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El Eco de la cordillera - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Un chico de bonita cara
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15: Un chico de bonita cara 15: Un chico de bonita cara —¡¿Leone?!

—La observó de arriba hacia abajo—.

Por el amor de Dios ¿Qué haces fuera del palacio?

Kyun tomó bruscamente a Leone de la muñeca y la condujo lejos de la multitud.

La dama de compañía era unos centímetros más alta que Leone, y gracias a su experiencia, también más fuerte.

Se detuvo en un callejón en el que no había nadie.

—Ya suéltame Kyun, me duele el brazo.

—¿Es que no tienes sentido común?

Explícame por qué no estás en tu habitación.

Leone guardó silencio.

—¿No vas a responder?

—Estoy cazando patos —desvió la mirada.

Kyun la observó con reproche—.

No estoy escapando si es lo que te preocupa.

—Respecto a ti me preocupan muchas cosas, haces de este trabajo, que ya era difícil, algo imposible.

—Entonces renuncia, vuelve a Cartalia, o vete donde tú quieras.

—Sabes muy bien que no haré eso —Kyun suspiró cansada—.

¿Por dónde saliste?

—No es algo que te incumba.

—Claro que me incumbe ¿Qué hacías en medio del mercado a esta hora?

Leone respiró profundo, Kyun estaba molesta, si le decía, la encerraría de por vida—Compraba —abrió la bolsa y dejó caer todos los hilos sobre el suelo.

Kyun achicó la mirada —¿Por qué no me pediste que lo comprara por ti?

—¿Te enviaría a comprar tu propio regalo de cumpleaños?

Bravo Kyun —aplaudió.

—¿Qué?

Pero aún falta mucho tiempo para mi cumpleaños.

Leone se mordió la mejilla —Se lo dices a quién es pésima amiga del bordado.

—Eso no es suficiente motivo para ponerte en peligro.

—Estoy bien.

—Por ahora, no sabes con quien podrías encontrarte.

—Hablas como si alguien estuviera al asecho —dijo mirándola directamente.

Kyun la ignoró, la tomó del brazo y caminaron hacia el palacio.

El trayecto fue un interminable martirio, el camino principal era extenso y cansado, cada cierto tiempo Leone se dejaba caer sobre sus talones al no querer caminar más.

Llegaron a la parte de la muralla por la que Kyun salió, esperaron un largo rato al cambio de guardias y con suma dificultad lograron escalar en silencio para luego saltar en total silencio y correr hacia el anexo del invierno.

La dama de compañía se detuvo un par de veces en el transcurso del camino, se sentía observada, pero al examinar los alrededores no podía identificar a nadie.

Supuso que se debía a su ansiedad por encontrarse a Leone en la ciudad, el hecho de que estaba justo en la sede de comercio le produjo estrés; tendría que vigilarla más de ahora en adelante, pero eso complicaría sus salidas nocturnas, y el poco avance que había conseguido sobre la investigación de sus padres.

Había creado un horario donde aprovechaba algunas tardes mientras Leone estaba en alguna de sus lecciones con la señorita Sae, era tan disciplinada que incluso tuvo que cancelar su encuentro con el tercer príncipe.

Aunque a veces salía hacia la ciudad por el acceso de servicio, la mayoría de las veces saltaba la muralla en el cambio de guardias.

Para acceder de regreso, repetía la acción, pero en el cambio de guardias de la entrada del bosque opuesto a la ciudad.

Era una rutina tediosa, pero gracias a eso había logrado identificar al menos diez gremios de comerciantes dentro de Selinia.

Cada gremio guardaba registro de quienes lo integraban desde sus inicios, por lo que, con un soborno que le estaba costando sus salarios ahorrados, Kyun había logrado, por ahora, acceder a los registros del gremio de la plata y algodón, claro, todo en secreto.

Los líderes eran demasiado estrictos, si se enteraban que los trabajadores del archivo se dejaban comprar por monedas, faltarían espadas para cortar cabezas.

