El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 25
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25: Navegante inexperto 25: Navegante inexperto El cuero se sentía una vez más en el suelo, frío y sin forma al estar inconciente.
Ya no se molestaba tanto en reaccionar o se ponía nervioso, si ha de morir, lo habría hecho dando su última carcajada pero no fue el caso.
En cambio era arrastrado, escuchando a un grupo cantar cosas religiosas que se sentían difusas, pero con el tiempo lograba escucharlas mejor.
—…Sobre las tierras del último rey marcharemos… Murmuraba una voz femenina con intensidad, su voz resultaba encantadora y agraciada.
—Amén, el fuego viene.
Dijo el coro femenino con alevosía melancólica.
—Para lavar las manchas de nuestros crímenes.
Donde cada estandarte portará la voluntad Del único y verdadero Rey.
Recordaba este cántico cuando era pequeño y los creyentes buscaban a quienes no demostraron la suficiente devoción.
—Es aquel que gobierna sobre los celestiales.
Las mujeres alzaron su voz con una precisión algo extraña, dando el tiempo justo para no interferir o resonar fuera del coro mientras avanzaban.
—Los falsos profetas serán la leña, Y los reyes serán hervidos en su orgullo.
Que su grasa sane nuestras heridas, Y que su ardor consuma los abismos.
La mujer terminó con su canto, dando recuerdos inciertos de ser conocida de Silas.
Este pudo ver el negro espacio que le rodeaba que iba volviéndose más nítido, logrando dilucidar el repugnante túnel de alcantarillado, pero el ambiente de sentía distinto, más ligero con el aroma de la muerte y la inmundicia más fresca golpeando su nariz inexistente.
—¿Estamos arriba?
Fue la primera palabra que pronunciaba desde hacía rato, lo cual asustó a Raquel quien dio un pequeño grito, asomando su rostro pálido, si bien su expresión no demostraba ninguna emoción, lograba percibirse una cierta alegría.
—Hey, es un gusto verte… Respondió Silas pero vio que luego aparecían más cabezas que lo observaban, la mayoría de ellos tenían el rostro bicolor como si se estuviera sanando.
—¡Santa Martha!
También es un gusto verlos, eso sí, lamento que se… quemaran.
El gusano trató de incorporarse pero su cuerpo pesaba de manera extraña, como si estuviera desconectado de lo que quería hacer.
—¿Qué ocurre?
Por alguna razón no puedo moverme… Preguntó confundido.
—No sabía si eras tú así que te envenene por si eras otro cuero.
Respondió con sinceridad para continuar arrastrando al cuero sin preocupación, por lo que esté suspiro y continuó siendo arrastrado por esta.
—¿Cuantos cueros encantadores con máscara conoces?
Preguntó sarcásticamente el cuero, por lo cual sin detenerse, Raquel se puso a pensar como si la cantidad fuera mucha.
—Deberías considerar que los celestiales colocaron pruebas para preparar al fiel de ser engañado por la brujería de los abismos.
Explicó la mujer convencida que cada aspecto de la vida que juega a favor o en contra es producto de la intervención de los celestiales.
Ella miraba hacia adelante con confianza, los pasillos del alcantarillado estaban iluminados con viejos focos amarillentos que tiritan ocasionalmente, amenazantes de abandonar su labor y dejar los extensos pasillos a oscuras, únicamente con el agua sucia de fondo arrastrando torrentes de excremento fresco.
—Bueno, creo que estás en esa etapa de la vida en que quedas como un pez espada.
Pero te entiendo, será divertido ver tu fase de fanática religiosa.
Comentó el payaso, torciendo un poco su cuerpo para enderezarse y ver el camino.
—¿Ustedes han transitado por aquí antes?
Preguntó curioso mientras Raquel tararea un himno de alabanzas al celestial.
—Eso es el cántico de la luz del celestial.¿No?
Preguntó a lo cual ella giró su cabeza bruscamente de una forma algo inquietante.
—Desde luego, lo aprendíamos en el convento.
Recuerdo que fue emocionante participar en el coro de la iglesia cuando era joven.
