El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 8
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8: Fenómenos 8: Fenómenos El grupo emprendió el regreso, un paso a la vez sobre el áspero concreto que rebosaba de alguna antigua suciedad, con la mirada perdida en el vacío.
El aire era una amalgama espesa; el vapor fétido que emanaba de las entrañas del pozo se trenzaba con el olor metálico de la sangre fresca y el rancio aroma del sudor viejo.
En cualquier otro mundo, alguien podría haber sentido lástima por aquellas almas condenadas que arrastraban extremidades y desgracias por igual; pero aquí, la compasión se distorsionaba.
La realidad se retorcía como un espejismo enfermo ante las siluetas inhumanas que emergían de la oscuridad aledaña, moviéndose con una gracia antinatural más allá de los límites marcados por los payasos.
Ninguno pensaba.
Ninguno sentía.
Eran autómatas atrapados en las jaulas de sus propios cuerpos.
Avanzaban por puro instinto gregario, sabiendo apenas que debían mantenerse unidos en las sombras para alcanzar los camerinos, conscientes de que, en su estado actual, eran cáscaras vacías ante cualquier nuevo horror.
—¿Cuanto… fue?
¿Así será siempre?
La voz de una mujer baja quebró el silencio.
Tenía el rostro encostrado de sangre seca, una máscara roja que se agrietaba con cada palabra.
—No lo sé… Respondió un joven pálido, cuyo andar era un vaivén penoso mientras arrastraba una pierna inútil.
Esas palabras, cargadas de una rendición absoluta, abrieron la compuerta a los sollozos que el grupo había contenido en la arena.
—Supongo que aún somos algo… Murmuró una mujer rubia, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, con el gesto desolado de una niña que intentaba esconder su tristeza tras un berrinche.
—¿A qué te refieres?
Preguntó una voz escéptica desde la retaguardia, sonando más brusca y rota de lo que pretendía.
—Míranos.
Despojados de todo antes de llegar, adoctrinados, convertidos en juguetes para gente enferma que nos cría como ganado.
La mujer hablaba rápido, como si soltar el veneno la hiciera pesar menos.
—Y ahora estamos aquí.
En la normalidad que oculta esta jungla de metal y acero.
Sus palabras cayeron con el peso del plomo, pero extrañamente, parecieron ofrecer un ancla a los demás.
—Al menos lograste superar eso.
Comentó una joven de cabello corto que abría paso.
—Yo siento que recuerdo cosas, pero no logro visualizar qué fueron.
Es como intentar ver a través de un vidrio esmerilado.
Añadió a sus palabras mientras frotaba su cien, no solo por el dolor a los recuerdos difusos, sino por el corte que tenía en el lateral de la cabeza.
—Ni que lo digas.
Replicó la mujer motivadora, irguiendo un poco la espalda.
—Pero si la vida empieza así en este lugar, pues este será mi hogar.
Y ustedes, mi familia.
El eco de su determinación pareció atraer algo desde las sombras.
Los fenómenos que acechaban en la periferia de la vista se detuvieron, curiosos ante ese brote de voluntad tan inusual en los recién llegados.
Incluso el Tullugal, esa presencia invisible y vasta, pareció vibrar ante la energía de aquel grupo que empezaba a aceptar su nueva y espantosa naturaleza.
—Debo decir que … Es una pocilga, pese a escapar de los González estamos aquí.
Expresó un hombre delgado que acompañaba sosteniendo a uno de los que trataron de apagar el fuego.
Aunque su aspecto no era favorable, los fenómenos les dijeron que los llevarían mientras ellos cubrían el resto de espectáculos.
—A mi me da igual, mientras pueda tener un respiro.
Ya sea en un mejor o peor lugar, tendré la oportunidad de estar lejos de esos maníacos.
Esbozo con dureza el hombre bajo mientras trataba de extraer un diente de su antebrazo magullado.
—Las moscas no son infecciosas.
¿Verdad?
Expresó esté revisando el diente que soltaba algo de materia purulenta.
—Yo que yo a saber.
Solo hay que asegurarse de no terminar como una langosta.
¿Vieron que están recubiertos por piel y cosas raras?
Expresó un hombre rubio el cual con dificultad se sacaba la máscara que desprendía lo poco de su piel quemada por los químicos.
—El Mariposa tiene razón.
No son tan malos pero están constantemente sufriendo.
Expresó la mujer fornida que entre todos se lograba ver mejor que el resto.
—¿Me llamaste Mariposa?
Entonces tú también serás la Mariposa.
Expresó el hombre dando una sonrisa con la carne expuesta junto a un fluido viscoso deslizándose de su rostro y la máscara.
—…Es hilarante… esos serán nuestros… nombres… De entre todos los nuevos habló el que nadie tenía esperanza de que tuviera tan solo una pequeña muestra de vida.
—¡Hey!
Ojos hermosos.
Despertaste, tu rutina estaba que ardía, sin dudas te ganaste el apodo de luciérnaga.
Sonó una voz femenina enérgica que contrastaba con su aspecto triste y apagado.
—Perdón por eso, trato de acostumbrarme al exquisito y refinado humor del circo.
Lo dijo una mujer con su expresión severa que había fallado en su acrobacia y a cambio se quebró el brazo en cuatro ángulos grotescos.
—¿Será que nuestras vivencias nos han vuelto así?
¿O es la inevitable brutalidad cotidiana que nos da nuestro temple a torcer?
Expresó la mujer rubia que le habían llamado mariposa, no le gustaba la idea pero temía por sobretodo —No se tu mariposa amarilla, pero si no hay comida en mucho tiempo podríamos ver si hay otras opciones de comer algo no tan al dente.
