El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 26
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26: Mar a la vista 26: Mar a la vista Tras el transcurso de horas por la extensa calle que albergaba multitud de locales rocosos como abarrotados que nunca han cerrado sus puertas, viviendas hacinadas y fábricas incontables que se alzan como monumentos del progreso que ha perdido logro alguno en su avance.
—Así que… ¿Eres de aquí?
Preguntó el gusano retorciéndose entre la multitud que avanzaba sin rumbo exacto.
—No.
Soy de lejos.
Respondió sin dar lugar exacto.
En tanto se agachaba para evitar los cables que por el peso de la densa cantidad mal instalados caían y se tambaleaba cada uno peligrosamente.
—Comprendo.
¿Cómo se siente el clima ahí arriba?
Preguntó el gusano observando a Raquel volver a agacharse casi un metro de su porte para hablarle.
—Esto apesta a una mezcla de químico, muerte, humo y a pies mojados…¿Y por allá abajo como van las cosas?
Respondió de igual manera sin saber si el gusano se burlaba o realmente tenía curiosidad al respecto.
—Pues igual, solo que el olor a suciedad del cuerpo parece concentrarse de enorme forma.
Es como meterse dentro de una almeja podrida que fue pasada por el trasero y axilas.
Respondió con risas, moviéndose teatralmente como si estuviera muriéndose envenenado por el olor.
Raquel no dio respuesta alguna pero para sus molestias los rostros revelaban como serpientes propias sus más profundos pensamientos, dando risas sin sonido ante la idea de la almeja en el trasero.
—¿Te has dado cuenta de tus fanáticos?
Expresó el gusano acercándose de modo indisimulado sin miedo a ser insultado por quienes chocaba.
Por la pregunta prestó más atención a su alrededor permitiéndole detectar aquello oculto a simple vista.
En la marea de cabezas miserables ocasionalmente podían escuchar voces de transeúntes con ciertas indumentarias creyentes y en otras no que tomaban una postura más tímida de respeto cerca suyo pero de igual porte escondía aires confusos de odio, amor y satisfacción por su presencia.
—…Si, hay quienes están al tanto de mi presencia… Su respuesta fue como un estallido seguido resonante de risas del gusano junto a su máscara.
—¿No crees que estás exagerando?
Añadió pero sus palabras parecieron ser tragados por el sonido, ya que en sí, los peatones lo observaban con más desprecio independiente de las usuales miradas que iban y venían despectivamente de pie a cabeza, el comercio latía como un relámpago abrupto que amenazaba con agolpar a las personas en aquellos espacios hasta que comenzarán a ser más agresivos los unos con otros.
—Por lo general no suelo ir por estas calles, pero creo ubicar dónde estamos.
Dice Silas señalando una tienda por alguna razón.
Era una tienda de un tono rosa chillón desgastado por los años y el descuido ante un ambiente corrosivo.
—Eso es una taberna… ¿Realmente vas a ir por unos tragos?
Respondió dudando si el gusano exagera o sus incoherencias tenían alguna coherencia.
Extrañando de igual forma el aroma que envolvía este lugar.
—Si, sobre todo ahora que mi boca está reseca.
Esta es la taberna donde sirven los mejores fermentos de fruta.
Lo llaman el gran pequeño rosado.
Este bromeó ante su rostro inexistente, únicamente identificable por la máscara que tenía incrustada en la carne, este hizo señas con sus apéndices a donde debía ser su boca inexistente bajo la máscara.
—Ya veo, yo no estuve mucho tiempo en el puerto, pero estaban… Los mismos estilos de tiendas.
O en el mercado marítimo… siento que hay cierta similitud extraña.
Esta pareció perderse en sus pensamientos por un instante, debido a que el patrón de edificios antiguos estaban juntos de la misma forma, solo cambiaban las reparaciones roñosas, salvo por el puerto marino donde estuvo sus últimos años, recordando momentos de su vida como corsario.
—…Yo… ¿Por qué lo llaman gran pequeño rosado?
Preguntó dándose cuenta de lo que hacía, deseando desviar la atención de sus problemas durante su vida.
A lo cual el gusano pareció algo pensativo.
