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El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 Desastre desastroso
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29: Desastre desastroso 29: Desastre desastroso El gusano lideró la marcha, pero cada paso era una coreografía del horror más patético por haber tardado tanto en aquel lugar.

No era solo dificultad, era el sonido de algo que se desprende.

Un sonido roto y húmedo, un rastro de algo que ya no le pertenecía.

Se detuvo ante la puerta que conectaba al mercadillo, no por aguardar por su compañera, sino tratando de mentalizarse y obligarse a hacer aquel desafío que tenía adelante pero la abadesa no se movió.

Raquel había perdido aquella mirada inexpresiva que atravesaba la carne.

Ya no era aquel ser cruel con devoción retorcida, solo lo miraba con una mezcla de náusea y una tristeza que pesaba más que su propia armadura de quitina.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

Su voz vibró, rompiendo el silencio gélido de la caldera.

— Podría haber ayudado… haberte sostenido para que pudieras estar seguro.

Silas no respondió de inmediato simplemente dejó escapar aire como si la ironía de la situación le estuviera golpeando una vez más para calmar por lo poco de conciencia que se había esforzado en conservar.

Sus apéndices digestivos, antes frenéticos, apenas temblaban bajo una capa de baba cristalizada que parecía querer sellarlo en vida.

Se giró con una lentitud de bisagra oxidada.

—¿Qué pasa?

Muévete.

Escupió las palabras como si fueran el medicamento más malo en la despensa de un matasanos, pero la voz moribunda habitual le salió rasposa, como si tuviera lija en la garganta.

—¿Acaso no te ves?

Raquel señaló el suelo.

No era solo sangre.

Eran jirones de esa membrana que él llamaba cuerpo, pegados al hielo como papel mojado.

Silas se estaba descalzando de su propia carne.

—Se que soy feo como el trasero de un borracho —Cuánto más vas a fingir.

Te estás quedando en el camino, trozo a trozo, y actúas como si fuera un truco de magia, lo que has dejado atrás jamás volverá a ti.

Resopló con disgusto la mujer buscando hacer entender al gusano que su distorsionada mente debía acabar de asentarse para seguir adelante —Son gajes del oficio.

Tú más que nadie debería saberlo.

Dijo Silas arrojando la primera piedra filosa a la persona de Raquel, está sabía perfectamente lo que quería decir al mencionar esas ásperas palabras.

Ella era culpable como de la banda de la ola roja de su propia muerte y de incontables vidas a cambio de dinero por una tarea que se salió de control.

El gusano por un segundo, pudo sentir como aquella máscara de metal y hueso parecía dejar de ser parte de el y empezaba a pesarle toneladas.

—El espectáculo debe seguir hasta que el telón caiga.

No seas una espectadora difícil, Raquel.

No te queda bien.

Expreso con enfado el gusano,disgustado profundamente a la mujer.

La cual pese a ser ella que busca hacer entrar en razón a lo que alguna vez fue un hombre.

Era ella la que está siendo cuestionada.

—¡El telón ya cayó, Silas!

¡Debes entender que tanto está vida como la otra no son un juego!

Rugió ella, dando un paso al frente que hizo crujir el suelo congelado.

—Te han mutilado, te han quemado, te han partido a la mitad… Su voz parecía más a una frágil hoja de papel que la habitual voz de autoridad que solía tener.

—¿Y para qué?

¿Para llegar a un mercado de ratas?

¡Si sigues así, lo único que llegará a ese circo será tu máscara vacía!

La desesperación de Raquel no era solo por él.

Era el pánico primario de quien ve a su único lazo con la cordura desintegrarse.

Si Silas moría, ella se quedaría sola con los gusanos de sus costados y sus recuerdos de monja, pirata, o más bien de humana.

—El telón sólo cae cuando no queda nadie mirando.

Respondió Silas como si resoplara amargamente, y esta vez hubo un destello de furia real en sus ojos negros.

—Mientras tú me miras, yo sigo en escena.

Soy solo un gusano más en todo este lugar, soy un bufón o fenómeno que resguarda la conciencia de los demás con su sufrimiento, el hombre que no puede morir porque no tiene nada por lo que vivir.