Expresó, mostrando una especie de alegría en sus ojos.
El gusano sentía que su parte baja ya debía ser nuevamente un costrón de suciedad extensa.
—Yo fui… las misas eran buen momento para robar las galletas y… Comentó el gusano como uno de sus únicos recuerdos más agradables de su infancia.
Pero los rostros se le acercaron.
—¡Comerlas con melaza!
Interrumpieron los gusanos de forma alegre, dando un sonido final como si saboreara el dulzor metálico con aquella oblea blanca y seca, adhiriéndose en la boca con la viscosidad de aquel dulce parecido al petróleo.
Eso sí el no dijo nada, recordando lo que pasó a uno de sus amigos cuando lo atraparon con las galletas consagradas, aquello no se les borraría de sus recuerdos, ya que el pequeño se volvió parte del jardín de los impíos que tenía el sacerdote Liam y el sacerdote Cormac.
—Cierto.
Las aguas con heces empiezan a mezclarse con el aroma irreconocible a la maresía pútrida.
Comentó cambiando el tema, no deseaba abrir recuerdos tontos de la niñez y tampoco estaba tan loco para provocar a una bestia fanática.
—Tienes buen olfato, yo aún no siento nada.
Bueno, son cosas de quienes nacieron en el puerto… Razonó ella misma a la idea que dio el gusano sobre poder percibir las cosas.
—¿Me escuchas?
Habló fuerte para llamar la atención del gusano que con fuerza torció la máscara para observar al frente.
Sus ojos como canicas negras observaban como el camino ascendía dejando las cloacas.
—Perdón, estaba… estaba pensando en la canción de hace un rato.
Veo que hemos ascendido bastante.
¿Me distraje tanto?
Preguntó al final, ya que sentía dolor en la parte baja por lo que al ver se percató que todo ese tramo había dejado la huella de su cuerpo siento destrozado lentamente con su fluido ácido como un recuerdo de dolor que apenas percibió.
—Si, pero me complace que puedas moverte, tendrás que actuar como alguien normal.
Tienes que conseguir algo de ropa… Sabes….
Que cubra el cuero podrido que eres… Esta respondió con aires neutrales pero que estaban entintados de altruismo que lo trataban peor que escoria.
—Se la puedo quitar a cualquier desdichado.
O a algún muerto… Comentó moviendo su cuerpo, forzando sus apéndices móviles y digestivos para recuperarlos del entumecimiento.
—¿Sabes orientarte por las calles?
Preguntó ella algo inseguro ante la idea de recorrer este lugar desconocido.
—Por Favor, no me insultes de esa forma.
Soy un experto navegando por las calles.
Desenvainó su forma, rotando en el suelo, enrollándose para alzarse en su forma humanoide.
Hizo como si tomara los huesos que no tenía y dio una última sacudida para sacar desperdicios clavados en su carne.
—Bien, ya estoy mejor.
Como dije… No hay lugar de los barrios bajos que desconozca.
Abrieron la puerta del drenaje, está llevaba a un pasaje lleno de basura, humedad y alimañas.
—¿Ves?
¡Estoy en casa!
Exclamó, acompañado de la risa de la máscara que portaba.
—Supongo, creo que podríamos orientarnos mejor de lo esperado, solo no hay que meterse en problemas.
Raquel le habló de forma reflexiva, pensando si había forma de llegar a una parte alta o una que les permitiera saber el lugar en el que estaba.
Miró como una de las ratas cojeaba entre sus extremidades, dándole un pisotón con su garra, pensando en aquellas bestias impías que el abismo había creado para opacar la luz de la creación de la creación.
Al volverse no vio al cuero en el momento en que estaba antes.
—…
Guardó silencio, mirando y escuchando por si este la llamaba.
Pero en aquella situación nada, por lo que dio algunos pasos tímidos, observando y dando un paso en silencio.
Esta aguardaba minutos en su avance que le hacía tener algo de inquietud de lo que había ocurrido, pero cambió su expresión, sabía que debía seguir las órdenes del celestial para ser su espada en lo profundo del abismo.
