El Dragon caído renace en el mudo mágico de Harry Potter - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capitulo 03 Caldero Chorreante y Sentimiento de Libertad
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4: Capitulo 03: Caldero Chorreante y Sentimiento de Libertad 4: Capitulo 03: Caldero Chorreante y Sentimiento de Libertad Aurelian caminaba con pasos pequeños pero firmes por las calles frías de Londres.
El abrigo grueso le quedaba un poco grande, pero no le importaba.
Lo importante era otra cosa.
Levantó una mano dentro del bolsillo y dejó fluir una pequeña corriente de maná.
Su poder recorrió la tela del abrigo como un susurro invisible.
Una capa de camuflaje.
No era una invisibilidad perfecta, pero sí lo suficiente para que los ojos humanos simplemente… no repararan en él.
Si alguien lo miraba directamente, lo vería.
Pero nadie pensaría en hacerlo.
Un truco simple.
Uno que había aprendido durante su niñez en su otra vida.
—Esto debería bastar… —murmuró en voz baja.
Sus ojos índigo se movieron hacia la calle principal.
Allí estaban.
Los hombres extraños.
Capas largas.
Sombreros poco comunes.
Y uno de ellos llevaba en la mano aquel objeto delgado que había visto antes.
Una varita.
Aurelian los siguió manteniendo cierta distancia.
Su pequeño cuerpo no hacía mucho ruido al caminar.
Además, el hechizo de camuflaje hacía su trabajo.
Nadie miraba al niño que caminaba detrás de ellos.
Los hombres avanzaron por varias calles hasta detenerse frente a un edificio viejo y algo descuidado.
Un pub.
El cartel colgante decía: The Leaky Cauldron Aurelian inclinó ligeramente la cabeza.
El lugar parecía insignificante desde fuera.
Pero su percepción mágica decía lo contrario.
Había magia por todas partes.
Los hombres entraron.
Aurelian esperó unos segundos.
Luego caminó hacia la puerta.
La empujó lentamente.
El interior estaba lleno de ruido.
Risas.
Conversaciones.
El sonido de vasos chocando.
Había magos por todas partes.
Algunos llevaban túnicas extravagantes.
Otros vestían de forma más normal, aunque sus ropas aún tenían algo extraño.
Pero eso no fue lo primero que captó la atención de Aurelian.
Fue otra cosa.
Su mirada se detuvo en una mesa cercana.
Un hombre corpulento llevaba un cinturón grueso.
El material era inconfundible.
Escamas.
Aurelian lo supo de inmediato.
Cuero de dragón.
Su mirada se movió hacia otra mesa.
Botas negras.
También hechas con la misma piel.
Luego una bolsa.
Un cinturón.
Guantes.
Por un momento… su corazón se tensó.
Así que… ¿los cazan?
Una pequeña sensación incómoda recorrió su pecho.
Los dragones de este mundo… parecían ser tratados como simples recursos.
Eso lo inquietó más de lo que esperaba.
Sus ojos recorrieron el lugar nuevamente.
Entonces miró en una dirección específica.
Más allá del pub.
Más allá de la pared trasera.
Más allá de la magia que ocultaba la entrada.
Su percepción se extendió.
Profunda.
Bajo tierra.
Allí estaba.
La presencia del dragón.
Débil.
Encadenada.
Triste.
Aurelian permaneció quieto unos segundos.
Solo observando.
Luego su mente comenzó a pensar en otra cosa.
Si estos humanos pueden matar dragones… ¿qué clase de poder tienen?
Su mente recordó algo antiguo.
Los caballeros mágicos.
Guerreros capaces de enfrentarse a dragones en combate.
Un verdadero dolor de cabeza.
¿Existirían en este mundo también?
Mientras pensaba en eso, un recuerdo apareció de repente en su mente.
Un viejo rival.
Un humano particularmente obstinado.
Harry Desmond.
Aurelian soltó una pequeña risa.
—Ese idiota… Por un momento olvidó dónde estaba.
Luego volvió a concentrarse.
Observó el lugar una última vez.
Magos.
Magia.
Objetos encantados.
Y aun así… nadie parecía notar su presencia.
El pequeño dragón frunció ligeramente el ceño.
Luego su expresión se relajó.
El miedo que había sentido antes comenzó a desvanecerse.
Así que es así.
Puedo entrar aquí… y nadie se da cuenta.
Su hechizo de camuflaje seguía funcionando perfectamente.
Ningún mago parecía percibirlo.
Nadie lo miraba.
Nadie sospechaba.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces… ¿cómo podrían hacerme daño?
Giró lentamente hacia la salida.
Aún no era el momento.
Primero debía investigar.
Aprender.
Comprender este mundo.
Y luego… liberar a la pequeño dragón que lloraba bajo la ciudad.
Aurelian salió del Caldero Chorreante tan silenciosamente como había entrado.