Su voz se descascarada con cada palabra en el frío impío que quedaba en la habitación.

—¿Entiendes eso, mujer de fe?

Solo soy lo que tú ves.

Si dejas de mirar, dejó de existir al igual que en lo que tú crees que eres, nunca fuiste nada para tus fantasías religiosas, solo está en nuestras mentes.

Añadió gruñendo como una bestia que se desangraba lentamente luego de haber caído en la propia trampa que había puesto.

—¡Mientes!

Le espetó ella, negándose a creer que la única oportunidad de encontrar valor a su existencia ahora no era más que un simple momento de autocompasión.

—Hablas como cirquero, luego como porteño, luego como un mártir.

¿Quién eres, maldita sea?

¿Quién queda ahí dentro detrás de todo este cuero podrido?

La pregunta golpeó a Silas más que cualquier cosa, había alcanzado lugares donde el brujo pudo llegar.

—…

El silencio que siguió fue más opresivo que el aire gélido.

Silas dio un paso hacia ella, pero su pierna falló, obligándolo a apoyarse contra la puerta metálica.

El contacto del metal congelado con su carne expuesta hizo que un siseo de dolor escapara de sus dientes.

—Soy lo que dejaron de mí… al igual que tú te volviste y rechazaste… El logró responder con susurros, y por un instante, el bravo de puerto desapareció.

—Una colección de restos que se niega a ser enterrada.

Y tú… tú eres una pirata que juega a ser santa porque le tiene miedo a la oscuridad de su propia alma.

¡Acróbata manco!

El insulto fue absurdo, desesperado, un manotazo al aire.

Silas pateó el suelo con la pierna que aún le respondía, un berrinche de un hombre niño atrapado en una pesadilla de carne pestilente que se desgarraba y trataba de recuperarse en aquel residuo de frío mortal.

—¡Salgamos de aquí!

Bramó él, aferrándose a la manivela de la puerta.

La membrana de sus manos se quedó pegada al metal, arrancándose al tirar, pero no soltó.

En cambio apretó resquebrajando lo que se había adherido de él mismo y se esforzaba en liberar.

—¡Lleguemos al condenado circo antes de que me olvide de cómo se camina!

Añadió soltando una risa cruda, no por la máscara sino por su propia voz.

—Gusano, no me importa.

Quiero que te muevas o no llegara nada de ti.

Habló con frialdad, sabía que el autoengaño era evidente en ella pero no le quedaba más que aceptar sus fantasías y dar continuidad a esa nueva asquerosa vida que le había tocado.

—Ve a morder a alguna mosca, yo me encargo.

Gruñó pero era demasiado tarde.

A diferencia suyo, la mujer se movía rápido en aquella habitación gélida.

Pudo sentir que está gran mujer sujetaba su cuerpo y lo arrancaba sin cuidado.

En sus manos, el resbaladizo gusano no hacía más que ser una baba que crujía ante el más mínimo movimiento, demostrando su fragilidad ante tales bajas temperaturas.

—Cuando dicen que estorbaba es que debes hacer caso..

Gruñó la mujer, sintiendo que los coágulos de icor negro que caían del gusano quemaban más que antes, algo que debería haber predicho pero que trato de ignorar, dejando al gusano sobre su espalda.

—Cuando lleguemos a ese lugar te daré tantos sermones que hasta los celestiales se aburrirán de presenciar tal reproche.

Gruñó la mujer tanto por el dolor que le provocaba el gusano como la fuerza que ejercía sobre la puerta recubierta de hielo, pero ante la insistencia de esta para abrirla logró aflojar entre rechinidos lentos.

—Prefiero que me hagan de hombre bala que escuchar tanta basura de religión.

Gruñó el gusano que vio como los gusanos de los laterales se acercaban para escupir palabras contra él.

—¡Blasfemo!

¡Impío!

Brotaban palabras religiosas ante su negativa.

—Si que es duro tener un público tan difícil… En el circo espero que te dejen un espectáculo aparte.

No quiero oír tanta patraña de la fe.

Dijo estirándose sobre el lomo de la abadesa, tratando de evitar salpicar a la mujer con lo que debía ser sangre, ya que está le quemaba sin cuidado.

