El diario de samantha - Capítulo 76
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Capítulo 76: El diario de samantha
Capítulo – 76: Alma dividida
Jueves – 19 de noviembre del 1998
Querida Aylin
:2:30 de la madrugada:”
No podía dormir. Daba vueltas en la cama, sintiendo todavía el calor de su mano en mi brazo y ese vacío amargo en mis labios. Estaba sumida en mis pensamientos cuando, de pronto, unos golpes suaves en la puerta me sobresaltaron. Y me incorporé. De la cama Me puse la bata a toda prisa, con el corazón acelerando cada momento. Al abrir, me quedé sin aliento: era él. Christopher no dijo nada. No hubo explicaciones ni disculpas. Simplemente colocó sus manos sobre mis hombros y me besó con una pasión que me quemó por dentro. Le correspondí al instante, dejando que mis
Manos se enredaran en su espalda mientras nos acercábamos a la cama. Me recosté y sentí el peso de su cuerpo sobre el mío. Sus manos, desesperadas, me quitaron la bata y la blusa, dejándome vulnerable, solo en brasier ante su mirada. Se acercó a mi oído y su voz, ronca por el deseo, me erizó la piel: me dijo que me deseaba, que quería estar conmigo desde el primer día en que me vio. El pasado me golpeó de pronto, como un balde de agua fría en medio del fuego. Tuve que preguntarle, necesitaba saberlo: y le contesté con una voz seria
— Christopher… ¿estás seguro? sabes perfectamente quién fui, mi pasado… que fui una prostituta. ¿de verdad no te importa? porque yo… yo también te deseo.
— No me importa tu pasado, solo quiero saciar este deseo. quiero recorrer cada centímetro de tu cuerpo desnudo hacerte mi mujer —dijo christopher
Christopher me pidió que me recostara boca abajo, hundiendo el rostro en las sábanas y mordiéndolas para no gritar. De pronto, sentí su piel desnuda fundiéndose con la mía. En medio del éxtasis, un miedo punzante me recorrió: que sarahí se despertara por mis gemidos o por el rechinar de la cama. Pero christopher se acercó, pegó su rostro al mío y susurró las palabras que terminaron de romperme: “Te amo, samantha”. De pronto… el sonido estridente de la alarma. Abrí los ojos de golpe, con el corazón acelerado y la respiración entrecortada. Me quedé inmóvil,
Tratando de recuperar el aliento, mientras la realidad caía sobre mí como un balde de agua fría. Demonios… maldije entre dientes. Maldita sea, fue un sueño. Parecía tan real que me dolió el pecho. Me incorporé de prisa para comprobar si había algún rastro de él, pero al sentir el roce de mi bata y ver que aún llevaba la blusa puesta, la verdad me golpeó de frente. Estaba sola. Todo había ocurrido solo en mi cabeza, y en mi. Subconscien al girarme para ver el reloj, vi que apenas eran las 9:09 de la mañana. Me levanté tan despacio; necesitaba una ducha que me despejara.
Mientras el agua corría sobre mi cuerpo desnudo, no podía dejar de pensar sobre el sueño. Sentía la piel sensible, como si el tacto de christopher hubiera sido real y no una mala jugada de mi subconsciente. Después de vestirme, bajé a la cocina. Christopher ya estaba preparando el desayunar. Al verme entrar, sus ojos se cruzaron con los míos por un segundo, pero desvió la mirada de inmediato, casi con prisa. Me acerqué a la barra para prepararme una taza de café, sintiendo el silencio pesado entre los dos. Fue él quien rompió el hielo, aunque su voz delataba un nerviosismo que no podía ocultar:
— Samantha… ¿tú crees que mañana podrías acompañarme? quiero comprarte un vestido para la fiesta. si no puedes, yo… lo entiendo —dijo christopher
— Claro que sí, christopher —le respondí
— Samantha, yo te quería decir algo, pe…ro… tal vez aparento ser alguien aburrido, pero no sé cómo explicarte. yo no sé si tú… ¡diablos!, si tú quisieras… —respondió christopher
No entendía nada. Cada palabra que soltaba se volvía más confusa y su balbuceo me ponía aún más nerviosa. Por suerte, sarahí estaba desayunando, que siempre está atenta a todo, intervino para rescatar a su padre. Con una sonrisa cómplice, se giró hacia mí y soltó la bomba:
— Lo que quiere decir mi papá es si mañana podrías acompañarlo a comprar un atuendo nuevo… y si podrías tener una cita con él. —dijo sarahí
Me quedé helada por un segundo; el corazón se me aceleró, pero intenté conservar la calma. ¡En eso, Sarahí regresó a lo suyo y siguió desayunando! Al notar que christopher se veía tan avergonzado, me acerqué a él y, con mucha suavidad, dejé mi mano sobre la suya. De pronto, mis dedos empezaron a temblar levemente, pero él la tomó entre las suyas y nos quedamos ahí, mirándonos fijamente, como si el tiempo se hubiera detenido por completo.
