El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 5
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5: La nueva familia 5: La nueva familia —Saben que esto traerá consecuencias.
¿Cierto?
Comentó la el coloso expresando aburrimiento al ver el comportamiento de cada parte del Tullugal que se mostraban confabulados.
—Lo se pequeño.
Nuestra intención es que se enfurezcan y traigan más regalos.
Comentó el anfitrión con aires triunfantes.
—Esto arderá en mareas de sangre y muerte.
Parecía extasiado, olvidando mantener su forma habitual, desgarrando su figura en una amalgama visceral.
—Sangre y muerte.
Repitió como si estuviera observando algo más allá de lo que existía frente a ellos.
—Claro, pero si ocurre algo como la otra vez.
¿Podremos sobrevivir?
El carroñero hablo firme, como si entre estas figuras fuera este la voz de la razón.
—Lo cierto es que sí.
Ellos traen gente de sus familias y pelearán con otras familias, nosotros solo recibiremos ganancias por estos sucesos.
Agregó el Maestre prendiendo un puro que sacó de la nada.
—Para atrapar a una buena presa.
Debes poner señuelos… ¿Desde cuándo fumas?
El domador parecía emocionado en mostrar su experiencia con las bestias, pero su enfoque se centró en el gran objeto marrón cilíndrico que portaba el Maestre de ceremonias.
—Desde siempre.
Solo que nunca he tenido ganas de usarlo delante de ustedes.
Solo lo hago cuando ha ocurrido algo bueno.
Señaló el Maestre, exaltando el humo aliviado, aunque su expresión no duró mucho.
—¡¿Qué es lo que estás insinuando pequeño renacuajo mal agradecido?!
Respondió abruptamente el anfitrión con notorio desprecio ante la actitud del Maestre por su persona.
—Con ustedes nunca he tenido oportunidades favorables.
Comentó fastidiado, retomando la atención de estos a sus nuevos miembros del circo.
Dándose cuenta que el gusano había estado hablando al ganado encadenado.
O mejor dicho anteriormente encadenado.
—Veo que el gusano es bastante escurridizo.
El Maestre río entre dientes, fingiendo ocultar la risa con una de sus manos que se habían engrosado para esa tarea tan simple.
—¡¿Se puede saber qué rayos pretendes?!
Preguntó furioso el anfitrión, cambiando de colores agresivos ante la falta de respeto del fenómeno.
—El capitán está distraído con el pez luna, alguien debía soltar amarras para izar velas.
¿Por qué?
Dijo el engendro enmascarado, mirando al anfitrión con la misma expresión de júbilo que reía de la máscara atípica.
—Capitán… Gran Maestre capitán… de ceremonia.
No lo sé, me gusta pero no me convence.
Este murmuró desviando la furia del anfitrión ante el insulto que le daban.
—Habla de nuevo así.
Aunque me quedaría bien conmigo… Gran capitán Domador.
Este se unió al maestre para golpear un poco el orgullo del anfitrión.
— ¡Callados!
No es un barco.
¡Es un circo!
El anfitrión alzó su voz amenazante para detener el parloteo de los dos.
—En cuanto a ti.
¡¿Preguntas por qué?!
¡Es simple!
¡Es porque no le he dado la bienvenida a la familia!
Gruñó el anfitrión, siendo visto únicamente por los otros dos con fastidio por su necesidad de siempre ser quien de la introducción a los nuevos.
—Yo lo hice.
Respondió con fuerza y naturalidad algo desinteresada a la criatura de alto porte que su vibra agresiva desapareció al congelarse.
—¿Tú qué?
Solo pregunto en voz baja, mirando al origen de la respuesta que era la bestia de múltiples cabezas que se regresaba para hablar con los Llastay sobre su llegada a estos lugares.
—Si lo hizo.
Lo hizo bien.
Dijeron dos hombres con algo de confianza al Tullugal, quien los observó confundido, queriendo estrujar esos seres corporeos como parásitos indeseados pero más allá de sus pensamientos estaban los que compartía con sus congéneres.
Entre todos estos había uno en especial que tan solo su opinión torcía la forma de actuar de todos.
—…¿Estás bien?
Así que los dejé libres para que pudieran comenzar a mostrar que tal se manejan en los actos.
Estaba hablando Silas sin ser escuchado hasta que el anfitrión le escuchó, como un susurro entre el bullicio de los pensamientos compartidos.
—Como sea, como sea.
Ya entendí.
Expresó en voz alta el anfitrión viéndose disociado con lo que ocurría, sus pequeños ojos se mantenían.
Mirando a la nada.
Sin dejar de castañear sus pequeños dientes como lo hacía de forma habitual.
—Ya que están reunidos en esta familia y todos debemos entretener.
Eso es todo… Añadió acabando de forma abrupta sus palabras, retirándose lentamente a la nada de la oscuridad, consumido por la frustración de que tal bestia de si mismo le pudiera irrumpir en sus momentos de lucidez, solo por tales cosas insignificantes.
—Si que está sensible… ¿Les volvió a hablar?
