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El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 Sombras en la oscuridad
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9: Sombras en la oscuridad 9: Sombras en la oscuridad Tras sentir que había logrado explicar con entusiasmo y claridad a los nuevos, el gusano les indicó cómo ayudar a las arañas a trabajar lo nuevo y tratar de encajar dislocaciones.

—Pequeños payasitos.

Seré honesto con lo que vamos a hacer.

La figura larga del mantis macho demostraba una cierta inseguridad en la situación en que estaban.

—Dime que sabes lo que haces.

Dime qué sabes lo que haces.

¡No se bromea con eso!

¡Suéltame palo!

Gritó uno de los acróbatas que estaba sujetado por decenas de brazos y garras que provenían de una criatura que le llamaban insecto palo por alguna razón.

—Haz lo que debas hacer.

Esto será breve.

Pronunció este para introducir una de sus extremidades en la pierna del acróbata mientras el insecto palo jalaba cada parte de su cuerpo con el fin de reponer lo roto.

—Saben, prefiero que me corten la pierna.

Dijo con firmeza el joven de cabello negro que dio media vuelta y se adentro en la oscuridad ante la escena que dejaba atrás, su rostro pálido comenzaba a cambiar de color por lo que le debían hacer.

—Sabes, si vas por ahí, puede que te encuentres con una bestia.

No vas a querer encontrarte con una.

¿Cierto?

La voz era familiar, una voz anormal pero que dejaba claro que era femenina.

—Señora araña.

Usted no entiende, no quiero que me destrocen como a ese tipo.

No detuvo su torpe marcha, solo respondió deseando encontrar algo que le pudiera brindar cobijo.

—¿Ese tipo?

Es curioso.

¿Por qué no se llaman por sus nombres?

La araña quiso resolver su curiosidad y fue directo a la fuente.

Esto trajo miradas disgustada por el resto pero no la detuvieron ya que estaban deseando también saber qué era lo distinto de estos payasos.

—Porque no tenemos.

A lo mucho los grupos eran separados por barracas y luego por tareas.

Dijo este extrañado por la curiosidad de la mujer por algo irrelevante.

—De todas formas ustedes tampoco tienen nombre.

Añadió tratando de responder con lo mismo que ocurría en ese momento en el circo.

No obstante la respuesta lo hizo detenerse.

—Jovencito miedoso.

Todos tenemos nombres.

Solo que no nos han preguntado, somos arañas.

A mi me suelen llamar la señora araña.

Pero entre las demás arañas me conocen como Joro.

Esta expresó mostrando una sonrisa al abrir sus fauces en la oscuridad.

Si bien no podía verla, sentía a Joro cerca.

—Así que Joro.

Tu nombre es bello, al igual que debes serlo.

Este no sabía cómo era, pero sentía su aroma, respiración demasiado cerca, extendiendo la mano que tocó la mandíbula retráctil.

—Esto… perdón.

Veo que eres grande.

Se sentía avergonzado y aterrado, solo deseando saber si está araña le daría un final rápido y lento.

—Gracias, y no te preocupes.

No hay señor Joro.

Tal comentario avergonzó al hombre pero no supo qué decir.

—Es broma, lo que tocaste es mi boca.

La saliva es inevitable cuando ha pasado tanto tiempo.

Sus palabras si bien eran relajadas y dejaban ver su humor, la inquietud seguía ahí.

—Ahora que estás tranquilo, volvamos.

Te colocarán esa pierna en su lugar, creo.

Las palabras resultaban tranquilizadoras pero él no quería regresar, sin embargo la mano de la araña lo sujetó firme y lo comenzó a regresar a la escena de la luz.

En los camerinos se veía trabajar, imitando lo que habían visto, aunque la falta de conocimientos eran compensados con ingenio e insumos artesanales con restos que dejaron los payasos imitando a matasanos, pero desde el incidente no se les veía.

Menos a las cucarachas, era como si las hubieran exterminado.

Una vez en la oscuridad, dos figuras dispares se movían con discreción.