—No lo sé.
Nunca he entrado ahí, suelen entrar muchos oficiales.
Debes saber que estamos en una situación algo desventajada… Expresó esto sin interés alguno de tratar de averiguarlo.
Sobre todo ahora que era algo menos que tiras extrañas de cuero seguido de una mujer tan alta.
—Eso sí, aclaremos que el estar bien tampoco es lo mejor, debido a que cuando te crees seguro es cuando más vulnerable eres.
Dijo el gusano quien se veía tranquilo esquivando a las personas.
Robando las pertenencias.
—No entiendo tu desdén…para mantenerse seguro.
Considera que uno para alcanzar esa sensación debe lograr pasar una serie de pruebas donde reconoces que no hay más peligros al Estado que firmaste con resiliencia…¿Lo logras entender?
Replicó Raquel cuestionando el comentario del gusano quien le miraba de reojo sin mencionar una palabra para escuchar su opinión al respecto.
—Es simple, todos haríamos lo mismo en circunstancias iguales, quieran o no.
Es la lógica social.
Se manejó de manera teatral, hurtando más cosas a —No entiendo esa lógica.
Ante los ojos de los celestiales cada uno independientemente debe actuar según lo escrito al rojo vivo.
Aquellos que fallen son… Aclaró Raquel sin más preámbulos dando su razonamiento de manera clara pero el gusano dio un largo suspiro de cansancio.
–¿Disculpa?
¿Acaso no crees que los mandamientos están bien?
Está preguntó cómo sería la sentencia de muerte, aunque el gusano no se inmutó a diferencia de transeúntes que cayeron y fueron pisados por quienes estaban apurados o que no deseaban ver aquella mirada de muerte sin expresión.
—Es simple.
Eres hermoso, carismático …Puedes vender o venderte.
Eres… violento, cruel serás rechazado… a no ser que encuentres un lugar apropiado.
Si eres despiadado, inclemente y astuto, los tendrás bailando pero el juego empeora.
Dijo el gusano tratando de aclarar las cosas según su punto de vista ya que nada fuera de cómo se comportaba la calle era diferente.
Debido a su pensamiento la gran mujer dio un sonido de exhalación de exasperación.
—¿Qué pasa con quién es bueno, bondadoso, honesto…?
¿En aquella lógica no hay cosas buenas?
Preguntó la mujer tratando de desbaratar su pensamiento negativo, ya que consideraba que la —Ese es un muy buen chiste… Es muy bueno… Dio fuertes risas de Silas, junto a él los transeúntes pasaban, donde un hombre que pasaba gritó de forma terrible, sacando su mano, la cual estaba empapada en baba, la que provocaba que se derritiera lentamente debido al ácido digestivo.
—Siento decepcionarte.
El gusano se volteo dándole un golpe a aquel ladrón que trató de robarle al cuero.
En aquel momento de pánico y desorientación por la descomposición de su mano, retrocedió perdiéndose entre la muchedumbre.
Se escuchó un grito seguido de un golpe cuando pasó un camión sobre un bache —Claro, hay de esos… Los buenos, están en la cuneta.
¿Piensas que la honestidad mantiene las relaciones?
Mentira te odian más que si mintieras siempre.
¿Quienes son Bondadoso?
Escuche de ellos, duran poco con tanto chupa sangre… Mencionó cada individuo que Raquel pensaba como alguien bueno.
—¿Que más dijiste?
Preguntó el gusano algo confundido, pensando que le faltaban cosas por aclarar.
—Eso fue lo que dije.
No dijo nada, caminando mientras el mar de pequeñas cabezas corrían a los laterales ante su presencia.
—Pensé que habían más, luego eso sí, si eres de clase alta o muy alta… o super alta, puedes hacer lo que quieras pero todo con una repercusión tanto para ti como para el resto.
Aclaró el gusano dando un gesto de no saber más.
—¿Tú en qué categoría entras?
Preguntó una cuestión directa, la cual le hizo dudar.
—Es una buena pregunta, soy alguien astuto pero me arrojaron por la borda.
Soy alguien confiable, astuto con cabizbajo.