Dijo el domador mirando al Maestre de ceremonias.
—No me meto en sus problemas, además él se lo busco, está controlado para que no vuelva a generar altercados que nos hagan ver en un punto desfavorable.
Este finalmente se levantó de hombros, ofreciendo un puro sacado con un movimiento de manos pero fue rechazado por el domador, sacudiendo su mano que era casi tan grande como el pequeño hombre vestido de rojo.
—Gracias por el gesto pero estoy bien, lo dejé hace mucho.
Explicó el domador con seriedad.
Ambos observaron la escena que ocurría delante suyo.
—…Serán los primeros en organizar la ceremonia, no pueden titubear.
¡Aquí las cosas cambian y solo su esfuerzo los mantendrá enteros!
Esbozo con firmeza Silas quien se veía motivado como si pareciera un verdadero líder.
El grupo de individuos se separó, manteniéndose algo desconfiados pero más seguros que con sus antiguos amos y conformaron grupos más pequeños indecisos de lo que ocurriría con ellos.
—Veo muchos sin funciones especiales… hay moscas muy tranquilas, potenciales Mariposas, Libelulas y Langostas… Expresó el Maestre inspeccionando con cuidado a estos desde su lugar.
—Siempre suelen llegar así, solo hay que presionar para ver cómo se rompen.
Espero poder ver algunas buenas Mantis o las Hormigas.
Respondió el domador, mostrando una actitud más emocionada ante la idea de empezar a trabajar con los individuos.
—Sin duda se nota que sigues sin actualizarte.
Las Hormigas pasaron de moda.
Dijo el domador con su sonrisa sin cambiarla.
—Eso es ridículo… Estos mantuvieron su vista en lo que parecía una demostración torpe de algunas habilidades comunes y sin importancia, lo que pareció provocar desanimó en los ánimos de los grupos pero se conservó la más motivación, algo extraño pero para estos estas ideas locas estaban resultando muy a su favor.
Por lo que prefirieron mantener su atención en estos que no se dejaban perder ante las situaciones, aunque se preguntaban cómo la superficie actuaría con ellos.
—Es extraño.
¿Recuerdas esas épocas?
Expresó el Maestre fumando su gran cigarro, observando sin sus ojos.
—Eres tan sentimental cuando alguien menciona algo durante esos tiempos… pero si, es algo que se extraña.
Respondió el domador, sentándose en el aire cansado con su cabeza agitándose abruptamente por espasmos a lo que volvió sin que este se preocupara por ello como el resto.
Quienes miraban eso ya normal en todo este mundo sin comprensión de sí mismo.
—Se que nuestro ser por originalmente es algo que no puede ser concebido como uno o una amalgama que forma un cuerpo por nuestra estabilidad.
Sin embargo desde que Kur dis-kamma exilio a los primeros Anunnakis .
Nosotros no somos nada más que trozos sin sentido.
Comentó con melancolía, observando sin sus ojos el gran puro volverse cenizas en su mano.
Fue que oprimió su mano para exprimir las cenizas que tenía en su mano para luego soltarlas en el vacío.
—Los Anunnakis son simplemente vestigios.
Nosotros no tuvimos nada que ver, pero reconozco la sensación de no tener propósito, ya que luego de no tener presas, caímos en una carencia sin sentido.
Acabo divagando dentro de sus memorias, sabía que nada podía ocurrir, pero eso no era un final.
—Aceptamos ser las prisiones personales de quienes molestarán a los Kur dis-kamma.
Añadió finalmente expresando con desagrado el domador.
—Si hubiera sabido que no serían eternos los que se consideraban eternos.
Los habría rechazado.
Lo que dijo adicional el domador pareció causar gracia no solo para ellos, sino a la conexión entre ellos.
Sintiendo un cosquilleo desde lo profundo de sus mentes.
—Odio que nos logremos divertir.
Es demasiado incómodo.
Respondió antes el estímulo la larga criatura, teniendo un espasmo nuevamente.
—Sí, supongo.
Además de esto… creo que pretenden quitarme mi espectáculo.
Dijo el pequeño hombre apretando los retorcidos dientes amarillos en respuesta a lo que estaban observando.
—¿Qué te ocurre?
Acaso… ah, supongo que es algo hilarante.
Comentó confundido, para responderse a sí mismo, dando una mueca que parecía contorsionar su anormal rostro, dejando claro que se daba cuenta a lo que se refería la actitud del Maestre.
—Supongo que con o sin mi el espectáculo debe comenzar… Suspiro con ironía ante las palabras que salían de su boca.
Ya que jamás pensó llegar tarde a sus espectáculos.
—¿De qué hablas?
Nadie puede manejar los pisos más que nosotros.
Dejen de recordar tiempos que no volverán y enfoquense en tener buenos espectáculos con lo que nos queda.
Esbozó una voz dulce y melodiosa desde la oscuridad.
La forma de carne sin forma que la componía parecía tener razón, una incómoda razón que les hacía comprender que nada servía para reflexionar, solo debían romper y consumir más vidas para seguir con su vida compartida.
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