No obstante el tiempo, la soledad y —Te lo digo, me ofende que la rata de muelle de la mantis dijo lo de las cucarachas, los marineros de agua dulce de los nuevos me hicieron un motín a la primera que me dejaron al mando.

Expresó molesto Silas a la asociación a tales criaturas que había conocido antes.

—Bueno, debes reconocer que no eres tan distinto a las cucarachas.

Trata de no decir tanta jerga del muelle, cuando te pones así no te entiendo.

Dijo la saltarina quien estaba enfocada en saltar con los pies juntos cada vez que se encontraba una grieta en la oscuridad.

— Es difícil imaginar que la tripulación con la que compartiste tanto te quiera arrojar a los tiburones.

Son peces lunas por decir que me parezco a una cucaracha, además esos camarones de tierra comen cualquier cosa.

Su cuerpo se movió como un trapo húmedo que cambiaba de forma para posicionarse en una pose dramática.

—Sabes que comes lo que sea que toques y no mueres… hasta el momento.

¿Camarón de tierra?

La pequeña se detuvo en lo que caminaba tratando de saber que era un camarón.

—Además es algo que te cuestionó mucho, ya que a diferencia de los otros gusanos eres muy enérgico.

Añadió la pequeña tratando de retomar la charla aunque las palabras no salieron del gusano extrañando a la niña que pensó en sus propias palabras.

Ambos hicieron una pausa dándose cuenta de algo impactante.

—¡Por el caleuche!

¡Esos holgazanes de agua dulce se la han pasado haciendo de anémonas todo este tiempo mientras nosotros manteníamos el barco a flote!

Gruñó y maldijo a los inútiles gusanos tratando de recordar dónde fue la última vez que los vio extendidos en el suelo.

—Sin dudas eres tan desagradable siempre como una pequeña alimaña.

Nunca comprendemos cuando hablas tanta cosa del mar.

Respondió a las protestas del gusano el carroñero dando un manotazo que dejó a este tumbado en el suelo, perdiendo la forma como si las ataduras imaginarias soltaran su cuerpo liso y bulboso.

—Miren lo que trajo la marea.

Pero sí es ni más, ni menos que mi hermoso arrecife de coral.

Expresó esté con un gesto poético con su figura recomponiendo su estabilidad luego del impacto del carroñero.

Su forma de expresión ya se había vuelto una forma de aliviar las que das que al instante la cabezas aceptaban como algo divertido salvo la del medio.

—La marea es la que trajo tu membranoso trasero.

Más vale que te enfoques en las tareas que quedaron pendientes.

Regaño la cabeza masculina que tomaba un aire despectivo ante su compañero, sin saber si volvía a caer en el deterioro mental.

—Ustedes siempre tratan de mitigar el puerto que hay en mi.

Cuándo será el día en que me permitieran izar velas.

Se mostró dolido pero la risa de la máscara avivaba la energía desquiciada que ejercía el aire rancio que rodeaba está figura ya humanoide.

—Lo único que te pongas a izar es tu pellejo.

Ahora que has vuelto Silas, hay que ver el jardín de setas.

Hablo dando un fuerte bramido en lo que el gusano se movía inquieto, tratando de dar lo mejor en el papel dramático que desempeñaba.

—Por un percebe.

¡Cuando pretendías decir que has descuidado el jardín!

Ese proyecto no te lo podría dejar solo a ti.

Está claro que tenías que haber dejado esto en manos de tus hermanas.

Protestó este ante la aparente ineptitud de su gran compañero.

—Si vamos a tratar con el jardín jardín de setas.

Tenemos que ver si estás pequeñas logran cumplir con lo que no lograron sus antecesores.

Dijo el cuero rebuscando en sí mismo las setas que no parecían aparecer en ningún lado de su rugoso interior húmedo.

—¡No están!

¡Piratas traicioneros!

¡No están!

Dijo espantado rebuscando con más exasperación a cada instante mientras el coloso solo refunfuñaba por el agobio de tenerlo de compañero.