Cada registro contaba de un archivo enorme, leer todos los documentos llevaba mucho tiempo, sin embargo, en todo lo que había leído no había encontrado el nombre de Sera Gyeol por ninguna parte.

No podía rendirse en su búsqueda, pero ahora que Leone había encontrado una manera de salir del palacio, no podía quitarle ni un solo ojo de encima.

Su padre se lo había explicado, si Leone escapaba o se rehusaba al matrimonio, el rey Bastien acusaría de traición al archiducado de Cartalia, que con su sola existencia era una amenaza para su trono.

En la carta donde ordenaba el matrimonio de Leone, la amenaza ni siquiera se ocultaba, la aludida no tenía ni la menor idea de lo que acarreaba en la espalda, Kyun se sentía culpable, pero le fue prohibido decírselo, todos temían la reacción de Leone, y por beneficio mayor decidieron ocultarlo.

…

Pasó aproximadamente una semana en la que Leone no había podido ir al internado, Kyun llegaba todas las tardes y se iba bastante entrada la noche, y cuando no llegaba, Helio merodeaba en el jardín.

Gruñó presionando la cabeza en su almohada —Me voy a perder el cumpleaños de An Chae.

Se acomodó boca arriba a observar el alto techo, dirigió la vista hacia el exterior por una de las ventanas corredizas.

Helio estaba recostado cerca de un árbol cercano —Así que no está en la puerta —dejó escapar una sonrisa maliciosa.

Colocó las almohadas bajo la sábana, simulando un cuerpo.

Se puso las botas de tacón plano, su capa, y tomó la bolsa con el vestido que “se suponía” iba a arreglar.

Cuando estaba a punto de salir su mirada se cruzó con la de Helio, quien como si un sexto sentido tuviese la observaba atentamente desde el exterior.

Leone no lo pensó dos veces y se echó a correr por los pasillos.

Los pocos sirvientes que rondaban el anexo la observaban extrañados al verla deslizarse con velocidad, a su espalda, a unos cuantos metros, Helio le seguía el paso.

Sus piernas largas le habían permitido alcanzarla en poco tiempo.

Apenas Leone se encontró en la unión de muchos pasillos, se mezcló entre un grupo de doncellas y se dirigió a la salida secreta del edificio principal, perdiéndose de la vista de su escolta.

Una vez estuvo frente a la enorme cortina, el bullicio lejano de los sirvientes le hicieron sobresaltar, pensó que se acercaban y la descubrirían.

Se ocultó en la misma habitación que le había servido de escondite en la ocasión en que presenció el asesinato.

Una vista familiar rememoraba un fino aroma rojo de fuerte presencia.

El recuerdo de lo que vivió en aquel día se plasmó en su memoria como una cachetada, su cuerpo inició a estremecerse.

Todas las veces en las que salió del palacio la adrenalina le impidió ver que estaba saliendo del palacio por la misma puerta en la que lo hizo un maldito criminal ¿Qué tal si volvían y la atrapaban?

¿De qué serían capaces?

Su ansiedad se descontroló, sin tener noción de su entorno se encerró en uno de los armarios.

Todo ese tiempo, había sido tan irracional, incluso el segundo príncipe la vio salir ¿Y si él la delataba?

¿La iba a chantajear?

Se quedó en silencio, su cuerpo no atendía las ordenes de irse.

No supo cuánto tiempo se quedó así.

De un momento a otro la puerta del armario se abrió de golpe y a ella no le quedó más remedio que cubrirse el rostro.

—Por amor al cielo señora, salga de ahí —ella parpadeó confundida—.

A esto me refería con que cualquier lugar es peligroso para personas ingenuas —dijo Helio tomándola con delicadeza del brazo.

—¿Cómo me encontraste aquí?

El hombre le dedicó una mirada soporífera y exhaló —¿Sabe el problema que me ha llevado revisar todas las habitaciones de este pasillo?

—ella no respondió—.

¿Sabe que pudo haber sido apresada si alguien la hubiera descubierto aquí?

Estas habitaciones antes eran oficinas de uso militar.

Leone alzó una ceja —No lo sabía, ni siquiera conozco bien el lugar.

