El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 30
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30: Paquete entregado 30: Paquete entregado —¿Quién es?
Preguntó Loretta luego de varios chistes de toc toc.
—Nadie.
Respondió el gusano al recibir la pregunta.
—¿Nadie que?
Volvió a preguntar el loro sin necesitar que le digan las palabras que debía decir.
—¡Exacto!
Por eso el Nochero del cementerio salió corriendo.
¡Porque no vio a nadie y las tumbas se abrieron solas!
Respondió con euforia el gusano que tenía a la par con su máscara y el loro que había adquirido a reírse como su compañero de chistes.
—…Pueden tan siquiera guardar un momento de silencio… La abadesa suspiro ya con el ánimo destrozado luego de tanto malos chistes, dando miradas lagrimeantes de vez en cuando a su alrededor.
—¡Silencio!
¡Silencio!
Exclamó chillando el loro con moviendo de su cuello con gracia sobre el lomo de la abadesa, o más bien su cola que se escondía bajo incontables mantos roñosos.
Esto resultaba algo anormal para quienes transitaban en las empobrecidas calles de los barrios bajos, los cuales estaban atentos por el rumor que se extendió rápido como la última plaga.
Todos los ojos llenos de lagañas, conjuntivitis y cataratas estaban viendo con una sensación extraña, al ser una mezcla de horror, asombro y curiosidad.
Viendo frente suya dos figuras monstruosas avanzar en plena calle, ahogando cualquier susurro con tu temible forma.
El gusano era aquel que se movía fingiendo ser un hombre, su cuerpo era un manto de cuero podrido enrollado en sí mismo para dar una forma humanoide.
Por otra parte estaba la abadesa que por sí sola hizo temblar a todos los curtidos y sanguinarios malhechores de los Hernández que estaban listos para destrozar a quien se interpusiera en su camino.
—Ella, la que llora… La abadesa, ella ahuyentó a los malos… ¿Qué es eso?
Con solo una lágrima dicen que mató a cien hombres, que estos se pudrieron en vida hasta desaparecer… Apenas eran audibles pero de miles de bocas surgían nuevas historias de la temible abadesa que había aparecido desde todas direcciones y de ninguna.
—Por los celestiales… escucha tanta palabrería, es como si un Glossopsyrus estuviera suelto.
Gruñó la abadesa, realizando un sutil movimiento para pedirle a los celestiales resguardo para acabar con los rumores antes de que el mal se propague de forma virulenta.
—¿Qué es?
Preguntó el gusano, observando como la mujer miraba con molestia su intrusión.
—Nada.
Nada de lo que un mortal debe hablar o ese parásito tomará más víctimas.
Expuso con fuerza, sintiéndose un bramido silencioso peor que el rugido de una enorme bestia, con ello los susurros se callaron.
—¿Nada que?
Preguntó Loretta, hablando como si éste fuera otro chiste.
—Nada que sea procedente de los chismosos.
Expresó el gusano trayendo preocupación a la mujer que comprendió que el gusano merecía un castigo por saber aquello que debe ser ignorado.
—¿Cómo sabes que es producto de los chismosos?
Preguntó con furia Raquel, entre cerrando los ojos al ver al gusano que resultaba ser un sujeto de muy dudosa procedencia.
Por su parte el dúo río a carcajadas fuertes, aquellas risas ásperas fueron un despliegue de incomodidad para todos los que los observaban.
—…
La abadesa guardó silencio, sabía que no podía decir nada o hacer un espectáculo delante de tanta gente.
Estos caminaron desviándose del camino y entrando a un descenso ruinoso, este parecía un descenso improvisado para descender por pisos que se hundieron permitiendo descender criaturas grandes.
Los dos pasaron finalmente la entrada del pozo, sintiendo como el aire perdía vida y comenzaba a sentirse pesado bajo la mirada.
—¡Hey!
Que Mierda… Murmuró un hombre joven que tenía una vestimenta distintiva al resto de guardias, este se sacudió las manos pensando que decir ante esas cosas.
—Saludos… ¿Qué hacen aquí?
¿Cómo es que salieron?
Preguntó un hombre acercándose con precaución mientras las bestias estaban avanzando.
Este era joven, inexperto y nunca había visto algo tan espantoso como un fenómeno a la luz.
Solo su presencia tras el manto de la oscuridad.
—Es bueno que esté esto.
No sé cómo serán los otros Tullugal pero sería incómodo haber pasado por los salones comerciales que ofrecen los Hernández.
Ya sabes todo eso y el poco espacio.