—¿Quién de esos desdichados piratas de agua dulce las habrán robado?

Todos son una banda de Bribones.

Pero creo que ya sé cuál de las ratas de muelle robo las setas… Habló este como si ordenará pistas al aire, el carroñero miró a la oscuridad, donde podía ver al resto de figuras a su alrededor sin entender lo que esté tanto hablaba.

—Aquí están las malditas setas, pequeña alimaña.

Acaso te olvidaste… Este saco de sus harapos una tela con los hongos brillantes.

Pero las cabezas se sintieron estúpidas cuando estaban diciendo eso, ya que el esperar algo inteligente de un estupido era algo mucho más estupido.

—Muévete.

Añadió finalmente sin permitirse escuchar las patrañas en incoherencias del gusano estropeado.

Tras un largo rato ya habían llegado al borde del piso o eso era algo que asumen todos los que habían encontrado, o escuchado a lo largo del tiempo las grietas en estas murallas que rondaban los moscos.

—Sabes aún no entiendo si es buena idea insistir tanto.

Hablo preocupada la cabeza del extremo, está usualmente era tranquila a diferencia del otro extremo que era agresiva.

— Te lo digo enserio, si logramos mantener esas semillas húmedas por un tiempo.

Tendremos brotes.

Respondió afirmando su pensamiento sobre las plantas que se cultivan sin luz.

—Bueno, entonces podríamos juntar basura orgánica y aplastarla hasta que sea como tierra.

El escepticismo era fuerte pero en esas situaciones cualquier idea para traer consigo un bocado de algo comestible era bienvenido.

—Estan hablando ridiculeces.

¡No hay planta que sobreviva en total oscuridad!

Gruñó desde el otro lado del cuerpo.

Haciendo que la cabeza siguiente tratara de evitar el vozarrón con el que le tocó vivir al lado.

—Tiene razón.

Los dos deberían dejar de… La cabeza central añadió mientras rozaba el carroñero la superficie rocosa, en el sonido ambiental de la oscuridad y sus lejanos susurros melodiosos, el traqueteo de cadenas acompañaban el deslizar de sus dedos en la áspera superficie de piedra.

—Callate marinero de tierra firme.

De los cobertizos los rezagados que llegaron del viejo continente metían estás semillas húmedas en tinajas por días para sacar los brotes y comer algo.

Este se detuvo ante la osadía del gusano ante lo que otros habían hecho.

El gusano tras decir lo que pensaba, no deseo saber la paliza que recibiría en respuesta, por lo que se movió danzante llegando a lo que conocían como jardín de setas.

—¡Mira!

Nada más.

Me escapé de una paliza y me encuentro con otra.

Este río junto a su máscara ante la ironía de la vida, solo lograron reír un poco cuando fue azotado con violencia, logrando extraer trozos de roca del golpe.

—Veo que tenemos moscos en nuestra comida.

Las figuras surgieron de la oscuridad con su brillo.

Sus máscaras brillaban en distintos tonos pero lograban transmitir una bella luz de advertencia.

—Me habías dicho que dejaste un guardia, dudo que sean estás cosas molestas.

Pronunció con desprecio el carroñero, solo para dar un paso y comprobar lo que parecía ser restos de alguien que recibió el mismo trato que el gusano.

—Ya no vuelvo a confiar en pulgas, eso sí que dolió.

Hace tiempo que no sentía que… Fue callado mientras recuperaba su forma con una figura que saltó para arremeter violentamente contra este una y otra vez, opacando el sonido del metal oxidado que le murmuraba secretos a la oscuridad.

—Veo que se entretienen.

Veré el cultivo, tú sigue con su duelo.

Sin miedo ante los moscos, el gigante avanzó siendo custodiado por estos locos fluorescentes.

Portaban armas de chatarra, cada una tan grande y pesada que parecía que necesitaban dos personas para levantarla.

No obstante los moscos las manejaban suavemente sin dificultad en cada mano.

—Veamos… parece que crecen bien.

Aunque para mí todo esto no tiene sentido.

