El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 17
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17: Fantasmas olvidados 17: Fantasmas olvidados —Dejame entender de nuevo su apuesta.
Marjorie apostó un mes, Steban le dio a los primeros días como lo hizo Gustavo y Ernesto… Pronunció un hombre de aproximadamente treinta años que rascaba su barbilla cuadrada luego de haber tenido puesta su máscara de cuero reforzado por tanto tiempo.
—Pues claro y no te olvides de Mariela quien apostó a la semana.
Tu Miguel al no apostar guardas todo… Habló una mujer con rasgos finos, está tenía rasgos propios del viejo continente como sus cabellos negros finos y bien peinados en un moño que le permitiera mantener la máscara sin problema.
Esta al acabar de hablar le hizo unas señas al hombre que le estaría vigilando por el tema de las apuestas.
—…
Con esto Miguel suspiro con agobio por la tarea que le encomendaron sus compañeros.
—Priscila, tu deberías estar en cuanto a los últimos con la marca de dos semanas, el idiota con dos semanas un día, Morrigan con una semana y seis días… Miguel abrió un bolsillo de su gabardina acolchada hasta que extrajo una libreta para ver quién le faltaba de los apostadores.
—Claro, pero.
¿Por qué te detienes?
Preguntó Priscila confundida por su compañero que revisaba algo más que solo nombres.
—¿Hicieron este juego con las otras divisiones?
Si fuera ese el caso, estarían las cuentas mal, ya que por la cantidad y el cobro… Oh, y las fechas que eligió cada uno.
Pregunta el hombre dando un gesto de desagrado ante la idea de haber hecho la lista, por lo que calculo si tuviera que sumar lo de otras divisiones.
—No, bueno, no le pregunté a Marjorie.
Pero por lo que se veía todos estaríamos jugando y el costo sería alto con el resto.
Además… La joven trató de sacar cuentas en conjunto con su compañero quien no se veía contento y menos está al tener que también contar o pensar tanto sobre su hermana mayor.
—Si, si.
Además en la cuarta división está tu hermana… Raquel… Irrumpió Miguel comentando sobre la hermana con el fin que ésta desistiera, y le dijera que no incluyera las otras divisiones.
—Ya sabes… cómo… quiero decir…¿Qué haces con los que ya están liquidados?
Titubeó la mujer ante la verdad que había olvidado, por lo que recurrió a hacer una pregunta que le permitiera eludir lo que deseaba provocar Miguel.
—¿Por Gastón, Jeremy y el novato?
¿Desde cuándo te has preocupado por otros?
Recuerdo que cuando el nuevo enfermo, fuiste quien tomó sus cosas.
Incrédulo por la pregunta que hizo, le recordó que por un simple resfriado había dado por muerto al nuevo y llevado sus pertenencias a empeñar.
—¡No sé de qué hablas!
¡Todos habrían hecho lo mismo con el novato, además ya está muerto y no me quedé con ninguna cosa suya!
Además se te olvidó Jefferson.
Murmuró fuerte como señal de protesta ante la verdad con la que le acusaban.
—No puedo dar por muerto al imbécil hasta que no recuperemos el resto del equipo.
Gruñó, mostrando su libreta con todos los datos que tenían los de su división.
—Qué miedo, pareces un psicópata.
¡Incluso anotaste nuestros pesos!
Expresó está con molestia, quitándole la libreta de las manos.
Un nuevo sismo ocurrió con sus sonidos secos que eran amortiguados por la estructura.
Esto hizo que algo de polvo cayera sobre sus cabezas.
—Condenados mocosos… no pueden morir sin molestar tanto.
Murmuró para sí, sacudiéndose los cabellos para preparar su marcha con el fin de cumplir con esta desagradable labor.
—Claro, hablando de muertos… ¿Qué haces con lo que queda de los muertos que podrían ganar?
¿Lo repartes con el ganador?
Comenta Priscila con el fin de responder la duda que había sobre el dinero.
—Eso va como bono para las próximas compras de la división… órdenes de Angus.
Dijo Miguel, como si fuera una serie de palabras que estudió con dedicación a lo cual la mujer dio un quejido y resopló en protesta.
Tras de ellos se movían algunos compañeros, preparándose para arrojar más combustible por los desagües con el fin de no dejar rastro de la plaga que estaban eliminando.
Un estruendo los paralizó.
La vibración fue tan íntima que el aire pareció desplazarse con violencia antes del temblor hasta que vino el temblor que sacudió en todas direcciones, esto hizo que tuberías de soltaran y expulsan los residuos que tenían, tras el polvo que se empezaba a disipar, una figura de acercó sin quitarse el traje.
—¿Cuántos arrojaron?
Deben quedar pocos en nuestra zona.
Comentó alzando la voz, posiblemente por la sordera residual que quedó tras presenciar un estallido cercano.
—Steban.
¿Supiste algo de Jefferson?
¡Jefferson!
Gritó Miguel para que le escucharán este antes de dejar listo su equipo para partir.
Sin embargo el hombre le hizo un gesto para mostrar su desconocimiento sobre la situación de este desaparecido.
—¡No lo sé de ese desgraciado!
¡Pero los otros dijeron que fue arrastrado por el Enredador!
Gritó pensando que Miguel estaba también sordo.
—¡Gritale a tu madre!
En cuanto a las descargas… Por división son unos cincuenta mocosos de los barrios bajos.
Contó Miguel antes de responder a su compañero que se sacaba la máscara un instante, revelando una calva y una serie de golpes bajo esta que mostraban distintos moretones como de cortes.
—¿Qué te pasó?
¿Le dijiste a Angus que se relajara?
Preguntó Priscila quien dio un bocado de carne seca antes de colocar su máscara con el fin de protegerse de algo.
