El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 32
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32: Torreón de piedra 32: Torreón de piedra Su mirada se reflejaba en el curso cristal mientras aquel mundo ardía en decadencia.
Una pobre aglomeración de formas de vidas que acabaron convirtiéndose en parásitos que aborrecía tanto.
Dio un suave suspiro que pareció lija en su alma, ella había leído y aprendido cada uno de los libros y se había vuelto parte esencial del funcionamiento del sector comercial y la mayor parte del puerto.
Cómo todas las mujeres de su familia, había tomado ese ancestral edificio ruin como el centro de operaciones de todo el tránsito.
—…
Dime… Sin apartar su mirada a esas sabandijas que pensaban que eran semejantes a ella.
La sombra dentro de su velo que se disolvió en una forma gaseosa de sombras interpuestas.
—…
Un simple sonido largo, más como el lamento de una bestia cruel que no podía cerrar su chueca y desproporcionada boca que sacudía su lengua lentamente como el vaivén de una serpiente.
Una sustancia traslúcida con matices negros de formaba entre sus dientes rotos que se juntaba y ante ponían uno encima de otro dando espacios extensos en sus encías anotadas dentro de un pálido muerto.
—…Han… Llegado… Se les… Solicitud para ingreso… Preguntó la entidad sirviente de aquella joven mujer.
No obstante, las palabras no le gustaron en absoluto.
—A qué te refieres al decirlo plural.
Explicármelo.
Expuso la mujer de piel blanquecina con un enfado gélido, su expresión era inexistente, no obstante esto inquietó a esa lúgubre forma etérea.
—…
Aquel ser apenas pudo un chasquido de miedo, pudo ver con sus ojos grisáceos bajo el manto gastado a esa joven mujer que imponía su cruel autoridad sobre las sombras.
—…
Nosotros… Pronunció, viendo a la joven mujer alejarse de la ventana para acercarse aún pequeño mueble ébano, este tenía un tejido claro como diseño en su madera.
—Nosotros.
Nosotros.
Debe ser lamentable siempre hablar según nosotros para solo hacer la función de uno… Suspiro con desprecio ante aquel siervo inútil para su estatus.
La mujer abrió las pequeñas puertas batientes.
—…
Tú… No sigues el… acuerdo.
No puedes… No puedes actuar… tan… Este gruñó para advertir de las palabras de aquella joven insensata que evocaba crueldad y dominio sobre las sombras que le rodeaban.
Estos sabían que la joven debía actuar bajo el juramento de sangre pero está tras la mayoría de edad no había demostrado respetos a su estirpe, a diferencia del resto de matriarcas y familiares.
Esta era una semilla que se alejó demasiado del árbol pero que había logrado brotar.
—La matriarca está muriendo y sigue gastando su tiempo en dos cosas patéticas.
Gruñó la joven rebuscando en un libro, está se paró y camino sin prestar atención a la ventana.
—Reuniones sociales con esos pobres infelices y lo otro que el condenado libro que fue robado hace tanto.
Creo que estoy a la altura de la situación para disfrutar llamar como desee a unas pequeñas criaturas que no han podido hacer su trabajo durante tanto tiempo.
La joven rugió elegantemente, provocando que esté finalmente diera una postura de respeto, dando una sonrisa de satisfacción sabiendo que está mala semilla provocaría grandes cosas.
Fue en ese instante que la puerta de abrió de golpe desvaneciendo las sombras de la habitación, a su paso apareció una figura alta y delgada, un cabello cuidadosamente peinado.
Esta tenía puesto un vestido negro de criada, su mirada fría y sanguinaria como la dama blanca de cabellos oscuros como la noche.
—Veo que la jueza ha traído consigo a una de sus perras guardianas.
Dijo de forma pomposa, sin prestarle atención a sus invitados.
Está simplemente dio vuelta la siguiente página donde aparecían dibujos de figuras largas como serpientes.
La mujer dio un paso a un costado de la puerta y tosió para llamar la atención de la habitación habitada únicamente por una persona.
—Humildes familiares inferiores.
Presten atención a su exuberante y diligente jueza Leonor Marie Gutiérrez Gillibrand.
La mujer expresó con gracia y suficiencia, mirando por un instante de reojo a la joven que guardaba silencio ante tal desvergonzado acto de una alimaña en su presencia.
Pasos que debían haber sido pesados por su dueño, no emitían sonido alguno, un cuerpo abultado se movía con gracia bajo un vestido finamente bordado.