Protestó mientras comprobaba que el cultivo fúngico crecía mejor de lo esperado en la suciedad con basura que habían mezclado.

—Veo que los antiguos payasos no estaban tan mal, lástima que nunca tuvieron oportunidad.

Pese a su tamaño, tenía cuidado con cada una de esas pequeñas estructuras conocidas como setas que los payasos no lograron apreciar con el poco micelio que juntaron por culpa de disputas en intervención de guardias.

—Esto del micelio dio frutos.

Se ven asquerosas.

No digas eso.

Los moscos parece que lo cuidaban.

Comentó aunque perdió la concentración con la charla entre sí.

—¿Qué?¿Dónde, dónde?

¿Pero qué rayos?

¿Dónde?

Fue la abrupta reacción del resto cuando una de sus cabezas mencionó que vio que el jardín había tenido mantenimiento hace poco, pusieron atención, ya que la superficie había sido tratada, evitando que partes nocivas se extendieran en el resto del hongo.

Además alguien se había asegurado de conservar la humedad del jardín.

—Pequeñas alimañas locas.

¿Ustedes hicieron esto?

Expresó alzando su imponente forma, esto fue respondido no como lo hacía el resto.

Estas independiente al tamaño y saber que los fenómenos como bestias eran criaturas complicadas, se mostraron decididos a combatir, mostrando poses firmes y dando fuertes golpes amenazantes.

Esto pareció agradarle, por lo que aceptó la invitación.

—¡El jardín!

¡El jardín!

Se escuchó una intensa serie de gritos los cuales detuvieron de golpe a todos, salvo por el mosco que había saltado para acertar el primer golpe, este inevitablemente acertó al gigante que se movió pero no sufrió gran daño, solo un pequeño corte en su piel gruesa y escamosa.

—No tuviste que haber hecho eso.

Hablo amenazante, sus ojos mostraban una furia absoluta.

Los gritos del gusano se volvieron ineficientes al desvanecerse en el cólera.

Se escuchaba su voz enferma replicar sobre el jardín mientras se enroscada en la figura del mosco, el cual perdía la pelea ya con un brazo dislocado que solo se movía para atacar a su propietario.

Otro trataba de acertar cortes precisos en el gusano pero no eran lo suficiente efectivos para liquidarlo o soltar a su compañero.

—No eres nada contra mí.

Ninguno de ustedes es capaz de hacer ni el más mínimo rasguño.

Este tenía tres moscas encima y otras cinco rodeándole para acertar golpes en lugares vitales sin conseguir resultados reales.

El coloso de varias cabezas mantenía su pie sobre uno de sus rivales, seguía golpeando a un mosco en su mano como si no hubiera nada más en el mundo.

—No se crean especiales infelices.

Solo son un par de moscas un poco más grandes de colores.

Sus fauces banean llenas de odio improperios y amenazas sobre su insignificante enemigo.

—¡Saben pollo!

¡No se porque este me sabe a pollo!

Gritó con euforia el gusano quien había dejado a su anterior huésped y se enroscaba en el siguiente.

El fluido digestivo no resultaba efectivo, aunque de todas formas parecía provocar heridas.

—¿Qué mierda dice ese loco?

No lo sé.

No tengo idea, creo que habla que saben bien los moscos.

Se mostró confundido el carroñero, tratando de sacar a los moscos que estaban arriba de su cuerpo.

—Son desagradables… Protestó este lanzando lejos al primero para así seguir sacándose la escoria de encima.

No obstante le daba curiosidad el sabor.

Desconocía qué era eso del pollo pero parecía ser algo bueno ante cómo se veía al gusano dando golpes y recibiendo de vuelta con decisión.

—Oigan.

Tal vez nos perdemos de algo bueno… Mencionó la cabeza más seria que fue quien sucumbió a la curiosidad.

No obstante fueron las cabezas del extremo quienes guiados por la tentación dieron el primer bocado a distintas moscas.

—¡Condenado gusano asqueroso!

¡Esto sabe a excremento!

