El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 7
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7: Falta de experiencia 7: Falta de experiencia Tras la llegada a los vestidores, los pensamientos que estaban mejor ahí, eran escasos.
Los vestidores eran una serie de muebles curiosamente bien ensamblados a partir de otros desechos, a su vez algunos con piezas sospechosas que nadie quiso mencionar y vestimentas teñidas de diversos colores con piezas pequeñas que pretendían ser llamativas.
En si predominan los harapos, trapos y otras piezas de vestimenta que buscaban ajustarse a los maltrechos cuerpos.
—¡Se ven bien y la pintura les queda fabulosa!
Expresó la figura de una mujer de miembros anormalmente largos, cuyas extremidades terminaban en garras gruesas pero que manejaba con delicadeza al maquillar a los payasos.
—Lástima que algunos tengan sarpullido por esto.
Pero evitamos que se les cayera la piel.
Expresó el gusano dando aplausos motivados al grupo que miraba algo asustado la oscuridad que se movía a su alrededor.
—Así que es algo desafortunado mantis.
Pero considera esto como un aprendizaje que debes tomar con cuidado y avanzar a tu extensa edad.
El comentario del gusano sonó como un insulto que fue respondido con un movimiento rápido que se clavó en su pecho, provocando que salpicar de forma caótica icor nauseabundo con una excesiva cantidad de líquido viscoso.
—Detesto trabajar con los hombres.
Solo tienen cabezas deliciosas, nada más.
Expresó está observando a la molesta criatura empalada reír con su mirada marcada por una extrema hiperteloris.
Dándole seguramente el nombre de mantis.
Aunque está a su vez concede varios rasgos que le consideran ese nombre.
—Tus palabras son tan dulces.
Pero procura no decirlo frente al carroñero o tendremos problemas.
¿Además me lo dices a mi o a él?
Habló el gusano burlesco mientras que provocaba un sonido que tragaba el momento con el deslizamiento de su carne por la extremidad que desgarraba más carne en el proceso.
Fue la pregunta que terminó desatando una coleta de esta mujer sobre el hombre.
—¿Estarán bien?
Digo… ya no murió pero… no se la verdad que decir o cómo sentirme al respecto.
Preguntó uno de los hombres, siendo apoyado por el resto.
Este retiró la máscara que le dieron como su nuevo rostro, dejando ver algo de su carne expuesta por el químico de la pintura.
—No duele… pero viendo lo que se quedó en la máscara… ¿Está muy mal?
Varios vieron asqueados, en cambio a quienes también le había afectado el maquillaje prefirieron no tocar sus rostros o retirar las máscaras, asumiendo lo que ocurriría.
—No.
Para nada.
Normal.
No.
No creo.
Bien.
Expresaron como respuesta sin poder decirle la desagradable realidad.
— No ustedes pueden creer que esto es normal.
Gruñó el Mariposa por el poco esfuerzo por mentirle sobre su estado.
—Miren está inmundicia que quedó por cara.
¿Es acaso normal?
Con un gesto brusco mostró los restos que se deslizaban por la máscara.
La forma de hablar se aceleraba dejando en claro que aquel compañero desfigurado ya no podía resistir lo roto que estaba.
—Siento… decir… es… parte… de… la… normalidad… Una figura que estaba parada en la penumbra, con sus cinco piernas semejantes a las de un caballo que brillaban tenuemente por la suave luz contra su superficie oleosa se alzaban como torres que amenazaban con llegar a los mismos cielos, perdiéndose más allá de la mirada de todos, sintiendo que este se alejaba de la propia oscuridad en las alturas.
—Hola.
Hola.
Expresaron algunos nuevos.
Nerviosos que mirar o cómo hacerlo.
—Saludos… aquí… nos… dicen… caballitos… del… diablo… Expresó este gran ser con paciencia perpetua, lo cual hacía que el resto que solo le llegaba a las pezuñas dudará.
—¿Como… se… hacían… llamar?
La lentitud de la pregunta fue un impacto que les borró las agonías de este lugar.
—¿Que?
¿Un nombre?
¿Tenía un nombre?
¿Quien era?
Las preguntas llenaron el lugar con penumbra melodía de dolor cuando trataban de recordar cada vez sobre quienes fueron antes de llegar, antes de los González e incluso de los barcos de metal oxidado y madera podrida.
—Es… algo… de… los… nuevos… payasos… Este dijo, aunque esto le causaba interés por el miedo que reflejaban las pequeñas figuras.
—Tal… vez… son… distintos… Expresó una voz similar que resonaba igual de lenta y profunda que fue la voz de aquel gigante pero a diferencia no se lograba ver.