—Son oficinas clausuradas, nadie viene aquí, incluso el paso está prohibido para los sirvientes —observó el sitio con familiaridad, hace tanto tiempo que no volvía, pero el calor abrazador y asesino se sentían iguales.

Helio la escoltó hacia su habitación, para encerrarla y regalarle otra noche sin sueño.

Al entrar se tiró en la cama boca arriba.

Se quedó viendo hacia el techo ¿Cuándo podría volver a respirar con tranquilidad?

En las madrugadas, la nostalgia hacia su antigua vida y la rabia hacia Bastien impulsaban su deseo de huir y arrancarle esa sonrisa socarrona del rostro, quería hacerlo pagar por enviarla tan lejos —Que cansancio —apretó sus dientes—, pero aunque me arrastre con la lengua, no me voy a resignar.

En los días que había estado saliendo al internado, mientras leía, había descubierto muchas cosas útiles.

Los libros y algunos objetos que en el pasado pertenecieron al continente occidental, habían sido traídos por vía marítima, otros cruzaron todo Isfrid, el enorme país del norte con el que compartían fronteras Ílios y Lunhae, pero al que ya no llegaban los altos picos de la cordillera del Eco.

En general, la mayoría de comerciantes que en el pasado traían mercancía de los otros países occidentales, generalmente rodeaban el borde de Ílios, navegando en las aguas del mar del sur y llegando a las costas de Sterios, país que les servía de conexión con el resto de reinos a través de tierra.

An Chae contó que su familia poseía un barco que antiguamente se dedicaba a navegar estas aguas, pero que unos años después del primer matrimonio de paz entre Ílios y Lunhae, Eldfálkar, la banda de ladrones se había apoderado del paso.

Los barcos que transitaban la zona tardaron mucho tiempo en reestablecer la ruta.

Aunque Helio y Kyun la vigilaran veinticuatro horas al día, encontraría un modo de escaparse, su principal motivación era dejar ese reino y no podría conseguirlo encerrada en esa jaula decorada de palacio.

…

—Bien, hoy tengo que lograrlo.

Igual que el día anterior, Kyun había salido sin decir a donde se dirigía.

Leone se enteró de que canceló la invitación con el príncipe Kairos, sintió pena por él, desde lejos se le veía que estaba interesado.

Leone se encontraba leyendo sentada sobre el suelo en la terraza, Helio limpiaba el mango de su espada en una mesa del jardín.

El inicio de la noche se anunciaba con el canto de las aves volviendo a sus nidos, el debut del crepúsculo fue la señal que estaba esperando.

Tomó el reloj de mano —Es tiempo —susurró al ver el inicio de la noche marcado con las agujas doradas.

Se levantó estirando sus brazos con pereza, entró a la habitación y colocó el libro sobre su escritorio, todo bajo la mirada de reojo del escolta, quien, gracias a un ángulo favorecedor y la enorme puerta corrediza del jardín, apreciaba todas las posibles rutas de escape que Leone podía utilizar.

Todas a excepción de una.

Leone se metió a la habitación de baño dentro de sus aposentos, cerca de la pila termal, había ventanas corredizas del tamaño de la pared, las cuáles estaban cerradas adrede para que Leone no pudiera abrirlas sola, sin embargo, al estar cerradas, un pequeño vano se quedaba solo en la altura de estas.

Al otro lado del vano y las ventanas, había una especie de muro de árboles de cereza que neutralizaban la curiosidad de cualquiera en el exterior.

El baño termal estaba diseñado para ser usado con las ventanas abiertas sin temer por la privacidad gracias a su ubicación.

El espacio entre el baño termal y el risco no era corto, pero si cubierto de ramas de pétalos rosa.

Lo de mayor cuidado, era el sonido que producían al moverse.

Leone se puso botas negras sin tacón e inició a poner unos sobre otros los baúles cercanos a la pileta para poder escalar sobre ellos.

Antes de eso, se asomó al balcón y le gritó a Helio.

—¡Tomaré un baño!