Aclaró, haciendo a Raquel meditar sobre la estructura social, está se asimilaba al convento donde dependiendo del rango tenías más libertades, derechos.
—No puedes marcar a todos como si fuera una estructura malvada que elimina toda esperanza de rectitud.
Protestó, tratando de evocar a un sentido más optimista según su vida en el convento.
—En ese tiempo cuando era pequeña y el mundo era un vasto misterio lleno de tesoros secretos… Yo me dedicaba a aprender y cultivar por medio de trabajos, prácticas que se basan en los mandamientos.
Incluso me… tengo muchos recuerdos… Su aclaración de los hechos se volvió en unos susurros que la abstraen con gran dolor.
En su niñez y juventud recordaba que de todas las cosas vividas, habían detalles que no había pensado con notoria claridad.
Fue cuando se aclaró la jerarquía que llevaban a cabo en el convento, muchas veces las monjas actuaban déspotas y formaban a una perfección inexistente, ya que siempre los de más abajo solían recibir lo peor, sobre todo cuando aquello se posaba en personajes específicos que no repetían patrones negligentes, si no que adoptan posturas más peculiares que hacían mirar al resto a otro lado.
Una de estas eran las serpientes que aquellos débiles liberaban para dañar al sacerdote Liam quien debía castigar a quienes soltaban las serpientes seductoras.
Aquella noche fría en los dormitorios, se oía a los comulgantes patrullar moviendo los inciensos que se entre mezclaban con el aroma de la madera húmeda y el ocasional orín, donde ocasionalmente alguno aún se mantenía llameante pero aquella luz no resultaba en la mínima pizca de piedad alguna.
— … En sus oídos podía percibir el retumbar de los pasos de las monjas moviéndose con coordinación inquietante, era el momento de mayor pánico, cada paso podía significar el castigo, cuando su andar cambiaba es que habían encontrado la puerta de gruesa madera, preparándose para escoger a un pequeño pecador que dejó escapar aquellas serpientes invisibles.
—…
Recuerdos… Recuerdos… Murmuraban sin coherencia las cabezas, hablando sobre si mismas con desaires amargos, el gusano se giró al notar que la gran mujer se demoraba en moverse más y más.
—…
Uno ha vivido incontables cosas, entiendo eso.
No lo comparto, ni me pongo en tus zapatos.
Hablo fuerte, viendo que la mujer parecía volver en sí.
—Muévete y luego en la oscuridad puedes llorar.
Dijo con un tono frío y directo que repercutió en ella, quien en silencio sabía que no podía actuar como si las cosas de su infancia le molestarán ahora.
Sin embargo, viendo al gusano marcharse a la entrada del puerto.
Se dio fuerzas para moverse, aquella habitación ya no existía, solo en su mente al igual que Liam quien daño a tantos que consideraba débiles.
Por su parte dejaba de pensar en ello, ya que ahora era otra persona y además tenía la misión otorgada por los celestiales.
—…Se me ha dado una tarea importante… Murmuró para ella misma pensando aún, Raquel podía escuchar el sollozó de uno de los rostros que parecía tratar de ocultar su pena.
Sabía que aquellos gusanos en sus laterales eran una marca viva en el mundo para abrirse ante el resto, dejando en claro su devoción por los mandamientos.
—No elegimos nacer, no elegimos vivir, ni morir.
Pero ante la voluntad celestial debemos abrir nuestra piel y superar cualquier dolor mortal con el fin de exponer nuestra verdad al mundo.
Pronunció mirando al cielo carmesí con tonos negros y verdes, no aguardaba ser respondida por la bendita luz, solo el silencio que necesitaba para demostrarle que aún debía completar muchas tareas antes de acabar.
Retomando su avance a partir de aquel punto viendo lentamente la marejada brava que golpeaba el hormigón y piedras talladas por la constancia del mar negro, este arrojaba basura o muerte a los suelos del puerto en un signo recurrente de odio que se había vuelto eterno.
El gusano sabía lo que se sentía terminar siendo pisoteado y devorado por aquellos cerdos morbosos pero sabía que era una lucha interna que se mantendría ardiendo en su alma.