—¿Tu… crees?
Algunos… lloran… Dijo curioso por el resultado de tan solo una pregunta, aunque no sabía si fue eso o alguna otra cosa.
—Bueno… ¿Que… hacen… pequeños?
Hablo más fuerte para romper el hielo entre los nuevos que comenzaban a darse cuenta sobre la otra criatura, aunque en su agonía no lograban saber si era la misma criatura o no.
—Fascinante, sin duda esperamos ser de buena utilidad en el espectáculo.
Comentó uno de los nuevos que se mostraba con más iniciativa tratando de ocultar su dolor como aprendieron donde esos sádicos.
—Yo… no… Titubeó el coloso, el cual parecía enfocarse en aquel joven que resaltaba con sus ojos verdes de los que caían las últimas lagrimas.
Ver ojos verdes eran algo extraño en esta profundidades cuando no se trataba de la descomposición.
—Deseo consultarle a usted, cómo es que podemos llevar a cabo el acto en cooperación con usted.
Este procuro ser amable, tratando de encajar en el ambiente que dejaba escapar la locura, se enfoca en el trabajo en conjunto de múltiples individuos.
— … Un silencio sutil se hizo mientras una especie de duda resonaba como cántico Gregoriano.
—Bueno… siempre… pisaba… golpeaba … o masticaba… Finalmente dijo lo que hacía, inclinando sus largas piernas dejando ver una especie de tentáculos con ventosas profundas que terminaban como las extremidades de un sol de mar.
—Ya veo… creo que podemos hacerlo de esa forma… El joven se llevó la mano al cabello de su barba de cabello castaño oscuro.
Provocaba un sonido inaudible por la fricción de ésta, sin embargo el joven notó que la bestia o fenómeno reaccionaba a este sonido.
—¿Por qué no tratamos de usar sus tentáculos como trampolín o una especie de barra que nos permita efectuar distintas acrobacias?
Pero debemos practicar y asegurarnos tanto los que haremos ese acto como … Tú … Caballito… Si, si.
¿Comprenden?
La mujer era rubia, alta y fornida que no parecía propia de los albergues que los González tenían para el ganado.
Tenía un semblante distintivo, como si se le hubiera criado para el deporte, la supervivencia o más bien la guerra.
—Suena… interesante… Dio como respuesta el coloso largo que con sus letanías daba a conocer el su voluntad reconociendo a estas criaturas minúsculas en comparación a su magnitud, una de las más altas que habían visto pero inofensivas hasta el momento.
—Gracias, esperamos poder llevar a cabo un buen espectáculo.
Expresó el joven al comprobar el visto bueno de uno de los integrantes particulares del circo, con esto comenzaron así un trabajo en conjunto que no logró terminar a tiempo.
Esto debido al desliz de un hombre al maniobrar su movimiento al siguiente salto con pirueta que provocó un sonido seco acompañado de crujido sonoro de su cuello.
—Hambre… Hambre… Expresó una de las langostas con un entusiasmo que le era difícil de controlar.
—Pero que… ¿Nos quieren comer?
Expresó uno de los mayores que tenía una complexión robusta, mirando incómodo como estos comenzaban a mi eres alrededor del fallecido.
Sus figuras humanoides alargadas trataban de acertar pequeños jalones pero se contenían al estar a la vista.
—Siempre tienen hambre.
Si pudieran comer comerían sin importar que.
Pero como tratamos de hacer un cambio, estos están actuando de mejor forma.
El hombre vio a su lado para solo ver a sus compañeros observando hacia arriba.
—Gracias señor araña… es amable.
Dijo este asumiendo ya de quién se trataba.
—Me alegra que comiencen a conocer mi cara, trataré de hacer lo mismo con ustedes… Comentó relajado en lo que masticaba algo, sin embargo se detuvo en el momento en que cayó sangre, congelando a los hombres y mujeres, sin saber quién más había muerto de ellos.
Desde la oscuridad cayeron restos pero no humanos.
Más bien híbridos con extremidades cubiertas de quitina de las que algunas eran atravesadas por pinchos de quitina.
—Condenadas… porque siempre tienen que tener pinchos en todos lados.
Expresó molesta la araña, pareciendo esforzarse en sacar algunos trozos de mosca de sus fauces adoloridas.
—Si quieres… podemos ayudar… Dijo una joven de tez oscura, parecía que quería llorar pero con esfuerzo trato de ser simpática con lo que había arriba.
—Acepta, los nuevos son pequeños.
Será fácil limpiar tu desastre, además el comer contigo llorando es desagradable.
Habló otra voz desde la oscuridad del cielo.
Este hablaba un poco más agudo, pero no dejaba de resultar temible.
