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El Eco de la cordillera - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 Aliento ajeno
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11: Aliento ajeno 11: Aliento ajeno De todas las personas, precisamente él.

Se mordió la lengua ofuscada, no lograba pensar como zafarse de eso ¿Qué excusa pondría?

El tipo la delataría; incluso estaba la horrorosa posibilidad de que él la hubiera seguido para deshacerse de ella, se le alaciaron las pestañas solo de imaginarlo.

Avanzó unos pasos más hasta acercarse a una parte donde el bosque se tornaba más espeso, tenía dos opciones, correr ocultándose en la oscuridad, o pensar alguna tontería lo suficientemente creíble.

—Ley suprema de la soberanía de Lunhae, libro uno, página cuarenta, párrafo siete “Se considera una falta grave el acechar a una mujer soltera sin su consentimiento” —sería la segunda opción, si era más veloz que ella la alcanzaría sin esfuerzo—, “Puede ser multado e incluso encarcelado” Se giró hacia quien había estado vigilando sus pasos.

La luz de la luna alumbró al segundo príncipe mientras revelaba su figura que había permanecido oculta tras un tronco enorme.

—¿No va a decir nada?

—cuestionó apretando las cejas.

Él la observó sin expresión alguna —Acechar a un príncipe es un delito aún mayor —articuló Hyaker.

—Aún no leo esa parte —verbalizó sarcástica—, además, fue una casualidad.

Él alzó una ceja —Sigue siendo un delito.

—El tuyo también ¿Crees que no tendrá consecuencias si alguien se entera que me estás siguiendo?

Podrían obligarte a casarte conmigo —alzó una ceja advirtiendo.

Hyaker entrecerró los ojos ante el descaro que había mostrado al tutearlo —Eso es imposible por muchas razones —declaró acercándose tranquilo—.

La principal porque elegiría ser un eunuco antes de que eso pase —declaró firme.

Leone un poco más serena examinó al príncipe que traía un hanyū militar más sencillo que el de ocasiones anteriores, era negro y sin decoraciones; no parecía portar un arma, o bueno, quizás la ocultaba dentro de sus ropas o en las botas de cuero.

Leone insistió buscando al menos un alfiler en la ropa del segundo príncipe, entrecerró los ojos mientras jugueteaba con el arma cuya empuñadura plateada brillaba con los rayos de la luna.

Hyaker centró la vista en dicha acción —¿Qué hace con eso?

—¿Qué?

¿La daga?

Él asintió —¿Qué pretende hacer con un elemento de ese calibre?

—Defenderme —dibujó una ladeada sonrisa encubriendo el temblor que se presentaba en su labio inferior cada que imaginaba que el príncipe podía matarla.

Hyaker exhaló el aire por la nariz arrugando el entrecejo con sorna —No podría hacer nada —susurró para sí mismo.

—¿Qué has dicho?

—preguntó un tanto ofendida.

El negó con la cabeza.

Después de unos segundos agregó:— Contra alguien el doble de alto y fuerte, esa arma incluso puede ser la causa de “tu” muerte.

—Quizás —afirmó con fingido desdén—, pero el atacante al menos se llevará una cicatriz —dijo apuntando el puñal hacia la hermosa cara del príncipe.

Iniciaba a arrepentirse de su repentina valentía.

Hyaker giró el rostro mientras expulsaba una pequeña risa en un tono bajo y burlón —¿Cómo estás tan segura?

—cuestionó.

—No lo estoy, lo averiguaré si se presenta la ocasión —respondió menos temerosa y más ofendida—.

¿Crees que esta es la ocasión?

El príncipe rodó los ojos —No creo —dijo negando con la cabeza mientras la escrutaba relamiendo su labio inferior—.

De igual modo, no podrías.

—¿Cómo sabes tú que no podré hacerlo?

—quería tener fe de que todo ese momento era una especie de sueño, pero al sentir el aire frío enredando sus despeinadas ondas azabache aceptó que era un momento real.

—¿Quieres que lo compruebe?

—dijo Hyaker mientras salía de la posición en la que se encontraba desde hace rato.

Se acercó amenazante mientras sus afilados ojos la escocían.

Su caminar igualaba al de un felino hambriento.

Leone retrocedió un par de pasos sin bajar el puñal.

—¿Qué haces?

—preguntó en un susurro nervioso.

En un rápido movimiento Hyaker se acercó y con su mano izquierda tomó ambas muñecas de la chica, colocándolas sobre su cabeza, con la otra la tomó de la cintura, la empujó hacia atrás hasta que la espalda de ella compactó en un árbol.

Todo transcurrió tan rápido que Leone no tuvo tiempo de reaccionar.

Cuando recobró los sentidos su olfato se inundó con un aroma exquisito, era como si la brisa del bosque estuviera impregnada en el pecho de su captor.

Sus ojos se encontraron con un par de gemas que la penetraban mordazmente; pudo identificar un ligero doble párpado, era tan delgado que a simple vista era imperceptible.

El rostro de Hyaker estaba tan próximo que pudo apreciar su reflejo a través de sus oscuras ventanas.

A pesar que ya había estado cerca de él, la sensación, era completamente diferente.