—¿Desea que llame a la señorita Kyun, o a Hanae?

—respondió sin apartar la mirada del arma.

—No, estoy bien.

Volvió al cuarto de baño y se subió a los baúles perfectamente apilados.

Abrió la ventana abatible y se asomó al suelo.

Era una altura considerable, si distribuía bien su peso, o caía sobre el voluminoso fustán, la caída se sentiría menos.

Primero sacó los pies, el vano era estrecho, pero le permitía pasar con cierta libertad, luego se sostuvo con ambos brazos del extremo interior del vano e inicio a descender con cuidado.

Un fuerte sonido, similar al golpe de un saco de arena, alertó a Helio, quien al instante se posicionó en el lugar.

Se encontró a la gran duquesa de Montefiore tirada sobre el pasto un conjunto de ramas de cerezo rotas.

Un quejido de dolor vino de ella al tratar de sentarse —Oh —exclamó al ver a Helio.

El hombre suspiró y se acercó a ella tendiéndole una mano para ayudarle a levantarse.

—No entiendo su ímpetu por escaparse.

—Estoy cansada de estar encerrada —tomó la mano de Helio y trató de pararse, pero titubeó y volvió a cae—.

Mi pierna, me duele mi pierna —se tomó la rodilla derecha con el vestido por encima—.

No puedo levantarme.

Ay, me duele, ayúdame —lloriqueó con fuerza.

Helio la tomó en sus brazos y la llevó al interior de la habitación hasta colocarla con cuidado sobre la cama suave y dócil, el contraste con el duro suelo era realmente notable —Debe aprender a no meterse en problemas ¿Recuerda lo que ocurrió ayer?

Mire lo que logró estando encerrada, imagine lo que sería capaz de hacer si no está bajo el cuidado de alguien responsable.

—Pues no eres responsable porque estoy bajo tu cuidado y me he roto la pierna —lagrimeó con fuerza.

—No le dije que saltara desde lo alto.

—Ay, ay, ay, deja de sermonearme y ve por un médico, me duele mucho.

Helio salió de la habitación y en ese momento Leone se incorporó de golpe.

Se sacudió el pasto del vestido, se puso una capa de color negro, limpió sus botas, y tomando la bolsa con el vestido, salió de sus aposentos utilizando la puerta que daba salida al jardín.

Se dirigió al portón abandonado rodeando el exterior del anexo, siguiendo por la oscuridad la ruta que por dentro la llevaría al pasadizo secreto, hasta que, como golpe de suerte notó una extrañeza en una barrera de árboles.

Se acercó hasta ver una muralla baja en escombros y del otro lado el camino que la llevaba a la laguna que se veía al avanzar unos metros de su habitación.

Subió a un árbol, saltó desde una rama de altura decente al suelo y rodear la mitad del cuerpo de agua que marcaba una considerable distancia, mayor a la que supuso y por fin tuvo el camino libre hacia el portón metálico oculto en la profundidad del bosque.

Unos cuantos sonidos aumentaron sus nervios, claramente se debía a su ansiedad, pero no estuvo completamente en paz, hasta que llamó a la puerta del internado.

Tocó un par de veces, hasta que Nari abrió la puerta.

—¿Qué es ese sonido?

—preguntó abriendo—.

¿Asteria?

¿Eres tú?

No te veíamos desde hace casi ocho días ¿Dónde has estado?

La señora Hwa Young está molesta contigo.

—¡Nari!

Hola —saludó transpirando por el esfuerzo—.

¿Puedo entrar?

Le explicaré a la señora Hwa Young mi ausencia.

Nari abrió la puerta y Leone ingresó recto hasta la biblioteca, las niñas estaban sentadas en circulo comiendo dulces.

Cuando notaron su presencia todas se levantaron y sonrieron emocionadas.

—¡Has vuelto!

Te estuvimos esperando todos estos días, te has perdido el cumpleaños de An Chae.

—Lo siento Bo Ra, he estado enferma, pero ya me siento mejor.

Soy muy sana —alzó su brazo tratando de simular un músculo inexistente.