—Bien… entonces si el gusano se perdió, yo me guiaré con las enseñanzas de los celestiales.
Murmuró dándose valor, a lo cual sin revelarse los rostros en su cuerpo en forma organizada exclamaron amén.
Pero hubo algo distinto, una voz adicional, que no estaba sincronizada como las otras.
—Veo que me extrañas.
Dijo el gusano detrás suyo, mostrando la ropa de un indigente, los harapos apenas eran tela y llevaba vendas sucias y viejas cubriéndose el cuerpo, estás se serían a su carne húmeda y rota, dando una sensación aún peor al verlo, dando como efecto que desearás no verlo.
Lo extraño era que en su aparente mano jugaba con dos bolsas de piel de dudosa procedencia.
—¿Cómo es que…?
¿De donde sacaste eso?
Estaba demasiado confundida, tratando de idear alguna pregunta para entender cómo había terminado con todo eso.
—Por favor.
¿Piensas que es mi primer día en las calles?
Incluso tengo tela negra para ti.
Este extendió sin molestia la tela sobre el torso bajo de la mujer, está era algo gruesa, menos deshilachada que la que tenía.
—Gracias pero conseguiste mucho en poco tiempo… Dio un gesto de agradecimiento comenzando las labores de doblado y algunos cortes para simular un extenso vestido por medio de elevar su cuerpo a una posición más recta.
—Efectivamente, pude conseguir más.
Pero no vi a los Rattue que me debían cosas.
Así que hice lo más sensato… robar, usurpe, delinquir, extorsiones, manipulaciones, estafe y … Este habló y describió algunos crímenes que había cometido como algo del día a día.
Aquellos delitos no eran nada de importancia para él ya que habían acciones que realmente se tomaban como delito cuando tenían que ver con gente de rango social.
—No puedes estar hablando enserio… ¿Sabes dónde estamos?
Se llevó las manos al cabello, rascándose la cabeza y pensando en cómo debía tratar a este gusano por lo que hacía, cuestionando el verdadero designio de los celestiales.
Pudiera ser que estos deseaban que está usará al gusano impío para llegar a los abismos y así darle luz a la miseria.
—Bueno, no pero estaba la fábrica de zapatos de los Zalazar.
Estos deben de tener la planta al norte donde están los artesanos, lo digo por el sabor a metal y muerte que tiene cada rincón de suelo de este lugar.
Expuso su idea señalando lo que parecía ser un edificio siendo reparado.
—Toda la tierra está compuesta por metales pesados o alguna forma química naturalmente nociva o fabricada para matar de un sin fin de formas… eso no ayuda.
Expresó está mujer, descartando la orientación del gusano.
—Aguarda.
Podemos perfectamente ir y venir para solucionar todos estos problemas.
Propuso el gusano, pero la mueca negativa de la mujer parecía que no aceptaba tal propuesta.
—Si hacemos eso nos perderemos.
Respondió con una negativa breve, agravando su tono para marcar su desición.
—Si hacemos según mi orientación no nos perderemos pero si deseas podemos hacer un camino mío, luego uno tuyo y así hasta seguir el camino que te digo que es el correcto.
Habló con determinación, asegurando que su lógica era claramente la correcta en aquella situación.
—Caminemos, debemos encontrar el lugar para salir de aquí.
Con esas palabras ella camino a la dirección que le parecía la correcta, dejando al cuero viéndola un instante.
—No me harás caso.
¿Cierto?
El gusano se quedó quieto, viendo cómo la mujer avanzaba por las callejuelas sucias y ruinosas.
Únicamente iluminadas por la poca luz artificial que recibía de algún que otro rincón lleno de podredumbre.
—Claro que no.
Respondió ella sin mirar atrás, con el coro de voces repitiendo la palabra no, como una forma de sátira cruel para el payaso.
—¡Pobre de mí!
Esta es la triste vida de un pobre bufón que ve a los reyes tropezar con su propia idiotez.
Expresó esto de forma teatral tras la mujer, él se movía con gracia y delicadeza, augurando lamentos de desdicha.
