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El diario de samantha - Capítulo 84

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Capítulo 84: El diario de samantha

Capítulo – 84: — Fingiendo ser amigos

Sábado – 21 de noviembre del 1998

Querida Aylin – 11:30 de la mañana

:Perspectiva de sarahí:”

Al llegar al cine, joseph compró los boletos. Al verlos, me pareció extraño que hubiera elegido los asientos de hasta atrás, esos que siempre están vacíos. Mientras todos los demás se distraían mirando los carteles de los próximos estrenos, joseph tomó mi rostro y me dio un beso. Yo le correspondí, sintiendo cómo su mano comenzaba a acariciar mis piernas. Le pedí que se detuviera un momento, temerosa de que alguien pudiera vernos, aunque, siendo honesta, una parte de mí no quería que parara. En ese momento, joseph intentó deslizar su mano por debajo de mi pantalón, pero lo detuve con una pregunta que me quemaba por dentro:

— Joseph, detente… estoy en mis días. yo también deseo estar contigo, pero dime la verdad: si lo hacemos y consigues lo que quieres, ¿me vas a abandonar? —le respondí

— Claro que no, mi amor. yo te amo —respondió joseph

Él continuó besándome y, de nuevo, introdujo su mano en mi pantalón. Esta vez no hice nada, dejé que explorara. En cuanto sus dedos rozaron la textura de mi toalla femenina, se detuvo en seco. Le repetí que estaba en mi periodo, pero él no dejó de besarme. La verdad es que deseaba con ansias experimentar esa intimidad con mi novio, pero necesitaba estar segura de sus sentimientos; no quería entregar mi virginidad sin saber si era amor de verdad. Por suerte, la película comenzó en ese instante y me sentí a salvo. Él se lo había creído. En realidad, mi ciclo había terminado hacía dos días, pero se me ocurrió ponerme la toalla solo para que él la sintiera al intentar tocarme. Fue mi escudo.

— Entonces dime, ¿qué tengo que hacer para que me creas? que te amo y no te voy a abandonar. te he sido fiel, no he estado con nadie más… te he demostrado de todas las formas posibles cuánto me importas —respondió joseph

— Yo sé que sí, joseph… pero si es así, ¿por qué no nos casamos? no ahora, pero cuando sea mayor de edad. nos casamos por el civil y después ya veremos dónde vivimos. a mí me faltan cuatro años para cumplir los dieciocho, y a ti solo te faltan dos. si de verdad me amas, puedes esperar, ¿no? —le dije

Joseph aceptó, pero de inmediato volvió a besarme con una pasión que me asustó un poco. Deslizó su mano por debajo de mi blusa, intentando tocar mis pechos. Le supliqué que se detuviera, que alguien podía vernos y que nos echarían del cine, pero él insistía en que sería rápido. No sé cómo logró convencerme, pero permití que escondiera su rostro en mi escote. Sin embargo, cuando sentí que intentaba desabrochar mi brasier, reaccioné. Le advertí con firmeza que, si seguía me marcharía a casa en ese mismo instante. Él se detuvo, pero pude notar en su rostro que estaba molesto. Si no lo hubiera frenado, probablemente yo habría terminado cediendo, pero tenía que ser fuerte.

— Joseph, discúlpame, de verdad. tal vez pienses que soy egoísta, pero no soy de palo; yo también siento. lo que no ves es que me estás tratando como a cualquiera. te he dejado avanzar más de lo que jamás permití a nadie, pero tienes que entender que hay límites —le contesté

— Discúlpame, sarahí. no medí las consecuencias. comprende que soy hombre y tengo mis necesidades… pero en verdad, perdóname —respondió joseph

:Perspectiva de samantha:”

Mientras estaba recostada en la cama, el frío se volvió insoportable; sentía que me estaba congelando por dentro. Intenté abrigarme con las mantas, pero el temblor no cedía. Sin darme cuenta, me quedé profundamente dormida hasta que desperté sobresaltada; christopher me estaba moviendo con suavidad para que reaccionara. Con mucha paciencia, me ayudó a tomar un jarabe y una pastilla. Luego, bajó rápidamente a la cocina y volvió a los pocos minutos con un plato de comida, que colocó con cuidado en la mesita de noche. Mientras acomodaba las almohadas para que yo pudiera incorporarme, tomó la cuchara y me miró con determinación.

