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El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 Literalmente lleno de mierda
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18: Literalmente lleno de mierda 18: Literalmente lleno de mierda Las calles seguían colmadas de virulencia tras el intento de quemar la orgullosa alcaldía que se alzaba en tal ilustre pueblo que tanto se aclaman por los rincones del mundo.

Ante la suciedad residual de la disputa, las tuberías fueron una de las oportunas salidas para desatascar las concurridas calles de tanta mano de obra barata nueva que llegaba a los puertos.

Ante la inmensidad de finados que aglomeran los barrios bajos para su eliminación, las zonas más bajas se habían vuelto un criadero saturado de infecciones y pestilencia que peleaban por tener el sector habitacional más enfermizo.

—¡El hedor se filtra por las máscaras!

Gritó Trevor al grupo que había tenido una considerable cantidad de bajas en su trayecto.

—¡Es un regalo de los malnacidos de los Hernández!

Maldice los y cambia el tercer filtro, no quiero a otro regresando las tripas por la boca.

Las tuberías agolpadas de cuerpos recibían y manejaban enormes cantidades de aguas residuales que seguían descendiendo al igual que aumentaba su longevidad, en estas de acumulaban estrías de óxido y sarro de este uso implacable que se les había otorgado como trabajo, haciendo que desde hace mucho dejarán de ser conductos para volverse un denso manojo de intestinos enredados.

—¡Te digo que fue un accidente!

¡Dejen de bromear con eso, solo vomité una vez!

Protestó una mujer que les señaló con furia, para luego despotricar silenciosamente con las risas apagadas del grupo.

—Bueno, al menos nada puede ponerse… Hablo con cansancio uno de los hombres que cambiaba su filtro.

—¡Calla!

Gritó otra mujer que le dio un golpe firme en el hombro para detenerle.

—…Solo quería decir… Titubeó tímido lleno de dolores ante el golpe que parecía haberle hecho más daño de lo que parecía.

—No quiero que nadie diga esas malditas palabras.

¿Entendiste, Trevor?

Gruñó sin escuchar a su compañero, siendo apoyada con avenimiento por parte de sus compañeros.

—Manténganse atentos, pronto deberíamos encontrar las escaleras de mantenimiento para bajar a la… a donde bajamos Raquel?

Pronunció uno de los primeros hombres volviéndose confundido.

—William.

Es la escalera de mantenimientos está lleva a la recámara inferior de mantenimiento que lleva a las puertas de mantenimiento a… Esta respondió disgustada, dando otro golpe a Trevor quien reclamó ante el maltrato sin explicación.

—Eso fue para aliviar las ideas y responder.

Además no está ninguna de mis hermanas para eso.

Asumo que Balthazar, Sonia y Eugenio están de acuerdo que un buen golpe ayuda a recordar.

Se excuso Raquel.

—Esto, bueno tiene razón.

El mantenimiento lleva a los ductos de procesamiento de aguas residuales abandonados, ese es el último lugar donde sí ha sobrevivido alguna basura, sería dónde está… Apoyo la idea de Raquel, seguido de William, quien parecía estar de acuerdo con los demás.

—…Eso no debería estar ahí.

No aparece en otros planos… Mencionó Eugenio con la mano temblorosa.

En el descenso de entrañas renacida por la inclemente avance del tiempo, acompañada de la deformación de los espacios abandonados hasta el punto de volverse cuevas geológicas que impartirán terror a quienes las rondaban en su descenso con el profano fuego que avivaba la sed de sangre de la gran variedad de criaturas y anomalías que persistían en estos profundos lugares cálidos.

—Creo que entramos en una anomalía.

Dijo la voz de Sonia que parecía angustiada, sin embargo no tuvieron tiempo de responderle cuando uno de los sismos se hizo presente, abrumado a todos ante el impacto.

Los sismos de las explosiones habían sido recurrentes al punto de volverse algo diario que no parecía tener final.

No obstante este caso era distinto, no había sido una detonación cercana.