¡Juro que voy a dejar de bromear contigo!

Fue la furia de la cabeza del extremo quien reaccionó al desagradable sabor de la mosca.

Esta pese a no ser agresiva como la del otro lado, se sentía engañada por quién era algo divertido en este lugar.

El carroñero arrojó con violencia a la mosca pero la otra mosca fue retenida por algo que era propio de sí mismo.

Una protesta enmudecida se hizo presente con fuerza enérgica —¿Qué ocurre?

Mencionó extrañada la cabeza central ante la presión involuntaria que se generó en el brazo.

Las cuatro cabezas de voltearon a ver a quien nunca callaba y era la más volátil.

Hubo un instante en que se perdieron en sus pensamientos en blancos, logrando apreciar como está había mantenido a la mosca con reseñó firme con sus afilados dientes.

—…

Que @ … Expresó con total descoordinación del cuerpo, dejando libre la voluntad de la agresiva.

—¿Qué carajo les pasa?

¡Acaso se volvieron imbéciles!

Este dijo antes de verse obligado a sujetar firme al mosco quien luchaba fervientemente por quitarse las fauces de la bestia de encima, al momento de hablar fue la oportunidad exacta que podía huir, pero fue apretada por la otra mano, sentenciando su destino.

Al no tener el hocico ensartado en su carne, se logró ver que habían desgarrado su piel mostrando un líquido dorado resplandeciente.

—Lo estás comiendo… No comas esa basura.

Protestó la cabeza central tratando de tomar el control, no obstante solo fue para liberar al mosco del agarre del carroñero.

—Pero está bueno.

¡No, se escapó mi comida!

Expresó esté pero en el tropiezo del avance del forcejeo entre el control, los movimientos restringidos le hicieron caer, dando la oportunidad que los moscos lo rodearon y comenzaron a entrelazar cadenas.

—Ni se les ocurra que van a pensar en limitarme un montón de… Rugió pero fue tarde, en un abrir y cerrar de ojos la pelea se vio dominada por el grupo de moscos que actuaron más como hormigas.

—¡Eres un pez luna!

¡Tantas cabezas y dejan al marinero dulce a cargo!

Protestó Silas quien había tenido su momento de degustar en el conflicto, pero hasta el sabía que en una pelea ganada, no puedes subestimar al enemigo.

Este dijo un gritó al sentir la frialdad y aspereza del metal oxidado clavándose en su tejido, ya con el gigante dominado, ya no era ni cerca un duelo parejo.

De alguna forma parecía que sabían cómo tratar con Silas lentamente fue superado por los guerreros resplandecientes que clavaron metales retorcidos en su cuerpo, si lograban volver a introducirlo, lo harían hasta que no tuviera movilidad.

En ese momento el terror gritaba en su interior cuando se retorcía el metal junto a su cuerpo, el cual trataba por todos los medios de salir de tal cárcel pero cada intento era frustrado con un nudo que impedía extraer las piezas paralizantes.

—¡Gusano inepto!

¡Quema el metal!

Rugió protestante la bestia encadenada.

—…

No puedo disolver tan rápido…¿Que crees que soy?

Respondió furioso, esforzándose en retorcerse pero su prisión corpórea ya había inmovilizado su cuerpo membranoso.

En el lugar solo se escuchaban sus bufidos llenos de rabia, dolor y remordimiento al confiarse en una lucha que se pensaba dominada.

Maldiciones e invocaciones a la desgracia que propina la tempestad inmisericorde del mar para sus rivales que usaron sus números para reducirlos a sólo vergüenza que esperaba un final oscuro en manos de sus captores.

Con la carne sometida bajo el yugo del metal, la fiel y carne era frotada contra el áspero y corrosivo óxido, provocando el continuo sonido del arrastre que daba tintineos melodiosos como una marcha fúnebre.

El pozo era el único testigo de lo que aguardaban en sí mismo para aquellos que cantaban victoria antes de asegurarse de que sus enemigos estuvieran reducidos a solo un rastro sanguinolento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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