— Claro que sí, christopher. Si tú lo deseas, mañana te ayudo a elegir algo nuevo. y también, si quieres, podemos tener esa cita. —le dije
— Sí, para conocernos bien… quizás así me ayudes a ser más sociable. se podría decir que eres la primera mujer con la que hablo en serio… hace años que no tengo una cita. —dijo christopher
Luego de desayunar, christopher volvió a refugiarse tras su laptop para trabajar. Yo, por mi parte, tenía una promesa que cumplir: acompañar a sarahí al parque. En cuanto ella estuvo lista, nos acercamos a avisarle a christopher que ya nos íbamos. Él, de inmediato, sacó dinero y me lo extendió para que comprara lo que necesitáramos, pero no pude aceptarlo. Sentí un nudo en el estómago. Ya era demasiado: vivo en su casa sin pagar un centavo de alquiler, no gasto en comida y, encima, me paga un sueldo por cuidar a su hija, tal como hizo ayer. No podía permitir que también pagara nuestra salida.
— Christopher, no puedo aceptar el dinero hoy déjame hacerme cargo de los gastos esta vez; yo estoy invitando a sarahí… ya aceptaré tu dinero en otra ocasión. —le respondí
— Está bien, de acuerdo, samantha —dijo christopher
Sarahí subió su habitación de nuevo corriendo, con una energía que me hizo sonreír. Bajó casi al instante trayendo consigo una pequeña caja de metal. Salimos de la casa y, mientras caminábamos, no pude evitar fijarme en el objeto. Se veía sólido, bien fabricado. La curiosidad me ganó y le pregunté si esa era su famosa cápsula del tiempo.
— Sí, así es. está fabricada con tres capas de metales diferentes, incluyendo acero inoxidable, para que pueda soportar la humedad de la tierra y el paso de los años sin dañarse… aquí tengo fotografías mías y de leonardo también hay unas cartas que él me escribió antes de irse de chicago. ni siquiera yo sé qué dicen exactamente; nos prometimos no abrirlas hasta que pasen diez años, o hasta que yo cumpla los veinticinco. años o los veinticuatro años —dijo sarahí
— ¿Y cómo conseguiste esos metales, sarahí?. no parece algo fácil de conseguir. —le contesté
— Tienes mucha razón. leonardo fue quien la consiguió para mí… no sé cómo lo hizo, pero me la dio el mismo día de mi cumpleaños, cuando me regaló la casita de muñecas. también escribió esas cartas… no sabes las ganas que tengo de leerlas ya, pero una promesa es una promesa: hasta los veinticuatro o veinticinco años no se toca. —dijo sarahí
En ese momento, el mundo a mi alrededor pareció desvanecerse. Me golpeó un flashback repentino, una imagen nítida de leonardo confesándome, con esa sinceridad que solo tienen los que aman de verdad, que estaba profundamente enamorado de sarahí. Me dolió el pecho. Ahí estaba ella, guardando cartas de un amor puro y leal en una caja de acero, mientras en el presente perdía la cabeza por alguien como joseph. Pensé en decirle la verdad, en revelarle lo que leonardo sentía, pero me detuve. ¿Qué caso tenía ahora? Ella está cegada por Joseph y, aunque no fuera así,
Leonardo ya no está en la ciudad. Me guardé el secreto una vez más, sintiendo que la verdad pesaba tanto como el metal de esa cápsula. Después de que sarahí cavara un pequeño hoyo en un rincón apartado del parque, colocó dentro la cajita de metal y la cubrió completamente con tierra. De pronto, con la voz quebrada, susurró: ¿Me escuchas? ¿Me escuchas, leonardo? ¡Donde quiera que te encuentres! Espero poder cumplir mi promesa, aunque me hayas dejado aquí completamente sola… Después de terminar de sepultar la cápsula del tiempo, emprendimos el
Camino de regreso. Mientras caminábamos por los senderos del lugar, me invadió una sensación extraña, difícil de explicar. Pasamos primero a comprar unas nieves para refrescarnos y, poco después, nos dirigimos hacia la zona de los columpios. En cuanto tomé asiento en uno de ellos, sarahí rompió el silencio y comenzó a hablarme.