— Samantha, abre la boca. te voy a dar de comer yo —dijo christopher

— Christopher, de verdad… estoy bien, te agradezco mucho que te preocupes por mí, pero no quiero ser una carga ni causarte más problemas —comenté

— ¿Por qué eres tan testaruda, samantha? —preguntó christopher

— ¿Que yo qué? ¿testaruda? ¡disculpa! —le reclamé indignada

Desvié la mirada y apreté los labios, negándome a abrir la boca. Sabía perfectamente que me estaba comportando como una niña de cinco años, pero no iba a dejar pasar que me llamara “testaruda”. Sin embargo, su respuesta me dejó helada; era la primera vez que lo escuchaba hablarme con esa autoridad, usando un tono que no admitía réplicas.

— Samantha poots tyler, vas a comer porque yo lo digo abre los labios ahora mismo; vas a tomar este caldo de pescado —dijo christopher

Al ver que me hablaba con esa autoridad, no tuve más remedio que ceder. Abrí los labios lentamente, dejando que me alimentara en silencio. Era la primera vez que alguien me trataba con esa mezcla de firmeza y cuidado, y mucho menos un hombre; me sentía extrañamente protegida. Cuando terminé de cenar, christopher se levantó de la silla con movimientos pausados. Acomodó mis almohadas para que pudiera recostarme con suavidad y, con una ternura que me dejó sin aliento, comenzó a colocar lienzos húmedos sobre mi frente para intentar dar tregua a la fiebre.

— Christopher, gracias por cuidar de mí. te lo agradezco de corazón. jamás imaginé que, si llegaba a enfermarme, serías tú quien estaría aquí, cuidándome de esta manera —le dije

Mientras christopher seguía colocando lienzos húmedos sobre mi rostro, empecé a sentirme un poco mejor. El alivio fue tal que, sin darme cuenta, me fui quedando dormida una vez más. De repente, desperté sobresaltada; había sentido que caía en un hoyo profundo y oscuro, pero por suerte solo había sido una pesadilla producto de la fiebre. Al girarme para ver la hora, me sorprendí al notar que ya eran las nueve de la noche; había dormido nueve horas seguidas. Al moverme, me encontré con una imagen que me detuvo el corazón: christopher seguía allí conmigo. Estaba

Sentado en la silla, con el cuerpo encorvado y su rostro descansando sobre el borde de la cama, profundamente dormido a mi lado. Me quedé observándolo un momento; incluso en sueños, sus manos sujetaban con firmeza el frasco de jarabe. De repente, el sonido de la alarma rompió el silencio. Christopher despertó sobresaltada y, al notar que yo lo miraba, se incorporó de inmediato.

— Samantha, ¿qué haces despierta? como te sientes ya algo mejor… ya son las nueve, te toca tu medicina —dijo christopher

Agitó el jarabe y me dio la dosis exacta. Luego bajó a la cocina y, tras unos treinta minutos, regresó con un nuevo plato de comida. Aproveché para preguntarle si sarahí ya había llegado. Me contestó que sí, pero que ya estaba dormida. Con la misma paciencia de antes, comenzó a alimentarme. Al terminar, puso su mano sobre mi frente con delicadeza.

— Ya ha bajado bastante la fiebre. con la medicina, es muy probable que para mañana amanezcas mucho mejor —dijo christopher

— Gracias christopher —le dije

— No te preocupes, samantha. tu siguiente dosis es a las siete de la mañana… yo ya me retiro a mi habitación para que puedas descansar. cuídate mucho —respondió christopher

— Yo también espero estar bien para la fiesta —le dije

— No vas a ir, samantha. si vas, vas a recaer. apenas te estás aliviando y no te voy a exponer, menos con el frío que hace de noche. si estuviéramos en agosto no habría problema, pero estamos en noviembre… gracias a dios que aún no ha nevado —dijo christopher

— Pero, ¿por qué no? yo quiero ir contigo, christopher —insistí

— Yo no quiero que vayas, entiéndelo por favor, samantha. y no te preocupes, yo tampoco iré a la fiesta. tu salud es mucho más importante que una simple celebración —dijo christopher

— Me cuidaré, te lo prometo. no me va a pasar nada, te lo juro, christopher. ¿a qué le tienes miedo? una fiebre no me va a matar —le dije, restándole importancia.

— Mira, samantha, no vas a ir y yo tampoco iré. si tienes una recaída, una fiebre alta sí puede llegar a ser mortal, ¿es que no entiendes la situación? no te quiero perder. ya perdí a maritza hace catorce años… y no quiero perderte a ti, samantha —dijo christopher

Me quedé en silencio, simplemente mirándolo. En ese instante no hubo pensamientos románticos; solo la comprensión de que él tenía un miedo real y profundo de perderme. Para no preocuparlo más, acepté no ir a la fiesta. Christopher se dispuso a retirarse hacia su habitación, pero antes de que cruzara la puerta, le sostuve la mano con suavidad, obligándolo a mirarme fijamente.