Si bien ella permanecía callada, los rostros ocasionalmente responden, revelando que pese a su actitud, le gustaba participar en la bufonada teatral del gusano.
—Quédate callado, escuchó voces… Murmuró, señalando la ubicación de dos personas que parecían discutir.
Uno estaba contra la pared hasta que el otro comenzó a apuñalarlo sin cuidado, uno tras otro la cuchilla vieja y oxidada entraba con dificultad en la carne, desgarrandola.
La sangre salpicaba por doquier, su respiración quedó como el jadeo de un perro rabioso, pero su botín estaba a mano.
Una pequeña bolsa de cuero.
Este sonrió, sentía que su suerte mejoraba, sin percatarse de los rostros que aparecían de la oscuridad del callejón.
—…No matarás… No matarás… No matarás… Exclamaron los rostros a su espalda, abriendo sus ojos como pozos de sangre negra como el petróleo, adoptando una mirada cruel e inquisitiva ante el pecador.
—Has de romper los mandamientos con tus transgresiones graves… por la misericordia del celestial… ¿Hay algo que decir?
Preguntó la mujer de manera fría, el hombre con el cuchillo en mano, aún escurriendo la sangre tibia.
Se volteo listo para acabar con cualquiera que se interpusiera en su camino, pero no.vio nada, tan solo un manto de tela negro del que parecían haber rostros de fondo.
—…Al no decir nada prosigo con la condena… El corazón le latía rápido, escuchando la voz de la mujer ausente hasta que miró hacia arriba.
Cara a cara con una mujer que fácilmente lo triplican en altura.
—…
Sentía que el alma le abandonaba pero para su infortunio eso nunca pasaría.
Lágrimas negras como la brea cayeron en el rostro entrando a los ojos de aquel asesino, no tardaron en hacer efecto.
El gusano observaba como Raquel hace cumplir con lo que le parecía justo por orden divina, viendo cómo lo que fue un hombre moría sin morir.
—A… Por… Por favor… Ayuda… Una voz rasposa atragantándose con algo acompañó a los sonidos ambientales del callejón que se entremezclaban con la ruidosa calle y las alimañas hurgando la basura.
—…Ayuda…Yo… No quiero… Morir… Ayuda… El hombre apuñalado seguía vivo, muriendo lentamente en su propia sangre.
—Parece que tuvo suerte, si mal no recuerdo trabaja un… Un crujido desagradable envuelto en la humedad de las vísceras esparcidas por el callejón hicieron callar a Silas.
Este observó fríamente como su compañera había acabado con ese pobre diablo.
—O podemos hacer eso… bien, supongo que hay que continuar, además nuestro amigo invita unas copas.
Avanzó el gusano dando un movimientos humorísticos, seguidos de risas y tomando la bolsa de cuero que había quedado sin dueño.
Este no espero, simplemente hizo como si nada ocurriera, ya que sería algo extraño que actuará así, sobre todo sabiendo que la mirada negra de la mujer sin expresión lo observaba en silencio, una expresión sin humanidad, pero qué era lo más humano que se podría conocer.
El Callejón pareció quedar en silencio un instante, uno que fue eterno y mortuorio, movió sus extremidades lentamente, pero a escondidas su mano frotaba sus fríos dedos aún con el líquido tibio.
Aquella gran criatura entró a la agitada calle que nunca permitía descansar a sus peatones que debían trabajar y la propia esencia rota de la vida cotidiana negaba detener a los vehículos ni carruajes en su labor de bombear la funesta vitalidad del pueblo, tanto tiempo como pudieran hasta que la eternidad pareciera nada con su funcionamiento.
Una figura enorme entrando a las calles, conservó la expresión de desconfianza y desprecio que se tenían los unos a los otros, empujándo se en las aceras inundadas de gente que ocasionalmente caía a la calle para volverse parte del suelo pútrido que no conocía descanso, su presencia se veía como algo irracional dentro de la normalidad más normal que puede hallarse en aquel pueblo es sin duda algo más que no se debe dar importancia.
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