el desayuno del gusano que no se había cansado de meterse en problemas, únicamente había visto a un miembro del circo así de enojado cuando otro hacía algo malo a este que tuviera algún significado profundo entre ellos.

—Entonces… ¿Quieres decir que me molestaron solo para buscarles?

Comentó el domador quien avanzaba sin moverse sobre sus cabezas como la brisa enfermiza que era este.

—¡Claro, pero que pez espada!

Yo pensaba como percebes se enojaría así cuando le dije gordo.

El color del domador cambio en tantos colores distintos que provocó dolor en la vista, algo que no debía ser posible, pero fueron testigos, como de la rabieta silenciosa que este hizo en el aire.

—Un momento… ¿Todo esto fue porque le dijiste a la manteca que estaba gordo?

Preguntó una vez que su ánimo se regulaba ante tanta tensión vivida en un instante.

—¿No te dijo?… pero que ustedes saben casi todo de los otros.

Es como si una cabeza supiera que… espera es como el secreto que me ocultaron del gusano malnacidos El coloso estaba sorprendido de la falta de comunicación entre el propio Tullugal, este pensaba que era algo que lo hacían más para molestar al resto.

—Más respetos cara de bacalao, yo nací bien.

El que me golpearan de más es otra cosa.

Respondió sin titubear el pequeño gusano, señalando al gigante que parecía tener ganas de meterle un golpe.

No obstante estaba curando se lentamente.

—Eso explicaría mucho.

Pero asumo que en tu familia se golpeaban mucho.

Comentó el domador pensando en lo efectiva que podría ser esa forma de crianza.

—Claro, bueno eso es problema de los mamíferos.

Yo nací de un huevo.

Dijo el gigante sin importancia, algo normal de su propia biología.

El domador parecía asentir por la información ya conocida pero el gusano solo dio sus risas lunáticas.

—Eso explica mucho.

Murmuró este tratando de ser oído por el gigante, quien no sabía a lo que se refería.

—¿Que cosa?

Decidió preguntar para dar fin a su duda y a lo que comprendía el odioso gusano.

—De porque saliste con huevos.

Apenas logró decir antes de estallar en risa desquiciada que hacía eco en lo profundo de la soledad de la oscuridad que les rodeaba.

Aunque la oscuridad no estaba sola, estaba llena del Tullugal.

—¿A que se refieren con huevos?

¿Es alguna broma?

¿O un insulto?

Preguntó el domador observando la escena del gusano que seguía riendo pese a que el carroñero golpeaba a este en una serie de golpes que le hacían abrir sus heridas como un recuerdo vivido en su carne ancestral que pese a su fuerza, el combate le había agotado.

—Oh, bueno tú eres lo que seas.

Pues si, los machos tienen testículos y bueno, estos se les dice pelotas, huevos entre otras cosas… El gusano tras dejar de ser golpeado por lo que parecía ser una golpiza eterna, se sacó el polvo y dijo tratando de explicarle al domador.

—Pero tu no tienes pelotas.

Eres un cuero.

Las palabras del domador recubiertas de sinceridad, inocencia fue un golpe que eclipsó el humor del gusano quien se observó un segundo, en lo que el escarabajo carroñero tenía un ataque de risas.

—¿Ahora quien se burla?

¿Dónde tienes tu bolsita con tus canicas?

Este apenas logró preguntar entre jadeos que le hacían tener su piel de un tono violeta.

—Que vergüenza, hasta la máscara se ríe… sabes que no me ayudas.

Espera.

ahora que lo pienso.

¿se ríe la máscara o se ríe el Kurgub?

Este se sentía humillado sin poder responder, pero le inquieto la verdad de la máscara, está le quitaba privacidad, está reía cuando quería y no la podía sacar de su rostro.

—Debe ser la máscara.

No suelen entrelazar los objetos malditos consigo mismos.

Eso los diferencia del resto.

Comentó pensando detenidamente cerca de la máscara, tratando de evaluar la gracia del trabajo del gran ser que forjó para traer desgracia a las vidas de quién estuviera cerca de tal constructo.

—¿Quien puede traerme un Jinx?

Añadió el domador pidiendo a esta criatura de la cual ninguno de los dos fenómenos conocía pero este lo comento sin titubeó, como si estuvieran concientes de lo que pasaba por su cabeza.