La mención del nombre del laberinto viviente del pozo fue la gota que descolocó a la mujer, haciéndola perder la confianza por completo en el gusano.
—¿…
Qué dijiste…?
Chilló la abadesa con el estruendoso grito de sus gusanos que salieron desde bajo la tela demacrada que la cubría.
—¡Joder!
Gritó el hombre cayendo, ensuciando tu tosca ropa y despeinado su cabello ceboso —¿Qué te pasa?
Solo dije que era bueno que estos pisos de viviendas se aplastarán y dejarán el descenso para cosas grandes.
Explicó el gusano, dando una señal con la mano al cuerpo de la mujer, el cual no sabía porque ahora se alteraba tanto por algo tan obvio.
—¡No!
¡No!
¡El nombre del lugar!
Estaba fuera de si, estaba horrorizada y deseaba haber escuchado mal aquel condenado nombre.
—Ah, pues es el circo…el pozo.
Y bueno, también se llama Tullugal.
Aquella última palabra fue un detonante atroz que líquido toda sensatez.
—¡Tullugal!
¡Tullugal!
¡Tullugal!
¡Tullugal!
Gritaba nuevamente el ave al oír la nueva palabra, dando un chirrido alegre.
—¡Gusano maldito!
¿Qué sabes de la demonología?
¿Que ofreciste para encerrarme?
Las compras volaron, desparramando la tela sucia y deshilachada quedando regada en el suelo de hormigón trizado, Loretta voló hasta el hombro de uno de los guardias que dieron unos pasos sin saber si intervenir o no.
—¡Hey!
¡Alto!
Gritó el joven guardia mirando al resto que tenían la misma expresión de confusión y miedo.
Esta se arrojó como fiera contra el gusano, sus garras daban embestidas contra este que apenas las esquivaba.
—¡Traidor!
¡Hereje!
¡Me engañaste!
¡Traidor!
Gritaba con dolor la abadesa dando golpes a la máscara que crujía ante la fuerza, por su parte el gusano solo sonaba húmedo, su sangre ácida salpicaba lentamente provocando un suave sonido de fondo.
—…
Nadie se atrevió a meterse, ya que parecía que cualquier intento de diálogo era inutil, no solo por ser ignorados al momento de hablar, los movimientos brutales de la mujer que azotaba lo que fuera el cuero, no era más que un sacrificio sin sentido.
—Llama a alguno de los viejos… Murmuró el muchacho acercándose a una compañera regordeta.
Mientras el gusano era arrojado al borde del pozo.
—…
Esta estaba absorta al igual que el resto, pero nadie podía o quería mover un músculo a no ser que aquellos se acercarán.
—¡Rápido!
¡Qué esperan!
¡Agatha!
¡Thomas!
¡Juan!
¡Los quiero que se muevan ahora, antes de que terminemos en el fondo del pozo!
Rocio el joven, haciendo que se le marcarán las venas de cuello y su color pálido se volviera en un rojo brillante.
Los demás guardias apenas lograron asentir, emprendiendo una carrera en búsqueda de los viejos que quedaban.
—¡Traidor!
Un grito desgarrador lleno de pena salió de las fauces de la abadesa, está bramia como una bestia que había llegado al extremo.
Sus lágrimas brotaban a borbotones y los gusanos serpenteante en el aire de manera caótica.
—¡Jorge!
¡Que está…!
¡Que Mierda es esa cosa!
Andrea apareció pronunciando el nombre del joven, su carne estaba hecha jirones retorcidos que se sostenían por vendas algo nuevas.
Junto a ella ayudándola estaba Agatha que se veía notoriamente nerviosa.
—¡Vieja bruja!
¡Yo voy a saber qué es lo que ocurre!
Esas cosas parece que vinieron solas al circo pero de la nada pelearon!
Respondió Jorge con miedo, abriendo sus ojos permitiendo ver su color castaño claro.
La mujer abrió los ojos con horror, no por presenciar a los fenómenos pelear, sino que la presencia del asqueroso gusano y su mordaz lengua.
El aire era denso y cada vez se acentuaba como la oscuridad que se arrastraba como pequeñas alimañas a su alrededor.
—¡Gusano!
¡Gusano!
¡Déjate de juegos!
Gritó tratando de llamar a este con el fin que terminara sus tonterías.
Esto llamó la atención de gusano que se volteo a la mujer leprosa —¡Andrea…!
Apenas pudo decir antes que un manotazo la azotara contra la pared detrás de aquellos guardias.