— Christopher… ¿te puedes quedar a dormir conmigo esta noche, por favor? —le dije

— Está bien, samantha. me quedaré contigo. así puedo vigilar que la fiebre no regrese con más fuerza y cuidarte si me necesitas —dijo christopher

Christopher comenzó a acomodar la silla para intentar dormir en ella, pero no pude dejar que pasara la noche así. Le pedí que se quedara conmigo en la misma cama, pero él se negó de inmediato. Me explicó que no era buena idea, que su propio calor corporal podría provocar que mi temperatura subiera de nuevo. Sin embargo, yo no estaba dispuesta a dejarlo ir.

— Christopher, te voy a confesar algo cuando era niña y cuando me enfermaba, siempre me daba pánico quedarme sola. uno de mis padres se quedaba conmigo a dormir porque me aterraba la idea de no despertar… solo será por esta noche. quédate conmigo, por favor —le dije

Christopher finalmente se recostó a mi lado. En cuanto sentí su peso en el colchón, no pude evitar buscarlo; me acerqué a él impulsada por una necesidad que iba más allá del frío de la fiebre. Nuestros rostros quedaron tan juntos que podía sentir su respiración mezclándose con la mía. Lo abracé con todas las fuerzas que me quedaban, aferrándome a él como si fuera lo único sólido en mi mundo. Hundí mi rostro en su pecho, aspirando su aroma, y sentí cómo sus brazos, finalmente, me rodeaban con una delicadeza que me hizo vibrar. Escuchar el latido constante de su corazón bajo mi oído fue la mejor medicina. Poco a poco, el miedo a la oscuridad y a la enfermedad se fue disipando. Protegida por su abrazo, me fui quedando dormida muy lentamente.

:Perspectiva de christopher:”

Cuando me aseguré de que samantha se había quedado profundamente dormida, intenté moverme con cuidado. Quería alcanzar otra manta, pero ella me sujetaba con una fuerza sorprendente incluso en sueños; no me soltaba. Su calor corporal, sumado al cansancio de tantas horas de vigilia, terminó por vencerme. De pronto, desperté sobresaltado. Sentí que el cuerpo de samantha, pegado al mío, temblaba violentamente. Al mirar el reloj, la luz roja marcaba la una de la madrugada. Alarmado, coloqué mi mano sobre su frente y el corazón se me detuvo: estaba

Ardiendo. ¡Oh dios mío, estás hirviendo! exclamé en un susurro desesperado. Me levanté de un salto y corrí al baño. Abrí la llave de la regadera y cuando sentí la temperatura adecuada, regresé por ella, la cargué con cuidado y nos metimos ambos bajo el chorro de agua. Me senté en el suelo de la ducha, sosteniéndola firmemente contra mi pecho mientras el agua nos empapaba. No la soltaba ni un segundo; cuidaba con extrema atención que el agua no entrara en su nariz o su boca. Samantha solo emitía pequeños quejidos de dolor. Sentí un inmenso alivio cuando, tras varios minutos, noté que su piel empezaba a enfriarse; la fiebre finalmente estaba cediendo.

— Tengo frío… mucho frío —dijo samantha

La urgencia y la cercanía me nublaron el juicio. Sin pensarlo, tomé su rostro entre mis manos y la besé. En cuanto mis labios tocaron los suyos, un rayo de arrepentimiento me golpeó; sabía que estaba mal, pero para mi sorpresa, samantha correspondió el beso. Nos besamos con una pasión desesperada hasta que ella, agotada, volvió a quedar inconsciente en mis brazos. Al comprobar que su temperatura ya era normal, la saqué de la ducha, la envolví en una toalla seca y comencé a secarla con movimientos mecánicos. Me sentía profundamente avergonzado. Estaba sumido en esos pensamientos cuando de repente samantha abrió los ojos.

— Christopher… ¿qué pasó? ¿por qué estoy empapada? ¿y por qué estás mojado tú también? tengo mucho frío… —respondió samantha

Sentí que mi corazón se me aceleraba. Traté de que mi voz sonara lo más firme posible para no delatar mi nerviosismo.