— Samantha, ¿te puedo hacer una pregunta? quiero que seas totalmente honesta conmigo —dijo sarahí
— Claro, ¿cuál es tu pregunta? —le dije
Estábamos sentadas en los columpios. En ese momento, una ráfaga de aire fresco nos envolvió, despeinándonos a las dos y rompiendo el calor de la mañana. Sarahí se detuvo, me miró fijamente y dejó escapar un largo suspiro, como si estuviera armándose de valor.
— A mí no me puedes engañar, samantha… ¿qué es lo que sientes por mi papá? dime la verdad. —respondió sarahí
Me quedé helada. No esperaba que fuera tan directa. Mi corazón se me aceleró, pero decidí que, si ella quería honestidad, yo también la quería de su parte. Al verla ahí, tan decidida a arrancarme la verdad y sin dejarme una sola salida, sentí que algo dentro de mí se rompía… o quizás se acomodaba. Me pasé la mano por el cabello, echándolo hacia atrás con lentitud, como si al despejar mi rostro también estuviera intentando despejar mi mente para mirarla bien, de mujer a mujer. Ya no podía esconderme detrás de la figura de la “niñera” o de la “amiga agradecida”. Sarahí
Me estaba exigiendo una honestidad que yo misma me había negado. La ráfaga de aire volvió a pasar, pero esta vez no sentí frío; sentí que me despertaba. Sostuve su mirada, esa mirada que me recordaba tanto a la de christopher, y por fin dejé que las palabras subieran desde el pecho hasta la garganta, sin filtros, sin vergüenza. Pero a la vez me deba vergüenza aceptarlo
— Está bien, te lo voy a decir pero primero dime tú: ¿qué sentías realmente por leonardo? —le contesté
Nos quedamos en silencio, midiéndonos. Le dediqué una pequeña sonrisa, convencida de que no se atrevería a responder, de que evadiría el tema. Pero me equivoqué. Su respuesta me dejó sin palabras. Por un momento, sentí que no estaba hablando con una adolescente, sino con una mujer de mi misma edad. Era increíble cómo había madurado desde aquel viaje; parecía que los años le hubieran pasado por encima en apenas unos días.
— Honestamente, samantha, ahora que leonardo no está conmigo, lo extraño. no quería aceptar que mis sentimientos hacia él estaban cambiando; ya no lo veía solo como a un amigo, sino como a alguien especial. pero mis miedos no me dejaron hablar… no actué como debí haberlo hecho. — respondió sarahí
— Sarahí… ¿acaso lo que me quieres dar a entender es que te estabas enamorando de él? pero, ¿por qué no reconociste ese amor antes? ¿por qué ahora? —dijo sarahí
— Tal vez sí, me estaba enamorando de leonardo. pero me dio miedo arruinar nuestra amistad. ahora lo extraño demasiado… extraño estar con él todo el día, su voz, la forma en que me abrazaba. pero no me cambies el tema, samantha. dime, ¿qué es lo que sientes por mi papá? —contestó sarahí
El silencio se volvió asfixiante. Me invadió una oleada de vergüenza que me impidió sostenerle la mirada; simplemente bajé la cabeza y me quedé mirando las palmas de mis manos, como si en ellas pudiera encontrar una respuesta que no doliera. ¿Qué podría decirle?, pensé con amargura. ¿Qué ganaría aceptando mis sentimientos en voz alta? Tenía que dejar de soñar y despertar. Sentía que no era la mujer indicada para christopher. Por mucho que lo amara, mi pasado me perseguía como una sombra oscura; aunque lo reconociera, no podía borrar el hecho de que fui prostituta. Sentía que esa mancha me invalidaba para ser la compañera de un hombre como él.