—…Veo que sigues casi entera… ¿Cómo te ha ido?
Yo he estado como una trucha fuera del agua.
Exclamó con tranquilidad el gusano que ha vuelto a caer pero ahora cerca de los guardias.
—…
Pensábamos que te habías muerto… pero estabas… ¿Dónde habías estado?
La mujer gruñó, mordisqueando lo que le quedaba de labio superior.
—Por un condenado… Déjame entender… Se apartaron cuando la abadesa arrojó restos del suelo contra el gusano que sonó como una esponja viscosa.
—¿Porque mierda volviste?
Gritó la mujer sujetándose la cabeza por el dolor que este fenómeno anormal le provocaba.
Por cada acción irracional, no obstante este hablaba casi normal y no divagaba como era de costumbre cuando no consumía la basura que usaban polvos raros.
—Maravilloso, no tengo dudas de que es algo aceptable para la colección.
Habló extasiado el domador, viendo cuidadosamente a esa criatura que nunca había visto en su vida.
Un grito intenso llamó la atención de todos, dándose cuenta que la oscuridad había tomado gran parte de la habitación.
—¡Abominación del abismo!
¡Tu existencia es un error por la corrupción de los abismos!
Dio un intenso bramido la abadesa que era sujetada por la propia oscuridad que se extendía como garras codiciosos.
—Así que cumpliste con tu tarea de traerme un cambiaformas.
Expresó el domador quitándose el sombrero, demostrando un clavo de metal viejo que tenía unas escrituras curiosas, pero que silenciaron a la abadesa, dejándola inexpresiva.
—¿No crees que estás siendo ridículo?
Soltó el anfitrión en un resoplido al ver al domador quien se enteró por los guardias de la llegada de fenómenos.
—¡Ridículo, ridículo!
Repitió Loretta con entusiasmo, cómoda en las enormes garras del domador que parecía emocionado con tal pequeña criatura.
—¿Ves que te imitó?
Espléndido.
Reaccionó repentinamente la criatura con entusiasmo.
—¡Ciertamente le veo mucho potencial!
Añadió la pequeña figura del maestre de ceremonia que se arreglaba el bigote.
Este observaba atento con sus cuencas vacías con cierto júbilo que escondía bajo su habitual sonrisa.
—No hablarán en serio… Dijo el anfitrión con su alto porte, este no siguió debatiendo con los demás ya que sería ilógico de su parte discutir con lo irracional.
—Bueno, al menos tienes eso… sea lo que sea ese fenómeno.
Dijo el anfitrión señalando a Raquel que observo de manera fría que incluso el personal de circo sintió un escalofrío.
—¡Excelente!
¡Sin duda es brillante!
Apruebo está adquisición.
¿Esta cosa es para el vendedor de dulces?
El anfitrión pareció complacido, apenas acordándose de un recuerdo vago de su otra parte.
—Soy abadesa.
No eso.
La abadesa dijo de forma seca, sin duda era alguien que no estaba para humor.
—No eso.
No eso.
No eso.
Repitió la voz del loro jugando en las manos de domador, si bien no era algo como un doppelganger, su aspecto relucía en emoción por lo lindo que era.
—¡Qué encantadora criatura!
¿Deberíamos iniciar un espectáculo para ella?
Exclamó la criatura mirando a sus contrapartes con entusiasmo.
—El resto es muy simplón para ella.
El Maestre expuso rascándose la barbilla con sus grandes manos.
—Pero yo soy igual de encantador.
Respondió el Gusano colocando una pose teatral.
—Claro que no.
Dijo el domador perdiendo aquella extraña similitud de alegría que tuvo hace un momento.
—me agradas chico pero no tanto Murmuró el maestre con franqueza, moviendo la mano como si no estuviera muy seguro de la respuesta.
—No.
Gruñó Andrea, quien desde lejos levantó la mano en señal de insulto, esto fue repetido por el gusano en silencio.
—No Pronunció el anfitrión, sin entender bien aquel gesto con la mano.
—Bucaneros de agua dulce, en fin, hablando de dulce.
¿dónde está el que me encargó esto?
Mencionó el gusano agitando la bolsa sucia del alcantarillado que habían sacado de las alcantarillas.
—Ese idiota dudo que te pidiera eso, pero te llevo a el.
Ahora.
El anfitrión gruñó al gusano.
Los demás se mostraron escépticos por el tipo de golosinas que habitaba probar el vendedor de dulces.
—¿Qué?
No, debo buscar al carroñero.
Tengo algo para él.