Expresó el hombre velludo que terminó viendo una serie de ojos preocupados.
—Tu… Serás…un… eres… pulga… Dijo el joven con casi todo el cuerpo quemado.
Esto trajo fuertes risas a su alrededor pero no proveniente de sus compañeros.
La oscuridad alrededor vibraba en júbilo.
—¡Pues qué quieren que diga!
Es lo más optimista que he escuchado.
Expresó una voz enfermiza desde detrás de este hombre, aliviando un poco la expresión de todos los que lo observaban.
—Eres… El bajo hombre no quiso voltear ya que el sonido, el hedor a cloaca gangrenosa se hizo presente al mismo tiempo que un frío le recorría la espalda acompañada por un líquido viscoso.
—Soy el gusano, relájate.
Vengo por ustedes.
Dijo la figura terminando de enrollarse y dar forma parecida a la humana.
—¿Por nosotros?
Se extendió el pensamiento que escapaba de sus bocas como una fría sentencia.
—¡Claro, van en el sentido contrario!
El grandullón de por allá me avisó.
A lo lejos, una luz mortecina recortaba la silueta de algo masivo que se interponía en esta.
Una sombra de extremidades gruesas, con músculos que parecían nudos de madera vieja, se alzaba como una montaña de carne silenciosa.
—No lo vean tanto que es un chico tímido.¿O caso les gustó?
El gusano rompió el silencio con su deslumbrante humor mientras se deslizaba para ponerse en sentido contrario y empujar al grupo a la luz.
—Este es uno de los muchachos fuertes.
Procuren no pedirle que los aplaste, a no ser que lo último que quieran sea ese fetiche.
No juzgo.
Lo intente con el carroñero.
No es que sea de esos, quiero decir… La multitud sobreviviente de nuevos se movió al lugar señalado, olvidando la existencia del gusano para enfocarse en la figura de aquel escarabajo que era una especie de hombre con su musculatura expuesta, la piel se había calcificado simulando una quitina densa y oscura.
Con cuernos brotando de su cráneo como excrecencias de un mal sueño.
—Gracias señor… escarabajo.
Gracias.
Fueron esas palabras silenciosas que brotaban como un coro susurrante del peregrinaje que estaba llegando a la luz acompañado del gusano que seguía hablando, aunque ahora eran más incoherencias, las cuales acompañaba con movimientos envueltos en gracia.
—Es conmovedor.
¿No crees?
Expresó una voz dulce y alegre que contrastaba con su congéneres en la oscuridad que envolvía al domador.
—Empalagoso como siempre.
No hemos tenido tiempo de hablar desde mi regreso y lo primero que me hablas es sobre los animales defectuosos.
¿No tienes nada más que decir al respecto?
Respondió el domador aplicando su porte imponente, sin embargo a diferencia de muchas veces este tuvo que inclinar la cabeza para observar a quien le hablaba.
—¿Puedes dejar de comer tus golosinas?
Eres demasiado grande que debo hacer eso de… eso.
Añadió disgustado dejando en claro que pese a ser iguales, no podía verle fácilmente y le resultaba difícil el hecho de inclinarse a verlo a la cara.
—Inclinar.
Se dice inclinar y no te metas con los bocadillos de una dama, no sabes lo difíciles que son de conseguir en estos tiempos.
Este resopló y alegó con una firmeza pomposa.
—Como quiera dama vendedor de los dulces.
Pero sabes bien que no puedes desperdiciar lo que solías hacer, ese papel que te habíamos entregado era también valioso.
Expresó el domador moviéndose a la luz como una figura inexistente en tal oscuridad, a diferencia de su compañero que al ver que el domador avanzaba, trato de seguirle produciendo un sonido intenso.
—Espera.
No puedes tratarme así.
¿Qué pasa contigo y tu acto que quedó olvidado?
Expresó esté soltando un vendaval que provocó que todos en la oscuridad se lograrán percatar del dulce aroma que no provocaba apetito alguno.
— ¿Piensas que estás libre solo porque tus mascotas están sueltas, hechas polvo y en contra nuestra?
El domador se detuvo finalmente, su aspecto cambió a un color rojizo profundo e intenso, pero parecía contenerse.
—¿Sabes porque te han dejado vendiendo dulces?
¿Sabes… Porque sigues comiendo sin más?
Expresó esté como si su imagen estuviera sufriendo un terremoto atroz que la difuminaba en el lugar en que estaba.
—¿Qué te ocurre?
Te ves raro.
El nerviosismo tomó lugar en la voz suave que seguía con su tono pomposo que no podía negar su inquietud.
El domador vibró, mientras su imagen se descuadrada y pasaba a resonar, provocando que se logrará escuchar como este temblaba visualmente.
Dio un paso, luego otro.
Sin de mirar enfrente, sin permitir que su mirada volviera a inclinarse ante su congéneres que daba golpes acolchados en la oscuridad.
Esto era observado por la nada de la total oscuridad, ni siquiera los fenómenos sabían que ocurría pero ninguno deseaba interferir en rencillas del Tullugal.
Tras un breve instante perpetuo se sintió la caída y como se arrastraba algo grande y húmedo por el suelo en dirección contraria al domador.
Quien de un momento a otro se detuvo abruptamente observando extrañado lo que tenía en el suelo.
—¿Qué te pasa?
Este preguntó el domador.
—¿Que?
Expresó estupefacto el hombre de los dulces.
—No entiendo porque estás en el suelo, después de tanto tenemos un momento para hablar entre nosotros.
Comentó confundido llevándose una de las manos a la cabeza para sacar el sombrero de copa y frotar con la otra su escasa cabeza en el lugar donde tenía un gran trozo de metal clavado.
Este por lo contrario seguía vibrando.
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