Un cosquilleo recorrió justo en la parte de su carne donde el toque hacía presión, sintió sus piernas flaquear ante la descarada ubicación en la que el príncipe descansaba su mano.

Su corazón inició a agitarse, resguardaba en sus pulmones un aliento que no era el suyo.

Jamás había experimentado esa clase de cercanía antes.

—Entonces ¿Los eunucos no tienen nada ahí abajo?

—la voz salió insegura luego de unos segundos.

Le urgía silenciar el sonido frenético de sus latidos.

Él suspiró agotado soltando su agarre.

Se alejó de ella y le dedicó una expresión cansina —Pregúntale a uno cuando vuelvas —dijo caminando en dirección al palacio.

—¿Por qué me estabas siguiendo?

—La amiga de Kkul estuvo un tiempo sin rondarla —sacó de un bolsillo de su ropa el guante que Leone había abandonado en las caballerizas—, fui a buscarla para devolverle esto —giró el trozo de tela sobre su índice.

—¿No vas a preguntarme qué hacía fuera del palacio?

Él guardó silencio y colgó el guante en una rama —Los problemas de faldas no me interesan.

—¿No vas a delatarme?

No recibió respuesta.

—Cuidado con las bestias.

Los tigres son famosos en la zona —advirtió antes de perderse en la oscuridad.

Leone bufó y se acercó a la rama para tratar de alcanzar el guante, el muy desgraciado lo había dejado muy alto.

Dio un par de saltos y logró agarrarlo.

El sonido de hojas secas moviéndose le espantó.

¿Qué había dicho antes de irse?

¿Tigres?

No tenía la más mínima gana de averiguarlo, se echó a correr.

Arribó al portón casi sin oxígeno, en todo el transcurso no se encontró con Hyaker, ojalá y un tigre se lo hubiese comido a él.

Entró por el pasillo secreto y se dirigió a su habitación, habían pasado quizás más de dos horas desde su partida, temía por el terrible regaño que le esperaría.

En lugar de entrar por el interior de la estructura, salió por una de las puertas que dirigían a los jardines, entraría por el acceso que conectaba con el exterior, mientras rezaba por que Kyun no la hubiera descubierto.

Al llegar, abrió silenciosamente la puerta corrediza, se descalzó con cuidado en medio de la oscuridad.

—¿De dónde vienes?

La luz de una lámpara de aceite iluminó la estancia, consiguiendo que Leone se sobrecogiera.

—¡¿Qué te pasa Kyun?!

¡¿Acaso quieres que muera del susto?!

—Te pregunté dónde has estado –dijo sentada desde la silla del escritorio.

—Por ahí.

Kyun puso los ojos en blanco —No creas que va a repetirse —amenazó —Tu té está sobre la mesa.

Leone notó como Kyun se sobaba las sienes, en su rostro había restos de tierra que no lograron ser limpiados con éxito —¿Qué estuviste haciendo Kyun?

—el comportamiento un tanto esquivo de la aludida y su apariencia un tanto desaliñada eran un contraste realmente extraño en Kyun—.

¿Por qué no me cuestionas hasta sacarme la última gota de información?

—Solo fui a comprar hilos para bordar —ojeó hacia la izquierda.

—Mientes ­—encendió los candelabros—.

Pero no te preocupes, también miento bastante.

Se sentó en un cojín a injerir el té.

Kyun permanecía pensativa en su sitio.

—No confías en mí ¿Verdad Kyun?

—dio un sorbo a la taza.

—No es eso, es que yo— —Tú todavía crees que voy a “irme” a la más mínima oportunidad.

Kyun suspiró —Tienes razón, tengo miedo de que cometas una locura.

—¿Por qué es eso malo?

—sonrió lejana—.

¿Por qué querer irme está mal?

—Porque la vida de miles de personas inocentes depende de eso —se acercó y se arrodilló frente a Leone.

—Yo también soy inocente —argumentó con delicadeza.

—No sabes cuanto me duele que tengas que pagar por los pecados de otros, pero, tu sacrificio evitará muchas perdidas en el futuro, no —negó también con la cabeza—, lo hace desde ya.

—Ni siquiera me importa si alguien muere o vive por mi culpa —exhaló amarga.

Dios sabría entender que no lo decía de corazón, si no desde la frustración—.

¿Es tan difícil dimensionar por qué esto me resulta tan nefasto?

Kyun guardó silencio mientras su mirada triste enfocaba el piso bajo sus rodillas.

Leone se tiñó amarga —Sí, para los demás es difícil.

La joven dama de compañía limpió sus empañados ojos con prisa —Te entiendo —la contempló—, es por eso que nunca me iré de tu lado.

—No vale la pena —susurró.

—Tu egoísmo es tan ciego como tu dolor —tomó su mano y la apretó fuertemente—.

El rey desea que le acompañes en un desayuno mañana, vendré temprano a prepararte —se levantó y se retiró cerrando la puerta con delicadeza.

—Entonces yo soy la egoísta —se dejó caer al suelo, sin fuerzas para continuar, se quedó mirando más allá del techo—.

¿Para ti también soy egoísta?

Dios mío ¿No tengo derecho a querer libertad?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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