Este agradeció el gesto en su mente, pensando que no quemarla sería la mejor forma de transmitirselo, ya que si lo dijera sería una acción rara.

—¿Desde cuándo eres un hereje pagano que no cree en los celestiales?

Gruñó apretando los dientes la abadesa, considerando arrojar al gusano al centro de la habitación para que se volviera una estatua más o más bien una alfombra si es que lo estiraba.

—Como si me fueran a castigar… Reclamo el cuero ante el reproche de la mujer por su actitud.

Esta no quiso decir nada, tratando de sentar su fuerza en la puerta bloqueada que en su compañero que nunca podría hacer callar.

—…

Ella con un impulso firme consiguió finalmente destrabar la puerta que crujió como si estuviera oxidada para liberar una atroz bocanada de carne podrida, excremento y un sin fin de olores propios de la falta de higiene.

El aire parecía entrar en nubes pestilentes como otras gélidas que no se tocaban al haber habitado mundos diferentes.

Pero a medida que se conocían, la diferencia entre el aroma de muerte y putrefacción se volvían uno.

—Gracias Santa Marta por traernos de regreso… Dijo este, aliviado por el aroma y el aire cálido como encerrado en el mercadillo.

Este funcionaba tal cual, vendiendo alimentos rancios, mal elaborados.

Rameras de poca clase que a un costado llamaban a los callejones para dar sus servicios o ejecutar a algún que otro cliente por más dinero o algún disgusto.

—Bueno, es bueno que volvamos… se ve todo normal… Murmuró ella mirando cuidadosamente a su alrededor.

—Por cierto es Martha.

No Marta, más respeto con una santa.

Este solo le pudo ver maldiciendo que todo religioso tuviera el atino a corregirlo.

Además de asumir que la mujer era de palabra y estaría diciéndole una y otra vez cosas.

—¡Monstruos!

Alguien gritó aterrado, lo cual desencadenó una serie de alaridos en improperios ante lo que sus ojos observaban.

—Carajo… Murmuró Raquel mirando que no portaba nada que la cubriera si cuerpo bestial enorme, a su vez se veía avergonzada por no llevar nada, reflejando cierto pudor temiendo lo que ocurriría.

Pero un movimiento detrás suyo le dolió, el resbaladizo y ágil movimiento del gusano sobre la quitina dañada se hizo notar hasta que un sutil peso desapareció con una piruleta limitada con el fin de no volver a partirse en dos.

—Cuidado al hacer eso.

Y cuida las cosas, es mi turno de salvar nuestro pellejo.

Expresó el gusano apuntando en pararse y mostrar el medio hombre que era ahora para centrar la vista en su grotesca figura.

—¡Damas y caballeros!

¡Niños y niñas de todas las edades…!

Empezó con su voz muerta fuerte como un trueno que vibraba en el aire en aquel mercadillo lleno de basura y panico.

—¿Alguna vez han visto un circo?

Un lugar donde hombres y mujeres arriesgan sus vidas para darle vida a la suya?

El público parecía dudar un instante, viendo con confusión y horror a ese grotesco ser que debía ser obra del mal.

El gusano dio vida a lo que hablaba con posturas elaboradas con su cuerpo flexible pese a estar destrozado.

La abadesa vio esto como una oportunidad para rebuscaba tela para cubrirse y guardar el tesoro que había obtenido con el gusano que le dejó en el lomo.

—¡Escuchen bien!

¿Conocen a los trapecistas?

¡Gente que salta y hace piruetas en un pelo…!

¿A los pirómanos?

¡Estos dementes que viven en llamas…!

¿A los escurridizos magos?

Magia permitida por la iglesia… Aclaró aquello de los magos antes que se les pasará por la cabeza quemarlos por herejes.

La gente ya no tenía, estaba interesada en aquel vomitivo ser que hablaba de cosas extraordinarias y se movía con una soltura escalofriante.

—¡Sean los primeros en ir al circo y conocer todas las maravillas y sorprendanse con los fenómenos, incontables seres que los asustaran, confundiran y darán risas a montones con su acto de fenómenos!

