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El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Niños brillantes
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15: Niños brillantes 15: Niños brillantes A diferencia de otros lugares comerciales, este mercado era poco concurrido lo que resultaba raro, ya que el alcantarillado estaba siempre desbordante de jirones, malvivientes y muchos más individuos que eran llamados por los rateros con sus ofertas arregladas para tener un trueque seguro.

No obstante la situación era distinta ya que estos mostraban una imagen distinta, estos murmuraban y buscaban clientes con sus aspectos andrajos habituales.

Pero en el camino que estos deambulaban, un hedor putrefacto de hacia cada vez más intenso por encima de las aguas residuales, era cuando de la oscuridad surgía una figura humanoide deforme, a lo cual los ve deudores seguían murmurando temerosos que está figura monstruosa los devorará, dando así un rumor nuevo de cómo habían muerto.

Para los desafortunados, la luz led brindó mejor vista de lo que estaba moviéndose a su lado, tenía un cuerpo era una especie de cuero hinchado y bulboso que brillaba con un sutil resplandor pero cualquier mosca que se apoyará en este se disolvía revelando su terrible naturaleza.

—¿Qué quieres a cambio?

El silencio fue cortado por una voz moribunda acompañada por una risa seca, esto le provocó un escalofrío como si el invierno le estuviera reclamando, rasgando su piel con piñén hasta sus cabellos casposos color ceniza.

—¿Qué quieres a cambio de una capucha?

Salió una voz enfermiza que se acentuaba con rudeza de la criatura que se detuvo frente a un vendedor que casi se ahoga con su único diente en su boca.

—Te estoy hablando.

Gruñó la criatura impaciente, colocando su fría y húmeda mano sobre la piel que ardía ante el contacto, de su piel podía ver algunos pelillos carnosos que no eran cabello, sino como una especie de piel rugosa que se extiende y contrae de forma involuntaria.

—Si, disculpe… Este… ¿Sabe que es dinero?

Se asustó el vendedor, hablando más fuerte de lo normal, mientras las figuras de compradores y vendedores al descubrir la escena en la oscuridad avanzaban sentidos opuestos para no ser comida o algo peor, dejando a ese desdichado con el fenómeno.

—Te cambio este pan mohoso por una capucha.

Hablo firme la bestia que tenía delante.

No obstante el vendedor no pudo sacar palabras.

—¿Qué pasa?

¿Acaso no eres un vendedor fiable?

¿O sospechas de mí?

El hombre maldijo su miedo que le había petrificado, sintiendo que sus oportunidades se acababan ante tal atrocidad que le observaba intimidante bajo la máscara.

—Las capuchas están a cuatro monedas de cobre, si ….

El gusano gruñó su mala suerte de que le tocará un idiota que no estuviera muerto de hambre y quisiera dinero en las alcantarillas.

No obstante este maldecía su boca suelta que le había ofrecido otra cosa que la ofertada por el fenómeno.

—Claro, claro… ten, me quedo con un pan… disculpa.

Simplemente aceptó sin dejarle a la bestia hablar, está solo miró la prenda en sus manos.

Viendo cómo el vendedor avanzaba por el pasadizo de alcantarillado para poder respirar el aire de agua servidas que olía mejor que esa cosa.

—Condenados comerciantes.

Estos marineros de agua dulce seguro no son del puerto.

Tuve que haberme alejado mucho y estoy con puros marineros de agua dulce… Gruñía en voz baja, provocando que cada tanto un transeúnte casi perdiera el alma del susto.

Incluso el al estar distraído protestando piso una rata que chilló de forma calamitosa solo para ahogarse en sus propios jugos cuando los jugos gástricos se hicieron más fuertes.

—Al menos tuve una buena cena.

Dijo antes de percatarse que desde un alcantarillado había un tenue brillo confuso.

Sin embargo le resultaba muy familiar aquel brillo fluorescente.

Apuro el paso, tratando de distinguir ese condenado brillo, a lo que cruzó una canal en la que flotaban cuerpos y basura, así llegó más en un parpadeo para encontrar aquello que se le hacía tan familiar, alimentando la emoción de su espíritu de bribón de puerto.

—¡Te atrapé!