—…El que esté muerto diga yo…Yo… Dijo con dolor William el cual trataba de pararse a lo cual todos respondieron con el cuerpo adolorido por el impacto.

—…No te… Sonia no alcanzó a decir nada más cuando William cayó sobre Raquel quien gruñó y maldijo ante el golpe que avivó el dolor punzante.

—¿Eso es parte de una anomalía?

Es… Gruñó Eugenio tratando de no vomitar dentro de su máscara.

Fue otro sismo que hizo presencia con más fuerza.

Y luego otro.

—…No… Pronunció Raquel empujando a William, de fondo se escuchaba vomitar a Eugenio.

Las luces fallaban y el ambiente estaba cegado por una oscuridad que peleaban contra el polvo que lo cubría todo ante la presencia de las luces.

—…Abajo… Hemos bajado de pisos… Está mierda cedió.

Y bajamos… Respondió buscando aire con mucha dificultad.

—Si… La próxima… Di que … Es… El grupo apenas podía gemir y lamentarse, sin darse cuenta que la caída les había dejado cerca de más peligros.

—…No digas… Das jaqueca.

Respondió William que parecía abrumado ante la falta de aire.

Pese a los inclementes temblores, el drenaje mantiene su pulso pese a las incontables décadas de abandono, procesando una mezcla de fermento y bilis que burbujea bajo la presión de los gases cadavéricos.

Aquí, el agua dejó de fluir hace mucho, para solo abrirse paso a través de represas de cuerpos hinchados que, al alcanzar el punto crítico de putrefacción, revientan con un delicado coro sordo de chapoteos nauseabundos, permitiendo que el caudal de desechos recupere su curso hasta la próxima obstrucción.

En las orillas de lodo negro de incontables mezclas de atroces procesos debido a la carnicería de arriba, la materia es expuesta a altas temperaturas como de combustión violenta hasta volverse en un componente inestable que provoca asco a kilometros, las ratas se amontonan bañándose en esta pestilente sustancia con la única necesidad que es lograr ingerir algo comestible que llega a estas profundidades.

Algunas han cometido el error de roer las raíces de marfil que brotan de las amalgamas de carne fúngica.

De su tormento agónico que solo termina con sus muertes, desde sus pechos brotan ahora setas fluorescentes que se agitan con una voluntad ajena, convirtiéndolas en parias brillantes que han perdido toda necesidad de atiborrarse y agredir por pura sed de sangre.

Sus antiguos congéneres, enfurecidos por la luz impía que da razón a la vida en las profundidades y el hambre que las condena, las despedazan y consumen, quedando atrapadas en un trance hipnótico que las hace vagar sin rumbo, como pequeños faroles moribundos en la negrura.

Incluso en este festín de inmundicia, hay algo que las ratas han aprendido a evitar.

En un rincón donde el agua residual golpea con menos fuerza, yace una manta de cuero hinchado, con una forma anómala que ha perdido trozos de sí, que parece parte del sedimento de lo que se ha convertido en el recubrimiento de las alcantarillas.

Solo los gusanos y las cucarachas más resistentes se atreven a perforar esa piel corrosiva.

Alguna rata, cegada por la desesperación, arranca un trozo de esa carne oscura, solo para huir chillando mientras un líquido ácido le deshace el hocico a cada mordida.

—En los mares uno debe tener cuidado con el sol o será carne seca… Lentamente movió una pequeña parte de su cuerpo que se resquebrajaba por la exposición continua y el daño que recibió, ni las aguas negras ayudaron a su hidratación.

Únicamente los gusanos, los más hambrientos y resistentes se habían amontonado en su carne agrietada con el fin de hincharse a gusto sin que otra criatura los molestará.

—Aquamarina, fruto de las cosechas en tierra… tanto jurel y tan poca boca… Murmura consciente de su propia locura, mientras sus apéndices, moviéndose con una torpeza agónica se mueven para recoger migajas que dejan las alimañas, no obstante fue en un momento que vio una rata lenta acercarse lo suficiente para enroscarla en sus apéndices mal trechos a una de las ratas hipnotizadas.

