El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 31
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31: El regreso a casa 31: El regreso a casa El Tullugal parecía temblar de nuevo.
Pero estos sismos no eran como el que sintieron hacia un tiempo, esto era un retumbar sonoro en la oscuridad ante el eco de las propias sombras que se movían en esta de manera hostil.
Los nuevos por su parte se notaban más inquietos tanto por cómo habían llegado los nuevos luego de la segunda entrega pronosticada con anterioridad.
—¿Por qué?
¿Por qué?
Exclamó asustado en pánico un hombre con el cuerpo quemado.
—Calla cobarde, es algo que suele hacer.
Murmuró una voz en la oscuridad.
Esta atrajo la mirada de todos los hombres que estaban con formas extrañas pero sin duda alguna habían sufrido incontables quemaduras que les deformaba el cuerpo cada vez mas.
—…
Pero… por favor haz que pare… Suplico uno de estos a su compañero pero hasta él sabía la respuesta.
Algunos sollozaban como niños pero la situación era clara y debían avanzar.
—¡Deben hacerlo con más gracia!
Rugió la voz áspera desde la negrura haciendo que estos se soltaran en su forma de caminar, haciendo que la oscuridad recibiera quejidos y lamentos al forzar sus cuerpos destrozados.
—¡Sonrian!
¡Tú!
¡Esas piernas deben hacer un brinco juguetón!
¡Vamos!
Dio más gritos por los resultados improductivos.
—¿Qué más quieren….?
¿Qué más quieren…?
Uno de los que le quedaba algo de su cabello rubio exclamó sucumbiendo al dolor.
—¡Nada!
¡Esto es el circo y debemos cumplir con nuestro propósito para no morir!
Gruñó el hombre revelando su mirada que había perdido su brillo pero conservaba aquellos ojos verdes característicos.
Tras de este se iluminó el camerino, o más bien lo que parecía un salón donde incontables hombres se preparaban para un espectáculo que les arrebataba una parte de ellos cada vez más profunda.
—¡Eso no es vida!
Dejen que se acabe esta agonía… Sollozó uno de ellos mientras volvían al camerino, ninguno quería ver el cuerpo destrozado de aquel hombre que estaba carcomido por las llamas y cenizas como una nueva piel que conservaba el calor y resguardaba aquel rancio y húmedo interior cálido de visceras.
—Vida… ¡No hay en ningún lado vida!
Respondió con dureza.
—¡No fuimos nada antes, ni después!
¡Creen que por conseguir un lugar alto podrán vivir!
Añadió agitando su mano huesuda con furia controlada.
Algo de humor escapó de sus fauces perfectamente retorcidas.
—Calma vieja luciérnaga, no quiero que brilles aún, falta mucho para el quinto acto.
Comentó con su voz elevada pero sin desafiar una mujer de ojos inexistentes, si bien parecía carecer gran parte de su piel, su cuerpo había crecido y sujeto partes de tejido delicado como una túnica bajo sus brazos.
—¡Tronadora, por favor!
¡Haces que sean débiles…!
Además deja de usar estos camerinos, ya no deberíamos estar enseñándoles.
Gruñó la luciérnaga pero lo único que consiguió fue la risa suave de esta.
—Tranquilo, tu pasa desapercibido, mientras yo vigilo.
¿Entiendes?
Dijo de forma calmada, pero sin duda alguna su voz era intensa.
Su risa suavizó un poco el ambiente pero no significaba que la situación fuera favorable.
Ante ellos, lo que alguna vez fue una cantidad obscena de miserables, deformados, enfermos y muchas más cosas de gentilicio.
Ahora no era más que un puñado de trastornados y cobardes.
—Bueno, tiene razón.
Es más…¿tu eres mujer?
¿No deberías estar en el sector de los varones… o no se… Uno de los payasos habló pero cuanto más salían palabras y demostraba su condición, su voz era un hilo perdido pero lo suficiente suave para sobrevivir en el silencio mortuorio que se formó dejando que los susurros llegarán hasta la oscuridad.
—¡Cómo te atreves a tratarme así!
Gritó llena de furia la mariposa, su voz conservó su elegancia pero se impuso como un cañón que abrió los silencios de las bestias de la oscuridad que estallaron en carcajadas guturales.