Gritó sujetando el escuálido brazo de un niño rata, estos eran una de las tantas leyendas que contaban sobre niños que brillaban por unas setas azules.

—Te atrapé pequeña alimaña, no pensé que fueran verdad.

Este murmuró para sí, asumiendo que tras lo vivido el descubrir huérfanos fúngicos fluorescentes, aunque este solo chillaba y pataleaba al igual que la rata que se disolvió, a diferencia que no se disolvió el niño.

Solo se esforzaba en huir sin ninguna pizca de suerte en sus intentos, ya que su cuerpo era demasiado endeble.

—Escucha asquerosa rata de muelle.

Sé que me entiendes, de donde conseguiste estos malditos hongos y más vale que me lo digas por las buenas o por las malas.

Dijo amenazante, trayendo recuerdos de cuando con su banda aterraba a los residentes de su lado del puerto para conseguir ganancias.

—Maldito, ¡Más vale que hables!

Sacudió al pequeño, consiguiendo que de sus harapos mohosos cayeran trozos de tierra.

En el esfuerzo no escucho los pasos que consigo traían una luz cegadora hasta que fue demasiado tarde.

—¿Quién está ahí?

Se escuchó una voz masculina de alguien mayor.

No lograba ver nada ante la implacable luz blanca que tenía frente suyo, el ambiente se mantenía denso, no obstante el hedor comenzaba a mezclarse con algo extraño que resultaba en un aroma dulce químico y notas acres que acababan siendo penetrantes.

—¿Quién está ahí?

¿Qué quieren?

Repitió el hombre, quien trataba de aclarar su voz de manera firme, esto resultaba en una situación que le traía recuerdos cuando algún curioso o un oficial les llamaba la atención solo para volver a sus asuntos, no obstante la situación de este curioso que se metía en los asuntos que no le corresponden, era algo desagradable dado a que había conseguido algo importante.

—Largo anciano, no hay nada que ver aquí.

Dijo de forma déspota el cuero, buscando dejar claro que este mostraba un dominio que no pretendía soltar ante un intruso.

Aunque lo que escuchaba en el ambiente del alcantarillado no le gustaba, solo silencio acompañado por el agua fluir.

No podía sentir alimañas, vendedores, era como si todos se hubieran marchado.

—Esta… Me llamo anciano, bien…bien.

Se escuchó ofuscado ante el trato que le dio el cuero, lo cual trato de disimular infructuosamente pero algo en el ambiente de había vuelto más pesado, desconocía si era producto de este nuevo olor o si era la situación que tenía este con el viejo curioso.

—Veo que hay cosas peores que la muerte… ¿Será que eres un leproso?

No, no… El hombre divago para sí, dudando sobre la procedencia o el padecimiento del monstruo, solo con el fin de provocar al fenómeno.

—Esta basura no podría ser considerada tan siquiera como un saco de gusanos.

Quizás alguien defecto la feca más fea del mundo.

Continuo este buscando avivar la rabia del fenómeno que sin lugar a duda le estaba inundando, el gusano que con su apéndice móvil sacudió al pequeño demacrado hasta que unas raíces cayeron al suelo de sus harapos — Si tratas de hacerte el listo, solo encontrarás una muerte segura.

Lárgate.

Amenazó al desagradable anciano.

—En cuanto a ti, pequeña rata desagradable, deja de gimotear y comienza a soltar lo que sabes.

Gruñó para enfocar su atención en el interrogatorio del niño, dándose cuenta que entre las sacudidas, de este se había desprendido algo que resultaba ser una raíz de un color Marfil.

El pequeño fúngico parecía exasperar ante la raíz que parecía ser algo importante para él.

—¿Por qué no sueltas a ese pobre diablo y vienes conmigo?

Las palabras del hombre sonaron serías como amenazantes, ya no daba aires de ser solo alguien curioso, era un tipo problemático, quizás alguien que pensaba ser dueño del lugar.

Cosas así eran recurrente en los barrios marginales, no obstante atino a mover su pie para sujetar la raíz.

—Bien bucanero, veamos si tienes agallas.

¿A qué juegas?

El cuero soltó a la rata, la cual corrió zigzagueante por el estrecho conducto de alcantarillado que se apartaba del resto.