—…Por… licor…de ombligo… Con una crueldad nacida de la necesidad, Silas comienza su abominable digestión.

En un último gesto respetuoso en lo profundo de la oscuridad, este aplasta a la alimaña junto con un par de setas pequeñas y raíces de marfil robadas, mezclándolas con sus propios jugos gástricos en un pliegue de su cuerpo donde los insectos resbalaban y se mezclaban con movimientos frenéticos.

—Este… será uno de mis últimos intentos… si logró el primer lugar en esta receta de tarta de jurel, prometo reemplazar al capitán por un coral… El resultado es un brebaje viscoso y prohibido que absorbe a través de sus poros.

—…Delicioso como lo hacía papá… ¿Eso dije?

Pero nunca… Es la receta de cuando… yo… Este avergonzado incluso ante la locura que no podía controlar, dejó caer su máscara que se había vuelto su rostro contra el suelo.

Las alucinaciones no tardan en llegar.

El techo de la alcantarilla desaparece para mostrar el cielo del puerto que Solomon le prometió, pero las estrellas tienen forma de ojos brillantes bajo la piel.

Silas ríe solo, una vibración seca que espanta a los insectos.

El trauma ya no duele cuando se está lo suficientemente loco para ignorarlo.

Sin embargo una voz familiar se repite en su cabeza.

El murmullo lejano de una voz femenina que parecía una fantasía propia de una sirena.

Podía reconocer un sutil hedor pútrido que se hizo presente al igual que aquella vez dentro del Tullugal, cuando aún era un hombre y no le daban una tarea en concreto.

—Pobre niño, te han roto y vuelto a coser.

No eres más que un trapo hecho jirones… Eres un jirón de carne al igual a quienes mataste y que alguna vez te obedecieron… La voz podía reconocerla ya que cada vez que murmuraba suavemente podía apreciar la muerte respirando, no era un olor nauseabundo, era una putrefacción dulce que le hacía querer arrancar su propia nariz y devolver la comida con la boca que una vez más tenía en el rostro que olvido —Tantos sueños y verdades has vivido que me estremece cada hoja que leo… Deseo abrir tu ser y conocer más de este mundo.

Por otra parte hay quienes te siguen reclamando… cuando veas los cabellos de fuego, con un par de esmeraldas… La calidez de la voz femenina de volvió pausada, está parecía juguetona pero el mundo que una vez fue un cielo estrellado por ojos se despidió de todo y quedó sumergido en la oscuridad más atroz.

Una cara se hizo presente, era femenina delicada y perfecta con rasgos esculpidos y una piel blanca como la nieve.

—Matala.

El solo deseaba huir pero estaba paralizado mientras aquel rostro parecía moverse estático hacia él, pero fue el mismo que era arrastrado hacia este rostro que le aterraba, no lograba entender si era un recuerdo o producto de su imaginación que se había entrelazado con sus pensamientos y estos daban una atroz danza que le retorcía la mente.

—Matala.

Repitió de forma armónica, delicada y cruel que podría percibirse el deseo por ser obedecida.

—Matala.

La dulce voz repitió como una cacofonía dulce.

—Matala.

Dijo por décima vez mientras recibía ecos sobre sus palabras que se superponen a sí misma, instigada a oírla.

—Matala.

Repitió luego de miles de veces decirlo en una fracción de suspiro.

—Matala.

La voz no era cruel pero en su dulzura condenaba a una lenta y tortuosa angustia que devoraba cada minúscula pizca de calma que pudo tener en su vida.

—Matala.

La voz inundó el espacio, está provenía de todos lados hasta que sintió unas grandes manos sujetar sus hombres por detrás.

—Matala.