— Es que la fiebre volvió a subir, samantha estabas hirviendo de fiebre y no bajaba con nada… no tuve otra opción más que meterte a la regadera conmigo para que el agua hiciera efecto rápido. no te preocupes… no hice nada malo. no te quité la ropa interior ni siquiera te desvestí… pero qué bueno que despertaste, ahora puedes cambiarte por algo seco —dijo christopher

— Confío en ti, christopher. sé perfectamente que jamás me harías daño pero ahora me preocupas tú… no quiero que te enfermes por mi culpa. gracias por cuidarme tanto —le dijo samantha

Con

Cariño

Samantha

Capítulo – 85: — Sentimientos descontrolados

Domingo – 22 de noviembre del 1998

Querida Aylin

Intenté levantarme, pero me sentí tan débil que las piernas no me sostuvieron. Christopher me sujetó de inmediato, evitando que cayera al suelo. Con un hilo de voz, le pedí que buscara una pijama limpia en el cajón y que, por favor, sacara también ropa interior. Él lo hizo, pero al ver las prendas en sus manos, me di cuenta de que apenas podía moverme. Lo miré con una mezcla de cansancio y una pizca de picardía, intentando aligerar el ambiente.

— Christopher, ¿me ayudas a ponerme la ropa? no te preocupes, para que no te sientas incómodo me taparé con la toalla mientras lo haces… aunque, para ser honesta… no tendría problema si me ves desnuda —le dije

— No puedo hacer eso, samantha… tú mereces respeto. yo… discúlpame por lo que hice, de verdad. —dijo christopher

— No tienes por qué pedirme disculpas. hiciste lo necesario para bajarme la fiebre. me di cuenta de que me metiste a la ducha con ropa y todo para ayudarme. gracias por salvarme otra vez, christopher —le respondí

Mientras me ayudaba a cambiarme, sentí que el rostro me ardía de vergüenza. En un susurro, le pedí que me pasara una toalla femenina del cajón de la mesita de noche. Él lo hizo con total naturalidad y, no sé cómo, logré colocarla en mi ropa interior. Por fin estaba seca, pero christopher seguía empapado. Le pedí que fuera a cambiarse de inmediato, pero él me miró preocupado.

— Samantha, tenemos un problema. la cama está muy mojada; con la prisa de sacarte de la regadera, te acosté aquí sin pensar y el colchón se empapó. no puedes quedarte así —dijo christopher

— ¿Por qué no me voy a dormir a tu habitación solo por esta noche? si no es mucha molestia… —le respondí.

— ¿Estás segura? no quiero que te sientas incómoda en mi habitación —preguntó christopher

Miré el reloj: era la 1:30 de la madrugada. Le aseguré que no me importaba; de hecho, le dije con total confianza que podría dormir con él incluso estando desnuda, pues sabía perfectamente que él me respetaría. Sin embargo, al decir esto, christopher desvió la mirada hacia el suelo. No entendí por qué se puso tan tenso en ese momento.

— Está bien. ahorita vuelvo, voy a cambiarme y regreso por ti. no tardo mucho, samantha —contestó christopher

Antes que saliera christopher, se acercó hacia mí y colocó su mano sobre mi frente con una ternura que me desarmó, susurro con alivio. Gracias a dios, ya no tienes fiebre, no pude evitarlo. Antes de que retirara la mano, se la sostuve y le planté un beso en la palma en señal de agradecimiento. Una lágrima rodó por mi mejilla; era la primera vez en mi vida que me sentía realmente valorada, cuidada… y hasta amada. Christopher salió de la habitación y me quedé sola un momento. De repente, una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Tuve un recuerdo borroso, un eco de algo

Cálido presionando contra mis labios. No sabía si lo había soñado o si era un delirio de la fiebre, pero la sensación persistía, aunque no lograra atrapar el recuerdo por completo. Me quedé allí, pensativa, envuelta en el silencio de la habitación. Deseé, con todas mis fuerzas, tener el valor que siempre me había hecho falta. Si lo tuviera, le pediría a christopher que esta noche me hiciera su mujer; pero no quería lastimarlo, y mucho menos usarlo. Todavía me sentía tan insegura de mí misma… Necesitaba sanar. Decidí que el lunes le pediría a mi psicóloga tener dos citas por

Semana; necesitaba sacar todo este dolor de mi sistema lo más rápido posible para estar bien para él. De pronto, christopher regresó. Al verlo ya cambiado y seco, una sensación de seguridad me recorrió el cuerpo. Intenté incorporarme para salir de la habitación por mi propio pie, pero él me detuvo con un gesto suave. Tomó el jarabe y las pastillas de la mesita de noche y me las entregó para que yo las llevara. Sin decir una palabra, me tomó de nuevo en sus brazos. Mientras salíamos de la habitación, recargué mi rostro en su pecho. El mundo exterior dejó de existir para mi; solo estábamos él y yo, y el sonido constante y rítmico de los latidos de su corazón bajo mi oído.