El gusano lamentaba no haber sacado información de esa rata, sin embargo creía haber encontrado algo de valor, ahora solo debía darle una paliza al anciano que no conocía su lugar.

—Que gracioso, este cuero está fingiendo ser como un porteño.

¿Acaso te crees del puerto?

Habló burlonamente sobre la criatura, la cual bajo aquella máscara sonriente daba una profunda sensación de odio salvaje.

— Bueno, me hiciste caso en lo que te encargue, por lo que si eres del puerto, debes ser el idiota de puerto más listo que halla existido.

El hombre siguió hablando, sus palabras eran un continuo intento de provocación.

Sin embargo el gusano aguantó, ya que no entendía porque este no reaccionaba como alguna otra persona.

—Pirata de tierra.

¿Qué tanto sabes?

Gruñó ansioso por respuestas, sabiendo que había un sonido inquietante de un centenar de pasos que se movían silenciosos.

—Veo que el cuero porteño además de bravucón, es curioso.

Es mejor que te mantengas en tus asuntos lejos de este lugar.

Respondió con ironía el hombre, aprovechando de escupir de manera despectiva.

—Esto es propiedad de Hernández, aquí hay algo que debes entender.

Independientemente de tu origen, debes seguir lo que te diga un Hernández.

Esto le causó gracia.

Demasiada que provocó que riera junto a su máscara.

—Así que un pandillero o jirón que obedece a… la basura de mi… de Azai.

Gruñó maldiciendo el tener que decir el sucio nombre del inútil de su hermano.

En cambio, el hombre rechino sus dientes.

—¿Que?

Me sorprende que cosas como tú puedan entender eso.

Vociferó este tratando de disimular la sorpresa.

—Debes ser alguien que contrataron, lo más probable es que los tarados que siguieron a Azai.

Se dieran cuenta del complot, tratando de tomar una parte de las tierras como propias.

Este hablaba eufórico, las risas apenas lo dejaban hablar, esto estremeció hasta la médula al anciano, quien no deseaba verse temeroso ante una criatura simplona.

—Veo que después de todo, siguen habiendo seguidores de Solomon que se niegan a servir.

Triste que se te ocurriera venir a este lugar.

Este mencionó a Solomon, su abuelo pero algo no encajaba del todo.

—Nunca hubieron seguidores, solo enfermo y eligieron al más inútil para colocar a cargo.

Esto detuvo al hombre, quien si bien conocía la verdad y que las familias habían intervenido en los Hernández, nadie sabía sobre la enfermedad del anciano.

—Veo que las sabandijas escuchan más de lo que deberían entre las paredes.

Así que veamos… El hombre pensó por un segundo, queriendo cambiar la conversación.

—Es ridículo lo que intentas hacer anciano, los nietos de Solomon fueron eliminados por puñales en la espalda durante un asalto al ayuntamiento.

Jamás se esperaban que los propios compañeros fueran unos viles ladrones doble cara… El gusano ladrón, este desató una oleada de verdad, una que debía haber muerto con todos los nietos de Solomon, pero ante el, iluminando a una atrocidad que pretendía ser humano, contaba los secretos que los muertos debían callar.

—¿Sabes cual es el nombre de los mercenarios que se encargan de los terrores?

Esto no le gustó, arrojando la primera pregunta que se le ocurrió a la mente, maldiciendo la poca creatividad.

Esto dejo claro que el anciano pertenecía a una especie de camarilla externa de los Hernández, alguien que fue contratado, sin embargo no sabía porque motivo seguía insistiendo con el.

—Sabes.

Hay algo curioso.

Irrumpió el gusano, acercándose un par de pasos de manera teatral.

—Solomon me enseñó que aquel enemigo derrotado por la mano que sabe blandir es más confiable que la mano que aplasta y quema todo.

Pronunció fuerte, haciendo que el alcantarillado fuera aquel que replicaba su voz a lo largo de la oscuridad.

—Me entristece que no supieras responder.

La inquietud era evidente, incluso de la oscuridad que provocaba la luz, habían pequeños sonidos inquietos ante la escena que estaba manifestando tal monstruo.

—La respuesta a mi pregunta era… Este habló pausadamente, mirando como el cuero se acercaba a él dando un lento pero firme paso a la vez.