—¡Lo dijo!
Estalló una voz ronca y áspera desde arriba, está fue reconocido por todos como de las arañas, ya que sería raro de los caballitos del diablo o los zancudos.
Nadie sabía que estaban ahí, ni los fenómenos que parecieron algo disgustados por su vigilancia.
—No me lo creo… Te doy media presa la próxima vez.
De las risas unos parecían algo disgustados por haber errado en el juego que habían hecho.
—¿Es mujer?
Dijo un hombre sucio que tenía ojos celestes claros, un color extraño que se parecía a los muros recién hechos de las fábricas.
O las pinturas extrañas que entre mezclaban verde y azules en paisajes salvajes.
—Tengo un busto, tengo partes….
Privadas.
Dijo aquella mujer que conservaba rasgos delicados pese a estar a carne viva, su carne y hueso se mantenían limpios como también agraciadas dentro de la terrible crueldad biológica que se había vuelto.
—Desde luego es mujer, mira su rostro perfilado!
Además no tiene un cuello pronunciado como los varones.
Dijo uno de los hombres como si tratara de defender a una bella damisela, a los más viejos, en especial a las arañas se recordaron del odioso gusano que había desaparecido hacía un tiempo indefinido.
— Curioso… Me preguntó si podremos hacer un gusano… El gusano estaba haciendo cosas con el carroñero.
Murmuró una araña, dudando sobre lo que habían hecho ese dúo antes de la desaparición de ambos.
—No digas locuras.
No lograron nada.
Respondió una voz, parecía un zancudo, de este apenas se podía ver la figura de carne y huesos estirada con aquellas estrellas colgando de su parte superior.
—¡Por la santa Martha!
¿Por qué están todos aquí?
Pronuncia un hombre robusto, este se veía Moreno y de aspecto bravo, alzando la voz hacía la oscuridad.
—…
Desde la oscuridad pareció haber un mar de miradas a su alrededor.
Aquel hombre se mantuvo firme pero apenas pudo tragar ante la sensación que generaba.
—No sean así… Deben ser conscientes que no saben de las telarañas ni de la oscuridad… Respondió una voz femenina que se acercó.
Primero una pierna, luego otra, mostrando después una mano y otra pierna tras otra.
—¡Orquídea!
Tiempo sin verte.
¿Entiendes?
Discúlpame cariño.
Expresó la mariposa tronadora con su imponente voz como una canción alegre.
No obstante la mantis no siguió avanzando, solo dejando sombras de su cabello largo como un resto de humanidad bajo incontables restos desgarrados que parecían una pila andante de carne andante.
—Bueno, con la señora alegre, el secreto de la telaraña va a dejar de ser secreto… Refunfuñó una de las arañas, no obstante esto solo era un secreto para guardias y nuevos.
Este era una forma de usar las grietas y lazos dentro del Tullugal permitido por la bestia.
—Tronadora.
Acaso volviste a probar las setas azules?
Expresó está fría, con fastidio.
Su voz era plana como si se tratara de una muñeca rota.
—Algo viene… Dijo una araña con preocupación, hubo un instante que miraron a la oscuridad en silencio, algo bajaba pero desconocían si venía algo nuevo o solo era un desperdicio.
Un sutil crujido aviso para luego abrirse la oscuridad del cielo de hormigón.
—Tenemos… Murmuró la luciérnaga, este se mantenía atento, observando tanto arriba como abajo.
—…Caerá aquí.
Respondió, esto hizo que se aseguran de ver al cielo con una oscuridad anormal, atentos a lo que caía, pero fue la figura anómala que se estrelló contra el suelo con un sonido húmedo.
—¡Que Mierda!
¡Siempre es lo mismo!
Hubo un grito de los payasos que parecía estar en colapso al ver el cuerpo aplastado en el suelo, sin mostrar forma exacta, ni una pizca de restos de algo sólido.
—Apesta… pero… Murmuró uno de los nuevos mientras se acercaban, la tela caía desde arriba lentamente.
—…Huele a podrido… ¿Por qué arrojaron cadáveres así?
Respondió antes el joven de piel sucia, rascándose la cabellera tensa por la mugre.