—Espero que hayas traído un regalo para An Chae, te extrañó mucho ayer —dijo Nuwang haciendo un puchero.

—¡Nuwang!

Es cierto que la extrañé, pero no es necesario que me dé un regalo para compensarme.

—¿Entonces que hago con esto?

—Leone sacó de la bolsa el vestido dorado y lo extendió dejando a la vista su hermoso diseño.

—¿Es para mí?

—An Chae se señaló incrédula.

—Por supuesto.

—Wow, An Chae, es un regalo increíble —Bo Ra tocó el vestido con admiración—, es casi tan bueno como el regalo de tu papá.

—¿Entonces mi regalo no es el mejor?

Vaya, tendré que esforzarme más la próxima vez.

—Qué dices, me encanta.

—Te lo puedes poner cuando montes en el caballo —comentó Nuwang.

Leone hizo gesto de desconcierto.

—Mi padre me obsequió un caballo —dijo tímidamente la cumpleañera.

—Asteria ¿Alguna vez te han regalado un caballo?

—Sí —suspiró con una sonrisa incómoda—.

Cuando cumplí quince —se agarró con debilidad la manga del vestido tratando de distraer la mente, pero fue en vano, a sus oídos llegaban vívidas las palabras de la discusión con su padre.

—No me importa si Doménico te lo envió, ese caballo ni por cerca estará bajo tu cargo —el archiduque movía una y otra vez las piezas en el tablero sin siquiera mirar a Leone.

—Pero no entiendo qué tiene de malo, es mío, es mi regalo, déjame acercarme al menos.

—He dicho que no, dedícate a tejer, o mejor, a bordar Suhee dice que eres pésima en ello.

Leone resopló con impaciencia —Puedo tejer hasta con los ojos cerrados.

—Pero todavía no puedes bordar.

—¡Qué me importa esa estupidez!

—Controla ese tono —sentenció viéndola desde abajo—.

Si crees que haciendo un berrinche te dejaré acercarte al caballo, estás equivocada.

Leone arrugó la nariz evitando llorar, en su lugar, un extraño puchero le moldeó el rostro—.

Pero ¿Por qué no puedo criarlo?

Es mi regalo —su voz perdía fuerza—.

Te pedí uno y me lo negaste, no es mi culpa que su gracia de Crimentos me lo haya dado.

—Sal de mi vista Leone —dijo sacando la reina blanca del tablero.

Leone se mordió las mejillas tratando de contenerse, pero le fue imposible, la rabia se desbordó en palabras —No sirves como padre —se giró marcando los pasos, a su espalda escuchó el tablero caer con fuerza sobre el piso y las piezas desplomarse como gotas de agua en llovizna grosera.

Los días pasaron y la discusión con el archiduque empeoró las cosas en demasía, cada que Leone se acercaba al establo el paso le era denegado, antes al menos podía acercarse al animal, ahora, sin importar cuántas amenazas le diera a Adriano, el chico ni se inmutaba, le cerraba la puerta de las caballerizas casi en la cara.

El orgullo de Leone estaba tan herido, que se negó rotundamente a seguir con las clases de bordado, en su lugar, se fue y le exigió a Marco que le enseñara equitación o si no enviaría a matar en secreto a su familia.

El hombre, que se creía cada amenaza con infantil inocencia no tuvo más remedio que acceder, rezando que el archiduque no se enterara o su cabeza iba a caer completita sobre el lodo.

Como si el asunto del caballo no pudiera empeorar, el animal adquirió una enfermedad extraña.

Leone envió a buscar a los mejores veterinarios de la región y por su parte, el archiduque buscó al médico a cargo de los caballos del ejército para encontrar una cura, pero más temprano que tarde el animal murió.

—Ni siquiera pude darle un nombre —Leone reclamaba con los ojos vidriosos, mientras el archiduque observaba serio el campo a través de la ventana del gran salón—.

¡Me quitaste algo mío!

No tenías ningún derecho.

—Sin mí ese animal habría muerto más rápido.

—¿Insinúas que murió por mi culpa?