La noche londinense volvió a recibirlo.
Pero ahora sabía algo importante.
Muy importante.
Había encontrado el lugar.
Y pronto volvería, sus reservas de mana no durarían lo suficiente para hacer lo que quiere, pero dentro de 1 año.
Volverá mas fuerte y salvara a esa criatura que era parte de su raza, además siente una conexión con esta, pues su tristeza es casi similar a la que el tenía, pero diferente por el hecho que siente las ganas de ser libre que también transmite.
Esperáme un poco mas…
…
En las profundidades del banco de los magos, muy por debajo de las calles de Londres y de los túneles donde viajaban los carros de los duendes de El Banco Mágico Gringotts, una enorme criatura abrió lentamente sus ojos.
Las cavernas eran inmensas, excavadas en la roca negra y húmeda.
El aire estaba cargado de polvo, metal y el olor áspero del fuego antiguo.
Antorchas verdes colocadas por los duendes iluminaban apenas el lugar, proyectando sombras irregulares sobre las paredes de piedra.
Allí, encadenada entre pilares de roca reforzados con gruesos anillos de hierro encantado, descansaba una dragona.
Era de la raza El Ironbelly Ucraniano, una de las más grandes y temidas especies de dragones conocidas por los magos.
Sus escamas eran gruesas y metálicas, de un gris plateado que reflejaba la luz de las antorchas como si estuvieran hechas de hierro pulido.
A pesar de la suciedad acumulada por los años de cautiverio, aún conservaban ese brillo duro y pesado que caracterizaba a su especie.
Su cuerpo era colosal.
Incluso encadenada y encorvada por el espacio limitado de la caverna, su tamaño superaba fácilmente al de una casa pequeña.
Sus alas, plegadas contra su espalda, mostraban membranas gruesas y cicatrizadas por los años.
Algunas partes estaban quemadas por los castigos de los duendes cuando intentaba rebelarse.
Sus ojos, grandes y pálidos, casi lechosos por el tiempo pasado en la oscuridad, permanecían medio cerrados.
Acostumbrada a la penumbra.
Acostumbrada al silencio.
Acostumbrada a la resignación.
Durante años había escuchado únicamente tres cosas: El eco distante de los carros deslizándose por los rieles de los túneles.
Las órdenes ásperas de los duendes.
Y el sonido metálico de sus propias cadenas.
Pero esa noche… algo cambió.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo.
Un instinto antiguo, mucho más viejo que cualquier entrenamiento o castigo, despertó en lo más profundo de su sangre.
La dragona levantó lentamente la cabeza.
Sus fosas nasales se abrieron.
El aire de la caverna entró con fuerza en sus pulmones.
Y entonces lo sintió.
Una presencia.
Lejana.
Muy lejana.
Pero inconfundible.
Su corazón, que durante años había latido con la pesadez de una criatura derrotada, comenzó a acelerarse.
Su cola se movió ligeramente, arrastrando piedras y polvo sobre el suelo de roca.
Las cadenas tensaron.
El hierro rechinó.
La presencia no era la de un mago.
No era la de un duende.
No era la de ninguna criatura que hubiera sentido antes.
Era algo… mucho más profundo.
Mucho más antiguo.
Algo que su instinto reconocía incluso sin entenderlo.
Sangre de dragón divino.
O así era según sus sentidos.
No una sangre común.
Era más pura.
Más pesada.
Más dominante.
Algo que existía por encima de su propia especie.
Sus pupilas se contrajeron.
Un calor recorrió su pecho.
Durante un instante, la tristeza que había cargado durante años se quebró.
Y en su lugar apareció algo que había olvidado.
Esperanza.
La enorme dragona levantó la cabeza tan alto como le permitían las cadenas.
Sus alas se tensaron.
Las escamas metálicas chocaron entre sí produciendo un sonido seco y pesado.
Luego… rugió.
No fue un rugido de rabia.
Ni uno de dolor.
Fue un rugido profundo, tan poderoso que hizo vibrar la roca de la caverna.
El sonido recorrió los túneles subterráneos como un trueno atrapado bajo la tierra.
Algunas antorchas temblaron.
El polvo cayó del techo.
En los túneles cercanos, varios duendes levantaron la cabeza con molestia.
—Otra vez esa maldita bestia… Pero no entendían.
No podían entenderlo.
Porque ese rugido no era un intento de rebelión.
Era una respuesta.
Una llamada.
Una promesa instintiva.
La dragona cerró lentamente los ojos.
Su enorme pecho subía y bajaba con respiraciones profundas.
La presencia seguía allí.
Lejana.
Sobre la superficie.
Pero real.
Muy real.
Y en lo más profundo de su mente primitiva, una certeza silenciosa se formó.
No sabía cómo.
No sabía cuándo.
Pero lo sabía.
La libertad venía en camino.
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