El agua salada, estaba envuelta en el sabor de inmundicia y metal pesado, era ahí que veía las antiguas botas marinas que trabajaban de manera aberrante, azotando sus demacrados cuerpos curtidos por el odio del mar para que nunca tuvieran que ser reemplazados por la fatiga, los pistones nunca dejaban de arder siguiendo con la tarea de mantener con vida los motores que bramen día y noche gracias al odio del mar que lleva siglos sin dañarlos.
—Gusano.
¡Hey!
Gusano.
Responde.
¡Gusano!
Gritaba la gran figura casi acostada por el estrecho pasillo.
— ¿Para dónde vamos?
Preguntó la abadesa agachándose para pasar por debajo de los incontables mecanismos y tuberías hidráulicas que alimentaban ese complejo abandonado por la mano de Dios y sus creadores.
—Vamos al circo, para ello debemos entrar al territorio del asombroso Solimán.
Expresó como si aquello le emocionara en gran medida.
—Podríamos haber ido directo, cruzar el territorio de los Fernández y estaríamos ahí.
Habló fuerte para que esté le escucharán mientras buscaba abrir la vieja puerta de metal.
—No entiendes, nadie puede entrar así no más así territorio y nos llevarían ante esa basura que podría reconocernos… Expresó algo molesto y distraído, sus pensamientos se arremolinaban en cómo habían sido traicionados y usados como desperdicios.
Teniendo miedo de no saber cómo actuar ante su propia sangre estúpida.
—¿Hay guardias o algún cabecilla que pudiera meterte en problemas con solo verte ahora?
Preguntó mientras empujaba el metal chirriante que dejaba la marca de sedimentos en su lugar de guardia.
Al abrir la puerta el sonido fue aún peor, pero estaban obligados a entrar, las olas embestían como si fuera una muchedumbre que arrojaba basura pero a su vez como un gigante implacable que trataba de llevarlos a sus fauces.
Al entrar a la habitación, fue seguido por la mujer, empujando de regreso la puerta metálica, asegurándose que pareciera no haber sido usada por nadie.
Ahí el sonido era insoportable ya que era donde estaba la primera sección de motores que se movían al rojo vivo, arrojando fuego y chispas en su trabajo titánico, lo que iluminaba la habitación que estaba cubierta de años de olvido pero los motores expulsan ondas de esfuerzo marcando por exhalaciones hirvientes.
Trataron de hablar pero no fue posible por lo que se hicieron señas para solo seguir mientras se cubrían los oídos.
Lamentablemente para el gusano eso no era muy posible al no tener oídos.
Cruzaron la primera puerta cambiando de habitación en habitación de maquinaria vieja muy compleja para el conocimiento actual.
Entre todas las salas de máquina, habían llegado a una distinta, tenía consigo una forma extraña a lo extenso de esta, la siguiente puerta era más como una pesada bóveda con las murallas eran gruesas, como las propias puertas que eran difíciles de mover, sin embargo el esfuerzo concede una recompensa grande al estar ahí, ese esfuerzo valía la pena al no haber nada en ese lugar, solo había un pasillo con un suelo cuadriculado, polvo que cubría el suelo y algo de mobiliario escaso.
Sus pasos resonaban en aquel vacío inquietante.
—Así que… habías dicho que te podría reconocer.
¿Quién es?
Aquel que deseas acabar por ser un insulto a la razón… ¿Quién es tu enemigo jurado que te daño tanto?
Preguntó ella con aires de querer desentrañar parte del pasado del gusano, mirando fijamente a quien hizo sonidos molestos por tener que explicarle o tan solo pensar sobre Azai.
—Veras… Yo… Yo lo perdí todo cuando esto de los Hernández ocurrió, aquí fue donde me volví lo que ves ahora.
Le costó empezar pero estaba dispuesto a abrirse un poco a ella sin revelarle toda la verdad para conocer su verdadera identidad.
—Veamos… Murmuraba para sí, observando las paredes rayadas y todo lo que habían hecho en momentos de aburrimiento antes de aparecer y desaparecer en el pueblo.
Lo único que se escuchaba a la distancia era su movimiento en la nada.
Esto les tomaría tiempo en llegar al lugar de los Hernández.
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