—Porque tardaban tanto.

Debías estar aquí antes, con lo que te tardaste me he puesto amargo.

Se escuchó un gruñido pomposo que resultó incómodo para los tres que hablaban cómodamente en la oscuridad.

—Pudrete manzana caramelizada con gusanos.

Dijo disgustado el domador sintiéndose usado y menospreciado por esta figura frágil que se consideraba como una pieza de su propio ser.

—¿Como te atreves a tratarme de esa forma tan salada?

La voz sonó demasiado aguda, resopló exaltado por tal ofensa a su ser.

—Luego de lo que he vivido , esto es lo mínimo que podrías hacer por mi.

Añadió como si exigiera una compensación con su voz llena de popurrí.

—¿Acaso el gordo tiene los oídos llenos de fruta confitada?

La expresión del domador era de vanidad, este dijo la misma palabra que había usado el gusano contra esta criatura de grasa y terrible hedor dulce mientras su piel desbordaba en un denso aceite grasos y dulce.

—No trates así a una dama.

¡Vil lunático taxodormista necrotico ser hedonista y volátil!

Este explotó mostrando denuevo la asquerosa imagen que habían sido testigo los dos en los pisos inferiores.

Su figura palpitaba con sus bultos carnosos que se amontonaban como si un globo creciera mientras pus dulcemente podrido.

Sus ojos se hundieron y comprimieron volviéndose en esferas de vino.

—¿Esto es normal?

Preguntó el gusano al carroñero, tras volver a lo que se preparaba esto.

—Algo así, hace mucho que el hombre de los dulces no discute con el domador… Mencionó en voz baja con total incomodidad, esperando que ocurra lo inevitable.

—Bueno, vendedor.

Ya no le gusta que le digan así… Recordó al tratarse de este que había triplicado su tamaño y ahora la grasa se desbordaba de la ropa que seguía sin sufrir grandes cambios.

—Bueno, comprendo… cuando estaba con Pablo y Maximiliano estos se toparon con ese tipo de chicas… Silas interrumpió con gesto de compasión, actuando como si la situación se tratara del conflicto de dos niños que se veían horribles y lo que les rodeaba se podía ver retorciéndose.

El gusano dudo sobre lo que había ocurrido en la taberna del trípode cuando aquel joven sin escrúpulos se había lanzado al deseo asumiendo una vida sin consecuencias.

No obstante no recordaba si había sido el Maximiliano que cojeaba o el que vivía en el cerro serpenteante y que se le quebraba la mano cuando bebía.

—¿Que?

La reacción del carroñero con su simple pregunta trajo de regreso al gusano que vio que esos dos seguían discutiendo acaloradamente.

La propia oscuridad se veía como una serie de sombras apelmazado que se agitaban por cada palabra que explotaba por la onda en la imagen de este lugar.

—Nada, cosas que uno hace cuando cumple una cierta edad.

Respondió como si fuera un hombre de vida longeva que iluminaba a las jóvenes mentes inexpertas.

—¿Qué edad tienes?

Preguntó el carroñero, más que nada esperando a que esos dos se calmara luego de discutir.

—Pues… me arrojaron a los tiburones cuando tenía quince… no tengo idea cuánto tiempo paso.

Murmuró tranquilamente sacando mal las cuentas y rindiéndose luego de un buen rato.

—¿Quince años es mucho?

Se vio confundido, ya que eso no era nada, ni un segundo en comparación con lo que había vivido este.

—Algo así, en cuanto caminas ya sirves de algo o te mueres.

Mencionó con total normalidad, ya que si eras capaz de llevar algo, estabas listo para las fabricas o caver en un sitio estrecho te permitirá ser parte de quienes se adentraban en los mejores lugares de la mina.

—Pues es algo normal que uno sea adulto a esa edad.

La mayoría toma una celebración por la mayoría de edad a los trece.

Te mueres a los treinta… bueno es difícil que llegues a una edad mayor.

Trato explicar en grandes rasgos lo que había escuchado que hacían algunas familias.

Aunque sobretodo se hacía para vender aquello que se tenía una sola vez y que según la tradición se dañaba y no valía nada.

—Curioso.

Viven poco.

Los míos son incubados por cien años en volcanes activos bajo el mar.

Fascinado por la reducida longevidad y llenaba de curiosidad su falta de comprensión verdadera sobre la propia vida que desperdician siendo tan humanos.