—la boca se curvó en sentido negativo con los músculos tensos.

—No eres capaz de bordar por tu cuenta y esperabas que ese animal estuviera sano en tus manos.

La chica presionó los labios furiosa, lágrimas frías le bajaban por las mejillas —No me diste la oportunidad, y por si fuera poco, el animal murió en tu poder —se limpió la humedad del rostro y lo observó con una impotencia tan fuerte que los párpados le dolían—.

No sirves como padre —le dijo apretando las muelas.

Su padre arrugó la frente y sin mover un solo músculo del cuerpo la arponeó con decepción —Tú no sirves como hija.

La risa amarga la invadió de nuevo en medio del trance, hasta que la señora Hwa Young interrumpió sus recuerdos.

—Hasta que apareces.

Señorita Asteria, esta es una institución seria, recuerdo habérselo dicho el día que la contraté.

—Señora Hwa Young —sonrió coquetamente mientras se restragaba los ojos —No sabe cuánto la he extrañado.

—¿Ah sí?

Pues ahora me vas a extrañar mucho más, porque estás despedida —la mujer mantenía las cejas rectas y una expresión tan inmutable como su cabello perfectamente peinado.

Todas las chicas soltaron un jadeo de sorpresa.

—¿Despedida?

Por favor, no me despida.

Si es porque falté toda una semana, hay una explicación para ello.

—No, no, no, no y no —sacó su mano derecha de su perfecto agarre entre sus manos, y por debajo de la manga de su hanyū amarillo claro, movió el dedo de un lado a otro apoyando su negación—.

No hay explicación que valga, así que por favor retírese.

—Por favor no la eche.

—Al menos escúchela.

Las niñas hablaban todas juntas con insistencia.

—Ya basta niñas, compórtense ¿Acaso no han aprendido como debe actuar una dama?

Las adolescentes se callaron y bajaron el mentón ante el regaño.

—Por favor escúchela —susurró Bo Ra—, luego decida si va a despedirla.

—Está bien, no hace falta insistir —Leone acarició la espalda de la chica como consuelo.

Las niñas la miraron triste y la abrazaron mientras gimoteaban.

La señora Hwa Young suspiró —Está bien.

Escucharé lo que tengas para decir.

“Yey” las chicas saltaron y celebraron.

—Pero no prometo nada —hizo un gesto a Leone para que la siguiera a su oficina.

Luego de un rato donde Leone tuvo que inventar que casi estuvo al borde de la muerte y de autoproclamarse la mejor docente de la región, la señora Hwa Young aceptó que siguiera trabajando solamente porque no había encontrado un reemplazo, pero si Leone volvía a faltar tantos días sin avisar, la despedirían y no habría nada que lo evitara.

Salió victoriosa de la oficina.

Al ser demasiado tarde, decidió que era tiempo de volver, sabía lo que le esperaba al llegar al palacio, así que eso no le perturbó, pero si le preocupaba el camino de regreso a casa, entrada la noche el camino del bosque solía ser tenebroso, y ahora, debía volver utilizando un nuevo trayecto.

—Espera Asteria, toma esto.

—¿Qué es?

—dijo abriendo la canasta otorgada, descubriendo dulces de cítricos en el interior.

—Dulces de mandarina.

—Muchas gracias, pero, es demasiado, no sé si podré comerlo todo sola.

—Oh, es que la mitad es para el chico que siempre te acompaña.

—¿Qué?

—El chico de cabello largo, que es alto y tiene bonita cara.

—Ahhh —Leone no comprendió del todo, asumió que An Chae se había confundido.

Así que se despidió y salió de la escuela con rumbo al palacio.

Esta vez volvió con paso más tranquilo, subió la colina con paciencia, pero sentía algo de miedo ¿Será que An Chae había visto a alguien siguiéndola?

Si buscaba dentro de su memoria, todas las veces que fue al internado se sintió observada, pero creyó que era su paranoia por haber salido a escondidas de Kyun —A menos que —se giró sobre sus talones—.

No trates de esconderte, sé que estás ahí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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