Protestó el gusano pero sin previo aviso fue tragado por la oscuridad, seguido de los objetos esparcidos en el lugar.
—Asi que en cuanto a ti… ¿Qué podemos hacer contigo?
Dijo el anfitrión, tomando una pausa tranquila ahora que el gusano se había marchado.
—No es parte de nosotros o similares, es como algo nuevo… tal vez deberíamos hacerla parte de mi colección.
Comentó el domador dudando de la complexión de aquella criatura que nunca había visto, no obstante era un ejemplar único que deseaba tener.
—No.
Dijeron ambos al domador.
Quién pareció querer decir algo, ya que sus colores se volvieron agresivos pero Loretta repitió también la palabra no, por lo que se quedó callado murmurando a esa pequeña criatura tan interesante.
—Soy la abadesa y no podrán hacer nada contra mí.
Los celestiales resguardan mi alma, soy la espada del celestial y haré arder los abismos.
Los tres guardaron silencio, no obstante el maestre que guardaba silencio formó un puro que encendió con un chasquido, dando bocanadas de aire.
—…
Arder… Arder… No me parece una luciérnaga.
¿Qué opinan?
Dijo el domador dudando ante su especialidad, como si esta criatura fuera un desafío.
Los guardias se retiraron finalmente, aunque algunos con más prisa, ya que parecían haber estado escuchando las conversaciones.
—Maravilloso, déjenme este escarabajo para mi.
Se cómo hacer una función ideal para ella.
Expresó con júbilo el maestre, dejando escapar el denso humo.
—Me rehusó a servir a seres abismales como ustedes.
Moriré luchando por la luz.
Gritó la abadesa con furia, forzando aquellas garras que habían estado sometiendo su cuerpo.
Estas a duras penas la controlaban pero ella no pudo hacer nada más.
—Cariño, no quiero que te unas a la oscuridad… quiero que ilumines.
¿Entiendes?
Murmuró el maestre para la mujer sonando como un embaucador, este hombre pequeño no parecía nada ante aquella criatura de unos cuatro metros fácilmente.
Pero la abadesa por la manifestación que apreciaba de este, era una criatura de temer.
—No caeré en tus asquerosos trucos.
Protestó con mirada fatal, apretaba los dientes con bestial odio, seguida de su mirada y aullidos nacidos de los gusanos atrapados bajo las garras provenientes de la oscuridad.
—No es engaño, desde las profundidades quiero que seas una llama de esperanza.
He visto que cuando hay cierto contraste… Todo se vuelve más… interesante.
Este trato de sonar agradable, incluso honesto aunque no lo parecía acompañado de una sonrisita pícara.
Raquel sabía que con seres corruptos no podía negociar o hacer tratos, pero estaba en una situación desastrosa.
—…
Yo quiero ayudar a guiar a los descarriados.
Cuando vea que no son más que un gran fraude me marcharé.
Expresó la mujer con orgullo como si mirara un pelotón de la muerte con coraje ardiente.
Al domador le parecía extraño que el maestre hubiera cambiado tanto como para ser más sociable o demostrar empatía con algo.
—Desde luego, aquí están todos muy descarriados.
¿Quieres uno?
Ofreció el maestre, pero fue rechazado por la mirada.
Este expulsó una brisa de humo denso una vez más, se sentía complacido.
Mientras, los brazos descendían haciendo desaparecer a la gran mujer.
—Harás lo mismo de la última vez.
¿No?
La risa que dio el maestre fue estrepitosa al ser descubierto por el anfitrión.
No obstante el domador no sabía de qué hablaba ese dúo, ya que se había perdido gran parte de los sucesos.
—No, esto será mucho mejor.
Expresó con satisfacción, recordando aquel juego que había ocurrido tras bambalinas.
—¿Qué fue lo que hiciste?
¿Hiciste aquello que te dije que no hicieras?
Preguntó el domador, deseando conocer más a fondo lo ocurrido.
—¿Sabías de sus dramas?
Expuso con asombro el anfitrión, observando impactado a los dos.
—…No exactamente… Murmuró el maestre.
—Claro que era por los temas de los dramas internos, no puedes hacer que los insectos forman colmenas para agotar las y pensar que… Este fue interrumpido, no por un movimiento, sino que una perturbadora sincronización,donde el domador perdió el sombrero por el actuar del anfitrión y luego el maestre dio un golpe limpio a la pieza de metal clavada en su cabeza, provocando un daño notorio que desencajó la expresión de la máscara que tenía de rostros.
Este se estremeció doblando su propia imagen.
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