Desconocía porque portaba una máscara, posiblemente para merodear, lo cual no era propio de esas cosas.

Pero eso no le serviría de nada.

—Las olas rojas, son del mercado marítimo.

Son solo bichos raros que solo saben aplastar y quemar.

Respondió la bestia con furia, listo para lo que se ocultaba tras la luz, buscando caer en lo que deseaba este extraño sujeto.

Como respuesta hubo un sutil sonido de desprecio por llamarle así, lo cual hacía sentir que esperaba otra respuesta.

—Mala elección de palabras pedazo de carbón.

Se apagó la luz, dejando que la oscuridad consumiera todo, teniendo el silencio como protagonista.

La vista fue recuperándose lentamente sin que nadie se moviera.

Una serie de pequeños brillos nació de lo largo del túnel, este dejaba ver apenas unas boquillas que empezaban a dar un extraño sonido ceseante, como si soplarán aire.

—¡Fuego!

Gritó el viejo hombre, para que las llamas iluminarán la totalidad de los extensos túneles y recámaras de alcantarillado, el fuego se mezcló con la oscuridad que mostraba varios cuerpos recubiertos de cuero tachonado, salvo por el hombre de barba teñida de blanco que tenía entre todos los presentes, el cuerpo más corpulento que portaba arpones en una mano y en la otra una especie de lámpara grande.

La sala de iluminó mientras el agua fecal hervía junto a basura y cuerpos.

Las alimañas, insectos y todo lo que estaba en la superficie era quemado hasta volverlo una figura de carbón que mostraba una retorcida expresión.

—¡Fuego!

A continuación saltaron de las boquillas de las armas arpones delgados que traían consigo piezas conectadas a cables.

Todo lo que no estuviera cerca consumido por el fuego, era empalado y empujado a su alcance.

Este movimiento terroríficamente calculado trajo una terrible sensación, de profesionalismo.

—Aguarden.

Esperen señal… El viejo hombre mostraba una expresión de odio y de inseguridad, mientras se adelantaba con cautela tratando de percibir el ambiente al igual que el resto de hombres cubiertos de cuero quienes mantuvieron la guardia alta en todo momento.

El ambiente estaba cubierto por el crujido de los cuerpos calcinados y del agua burbujeante que comía todo en una densa sopa.

El anciano sin situbear salto con arpón en mano, seguido de un par de hombres que portaban listo para cazar a esta bestia, solo para no encontrar nada detrás de los vapores que se formaban en toda la recámara.

—¿Que rayos?

Maldito cuero cobarde… Gruñó esté tronando los dientes con su cara roja, lo cual no se sabía si era por su enojo o por el calor que albergaba el vapor, si bien no era el plan capturar un cuero, le habían encargado eliminar cualquier engendro de esta zona pestilente.

—Angus.

Mira esto.

Hablo uno de sus acompañantes con la voz apagada por la máscara, al voltear su rostro se volvió morado.

—Condimentada peste, este es más asturion de lo que… Saltaba la baba mientras despotricaba el anciano, este golpeaba las rejillas de la tubería en las que el gusano se había terminado parando antes de escabullirse.

De fondo tras el vapor de podía ver la luz de las llamas iluminando los espacios como si fueran sabuesos tras un zorro escurridizo.

—Se le volvió a trabar la lengua.

Comentó uno de estos, revelando la voz de una mujer de tono profundo que sonaba frustrada.

—Ni que lo digas, por este bicho ahora tendremos una semana difícil.

Respondió con franqueza, sabiendo que no habría descanso, inclusive si pese a purgar todo el sitio, no encontraban a ese cuero.

Estarían trabajando tiempo extra.

—Te apuesto que será un mes, Angus no le gusta cuando alguno de esos monstruos.

Hablo la mujer, dando un desafía a su compañero, pero este solo dio un lamentable sonido en respuesta.

—Mejor le avisos a los chicos, quizás uno escape para traer más provisión.

Se movió hacia donde estaba el grupo, dejando a esos dos solos, donde Angus dejaba ya por fin de maldecir al gusano, manteniendo fruncidas sus copiosas cejas en forma de desprecio el gusano no estaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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