La multitud dejó de dispersarse y en cambio se aglomeró en grandes cantidades para oír con total emoción lo que les proponía aquel fenómeno.

—Lo hace muy bien para estar loco… La abadesa murmuró ya con su cuerpo cubierto, si bien no eran telas negras del todo, cumplían la función de evitar que alguien se espantase de golpe.

De la misma forma que la gente venía ella vio que incontables matones y jirones aparecían y desaparecían llamando a más personas de mala clase.

—Esto es un problema… Apenas murmuró, tratando de acercarse al gusano cuando gritos comenzaron a extenderse por la multitud, al parecer los matones de los Hernández habían empezado a disolver a quienes venían a ver los fenómenos.

—Estamos en problemas, ponte esto.

Dijo Raquel observando sobre la marea de cabezas con sarna y caspa.

—Si, el anfitrión del circo me tendrá mucha envidia cuando se entere que la gente entra al circo por mi.

El gusano río con fuerza junto a su máscara, viendo la expresión inexpresiva de su compañera que parecía mostrar tintes de preocupación.

—Es momento de apurarse… compremos unas cosas y vamos al circo.

Señaló caminando de manera graciosa en el suelo de mugre y adoquines de siglos pasados.

—¿Qué?

Expresó fuerte la mujer confundida ante la idea del gusano.

—Confía, salí por cosas, al menos no volveré con las manos vacías.

No debería haber salido.

De hecho no sé cómo termine saliendo… ¿Por qué lo dije?

Expresó el gusano dejando en claro que la situación no se trataba de volver al circo, sino más bien volver y no ser pillado en el proceso, esto hizo que se llevará una mano a la glabela sintiendo que todo esto se estaba volviendo en una situación mucho peor de lo esperado.

—¡Alto!

¡Alto…!

Gritó un hombre fornido que apenas era un tercio de la altura de la abadesa.

Al igual que todos los otros, nadie supo qué más decir.

—¡…

Ustedes no pueden… No pueden estar aquí!

Gritó otro que por los nervios parecía estar apunto de vomitar, incluso pese a parecer ser quien más armado iba con un arma hecha con basura.

—¿Es eso cierto?

¿Quién lo dice?

Preguntó Raquel recorriendo cada rostro hambriento y sucio con la mirada inquisitiva de un verdugo.

—Debes decirle… Di algo… No huyas, debes decirle… Susurros entre los hombres estaban ahogados por el terror, ninguno deseaba morir o saber qué clase de horrores experimentarás antes de morir.

Por lo que entre ellos se peleaban entre gritos silenciosos para sacar a quien tuviera mayor rango.

A su vez la gente explicaba aquella figura enorme que recordaba a una figura religiosa.

Por su parte el gusano ya había conseguido un loro y otras cosas en múltiples cajas.

Todo prometido con un pagaré del guardia Rufus, era raro pero el fenómeno iba de puesto en puesto contando sobre aquel hombre castrado que le gustaban las ancianas sin dientes.

Ante el silencio mortuorio que provocaba Raquel, se avergonzaba de poder oír claramente como este divulgaba secretos de los guardias entre las rameras de los callejones.

—Y bien ¿cual de ustedes piensa empezar a decir lo que vienen a detener?

Hablo firme deteniendo la discusión silenciosa y haciendo que a muchos les diera un escalofrío sepulcral que amenazaba con ensuciar sus pantalones.

—Yo, juez.

Digo jueza… perdón.

¿Qué eres?

El hombre era joven y probablemente de alto rango debido a sus contactos, todos pero sobretodo el sintieron el peso de sus palabras como el filo de la guillotina, aterrados por aquella bestia colosal con el rostro de una mujer que se podría catalogar como exótico por sus rasgos finos.

—Soy la abadesa, un miembro del circo.

No quiero que interfieran con nuestro encargo o se las verán con el personal a cargo del circo.

Muchos se miraban confundidos, otros aterrados.

Nadie entendía qué era aquello del circo o del personal que tanto hablaba ese ser.

—¿Qué rayos es eso?

¿Un circo?

¿Qué es?

Un sin fin de preguntas surgieron entre el miedo, sobre todo ante la incertidumbre que deja pasar a una rareza por el territorio de las camarillas.