—¿Tus huevos?

La estupidez del gusano fue respondida con un simple golpe que le dejó claro que debía callar.

—No, me refiero a mis congéneres.

Colocan huevos que son incubados por cien años.

Le hacía dudar sobre la seriedad del asunto, pero la curiosidad era más intensa sobre si estás criaturas de vidas reducidas habían hecho algo con sus diminutas existencias o la habían derrochado sin tener en consideración nada.

—Ya me decía porque la cabeza del medio te salió así.

De seguro pasaba una corriente fría.

La nueva burla del gusano fue directa y sorpresiva que causó gracia a algunas cabezas menos a la cabeza del centro.

—Hey.

¿Qué era lo que necesitabas del gusano?

Esta cabeza central habló fuerte para que el domador y el vendedor se voltearan tan solo un segundo, pero la respuesta de estos fue incómoda.

Ambos estaban rojos con sus figuras crispadas, como una bestia que aguardaba el conflicto con su rival, por así decirlo sudados y con expresiones que retorcían sus monstruosas formas a algo repugnante.

—…

Ve y tráeme esto desde la superficie.

Expresó sin más el vendedor de dulces, retomando su discusión desde el principio.

— ¿Que es eso?

Oro… Sin dudar lo trato de morder pero nada le permitió comprobar el metal, ya que no tenía boca que pudiera morder.

Solo el orificio de la máscara le hacía pensar que tenía una.

Al observar la placa, está era un rectángulo rudimentario que tenía grabado algunos símbolos extraños.

O tal vez letras normales pero al no saber leer, le resultaba imposible.

—Ahi está escrito lo que necesito, no falles.

El gusano asintió, ante la orden del hombre de los dulces.

Cuando los pequeños ojos rojizos volvieron a ver al domador, el gusano le hizo un gesto de duda al carroñero quien le devolvió el gesto de no entender la situación.

—¿Por casualidad sabes al lugar que debo ir?

Mencionó el gusano con algo de duda.

Pero solo recibió una cacofonia de voces que le respondían furiosas provenientes del hombre hinchado.

—Asumo que quieres que camine por ahí.

Este respondio a la criatura que no daba tregua a sus fauces que rechinaban sus dientes negros insultando y refutando lo que decía el domador.

—Asi que… bueno.

¿Domador, tu quieres algo?

Este dudó por un instante pero decidió hacer una prueba con estas bestias testarudos que estaban envueltas en una discusión que parecía volverse más longeva con cada instante.

—Averigua sobre las criaturas que imitan.

Este solo dijo sin quitar la vista del hombre de los dulces.

—Te buscaré el mejor loro.

En respuesta a la solicitud, prefirió decirle cualquier cabeza de pescado.

—Si, haganlo.

Respondió el domador lo que confundió a los dos, ya que no pensaba que le respondiera, aunque el gusano sentía que tal extraña situación reflejaba una situación más habitual para el de lo esperado.

—Nos retiramos… antes pasamos por unas cosas.

Y … Por un percebe, esto es como cuando mi abuelo Solomon se peleaban con algún otro patriarca… Es tu turno, pide algo rápido.

Este ya había hecho su parte y quiso poner a prueba su experimento social con estas criaturas que se comportaban iguales que el anciano patriarca de las camarillas.

—¿Que?

El carroñero no entendió lo que decía el gusano que parecía insistir en meterse entre la tormenta de palabras que se arrojaba cada uno.

—Rapido, lo que sea.

Susurro lo más fuerte posible con la intención de que el carroñero pidiera algo antes que se dieran cuenta.

—Denme libertad por sobre lo acordado.

Resultó ser una petición extraña pero que calzaba previamente en lo que deseaba el carroñero para no depender de esta criatura.

—Ya callense y aprende en cumplir los encargos.

Luego que lo traigas te lo daré.

Dijo el domador quien parecía estar echando un par de insectos molestos de su campo visual.

—Claro, a ellos les das cosas ridículas pero cuando te pedí que robaran tus mascotas un grognard… Resopló el hombre de los dulces como si comenzará una rabieta, dejándose caer y rebotar al impactar contra el suelo.

—¡Jamás!

Jamás te daré un grognard.

¡Ni siquiera sabes lo que es esa basura!