—Eso debe haber sido costoso.
Esto fue parte de porque estoy sordo.
Dijo Steban quien tapó una de sus fosas nasales y exaltó con fuerza para expulsar coágulos.
No obstante la sangre fluyó por lo que busco un pañuelo.
—Ten, es mejor que te limpies.
Expresó Miguel extendiendo un pañuelo tosco.
—Si, hablando de Angus.
Sabes que Angus se las arregló para tener un acuerdo ridículo con el bastardo nuevo que dirige a los Hernández.
Comentó Miguel de forma despectiva sobre el asunto en el que se involucraron.
—Esto no es una tarea de esos imbéciles.
Debieron ser de las otras familias que metieron mano en este asunto.
Mira todo este equipo.
Alzó la voz Priscila, realizando una demostración con uno de esos artefactos que arrojaban fuego como los comulgantes a los herejes durantes los días festivos de los santos que realizaban los religiosos.
—¡Calma hija de monja!
Gritó alguien de fondo al ver las llamas extenderse por todos lados.
—Ese es el motivo de que nos dejen aparte.
No repitamos la tragedia de Gastón.
Reclamo Miguel a lo cual Steban se vio molesto.
—¡Condenado bastardo!
Me debía una ronda después de esta limpieza.
Steban estaba molesto, este pateo una de las tantas ratas que terminaron calcinadas.
—Si lo pones así… cierto, sería raro que nos dieran permiso de saquear todo lo que quisiéramos antes de volar todos los pasajes del subsuelo del mercado.
Comentó Miguel por el asunto de la recaudación de provisiones que hicieron para la extensión de la limpieza pero si lo asunto fue interrumpido por el terrible sonido que azotó sus entrañas, está vez dejándolos cubiertos del polvo de los túneles para ser sacudidos por un sismo que tiró al suelo a quienes estaban mal parados.
—¡Condenados mocosos!
¿Acaso no pueden morirse más lejos?
Gritó furioso Steban con la cabeza dando vueltas.
—¿Quien habla?
¡No se escucha nada!
Gritó la mujer tratando de ponerse de pie.
El polvo estaba en todas partes y limitaba la visión de cada uno que usaba sus pequeñas linternas de aceite.
— ¿No creen que esos mocosos inútiles se estarán muriendo de hambre?
Comentó entre gritos Steban pese a que los otros también bramaban por el estallido cercano.
—¿Morir de hambre en el sentido que si se muriera de hambre?
Preguntó Priscila alzando su voz por encima del resto.
—Claro, ¿De que se morirían?
Respondió Steban quien parecía volver a estar sordo como antes.
—Yo creo que habrían sobrevivido una semana más sin comer, recuerden que les dimos algo de comida y agua antes de arrojarlos al alcantarillado.
Mencionó Miguel quien desabrochó sus ropas para finalmente hacer unas marcas en su libreta.
—Esto no cuadra.
¡Y saca esa condenada luz de mi cara!
Gritó Miguel quien se veía alterado y no por la serie de explosiones que habían estado recibiendo en el último tiempo.
—¿Qué te altera?
Volvió a preguntar un hombre del fondo, sin embargo se aproximó a los tres.
—¡Morrigan, esto no cuadra!
¡El margen de fallo era cincuenta y ocho!
Gritó Miguel al hombre que pareció petrificarse al oír la noticia.
—¿Cuál es el margen?
Hola Morrigan.
Habló la mujer que revisaba que tuviera la máscara de cuero bien puesta.
—Le avisaré lo antes posible a Angus… Morrigan contestó con su voz fría ignorando a Priscila.
—Cabrón, me ignoro.
¿Qué pasa?
Maldijo la mujer sujetando a Miguel con el fin de saber lo que ocurría.
—Es la cantidad de detonaciones que registramos.
Con el tiempo que pasó debería ser a lo mucho cincuenta y ocho.
Pero en el último tiempo llevamos unos setenta y seis.
Este habló inquieto, mostrando su muñeca que tenía un objeto que giraba y marcaba unos símbolos.
—¿Eso es una… cosa… cuco?
Titubeó la mujer viendo cómo este llegaba al centro y luego volvía a girar.
—Esto se le entregó a cada encargado de las divisiones para medir no solo el tiempo, sino que funciona de cronómetro.
Dijo con cierto sonsonete Miguel, lo cual no les interesó mientras avanzaban por las rendijas estrechas que daban un espacio entre tuberías.
—Lo bueno es que si pasa algo prometo cuidar de tu reloj cucu con función de…eso… Respondió Priscila frotándose la barbilla.
—Procuremos no acabar por culpa de uno de los detonadores de las otras divisiones.
Murmuró alguien en voz baja, envuelto en ansiedad pero impulsado por cumplir con la tarea.
—No me gusta mucho el tema de los Hernández y las otras familias.
No me interesa quien pague pero esta clase de problemas son desagradables para tratar… El ambiente fue tenso, las palabras de fueron perdiendo luego de un rato.
Para volverse en una serie de murmullos programados para coordinarse por los sistemas de túneles eran peores de lo supuesto.
Por sus palabras no hubo respuesta, únicamente una acción con calma fría y tensa que les motivaba a terminar con esta situación lo antes posible, estos emprendieron su movimiento en conjunto sin quedarse atrás.
Cruzaron las densamente pobladas tuberias, que les había dado acceso a una recámara segura.
Se incursionaron a la estrecha oscuridad de los profundos túneles que se extendían como un sin fin de trampas mortales donde fluía incontables kilolitros de aguas servidas que arrastraban incontables cuerpos sin vida a cada instante, algunos perdiéndose en los túneles eternos.
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