— Samantha, ¿te puedo preguntar una cosa? —dijo christopher

— Sí, claro, dime —le respondí

— Por casualidad… ¿alguna vez te han robado un beso? ¿te enojarías? ¿te molestaría mucho si alguien lo hiciera? — contestó christopher

En ese momento me quedé helada. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Pensé de inmediato en rogue y en aquel beso que me dio a la fuerza. “Dios mío”, pensé aterrada, “debo haber hablado de más en la ducha mientras deliraba”. Estaba convencida de que había mencionado lo de rogue y ahora christopher debía estar pensando lo peor de mí. ¿Y si creía que me gustaban las mujeres? ¿Y si me juzgaba por algo que yo no busqué? Ahora entendía por qué se había puesto tan tenso.

— Depende del beso, christopher… pero para mí no significaría nada. al final, solo es un beso y ya. no tiene importancia. para mi —le contesté

— Entonces… ¿para ti un beso robado no significaría nada bueno, qué bueno que me lo dices, samantha. ya veo que para ti no tiene ningún valor. —dijo christopher

Sus facciones cambiaron por completo y se puso distante. Yo no entendía por qué se molestaria tanto. ¡A mí no me gustaban las mujeres! No comprendía por qué se ponía así por algo que, para mí, había sido un abuso de rogue y nada más. Al llegar a su habitación, christopher me sentó en la cama con cuidado, tomó una toalla y comenzó a secarme mi cabello, pero esta vez sus manos no tenían la misma suavidad de antes; me peinaba con una rigidez contenida, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por no hablar. Lo miraba extrañada; el ambiente se había vuelto

Denso, yo creía estar dejando claro que el beso de rogue no tuvo valor para mí, pero no entendía por qué mi respuesta le había afectado tanto a él. Me quedé sumida en mis pensamientos mientras él seguía peinándome con esa extraña frialdad. No lograba comprender por qué se había puesto así; yo no le había dicho nada malo. Entendería su reacción si él me hubiera besado y yo le hubiera soltado esas palabras; ahí sí estaría justificado que se sintiera lastimado o que su orgullo estuviera herido. Pero yo me estaba refiriendo a rogue, a un beso que no busqué y que no significaba nada para mí.”¿Por qué se ofende?”, me preguntaba una y otra vez, sintiendo cómo la

Tensión en la habitación aumentaba. No tenía sentido que se tomara mis palabras como algo personal si, según yo, no había pasado nada entre nosotros más allá de sus cuidados por la fiebre. Me repetía la misma lógica en la cabeza: si él fuera quien me hubiera robado un beso en la ducha, entendería que mis palabras fueran como una bofetada… pero como estaba segura de que eso no había pasado, su actitud me parecía totalmente fuera de lugar. Estaba tan perdida en mi propia lógica que no alcanzaba a ver que mi falta de memoria era lo único que me impedía entender el dolor que reflejaban sus ojos.

— Christopher, ¿estás enojado? ¿hice algo malo para que te molestaras?. a veces soy tan estúpida y no mido lo que digo. si te ofendí en algo, discúlpame… para mí eres lo mejor que me ha pasado en mi miserable vida. no quiero perderte por una tontería sin siquiera saber qué fue lo que hice.

— No, samantha, discúlpame tú a mí me comporté como un idiota. solo fue una pregunta, creo que exageré… tú significas muchísimo para mí.—dijo christopher

Sin poder aguantar más la distancia que se había formado entre nosotros, me armé de valor y coloqué mis manos sobre su rostro. Christopher se quedó paralizado, sorprendido por mi gesto; era la primera vez que me atrevía a tocarlo con tanta iniciativa. Me acerqué lentamente hacia él, acortando el espacio hasta sentir su propia respiración: En ese momento nos fundimos en un abrazo. Me aferré a él con todas mis fuerzas y él me correspondió con la misma intensidad. Mientras estaba ahí, protegida entre sus brazos, pensé para mis adentros que, si la vida me diera la

Oportunidad de repetir todo, lo haría sin pensarlo. Aceptaría sufrir de nuevo, pasar por el infierno de la prostitución y todo el dolor del pasado, solo porque sabía que, al final del camino, tarde o temprano lo conocería a christopher y a sarahí. Finalmente, christopher se recostó en la cama y yo me acomodé junto a él. Sentía el cuerpo ligero, la fiebre se había ido, pero el alivio de tenerlo cerca era la mejor medicina. No quería separarme ni un segundo; solo deseaba quedarme así, durmiendo a su lado, sintiendo que por fin estaba a salvo.

Con

Cariño

Samantha

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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