Fue en eso que se sintió un impacto en el suelo y varias patas de araña aparecieron mostrando la parte frontal del ser, quien tenía en efecto unas mandíbulas con varias marcas de las que brotaba un líquido algo negro pero con notas púrpuras y rojizas.
—¡Hambre!
Comida… ¡Pasar tiempo sin comer!
Trayendo consigo murmullos y sobresaltos por parte de otras langostas y de las moscas que corrían frotando su piel con quitina endurecida y sus pinchos entre pelos duros.
—Bien bien… Solo cuando terminen de dividir y hacer porciones, ustedes podrán masticar lo que quieran.
Expresó el carroñero, recibiendo miradas incómodas como de miedo que se enredaban en una triste resignación de lo que terminarían siendo todos.
— No sean así, aquí la comida es poca y hasta que no demostremos que los espectáculos funcionan, la basura y restos no bajarán.
Expresó este coloso entregando el cuerpo del difunto para la repartición de provisiones.
En su situación tratarán de hacer todo lo posible para aprovechar cada gramo.
—¡Es hora!
Se acabó el tiempo de jugar, es tiempo de trabajar.
Expresó esto sin darles tiempo de ocultar el cadáver.
—Todos en marcha, hagan lo mejor que puedan y recuerden divertir al público y no morir en el intento.
Avanzaron organizados frente a los reflectores.
En los nuevos se veía la angustia, todas sus cabezas repetían los pasos, cada acrobacia y se preparaban pero la vista era inquietante ya que a diferencia de cuando llegaron el escenario era seco, el aire era cálido con el aroma de rosetas de maíz, sudor con lo que reflejaba al recuerdo perdido de la carne seca que se dejaba secar al sol.
—¡Querido público!
¡Agradecemos su espera, hemos rebuscado por el mejor selecto personal circense de todos los pueblos de la península!
La voz del maestre sonó como un trueno que retumbaba con ferocidad en los corazones de todos.
—¡Aqui tenemos a los nuevos payasos!
¡Disfruten del espectáculo!
El espectáculo comenzo tras la presentación del maestre.
Era el momento de demostrar el valor de los nuevos payasos, demostrando acrobacias y trucos divertidos que lograban dar emoción a la oscuridad llena de figuras espectadores en el vacío de lo que debían ser gradas.
—Damas y caballeros espero que les gustará este maravilloso acto de nuestros novatos.
Expresó el pequeño hombre con una vigorosa voz que acompañaba con una sonrisa enorme.
No obstante, los que salían del escenario cerca suyo lograron oir incontables voces incoherentes que rugían y maldecían sin compasión.
Tras estos salían respirando iban saliendo de la oscuridad las formas a relucir de las criaturas tragadas por la temible oscuridad.
Este espectáculo trataba de lo mismo, pero recubierto primero de gritos, burlas en insultos para los fenómenos, estos se coordinaban, luchaban tratando de matar al otro con una coordinación temible para no matar al otro en el proceso.
Los pensamientos se mezclaban en duda, emoción y miedo, dándose cuenta de cómo estos daban un espectáculo ejemplar, sin embargo no vieron la figura del domador intermediando y presionando.
En el momento de ilusión se acabó de golpe cuando los payasos escucharon al maestre presentarles de nuevo.
Con esfuerzo y sus cuerpos cansados, volvieron a su acto para ver cómo los fenómenos volvían a herirse en una danza mortal.
No obstante cuando eran llamados una y otra vez, algo cambio.
La luz se desvaneció y el anfitrión apareció.
Sus palabras vibraban en sus oídos, mientras sus corazones trabajaban como un motor que estaba en llamas.
Hasta los fenómenos que empezaban a salir al escenario sin haber descansado parecían llamarles.
En un último esfuerzo que parecía ser el sacrificio final, dieron todo para realizar un acto que coordinaba payasos y fenómenos como ensayaron antes en una seguidilla de espectáculos simultáneos donde cada uno se esforzaba en llamar más la atención de un público compuesto de figuras inexistentes que reían, lloraban y clamaban por más.
No fue hasta que uno de los nuevos no logró el impulso por el agotamiento y cayó en las llamas del aro de fuego.
Sus gritos fueron alabados por el público, estos entusiasmados pedían más, algunos trataron de apagarlo pero el fuego no se detenía o eran consumidos.
La distracción provocó que los trapecistas chocarán pero fueron recibidos por las libélulas que en el descenso rompieron muchos huesos.
El público reía, el Maestre estaba extasiado por el resultado, añorando que el espectáculo siguiera y otorgará más dulces momentos que robaran hasta la última pizca de esencia del público.
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