La mujer en sí era enorme, una calamidad de metabolismo que reposaba en lo que parecía una tonelada de grasa en un cuerpo de un gigante, primero de agachó asomando su sombrero mili que si bien habría cubierto a una mujer normal, este solo podía cubrir hasta sus hombros, manteniendo su rostro totalmente oculto.
—Saludos… Joven dama Marta Fernández.
Pronunció la mujer mientras su cuerpo empezaba a oprimir de gran manera la puerta.
La fina madera pareció un momento haber dejado de crujir en lamento para aceptar su destino pero logró salir lo último de la mujer.
—Bueno.
Es un gusto ahora verte por completo, por un momento pensé que me habría quedado encerrada en el cuarto piso.
Comentó la joven avanzando a un pequeño mobiliario para charlar, pero noto algo, la asistente de la jueza le acompañaba para acomodar el sofá.
La puerta había quedado un instante abierta cuando un bolso enorme con pequeñas manos sosteniéndolo como si fuera una gran barriga.
Debajo aparecieron pequeñas piernas que daban pasos torpemente para cargar el equipaje, al voltear la puerta noto que había una pequeña niña de cabello rizado que trataba de estar ordenada a duras penas.
—¿Dejaste el negocio familiar?
Preguntó Marta colocando una expresión de sorpresa a su invitada que aún dejaba caer su peso en el sofá para calcular dónde depositar su cuerpo.
—¿Qué quieres decir?
Dijo la jueza dejando caer su cuerpo dando un golpe fuerte que fue el sismo que pareció dar vuelta la habitación.
Esto lo hizo intencional, ya que la mocosa sabía cómo jugar con su boca de dientes filosos.
—Nada, solo vi que estabas tratando de hacer cruzas para mejorar la especie.
Debo recordarte que si juegas con perros mestizos, no obtendrás nada con valor.
Ambas parecieron disfrutar esa clase de burla tonta, salvo por la sirvienta que aguardaba como una estatua por una solicitud de su ama.
Antes que alguien dijera o hiciera algo otro estruendo azotó la habitación.
—Valgame, veo que les has enseñado a ser tan disimuladas como lo eres tú.
¿O me equivoco?
Pronunció Marta con una sonrisa falsa que solo era una mueca forzada por la entretención otorgada.
—Joven, debes conocer tu lugar en la sociedad, deberías dejar de actuar de esta manera.
Respondió cortésmente Leonor, desde el grueso velo se lograba sentir el cruel mirar de aquella mujer.
—Pues si que eres una anfitriona encantadora.¡Hey cosas feas!
¿Una ayuda?
Expresó la pequeña con desacato, rompiendo el ambiente pulcro del salón.
La sirvienta había perdido el color blanquecino de su rostro y reemplazado por un color que solo se podía ver cuando un herrero formaba el acero.
—…Lucrecia… Cállate… Pronunció en palabras sin sonido la dama que acompañaba a la jueza, al igual que un ventrílocuo, apenas podía verse en sus ojos como contenían el cólera de un millar de infiernos en contra de la pequeña.
—Pero Krizia… de qué sirve un montón de esos tipos feos si no sirven para nada.
La pequeña soltó la maleta sobre unas sombras que parecieron haber sentido el peso de la maleta seguida del sonido.
—Cuidado pequeña.
Esa maleta es valiosa, para mí no tiene valor pero tiene más valor que tú.
Expresó Leonor hacia la pequeña que no demostró miedo, únicamente dio un gesto cortés seguido de una enorme sonrisa.
—¡Gracias Leonor!
¿Quieres que prepare las cosas de la maleta?
La pequeña llamó en seco a la distinguida jueza por su nombre sin considerar reconocimiento de su estatus en lo más mínimo.
—…Lucrecia… Su nombre salió de su hermana como un terrible lamento traído de brisas olvidadas del mar.
—Pues aunque sea una falta de respeto.
Es satisfactorio el poder escuchar el lamento de tu perro.
Digo, habría sido mejor haberlo provocado yo pero es aceptable.
Marta cruzó miradas con Krizia, la cual parecía desear acabar con esa pequeña alimaña de los Fernández.
—Este lugar es chico y feo.
Expresó la niña sin modales alguno, aprovechar de decir lo que consideraba de la lujosa casona Fernández, ya que los torreones eran más un laberinto tortuoso que finalmente llevaba a los aposentos de la familia con gran espacio debido a lo que les ocurria.
Esto pareció una lima en los dientes pero por sobretodo a Krizia que parecía sufrir.
—¡Cállate de una vez!
¿No ves que estamos frente a la jueza y estamos donde otra familia?