—No es habitual… siempre tienen cuidado arrojando las cosas.
Incluso si están muertos… Murmuró la luciérnaga, dando pasos seguros hacia adelante asumiendo cualquier posible suceso.
— Esto es… ¿Es un cuero?
Exclamó confundido uno de los hombres detrás de la luciérnaga.
—Es un condenado cuero… ya nos bastaba con los flojos que teníamos.
Dijo frustrado pero sentía que algo no estaba bien.
—No… aguarda… es raro… Murmuró la mantis, mostrando su cabeza partida mostrando un cráneo alargado que rajaba la piel, dejando en claro que todo intento de mantener la carne unida entre sí era una fantasía cruel.
—Joder.
Expresó un hombre que dejó escapar lo que pensaban todos los payasos, la mujer era enorme pero solo una maraña de carne que ejecutaba brutales giros y danzas hermosas entre sí.
—¡Caracolas marinas!
¡Pero qué es lo que ven mis ojos!
Un grito estalló, era ronco y áspero.
Pero lleno de emoción, muchos de los nuevos vieron extrañados al hombre de mar pero este dio un gesto confundido, dando una sensación de mayor inquietud.
—¡Adoro cómo han cambiado el mobiliario, lastima que no conservaron la idea de la tarántula, era muy agradable como ajusto la piel!
Gritó mientras la masa de cuero giro y movió errático por el suelo.
Parecía estar buscando algo, parecía estar reconociendo pero se le escuchaba hablar como si fuera un reencuentro de viejos amigos.
—…
Los fenómenos guardaron silencio pero el montón de hombres se disolvió en pánico, dejando a algunos pocos.
Los gritos de terror iban desapareciendo en la oscuridad o callados abruptamente al chocar directamente con las piernas de los zancudos en su huida ciega.
—Veo que se olvidaron de las lecciones.
Este se detuvo y elevó dando forma a su piel retorciéndose sobre su propio cuerpo para centrar la máscara como si fuera su rostro.
—Me acuerdo… Hola… Expresó la luciérnaga rascándose su nuca calcinada.
—Veo que el tiempo ha sido despiadado contigo.
Dijo la tronadora, lo cual provocó una estruendosa risa por parte del gusano.
—¡Adoro tu humor ricitos de oro!
Veo que tienes buen ojo para el humor.
Este estalló en carcajadas, no obstante la mujer sólo pudo dar una mueca rígida y fingir que le causaba gracia la broma.
—Este… Es un conocido.
¿No?
Preguntó la mantis orquídea, se veía seria y desconfiada de aquella figura ruidosa.
—¡Mucho gusto!
¡Mucho gusto!
¡Mucho gusto!
¡Mucho gusto!
El gusano exclamaba alegre, dándole un saludo de mano en cada una de las manos, garras y piezas de extremidades que puedan parecer una mano.
Algunos viejos rieron en silencio, el resto no entendió el chiste.
—¿Qué le pasa?
Preguntó la mantis molesta.
—Es … Bueno es un fenómeno pero debería estar más abajo, ya sabes… El hombre quemado respondió con frialdad, viendo aquello como una amenaza.
—Tranquilo, es raro, está roto.
Pero seguro… Trato de defender la luciérnaga a aquel gusano que caminaba exageradamente a este.
—¡Pero si es…!
¡Ojos hermosos!
Me alegra verte.
El gusano le dio un agradable abrazo, donde el silencio de todos dejaba únicamente las risas del gusano.
Bajo esta risa se escuchaba como la baba del gusano chisporroteaba al contactar la carne abrasiva de la luciérnaga.
—Así que… Díganme.
¿Dónde está el carroñero?
Tengo mucho que contarle, de hecho tengo… ¿Dónde lo tengo?
El gusano se revisó de pie a cabeza o más bien de un apéndice a otro sin lograr descubrir dónde había quedado la sustancia extraña que había hecho con setas.
Todos lo que lo sabían, miraban con inquietud, no sabían cómo responder al gusano.
Nadie sabía cómo reaccionar, aquellos años habían traído y abandonado incontables vidas, ahora el gusano debía enfrentarse a la realidad que siguió sin el.
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