Un atroz grito resonó en el mundo igual que la explosión que dejó en tal estado, incapaz de moverse o de regenerarse, a la deriva en un torrente hirviente que culmina en cuerpos y fluidos que combustionan entre sí ante la violencia que ocurría en el mundo hasta caer en tal rincón.

—Yo… bailando estaré pero en terrible diversión estaré por siempre… Murmuró llevándose los apéndices a la cara donde estaba la máscara, esté con dificultad recobró sus brazos y piernas falsos que eran una forma enroscada de si.

—Estoy listo para el trapecio, si mis ojos no me engañan el acto ha de seguir.

Sostuvo su cabeza un instante, llevándose las manos a la máscara en lo que tambaleaba y caía sobre la muralla, la que ante la fricción dio un sonido áspero mientras se desprendían pequeñas cáscaras.

—Soy… ¿Cómo era el nombre de ese bufón sin rey?

¿Que soy sin un espectador?

Alzó la voz frotando su cuerpo violentamente contra la muralla, arrancando trozos de sí mismo que habían muerto y del propio alcantarillado que habían ocultado los ladrillos de piedra cincelada.

—¿Soy algo que piensa sin una mente.

Eso me vuelve un sabio o un loco?

Su voz era un aullido que momentáneamente provocaba que las ratas mirarán antes de continuar comiendo.

—…Que desagradable… Que vulgar… Una serie de palabras burlescas y pomposas se formaban frente suyo.

—…Tan solo míralo.

¡Qué desparpajo es todo esto!

Comentó el señor rata que mordisqueaba una tira de carne aguda nada que se desarmaba en sus propias patitas.

—Te dije que debíamos ir a otro tugurio.

Está lleno de populacho, qué horror.

Protestó la señora rata que mordía a otra por acercarse a su comida.

—¡Hembra loca!

¡No volveré a un rincón como este!

La entretención es pésima y dejan pasar a cualquier rata de pulgas sucias.

Gruñó el señor rata de rostro sarnoso ante la agresión de la hembra.

Ante sí mismo podía ver cómo estaban hablaban y burlaban de su pobre actuar, que habían visto a merluzas con más sentido del humor.

—¡Camina aquellos sometidos por su libertad agrietada por la risa de los niños!

¿Por qué pienso?

¿Porque siento?

Acaso no basta con esta vida tan… dichosa… Por fin entre sus gritos la máscara avivó su risa, pero podía sentir como la risa llamaba a un coro de ecos de risas impropias que se avivan consigo mismas y retumban en su cabeza como una horrible presión en su destrozada existencia.

—…

Algo… ante la vida quebrada deben haber risas… eso es un… mal tiempo buena cara y de seguro unas sardinas serán de mi agrado… Se tambaleó, dando golpes en su cabeza que se retorcía en risas, únicamente podía sentir como lloraba sin poder derramar ni la más mínima gota de su ser tan dolido, le resultaba en un castigo irónico de la vida que tampoco le permitía tener la libertad de la muerte..

—¡Seré el primer bufón sin rey, sin amo, sin desdicha!

¡Pero qué infortunio es mi dicha!

Con parte de su cuerpo abierto como una planicie de rojizo pastizales que salpican icor ácido, se rascaba el resto de su cuerpo con desmesura.

Sin uñas, sin dientes.

Tan solo un cuerpo como un cañón abierto en la tierra seca que se rehúsa a dejarlo.

Su propia existencia crujía con el sonido de pergaminos viejos siendo estrujado por manos invisibles.

El agua negra de la alcantarilla, aunque fétida, no la hidrata.

Tan solo se resbalaba sobre él como si el mundo le negara saciar lo poco de sí y exigía que negara lo que alguna vez fue.

Sin titubear dio un salto con fuerzas mientras abría su cuerpo sobre la orilla, listo para darse un festín con las alimañas y restos de todo tipo que tuviera en la orilla.

En su estado le daba igual terminar como un hongo, sabía que el espejo de su ser se había roto por última vez y ningún arreglo lo traería de vuelta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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