Reprochó Krizia jalando la oreja de su hermana con gran enojo, generando los quejidos de la pequeña que trataba de pegarle a su hermana.
—Calma Krizia, harás que se moje la joven dama.
Procuremos mantener los modales, la pequeña entiende las cosas un poco literal.
Expresó la jueza con júbilo, llevando la mano bajo el velo que por un instante pareció amenazar con desvelar lo que ocultaba.
Ese comentario hizo reacción a Marta con desprecio y una sensación de vergüenza profundo, está sentía que sus mejillas ardían pero mantenía un tono blanco.
—…
Marta estaba incrédula por el insulto que estaban haciendo a su nombre con un comportamiento como tal.
—Bueno, creo que te olvidaste que te dije que te sorprendería, ahora me debes unas diez monedas.
Comentó con superioridad la jueza a su joven anfitriona que estaba absorta por el comportamiento infantil de las dos mujeres.
Había conocido a Krizia desde hace un par de años como con la jueza pero nunca la había visto bajar la guardia o actuar sin aquella máscara sanguinaria.
—¡Hermana!
¡Deja de… sueltame las orejas!
¡Le diré al inquisidor que eres bruja!
Gritó la niña tratando de zafarse del agarre de sus oídos que estaban rojos, por su parte la hermana mayor tenía una expresión tensa, maldiciendo miles de improperios entre dientes.
—¡Esto es maravilloso!
Expresó riendo la joven, tratando de ocultar su sonrisa perfecta bajo la tapa del libro.
De este callejón algunas notas viejas.
—Me conmueve que mi presencia de algo de vida a la amarga vida de una joven que tiene todo y puede tener más.
Dijo de manera pomposa la jueza, dando un sutil movimiento de manos.
Las hermanas observaron la escena, a lo que la mayor se recompuso de golpe, a lo que su hermana pequeña siguió con dificultad sus pasos.
—¿Cual es la situación actual de tu sector?
Preguntó directamente la jueza cambiando el tono, esto significó el preparar los bocadillos para la merienda, a un costado pareció que las sombras habían abierto el gabinete de un gran mueble, este poseía una gran tetera que parecía mantenerse caliente sin cambiar de temperatura.
—Lo mismo de siempre, la reconstrucción es perpetua, pero se ha edificado por todo el borde de la grieta y los puentes de cobro han sido un éxito.
Dijo la muchacha.
Viendo cómo la pequeña observaba la máquina con entusiasmo y curiosidad.
—En el salón de empleados también teníamos una de esas, no son malas pero están pasadas de moda.
Expuso sin pelos en la lengua la pequeña sin darse cuenta que esto causaba disgusto incluso fuera de la anfitriona.
—Veo que la han entrenado muy bien… Comentó la joven recibiendo la tasa de líquido denso, su color rojizo y aroma acre era característico de aquella hierba infusionada.
—Te seré honesta, desearía adiestrar a la pequeña bandida de mejor manera, pero resulta ser un caso particular… Dijo la jueza, llevándose la mano al pecho, tomando la tasa como si nada, realizando un movimiento perfecto para darle un sorbo.
La pequeña colocó una expresión de preocupación al verla beber el líquido hirviendo, pero su cara cambió al ver a su hermana que tenía listo el carrito de merienda.
—…
Las palabras no salieron, donde inclusive la jueza escuchó o habría comprendido, pero las hermanas entendieron lo que dijo la otra sin emitir palabras.
—…Ya veo, es difícil pero confío que lo puedes manejar, además solo son momentos en que las pequeñas sabandijas son insoportables.
Respondió Marta, pensando en aquel nombre, le gustaba en cierta manera.
Dentro del árbol genealógico Fernández estaba aquel nombre, por lo que seguramente le sería más fácil aplicarlo.
—Tu abuela es insoportable.
Contraatacó la pequeña antes de ser noqueada por un movimiento suave pero casi imperceptible de la jueza usando su mano al tocar la patente de la niña.
—Entiendo que le tienes tanto aprecio como al resto de… Bueno, uno siempre tiene debilidades por algún tipo de mascotas.
Respondió la jovencita mientras la pequeña caía como un costal de papas sobre la alfombra trabajada con finos hilos entrelazados para dar una serie de figuras realizando una acción.
—La juventud de hoy en día es lo que siempre nos sorprende y termina sacando de quicio.
Habló la gran señora, a lo que Krizia asintió agradeciendo, asegurándose de colocar las delicias en los finos platos de plata.