Respondió con dureza ante lo que el vendedor trataba de ponerle de frente a un tema que pensaba ya terminado hace tanto.

—Animo, cumplan lo que dicen.

Al igual que sus … ¡Grognard!

Dijo el gusano sujetando la mano del coloso que veía que el comentario parecía haber insentivado el conflicto a mayor escala, donde cada quien pensaba que su idea sobre aquello por lo que peleaban era lo correcto.

—¿Que rayos fue eso?

Trato de conseguir respuestas dando una señal hacia atrás.

—Uno al ser cercano a un patriarca viejo, temperamental, y vengativo aprende muchas cosas.

Ahora hay posibilidad que cumplan luego.

Cansado dijo el gusano como si fuera algo habitual y por sobretodo infalible.

—No se enojaran?

Dijiste que era vengativo.

¿Es por eso que estás aquí?

Preguntando ya que sabía que se darían cuenta por lo que era más lógico.

Tratando de darle sentido a lo dicho por el gusano, percatándose de la incongruencia del significado.

—No, se me escapó una pelirroja.

Aclaró tajante, como si deseara dar por terminada la situación.

—Oh.

Entiendo.

Aguarda.

¿Entonces que es una pelirroja?

¿Se te escapó una presa?

Sus cabezas asintieron pero terminaron con aún más preguntas que antes, ya que no le veían sentido a lo que podría ser una pelirroja.

— Entiendo tu confusión y no la comparto.

Que el caleuche te lleve.

Murmuró ignorando a este.

—¡Sabandija que hablas incoherencias!

Ladrón con firmeza, dando un golpe que hundió su cabeza.

Esta al igual que todas las veces volvió a su lugar.

—Veamos como quedó el jardín y luego nos aseguramos de cómo podemos ponernos al día del otro.

Decidió ir por la vía pacífica, realizando un gesto sobre actuando como si guiñar con la máscara y sin un rostro.

—¡No coqueteos entre ustedes!

Gruñó el carroñero dándose cuenta de cómo esté de burlaba en su cara.

El gusano levantó sus manos y negó todo en silencio.

—Se lo que hiciste, no hagas el gesto de no saber, hiciste un gesto exagerado como si dieras un guiño.

Señaló a este preparándose para dar una carga que detendría al payaso del gusano con sus bromas silenciosas que le enfurecía aún más que su gangrenosa voz para pedir.

—Oye, una vez que encontremos el jardín debemos planear como moverlo lejos del lugar donde los moscos lo encontraron… Señaló el coloso para tratar el tema de estos vecinos conflictivos.

—Tal vez.

Luego lo regresaría al mismo lugar.

Respondió el gusano con una postura relajada.

—Si, podría servir.

Murmuró la cabeza que se destacaba por ser sería.

—Tu crees, en la oscuridad nos tardaremos antes de… Sin previo aviso el coloso choco con algo inamovible, era frío, áspero.

Algo que resultaba familiar en incómodo.

—Que poco cuidadoso.

Alégrate que tú cabezota de pez luna no sirva de ariete.

El gusano dijo, deslizando su mano sobre la áspera muralla.

—¿Tuviste miedo de una pared?

Pobre de la muralla, nunca se había topado con algo tan duro y hueco como tú cabeza… Este no termino su actuación que trataba de consolar a la muralla cuando el carroñero le dio una contundente patada que le quitó su forma y lo plasmó a lo largo de la superficie.

—Creo que ahora sí el muro sintió dolor por algo tan desagradable como tú.

Gruñó la bestia limpiándose con determinación para continuar su camino por el borde del piso.

Este trataba de mostrarse relajado, pero algo no le cuadro en este monstruoso laberinto, debido a que resultó muy incómodo orientarse.

Usualmente al tocar la pared podía sentir el tacto con esta que parecía señalar el camino, por otro lado en la oscuridad, donde independiente de cuánto corrieran debías de encontrar las escaleras, pero en su caso no.

Asumiendo que fue obra del domador, pero eso no explicaba la distancia que resultó demasiado corta hasta su destino.

Debía haber pasado tiempo caminando hasta encontrar el piso donde estaba la muralla.

Un escalofrío se extendió por su cuerpo al pensar que el Tullugal había planeado este conflicto, dejándolo en el mismo piso en el que estaba el jardin, aunque dudaba de porque lo había hecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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