—Miren esto.

Dijo la mujer, observando a su alrededor un breve instante para luego realizar un sutil movimiento para sostener una rata que se movía a los pies como el resto de alimañas, está chilló.

Trato de roer aquella garra que lo sostenía sin éxito, dejándole indefenso ante su captor.

La mujer sacó una lágrima negra de su mejilla que bailaba desafiando con desbordarse hasta que estuvo en el lugar correcto.

Punto en el cual la dejó libre, un clavado con una caída perfecta que se zambulló en la cabeza de la rata que no tardó en reaccionar.

—…

Nadie entendió hasta que la rata con una mirada de horror no pudo evitar lanzar un único chillido de dolor que se mantendría con ella por el resto de su terrible existencia.

Su carne se expuso negra sobre el pelaje, mostrando un color enfermizo que se extendió arrancando toda muestra de vida.

Su venas se abultaron extendiendo la putrefacción necrótica mientras se retorcía, ya no volviéndose prisionero de aquel monstruo que lo capturó, sino de su propio cuerpo.

El silencio fue absoluto, salvo por los pantalones y trapos que eran vaciados, acompañando como una melodía a la voz de la rata que gritaba en terrible dolor mientras su forma dejaba ser reconocible y permanecía en un estado de sufrimiento que ninguno lograba dilucidar.

—¿Entienden ahora?

El mensaje fue claro, ninguno se atrevió a decir una palabra, empujándose para regresar a los asuntos propios, teniendo de fondo el sonido del gusano riendo y la abadesa dando por terminada de la rata con un pisotón con una de sus grandes garras bajo la tela.

—Así que… Ya te conocen.

¿No?

Murmuró el gusano dejando de ver el suelo y alzando la miranda a los ojos negros como el petróleo a la abadesa que le miraban con su habitual seriedad.

—¿Has terminado de chismear?

Sabes que los chismosos son castigados por tener la lengua maldita.

Gruñó la mujer, mostrando los dientes perlados como una forma de desprecio dándole golpecitos en la máscara para destacar que este fuera consciente de lo que le estaba hablando.

—Puedes meterte tu brida de la lengua en un pepino de mar.

Reclamo el gusano de mala gana.

—¡Impío!

¡Hereje sin valores al desconocer a los celestiales!

Gritó Raquel ante la respuesta porteña del gusano.

—¡impío!

¡Impío!

Repitió una voz estridente que estaba junto a las cosas del gusano.

—…No me digas…Simplemente eres un chiste.

Salió un lamento de boca de Raquel, quien observaba al emplumado imitador con su áspera voz.

—Se llama Loretta Lorenzino.

Exclamó el gusano orgulloso de su adquisición.

—Puedes decirme… ¿Por qué?

¿Y porque Lorenzino?

¿De qué sirve ponerle a un loro un nombre del norte?

Raquel se veía más molesta de lo normal, algo que confundió al gusano que levantó la caja donde estaba el loro.

—¡Loretta!

¡Loretta!

Decía el ave sacudiendo la pequeña caja en la que habían metido.

—Lo se Loretta, tu acto en el circo será de oro, solo ignora a los envidiosos… Este le habló a la caja que daba ocasionales chillidos en respuesta.

—…

La mujer calló, incluso los gusanos se mantenían en silencio procesando la situación.

—No seas aguafiestas, Loretta es una bella loro de los valles altos.

Dijo este viendo que la mujer se había callado por completo, sintiendo que se le había olvidado algo.

—¡Aguarda, eso es!

¡Loretta es del Valle Norte!

¡Es una norteña!

El cuero expresó enérgico demostrando una risa anormal que se juntaba a su máscara, todo esto por hacer lo que parecía un chiste para él.

La abadesa no aguantó, recogió algunas telas que el gusano había comprado y avanzó, dejando a este avanzando detrás suyo.

Al ver a su compañera tan decidida a avanzar, señaló al descenso de la calidad de vida en el lugar dentro de una espiral laberíntica que llevaba al borde del pozo, aguardando a ver lo que le deparaba el destino en aquel oscuro lugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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