—…
Eso no lo niego… Marta sintió que sus palabras eran más como el susurro del viento que palabras desinteresadas.
Al ver con disimulo a la pequeña, ésta seguía respirando, algo extraño, ya que la jueza actuaba más cruel con sus subordinados.
Por lo que esté acto de misericordia era raro en aquel ser.
—La tetera es solo la que tienen los oficiales.
Añadió la jueza dando otro sorbo que pareció un gesto eterno.
—Te has vuelto blanda.
Bueno… por dentro también al parecer.
Fueron esas palabras las que hicieron temblar la pequeña taza bajo una terrible presión.
—Sabes, debes entender que el actuar debe ser preciso como una lobotomía a un culpable por robo… El deseo de alimentar a tu familia no puede ser significado de poder hurgar en la basura de la zona comercial.
Comentó Leonor dando movimientos llenos de fuerza para transmitir el peso de sus palabras con mayor impacto.
—En efecto, desde el fallo que desplomó la zona urbana, hemos tenido que impartir precios más altos y más personal para rotar con cada intervalo.
Marta siguió el juego de Leonor con optimismo.
—Esto ha hecho que tengamos que añadir dos barcos más.
Añadió la joven, deteniéndose para coger uno de los bocadillos, este parecía un pequeño bizcocho con un mouse cubriéndolo, acompañado de una suave cubierta de fruta cocida.
—Ya veo.
Si, pese a haber separado las funciones de la iglesia como órgano de justicia.
El trabajo se ha mantenido movido tras dividir nuevamente el sector de los torreones en verdugos, captadores… y más.
Esta dijo para acabar de hablar usando un movimiento de manos con desdén.
—Bueno.
Es parecido aquí, debo asegurarme de cambiar y eliminar constantemente a las madam como cualquier posible incitador para ayudarse ¿Has tenido algún problema con el nuevo alcalde?
Preguntó la joven causando una risa estridente de la mujer que agitó la suave masa de su cuerpo.
—Jovencita es lo más chistoso.
Da igual qué clase de inútil miembro de la familia inferior coloque al patriarca de los Ruiz como político.
Esa plaga solo es peligrosa cuando se arrastra con perfil bajo, dejando esa empalagosa estela de almendra.
Dijo la jueza desprestigiando a esa familia que se había hecho con el control de la política a lo largo del tiempo que ha existido el pueblo.
—Dime.
¿Has pensando en darle sanciones a los González por el tránsito dentro del pueblo?
Comentó la joven, lo cual hizo dudar a Leonor.
—Si, pero tienen el acceso a tierra salvaje.
Señaló, tragándose un pastel de un bocado.
Sus retorcidos dientes corridos sonaron como el cierre de una trampa mortal, dando terminó de aquel bocadillo dulce para una mujer titánica.
—Tomarían la opción de usar los carros de la capital… ya que las bestias no estarían interesadas en el metal.
Dijo la joven, como si fuera ella la que tuviera que resolver la problemática por el cobro de ganado a la capital.
—Además con la inversión en activos siendo accionista de esa familia o compañía, me conviene que la logística se divida.
El comentario resultó como una muestra clara de la mujer en que el poder simplemente recae en la audacia en ingenio de quién estuviera al mando.
—…
Una mano pequeña sacó un bocadillo y lo llevó hacia debajo de la mesa, solo para oírse el golpe en la frente de su hermana ante la frustración.
—Parece ingenioso el tema de criar mestizos.
Podría usarlos para realizar encargos… Dijo entusiasmada la joven con una sonrisa que parecía casi genuina en ese encantador rostro de expresión gélida.
—Me gusta, hacer que cada encargo implique más peligros… Añadió la jueza pero se quedó callada un momento.
Ese silencio dejó en evidencia el masticar de Krizia con algo de crema en la boca.
—¿Ha ocurrido algo?
Preguntó con seriedad Marta, sabiendo que esa atrocidad de mujer debía estar por hablar algo serio si se quedaba callada.
Por su parte Krizia disimuladamente sirvió el brebaje.
—¿Por casualidad ustedes trajeron daevas en sus embarcaciones?
Preguntó directamente Leonor a la joven que pareció molestarse por la pregunta, o más bien lo que significaba aquella pregunta.
Lucrecia observó ya reincorporada a su función de sirvienta, aunque uno de sus largos rizos caía en espiral.
Aquella palabra como daevas había tenido el último mes ocupado a la jueza, tratando de localizar lo que provocó un continuo estado en pánico como de paranoia, era un ambiente sumergido en un terror continuo a los oficiales.
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