— ¡Diablos, samantha! ¿por qué eres tan orgullosa? ¿por qué no puedes reconocer lo que sientes?. te voy a hablar claro por mi propia experiencia: si no hablas, lo vas a perder. no me importa tu pasado ni lo que fuiste; vive el presente, enfócate en lo que eres ahora. el pasado es el pasado, no me vengas con excusas baratas. ¿o es que no te da miedo que estefanía logre enamorar a mi padre? —comentó sarahí
Me quedé impactada. Sus palabras me golpearon con la fuerza de una verdad que no quería ver. ¿Cómo podía hablarme así? Era como si ella supiera exactamente qué sombras me perseguían. Un escalofrío me recorrió al pensar que, tal vez, sarahí sospechaba la verdad sobre mi vida anterior. Estaba ahí, a centímetros de mí, pero de repente la sentí tan lejana, como una presencia que no podía alcanzar.
— Desde que te conocimos, mi padre y yo sabíamos que tenías un problema. y no me refiero a los moretones ni a los golpes que traías en tu cuerpo. tu rostro reflejaba miedo… y todavía lo tienes. te lo digo por experiencia: yo también vivía con miedo antes de que llegaras a mi vida. siempre estaba sola; mi padre vivía enfocado en su trabajo, viajando por negocios, y aunque me quedaba con mi abuela, no era igual. pero tú me diste el valor para no tener miedo. ¡reacciona, samantha! —insistió sarahí
— Sarahí… sería lógico que estefanía estuviera con tu papá. ella tiene todo lo que se requiere: es una mujer seria, es la mejor opción. cualquier hombre la elegiría a ella. —le contesté
— Perdóname lo que te voy a decir, pero no me creo tus mentiras. muy dentro de ti te mueres de miedo de que ella se quede con mi padre. pero dime una cosa, samantha: ¿quién me enseñó todo sobre el desarrollo de mi propio cuerpo? ¿quién estuvo conmigo en mi primer periodo? sin ti, yo hubiera estado aterrada. ¿quién estuvo ahí para explicarme cada cambio de mi cuerpo? ¿acaso fue mi papá? ¿fue mi abuela? ¿fue estefanía? ¡no! ¡fuiste tú, maldita sea! si mi madre estuviera viva, estaría de acuerdo en que la mejor opción eres tú. ¡carajo, samantha, reacciona! —dijo sarahí
Sarahí saltó del columpio con una violencia que me asustó. En un arranque de pura rabia, estrelló su helado contra el suelo; lo vio derretirse sobre la tierra con la misma amargura con la que me miraba a mí. Tenía los ojos encendidos, nublados por unas lágrimas que eran más de enojo que de tristeza. La estaba decepcionando, y ese helado tirado era el grito de alguien que ya no soportaba más mis evasivas. Antes de que diera un paso para irse, me levanté y le hablé con una firmeza:
— ¡Maritza sarahí, detente! si de verdad deseas saber la verdad, está bien, te la voy a decir. mis sentimientos hacia christopher están cambiando, no puedo negarlo más. pero estoy confundida, sarahí… entiéndeme: tu padre es el primer hombre que me ayuda sin pedir nada a cambio. ¡el primero! no sé cómo interpretar lo que siento… no lo sé si es amor o si es una gratitud tan grande que me asusta confundirla con otra cosa. sarahí
Con
Cariño
Samantha
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